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La Metrópolis balneario

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El azar ha querido que estos tres últimos días me viera obligado a salir a la calle, más allá del estrecho perímetro de mi barrio. En Barcelona, esta ciudad de cartón bonito.

El traslado de la oficina de Marlene, del Portal del Ángel a un edificio situado frente a la Casa Batlló –a medio camino, aproximadamente, subiendo por el Paseo de Gracia–, me tuvo durante largas horas del fin de semana de pie en la esquina de la calle Fontanella con la Plaza Cataluña, frente a la mole de piedra gris de El Corte Inglés, uno de los sitios en los que se manifiesta con mayor obscenidad el falso empaque de esta capital de provincia llena a rebosar de turistas que se pasean por el centro de la ciudad con toallas anudadas a la cintura y latas de cerveza en la mano. Una ciudad con rostro de balneario e ínfulas de capital de mancomunidad, esos Països Catalans.

No hay nada personal que emponzoñe mi percepción de esta ciudad en la que vivo desde hace casi tres lustros. De hecho, a veces me descubro pensando cuánto me costaría irme a vivir a otros sitios que me tientan. Y en ocasiones me entrego al súbito orgullo de barcelonés, cuando constato la unanimidad que concita en el extranjero, admirada desde lejos, sea en Nueva York, La Habana, Tetuán, Marsella o Key West.

Los afanes del fin de semana me sirvieron también para admirar el paisaje generado por la avalancha de inmigrantes que ha experimentado esta ciudad en los últimos años. La oficina que trasladábamos, por ejemplo, es de capital ruso y español, la dirige una cubana y emplea a personal nacido en Rusia, Bielorrusia y La Habana. De la mudanza se encargaron dos cubanos, de la instalación de la red informática, dos colombianos, unas pizzas que encargamos, las trajo un argentino. En la calle, chinos que iban y venían del Chinatown que crece en torno a la calle Trafalgar, africanas suculentas y vestidas como en Lagos… o París. Una marroquí perdió una argolla de oro que fue a caer debajo de nuestro coche. Desenvuelta y sensual, el velo cambiado por unas bragas carísimas que le asomaban por encima de unos pantalones de Calvin Klein. Me pidió que moviera el coche con maneras que me amistaron, por una vez, con la palabra “zalamera”, que viene precisamente del árabe, del salam-alaikun.

Esa doble condición de balneario y estación de trenes anula las tentaciones secesionistas del nacionalismo catalán con fuerza demoledora. Ésa es la buena noticia. Y también que ya se comienza a generar lengua apta para los replicantes de Philip K. Dick.

 

La campaña de publicidad del Cuba Study Group en la Internet comienza a asustarme. ¿Cuánto cuesta todo eso? ¿Cuánto se paga por clic? Me los encuentro en Youtube y en The Nation. Me los encuentro cada vez más, cuando escribo “Cuba” en los buscadores. Saludo esa presencia, porque denota agresividad publicitaria que bien le viene a las cosas del exilio cubano. Pero sigo rascándome la cabeza y preguntándome cuánto cuesta todo eso. A ver si se les va a acabar el wanikiki destinado a los microcréditos.

 

El estadígrafo pedante, alias, Blogger en Jefe, ha vuelto a postear. Es su regalo de hoy a “los trabajadores y a todos los pobres del mundo”. Googlea que te googlea, les informa hasta del número de flexiones de piernas que hace un machetero. Y, de pronto, se recordó a sí mismo, durante la fracasada zafra del setenta, y anotó parrafito memorioso. Atento, Ignacio Ramonet, que esto te vale para tus futuros ejercicios de copypaste. Y a Castro I, que nos lo manden para acá. A ese anciano y su laptop les conviene aire de balneario.

“Hoy en ese país (Brasil), casi el 80% de la caña se corta manualmente. Fuentes y estudios aportados por investigadores brasileños afirman que un cortador de caña, trabajador a destajo, debe producir no menos de doce toneladas para satisfacer necesidades elementales. Ese trabajador necesita efectuar 36 630 flexiones de piernas, recorrer pequeños trayectos 800 veces cargando 15 kilos de caña en los brazos y caminar en su faena 8 800 metros. Pierde un promedio de 8 litros de agua cada día.”

“Yo personalmente he cortado caña no pocas veces por deber moral, igual que otros muchos compañeros dirigentes del país. Recuerdo el mes de agosto de 1969. Escogí un lugar próximo a la Capital. Me movía bien temprano cada mañana hacia allí. La caña no quemada era verde, de variedad temprana y alto rendimiento agrícola e industrial. No cesaba de cortar un minuto durante cuatro horas consecutivas. Alguien se encargaba de afilar el machete. Ni una vez dejé de producir un mínimo de 3,4 toneladas diarias. Luego me bañaba, almorzaba sosegadamente y descansaba en un lugar muy próximo. Gané varios bonos por la famosa zafra del 70. Tenía entonces 44 años recién cumplidos. El resto del tiempo, hasta la hora de dormir, lo dedicaba a mis deberes revolucionarios. Detuve aquel esfuerzo personal cuando me ocasioné una herida en el pie izquierdo. El afilado machete había penetrado en la bota protectora. La meta nacional era de 10 millones de toneladas de azúcar y 4 millones de toneladas de melaza aproximadamente, como subproducto. Nunca se alcanzó, aunque nos acercamos a ella.”

 

UPDATE:

El número íntegro de The Nation. Rosa Miriam y La Colmenita, y la bobería. Gore Vidal y el Evil King, que no es el Evil King en el que uno piensa si se trata de Cuba. No merece comentario. Foto, y ya. A esa portada del admirable Eduardo Muñoz Bachs.



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Autor: Jorge Ferrer

Jorge Ferrer. Foto © Laura Ceccacci

Jorge Ferrer. Escritor y traductor. Escribe desde Barcelona, España.

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