Urgencias de la oposición en Cuba
Jorge Ferrer | 13/11/2009 2:30
Tags: "Transición" en Cuba
Uno atiende a lo que ocurre en La Habana estos días y se encuentra dos sucesos paralelos, ambos de una gravedad extrema.
Por un lado el plantón que una docena de opositores mantiene en la casa de Vladimiro Roca. Algunos están en ayuno, otros en huelga de hambre. Un reporte que me llegó hace un rato me condujo a El Nuevo Herald donde se sostiene que a Martha Beatriz Roque, una de las plantadas, le habrían administrado los últimos sacramentos. Se teme seriamente por su vida ahora mismo cuando escribo estas líneas.
Del otro lado la actualidad opositora en Cuba se centra en la agresión sufrida hace unos días por un grupo de blogueros, significativamente Yoani Sánchez, Orlando Luis Pardo y Claudia Cadelo. La primera se duele aún de los golpes recibidos durante el secuestro que padeció cuando se dirigía a una marcha contra la violencia. ¡Ojo al dato!: además del plantón y el secuestro, otro grupo distinto, el proyecto Omni-Zona Franca, uno de los más interesantes de la escena underground cubana, se manifestó durante unos minutos por las calles de La Habana.
No hay que ser especialmente agudo para percatarse del divorcio entre ambos sucesos y de la distinta atención que han recibido por los medios de comunicación. Si la represión a los blogueros motivó hasta una condena del Departamento de Estado de EE.UU., que ¡bien!, el plantón chez Vladimiro pasa sin penas ni glorias por los titulares. Esta tarde, en La Habana, Vladimiro Roca reaccionó afirmando que los blogueros tienen impacto fuera de Cuba, pero no adentro.
No se trata, ni a estas ni a otras alturas, de las penas y glorias. De contarlas y aquilatarlas para establecer distinciones entre protestas y curricula de cada cual. Se trata, en cambio de asunto muy complejo y al que volveré. A saber, que la recepción del movimiento opositor ha experimentado un vuelco sin precedentes con la aparición de una nueva generación contestataria que se expresa por canales que resultan mucho más atractivos para los medios y los ciudadanos. También lo resulta su discurso. Una nota de Yoani Sánchez o Claudia Cadelo convoca una empatía distinta a la que pueden alcanzar documentos como La Patria es de Todos, el Proyecto Varela o las parrafadas del Arco Progresista de la mano de Manuel Cuesta Morúa. Eso, hoy, es un hecho.
Habrá tiempo ―tiempo es lo que a los cubanos nos sobra― para entretenerse con los por qué. También para repasar la historia de la oposición en Cuba y los éxitos de la DSE, siempre dispuesta a periclitar una generación de opositores aprovechándose de otra que será a su vez periclitada. «Escobita nueva barre bien», ya se sabe. Si bien no me parece, por cierto, que el artefacto funcione hoy como ha funcionado en el pasado...
Ahora mismo, sin embargo, cuando el plantón en casa de Vladimiro Roca con una Martha Beatriz Roque en calamitoso estado de salud amenaza acabar en tragedia con mayúsculas, se me ocurre que lo menos que merece esa oposición que algunos llaman «tradicional» es la solidaridad y la atención de todos.
La imagen es cortesía del espacio de Martha Beatriz Roque en Picassa.
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 13/11/2009 3:01
De cierto caos post-comunista
Jorge Ferrer | 12/11/2009 1:20
Por estos días ha llegado a las librerías la novela El caos del Cáucaso, de Iulia Latínina. La publica la editorial Los Libros del Lince en mi traducción al español.
El caos del Cáucaso es un relato sin par de la corrupción, la violencia y la sinrazón que ha generado en una imaginaria república del Cáucaso la infeliz conjunción del poscomunismo mal administrado y el Islam.
Iulia Latínina, autora y periodista de clamoroso éxito en Rusia, ha conseguido retratar ese paisaje caótico con una nitidez y una precisión extraordinarias. Lo ha hecho, además, sin tomar más parte que la del observador atento, con humor y oficio narrativo admirables.
Durante un reciente viaje a España para presentar el libro Iulia Latínina ofreció entrevistas a El País, Público, ADN, entre otros medios…
Muy recomendada ella y muy recomendado su libro quedan.
Por cortesía de Los Libros del Lince sigue un fragmento de la novela para los lectores de El Tono de la Voz.
El caos en el Cáucaso (Los Libros del Lince, Barcelona, 443 pp.) puede adquirirse en Laie, Casa del Libro, FNAC y cualquier otra librería.
El caos del Cáucaso
(fragmento)
Por Iulia Latínina
El ministro del Interior de la República de Avaria del Norte y Dargo, Arif Talgóyev, había estado presente en la reunión celebrada en la sede de la representación del Gobierno y era perfectamente consciente de que quien aclarara las circunstancias del asesinato de Igor Malíkov se ganaría el favor de los federales.
Ese convencimiento hizo que el ministro se pusiera manos a la obra con una celeridad inhabitual en él. Convocó en su despacho al jefe del departamento de lucha antiterrorista del Ministerio y le dio tres días para resolver el caso.
Tras recibir las órdenes, también el jefe de la lucha antiterrorista actuó con rapidez y diligencia. Pidió que le trajeran un listado de personas que hubieran recibido entrenamiento en los campamentos del terrorista Jattab y eligió a cinco de ellos. Todos habían regresado recientemente a sus casas y no tenían ocupación conocida. Tampoco contaban con parientes o amigos influyentes.
Después envió a sus hombres a buscar a los cinco elegidos. No pasó mucho tiempo antes de que le trajeran a otros tantos detenidos. Cuatro de ellos constaban en el listado. El quinto era sobrino del terrorista que no pudo ser localizado y sus hombres decidieron llevárselo hasta que apareciera el otro.
A continuación el jefe de la lucha antiterrorista detuvo a un hombre llamado Magomed. Se trataba del dueño del coche abandonado por los terroristas. Magomed era un viejo de sesenta y siete años. En el pasado había trabajado en el norte de Rusia y volvió a su patria chica hacía ocho años trayéndose una esposa rusa y el coche que había conseguido comprar con el generoso salario que pagaban a quienes trabajaban por encima del círculo polar ártico. Magomed sostenía que le habían robado el coche, pero la policía interrogó a los vecinos y supo que andaba buscando comprador con la intención de venderlo.
Entonces el jefe de la lucha antiterrorista ordenó que condujeran a Magomed a su presencia, lo hizo sentar esposado a la silla y le colocó delante cinco fotografías.
—Sé que le vendiste tu coche a una de estas cinco personas —le dijo—. Quiero que digas a cuál de ellas.
—No vendí el coche; me lo robaron —insistió el anciano.
El jefe del departamento de lucha antiterrorista le pegó tal puñetazo en plena cara que el detenido rodó por el suelo junto a la silla. En ese momento el general Talgóyev entró a la sala de interrogatorios vestido con su uniforme de gala.
—¿Qué haces, hijo de perra? —protestó el anciano, y dirigiéndose a Talgóyev añadió—: ¡Camarada mayor, este hombre me está pegando!
El anciano nunca había tenido relaciones con militares o la pasma, de manera que confundió el rango del oficial.
—Soy general —le aclaró el interpelado—. Y este hombre no le ha pegado. Ha sido usted quien se ha dado de bruces contra su bota. Y ahora lo hará una y otra vez. Una y otra vez.
Fueron necesarias tres horas para arrancarle a Magomed una confesión. Pero transcurrido ese tiempo, el anciano ensangrentado y cubierto de moretones confesó que había vendido el coche a través de un testaferro y señaló a uno de los cinco jóvenes que aparecían en las fotografías como destinatario final del vehículo.
El hombre que aparecía en esa foto se llamaba Kazbek y tenía veinticinco años. Antes, cuando rondaba los diecinueve, el desempleo era altísimo en la República y en el campo de entrenamiento de Jattab pagaban quinientos dólares a los jóvenes dispuestos a enrolarse en la guerrilla. Encima, entrenarse con los terroristas prestigiaba. Gustaba a las chicas. Kazbek pasó un año en el campo de entrenamiento y aprendió a disparar, colocar explosivos y rezar. Después luchó en las topas de Guedáyev, y cuando mataron a su jefe consiguió escabullirse y regresar a la vida civil. Llevaba tres años trabajando de celador en la fábrica de radios.
El jefe antiterrorista pidió que le trajeran a Kazbek. Lo hicieron.
—El anciano que te vendió el coche te ha reconocido —le dijo—. Ahora lo que quiero es que me cuentes de dónde sacaste la bomba y cómo mataste a Malíkov.
Kazbek dijo que no sabía de qué le hablaban. Con ello se ganó una paliza descomunal e ir a dar con sus huesos en una celda infecta. Cuando volvió en sí, le condujeron nuevamente al despacho del jefe antiterrorista.
—No tengo nada que declarar —dijo.
Entonces lo tiraron al suelo, le metieron un tubo por el ano e introdujeron en él un trozo de alambre de espino. Después sacaron el tubo y comenzaron a tirar del alambre hacia fuera y hacia adentro.
—No os diré nada —gritaba Kazbek.
Trajeron a la mujer de Kazbek, embarazada de siete meses. Le arrancaron la falda y la blusa.
—Ahora nos la follaremos por turnos —avisó el jefe antiterrorista a Kazbek—. Después le meteremos el tubo por el coño y el alambre nos servirá para llegar hasta el feto. No pararemos hasta sacarlo. —Y volviéndose hacia uno de sus colegas, le dijo—: Shapi, ¿alguna vez se te ocurrió que nos tocaría practicarle un aborto a una señorita tan encantadora?
—Dejad en paz a mi mujer —dijo Kazbek—. Confesaré todo lo que queráis que confiese.
Unos minutos más tarde sonó el teléfono en el dormitorio de Pánkov. Eran las diez de la noche.
—¿Vladislav Avdéyevich? Buenas noches. Le habla el general Talgóyev. Hemos aclarado el asesinato de Ibraguím Malíkov.
Traducción de Jorge Ferrer
© Los Libros del Lince (Prohibida la reproducción)
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 12/11/2009 1:30
Una espina del cactus
Jorge Ferrer | 09/11/2009 23:51
Estos días se nos ha expuesto con ganas a imágenes del Muro de Berlín aquella noche en que dejó de ser barrera para convertirse en pedestal al que se subían los berlineses de uno y otro lado. Reunidos por fin.
El Muro, por tangible y por gráfico, se convirtió en el símbolo de la frontera entre dos mundos. Quien conoció la Europa de entonces y conoce la de hoy sabe lo que valía esa frontera. Conocí el Muro cuando viajé a Berlín por primera vez, a los catorce años. Y lo vi unas cuantas veces después, percibiéndolo cada vez con mayor claridad, y ansiedad, como el valladar que nos separaba de otro mundo, de la vida «normal». Una pared, que como aquella Wall de Pink Floyd ―otra referencia ineludible de aquellos años―, se alzaba entre la libertad y la opresión.
He preferido siempre, sin embargo, la extraordinaria expresión «Telón de Acero» para nombrar la frontera que separaba a los libres de los cautivos. Y la idea que subyace a esa noción. Todavía en Rusia pude ver alguna vez esos artefactos que se descuelgan en los teatros sobre el proscenio para cortar el fuego desatado por casualidad en el escenario y permitir la evacuación del público, ponerlo a salvo, hacer que la gente regresara indemne a la calle. Sanos y salvos, caído el «Telón de Acero», abandonaban el teatro y volvían a la vida normal. Definitivamente, «Telón de Acero» y su origen teatral servían mejor para describir lo que esperaba a quienes asistían desde las lunetas al espectáculo del «socialismo real». ¡Que vaya espectáculo!
La expresión «Telón de Acero», más dúctiles las palabras que el hormigón del Muro de Berlín, se transformó en Bamboo Curtain para nombrar la cerrazón de China y en Tortilla Curtain, con escasa suerte, para marcar la división entre México y los EE.UU.
También a Cuba nos rozó, por cierto, con aquel más bien torpón «Telón de Cactus», Cactus Curtain, una denominación que corrió por las rotativas en 1961 cuando el régimen de Fidel Castro sembró precisamente de cactus cierto segmento del perímetro que rodea la Base Naval de Guantánamo para impedir que los cubanos huyeran del paraíso revolucionario. Pronto cayó en el olvido cuando delante de los cactus fue plantado un campo de minas. Además: ¿a qué inventarle Firewall a isla rodeada de agua?
Llevo algo más de 25 años viviendo en Europa y viajando por ella, con breve intervalo en mi país, Cuba. Desde hace una década llevo en el bolsillo un pasaporte de la Unión Europea. Así, hoy me he felicitado de que este continente levantara hace 20 años el Telón de Acero que bajó Joseph Stalin, tramoyista siniestro. Pero no olvidé, celebrando y admirando a los valientes que echaron abajo el Muro de Berlín, arrancarme del brazo una espinita del cactus. Continúan lacerando.
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 10/11/2009 12:50
Yoani Sánchez sobre su detención: "Tenían miedo"
Jorge Ferrer | 07/11/2009 1:44
Lo que menos me gustó de todo lo que me acaba de contar Yoani Sánchez al teléfono sobre la detención que sufrió hoy en La Habana es esto: «(los policías) tenían miedo».
Tenían miedo los tipos que la secuestraron a ella junto a otros blogueros cubanos que acudían a una manifestación pacífica en el Vedado. Tenían miedo los agentes que perpetraban el secuestro.
Les vio en los ojos el miedo cuando llamaron a sus jefes para decirles: «No se quiere montar», descolocados ante una resistencia y una entereza que no esperaban. Porque los blogueros se resistieron a subir al coche «negro y chino» de la DSE. En directo, Claudia Cadelo avisaba de ello en Facebook poniéndonos a todos en guardia: «A yoani la metieron arrastrada con olpl en un carro de la seguridad».
«Ya no vas a hacer más de las tuyas», le dijeron minutos después cuando, recibidas las expeditas instrucciones, la subieron al carro a empujones ―«tengo un ojo adolorido y huellas de los golpes aquí o allá», me dijo Yoani.
No es la primera vez que Yoani Sánchez sufre la violencia de los mamporreros. Ya sucedió antes, cuando el concierto de Pablo Milanés y la pancarta por la puesta en libertad de Gorki Águila. Pero entonces el régimen se excusó en que los golpes los daba el pueblo. Los de hoy ―las «llaves» de hoy― fueron administradas por agentes de la Seguridad del Estado, «profesionales de la intimidación».
Cuando esos esbirros tienen miedo, cuando saben que se enfrentan a algo que los sobrepasa, las consecuencias pueden ser tenebrosas.
«Difúndelo», me pidió Yoani.
¡Difundámoslo! Tanto el nada auspicioso miedo de los agentes como la extraordinaria valentía de sus víctimas.
De contra:
Mientras conversábamos, a Yoani le acercaban las imágenes en vídeo de la protesta. Difúndanse también en cuanto lleguen, que será pronto.
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 07/11/2009 2:30
El triste olvido de los sitiados
Jorge Ferrer | 06/11/2009 2:42
Desde hace trece días, la casa de Vladimiro Roca en La Habana es la sede de una protesta contra el régimen que apenas encuentra eco en periódicos e hilos de noticias.
Gracias a Teresa Cruz, amiga y lectora, he podido escuchar a lo largo de estos días las pistas de audio de algunas de sus conversaciones con Martha Beatriz Roque, una de las sitiadas. ¡Son estremecedoras, créanme!
Ambos compartimos el estupor y la indignación por la indiferencia que genera esa gente acosada, una vez más, por las hordas castristas, los soldaditos de la dictadura.
«Lo que pasa», me decía esta tarde un amigo desde La Habana al que preguntaba por ese silencio, «es que vivimos en un tiempo en el que tanto el discurso del régimen como el de la disidencia tradicional han quedado obsoletos. ¡Ya no les interesan a nadie!».
Ok. Discútase eso, discútase lo que sea, pero, oigan, ¿avala esa o cualquiera otra consideración que silenciemos el drama de los sitiados HOY, AHORA?
¡AHORA!
Decididamente,: ¡NO!
El sitio
Por Teresa Cruz, New Jersey
En la insularidad que crea el exilio, hace unos días un grupo de compatriotas escuchábamos el relato que hacía Israel Abreu de lo que decía Martha Beatriz Roque sobre el sitio a la casa de Vladimiro Roca en el barrio habanero de Nuevo Vedado. Comenté: «Los no sitiados». Lo hice pensando en nosotros. Craso error que rectifiqué enseguida: «Estamos sitiados», añadí. Más que percatarme de ello, lo sentí.
En conversación telefónica con Martha, ella pone el teléfono en la puerta de la casa para que oiga a la jauría rebajar el español para proferir gritos que he oído muchas veces pero no dejan de aterrarme por vulgares y aterrorizantes. Martha me dice: «¿Tú lo oyes?» Gritos que hace unas décadas obligaron a mi padre a plantarse, machete en mano, en el portal de su casa aunque el acto de repudio era en la otra cuadra. Son las mismas voces, otros improperios, la misma decadencia; decadencia añejada en los barriles de Havana Club.
«Maricones», «Tarrúo’», «gusanos», «vendepatrias», «que te mato», «lo’ vamo’ a matar», «ustedes son unos singáo’», «te voy a singar». Eso gritan. Dudo al repetir esas palabras –aunque santa no soy- pero cómo relatar el horror, las gargantas desgarradas, amenazadoras, que tiran las palabras en el altavoz para que todo el cielo habanero y los niños que los acompañan, las escuchen, las repitan. Sí, cómo no, hay niños, hijos y nietos de los repudiadores. Están los adolescentes de la cercana secundaria básica dirigida por una mujer que aportó su grito civilizado: «Yo quiero tirarles la bomba de Hiroshima y Nagasaki.» Y después dirá: «la tiré, ¿y qué?»
Los niños acompañan sus gritos con gestos lujuriosos, los menos niños también. Enseñan los glúteos, se tocan las regiones púbicas, algunas despobladas ya, me imagino. Siempre que llamo por teléfono hay novedades circenses pero mortales: entraron, forcejearon, se golpeó el dedo Martha Beatriz, le tiraron una piedra en la cabeza a Vladimiro. El domingo pasado, un hombre con un cuchillo en la mano, desde la acera, le gritaba a Martha: «¡Te voy a matar!»
En inefable acto de la tiranía se le ha permitido a la prensa extranjera pasar el cerco para entrevistar a los participantes en el acto de repudio. A los sitiados no, claro. Hay un cordón de policías que rodean las cuadras aledañas a la casa de Vladimiro Roca. Acto inteligente para sitiar al resto de la población.
Los agresores son los agentes fascistas de esa entelequia que la Unión Europea y el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) llaman gobierno, quizá por compromisos anteriores con los Castro y, seguro, por esperanzas de recuperar a la «siempre fiel», para exorcizar los complejos de 1898. Ellos refuerzan el sitio. Otros no se han enterado del sitio; la SINA permanece callada aunque se reunieron con opositores y adeptos a la entelequia, después del pregonado concierto que, tan pronto, se hizo desconcierto.
Estamos sitiados. Estamos sitiados y no respondemos con toda la fuerza que exige el cerco: unos andan rompiendo libros; algunos alegan cómo lo hubieran hecho ellos; otros pasan la vista por la pantalla del PC, se asombran y siguen, pasan faxes; todos dolidos pero paralizados ante el sitio.
Nos hemos acostumbrado. Pero son trece ahí y puede que el régimen les sirva la última cena.
La ilustración es de Guamá.
De contra:
Imágenes del sitio a la casa de Vladimiro Roca:
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 06/11/2009 3:19
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