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Programa en Sant Boi para los Latin Kings, de haberlos

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Un sujeto prehumano golpea a una muchachita ecuatoriana en un tren de la periferia de Barcelona, la insulta, le pellizca un pecho, le pega una patada en la cara y, dos días después, me lo encuentro en los telediarios paseando su celebridad.

Es lo que tiene haber domesticado a los Latin Kings. Haberlos convertido en una «Asociación cultural» patrocinada por el Ayuntamiento de Barcelona. Es lo que tiene la cultura, cuando institucionalizada. Es lo que tienen los ayuntamientos contra natura. Se olvidan la justicia y el derecho a la violencia. Devuelta.

Escucho a la abuela del prehumano y al psiquiatra que lo trató. La primera lo disculpa. Para eso, dicen, uno tiene abuela. El segundo, afirma que lo que él vio no fue que pegara a la ecuatoriana. «Se pegaba a sí mismo», dijo requetefreudiano a Antena3.

Si yo les coordinara la agenda a los Latin Kings de marras –a los genuinos; no a los amansados- les programaría para hoy: «Machacar al psiquiatra» a las diez, «Machacar al prehumano “neng”» a las once, y, a las doce, «Fiesta en casa del psiquiatra para festejar que han machacado al prehumano».

Porque, oigan, no hay parto –tampoco el de una sociedad multiétnica- sin sangre. Devuelta.

De contra:

Entretanto, Watson se va y desde Nigeria lo apoyan. Buen par de testigos le han salido al abogado defensor del prehumano.



Bush de ayer en Granma de hoy

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La apuesta de George Bush ayer no es la peor, por mucho que diste de ser la mejor. Entendida la cosa desde la perspectiva de la eficacia, se entiende.

Hábil es que se haya centrado en dos asuntos de veras cruciales. Dos de lo mismos con los que trasiegan los hermanos Castro.

Ataca, así, un par de cuestiones que imprimen razones retardatarias a la transición cubana.

La primera, la cuestión de cómo afrontar el descalabro económico que acarrearía para decenas de miles de familias un proceso de privatización y reconducción de la economía cubana hacia cauces liberales. Hace unos días Raúl Castro se apuntó tanto mayúsculo con ese Chávez dispendioso que ofreció a Cuba el petróleo que precise. Petróleo, es decir, dinero. Mucho dinero. Bush propuso alternativa. Lo malo: que esa cuestación está condenada al fracaso, porque serán muy pocos los gobiernos que comprometerán su dinero para ayudar a país cuyo gobierno no pide esa ayuda, sino que la rechaza.

La segunda, el miedo de los uniformados a que el cambio les acarree súbito desempleo más ese algo del que les avisaba Fidel Castro el pasado domingo:

«Como afirma Ricardo Alarcón, presidente de nuestra Asamblea Nacional, compañero bien informado sobre los manejos e intenciones de Bush, detrás (de la declaración de éste) vendrían los pelotones de fusilamiento de la mafia cubanoamericana con permiso para matar a todo el que huela a militante consecuente del Partido, la Juventud y las organizaciones de masas.»

Nótese, por cierto, que ese texto no fue a sumarse a la hilera de «reflexiones». De hecho, no sabían muy bien qué hacer con él y se vio, aquel domingo, que aparecía indistintamente como «Mensaje de…» o «Declaración de…» La prensa cubana ha mostrado un celo extraordinario a la hora de informar de la mala suerte corrida por cada militar de país totalitario o peritotalitario que acabó en la cárcel, la horca o las colas en las oficinas donde se cobran los subsidios por desempleo. Les han repetido machaconamente a militares y policías cubanos que su destino es triste. Que más valen la jabita y los 420 pesos de media que el olvido y el castigo. El del Adidas quiso meterles más susto con esos pelotones de fusilamiento. Bush respondió asegurándoles que nada tienen que temer. Una aseveración problemática, porque dicha por la boca que la dice indica que EE.UU. se promete garante de una transición. Y ese élan injerencista vuelve a alimentar los discursos encendidos de La Habana.

George Bush maneja una idea de Cuba que se parece a la que tiene de Bauta mi vecina catalana. Apenas sabe, la segunda, lo que yo le he contado muy interesadamente. Y Bush sabe de Cuba lo que le cuentan unos cubanoamericanos que parecen asesorados a medias por mi vecina y sus jefes de campaña electoral.

Así, cree que puede decir a Raúl Castro lo que Ronald Reagan dijo hace veinte años a Mijáil Gorbachov -aquello de «Eche abajo ese muro»- y el segundón soplará, porque la cosa «ya viene llegando».

¿No hay nadie ahí para decirle que el mero hecho de que recurra a canción que emocionaba hace diecisiete años denuncia a estas alturas el fin de toda esperanza? ¿Nadie que le regale copia del Archipiélago GULAG de Solzhenitsyn o, más a mano, del GULAG, de Anne Applebaum? ¿Nadie que lo informe de las tasas de audiencia de la Televisión Martí? ¿Nadie, por fin, que le diga que Havel es rotundamente checo y que la única razón que vale la pena esgrimir a favor del mantenimiento del embargo es la razón moral?

A pesar de tales carencias, George Bush representa a la primera democracia del mundo y, aun cuando penosamente aconsejado, supo trasmitir ayer un mensaje que debería resonar en las cancillerías europeas y latinoamericanas. El del compromiso con la libertad como deber ineludible de toda democracia. Ese solo testimonio valió la pena, por reiterativo y estéril que sea.

Tanto más cuanto que ocupa hoy página entera del Granma, principal -por inmediato- saldo de veras positivo para los cubanos. Al menos, este jueves podrán comprar por un peso cuatro hojas de las que una contiene unos cuantos párrafos que merecen lectura e infunden esperanzas.

 

De contra: En El Nuevo Herald era tal ayer el desasosiego que anotaron que Bush se oponía al embargo.

 

UPDATE:

Intervención de Ulises Aquino, tenor lírico y Director de la compañía Opera de la Calle en reunión celebrada el pasado 18 de octubre en la UNEAC.

A vueltas con la parametración con adagio del color del dinero: " ¿Cómo vamos a crear, si nos cuestionan los que debían apoyarnos, si los pocos medios con que cuenta el país se gastan entre los que no producen y gastan mucho? Cuestan más los que viven de los artistas que lo que produce el arte."

Dijo Aquino:

El Teatro Musical, ha sido históricamente la expresión artística más perjudicada, por los errores políticos, y por el intrusismo profesional, en la historia del Ministerio de Cultura.

Existen en nuestra ciudad de más de dos millones de habitantes, más de 4 agrupaciones de Folclor Afrocubano, más de 6 de Danzas Españolas, más de 10 de Danza Contemporánea, más de 2 de Ballet Clásico, más de 10 de otros tipos de danzas, sin contar el Ballet de la Televisión, ni Tropicana, ni los distintos cabarets de la ciudad. Increíblemente en el país más musical de la tierra, en nuestra ciudad, hay un solo Teatro Lírico y ningún Teatro Musical.

Las razones son varias, aunque una sola reúna el peso suficiente para que esto ocurra.

El Teatro Musical o Lírico son manifestaciones escénicas y musicales, y en nuestro país el Teatro es un Ministerio y la Música es otro.

¿Acaso es la ópera más musical que escénica, o más escénica que musical?

Ambas expresiones son de idéntica importancia en este género. El fenómeno se reduce al divorcio de estas dos manifestaciones, y lo más grave es el desconocimiento total de esta especialidad por el Instituto de la Música y la falta de desarrollo de especialistas en el Teatro.

Con estas circunstancias, el género Escénico-Musical se encuentra en un callejón sin salida.

La Ópera de la Calle, surge:

- por nuestra inconformidad con el rumbo del género Lírico,

- por la necesidad de proyección, y comunicación social.

- por cambiar la imagen del género,

-por encontrar un punto de igualdad de posibilidades, con respecto a otras manifestaciones,

-para encontrar dentro de los pocos espacios de creación actuales nuevas y prometedoras, formas de llegar al pueblo,

-para desarrollar la imaginación,

-para que no muera, el gran espectáculo en nuestro país.

Si existen tantas Compañías de Danza en la Ciudad: ¿Por qué no pueden existir, 2, 3 o 4, Compañías de Ópera, Teatro Lírico, o Musical?

El Teatro Musical, llego a Cuba casi en las mismas fechas en que se creaba nuestra identidad. Mucho antes de que existieran agrupaciones danzarias como las que existe hoy, visitaban Cuba Compañías de Ópera, Opereta y Zarzuelas de todas partes y nuestro pueblo disfrutó durante más de siglo y medio de Compañías como las de Águila Martello, Pepita Embil, Placido Domingo padre, Miguel de Grandy, Ernesto Lecuona, Pro Arte Musical y otras muchas, y el género estuvo presente y enraizado en nuestro pueblo, así como en su Historia, desde el mítico Teatro Villanueva, el Alhambra, el Martí y el Musical de Consulado.

Quisiera aclarar que me satisface muchísimo la existencia de todas estas Compañías de Danza, como muestra del desarrollo danzario en Cuba. Estas Compañías agrupan cada una a más de 45 integrantes, casi la misma cantidad de artistas que Ópera de la Calle, con su propia Orquesta, su Coro y sus Solistas.

¿Por qué cuesta tanto apoyar el trabajo y no se ayuda a quienes tratan de dar al pueblo otras opciones culturales, tan válidas como las demás?

Aunque pueda parecer altisonante, realmente estos géneros deben ser apreciados con mucho cuidado y apoyo, pues muchas personas pueden bailar pero todas las personas no pueden cantar, aunque lo hagan, y muchos menos pueden cantar, actuar y bailar a la vez.

El Género del Teatro Musical, la Ópera y nuestras Zarzuelas nos distinguen de gran parte del mundo, y en vez de potenciarlo, lo negamos.

No existe un solo Cantante Lírico que viva en Cuba con un CD grabado en nuestro país, y me refiero a los que realmente son Cantantes Líricos. Los estudios de grabaciones de Cuba solo dan servicios a la Nueva Trova, la Salsa y ahora al Reggueton. La memoria histórica de artistas, como el gran Tenor Cubano Antonio Lázaro, quien falleció hace un año y se llevó consigo su sueño de tener un disco, para el recuerdo de que en Cuba existió un gran Tenor, o Jesús Li, o Alba Marina, o Hugo Marcos, o María Julia, o nuestro Gran Bajo, Israel Hernández, o Gustavo Lázaro, o Aldo Lario, que ya se perdió, y otros aun vivos, o muchos jóvenes brillantes que solo encuentran espacio fuera del país.

¿Por qué no existe ni la más mínima preocupación siquiera por mostrar algo de sensibilidad entre los que dirigen la música en nuestro país?

Hace casi dos años, en una reunión del Consejo editorial de la Revista de Música Cubana, tuve un debate fuerte con el Maestro Cesar Portillo de la Luz, quien expresó que la Música cubana estaba secuestrada, y yo, que confiaba en nuestras Instituciones, le dije que eso no era cierto. Aprovecho hoy para pedirle excusas al Maestro, pues la Música Cubana se encuentra Secuestrada, Maniatada y Torturada, sobre todo por quienes viven de los músicos, no por los artistas.

Hemos luchado nosotros mismos por tener nuestro sello Discográfico, nuestro Estudio y nuestra Orquesta para esto. Es imposible, no somos del Instituto de la Música.

Hemos incluido nuestra Orquesta en las Galas del Cubadisco 2007, porque a pesar de que el Presidente del Instituto no quiere más Orquestas Sinfónicas en la Capital, ninguna de las otras dos que existen podían asumir el Cubadisco, y con notabilísimo éxito de público y crítica, acompañando y grabando con los mejores exponentes de nuestra música, con el Mtro. Juan Antonio Leyva, con Edesio Alejandro y la Mtra. Zenaida Romeo, el grupo de Compay Segundo y su música, hecha en la Ópera de Roma, grabamos y nos presentamos en el Teatro Karl Marx tratando de llamar la atención sobre las potencialidades de nuestro empeño, pero no se le prestó ni atención por parte del Instituto.

El reconocimiento fue que los estudiantes de música que formaban parte de nuestra Orquesta fueron ubicados en otras Provincias donde no hacían falta, hasta el punto de ubicar a la Chelista en una Retreta, y de mandar a la bajista a donde ya habían 9 instrumentistas y solo 2 contrabajos, en Matanzas.

Estas ubicaciones hubieran sido justas, si en el empeño del Presidente del Instituto de la Música de crear 170 Bandas en el país no se descuidaran las que ya están creadas como la Banda Nacional, la Provincial o la de Mazorra, que no tienen ni instrumentos, atriles ni papel para copiar música

Se quieren formar 170 Bandas en el país con músicos de la Habana. [Esto consumiría] 6000 instrumentos, 6000 atriles, 170 locales, más de 6000 salarios, (pues habrá que incluir a los que van a dar servicio a esta cantidad de gente inexistente), y las Orquestas que ya existen no tienen nada.

Yo soy un convencido de que no 170, diez no se van a crear, pero si así fuera, ¿por qué les molesta nuestra Orquesta?

En contra de la voluntad de este compañero [Abel Acosta], y de los obstáculos que nos crean los que no son artistas, hemos seguido adelante, respaldados por el amor a nuestro trabajo y los pequeñísimos medios, pero el Gran apoyo moral de Bárbara Rivero, de Rusbel, Ibis y Arístides en el Centro de Teatro, de Carlos y de Harold en la UNEAC, de aquellos que quieren pero no tienen.

Más de 6 entrevistas le pedimos al Cro. Julián, y más de 10 al Ministro, y hasta el día de hoy ni una sola vez hemos sido llamados para ver este asunto.

El Presidente del Instituto de la Música, quien me dijo personalmente que no sabía quién yo era, me dejó saber que él no quería más Orquestas en esta Ciudad, que había sido un error del Consejo aprobar esta Compañía, y que él ya tenía el diseño de lo que sería el futuro Musical de los recién graduados en música de los próximos años.

¿Quien tiene el derecho de hablar así? De ubicar a jovencitos talentosos en una Banda de pueblo obligándolo a hacer dos Servicios Sociales, uno como instrumentista y otro en la docencia, violando la ley del Servicio Social. Sin condiciones, en este país, con la situación de transporte que tenemos. Muchos de ellos, tienen que venir desde Cienfuegos u otra parte a hacer sus estudios en el ISA, que se ganaron como estudiantes, y los cambian y los ponen a trabajar.

¿Quién cuida los derechos de estos recién graduados?

Con esos conceptos definitivamente morirá nuestro patrimonio escénico musical. Es indispensable y necesario explicar que, aun cuando la Ópera se presenta en Concierto, sigue siendo una manifestación escénica en ese mismo acto.

Cada aria de Ópera o de Zarzuela, Dúo, Trío y es concertante por sí solos, y fuera del contexto de la Obra completa, posee una dramaturgia con conflicto, desarrollo y final. Por lo que el cantante en cada momento, está actuando.

Cuando se escucha al cantante lírico, de acuerdo al lenguaje contemporáneo de los especialistas, en ese discurso se está visionando y audicionando un monólogo escénico musical.

Por tanto no es el mismo Concierto, que realiza un trovador o un cantante popular, al que realiza un cantante lírico, lo que en esta denominación clásica, encontraron un nombre más rimbombante a lo que siempre se le llamó, un recital.

Un Concierto es, el encuentro de la más pura creación e interpretación con el público, medie o no escenografía, vestuario o la totalidad de la obra. Lo que sucede es que así como se han apropiado de los medios, también se han apropiado de las denominaciones, y hasta un grupo de Reggueton hoy hace un Concierto, y se ha creado hasta una Empresa de Reggueton y Hip Hop.

No se entiende que hoy, cuando más funcionarios viven de los artistas, donde cada manifestación tiene un Ministerio de Cultura: Los Pintores uno, su Consejo Nacional, los Músicos otro, el Instituto, los Teatristas, Bailarines, bailadores, etc., un Consejo Nacional de
Artes Escénicas. Cada uno de estos Consejos, con: Delegaciones Provinciales, con Planificadores Economistas, Chóferes, Productores, Programadores, Especialistas, Relacionistas Públicos, Relaciones Internacionales, Personal de Servicios, Carros ,Motos, Camiones, Guaguas, Gasolina, Internet, Almuerzos , Meriendas, Viajes al extranjero, de todo.

Estos mismos funcionarios son los que se molestan cuando alguien quiere ser artista, y lo estigmatizan, y a los que salen de la calle los llaman "artículos 12c", y crean leyes para que no puedan viajar, tienen que estar evaluados y las Comisiones de evaluación, no funcionan, mucha gente que eran evaluadores ya murieron, otros ya no están aquí , y otros que no estarán porque no se han renovado, y se llevarán consigo la evaluación de mucha gente, y se hará más vigente aun el filme de Titón, "La muerte de un burócrata". Porque de nuestras calles vinieron Benny Moré, Rosita Fornés, Bola de Nieve, Compay Segundo, Polo Montañez, Celia Cruz, La Lupe, Pacho Alonso, Enrique Almirante, Enrique Molina, Adolfo Llauradó y muchísimos más, orgullo de nuestra Patria y de Nuestra Cultura.

Yo le he dado la vuelta al mundo cantando aquí y allá, y hasta el día de hoy nadie me ha pedido un papel de nada. Me han pedido, que cante. Porque los griegos, que inventaron el teatro, no evaluaron a nadie, porque Mozart, sin estar evaluado, a los 6 años hizo su gran ópera "Bastián y Bastiana", Aquí no hubiera podido hacerla, primero tenía que graduarse del ISA.

Porque esta Burocracia está acabando con todo. Ocurre en Cultura lo mismo que en la Campaña del mosquito, uno solo viene a matarlo, pero después vienen 6 a ver si el primero lo mató. Si los 6 vinieran a matar mosquitos no hubiera mosquitos. Porque gastamos un millón, para que la gente no coja un peso. Pero esos funcionarios, que son los que deben buscarles el trabajo a los artistas, cobran el 50% de lo que ganamos en divisa, y nosotros tenemos que buscar el trabajo y además servirles de mensajeros a ellos, que tienen la gasolina y el transporte. Tenemos que llevarles, el contrato para acá y la orden para allá, y recoger el descuento, todo esto para mantener a un montón de gente que no hace nada, cuyos salarios no peligran, pues los cobran mes por mes, y además viajan más que los artistas y reciben superación y colaboraciones en el extranjero.

Ya lo dijo el Apóstol cuando analizó el tratado de Spencer:" Mal anda un país de funcionarios".
Son los que determinan si tú puedes o no viajar, si tienes que cobrar tanto o más cuánto.

¿A quién que no era artista se le ocurrió ponerle precio al trabajo de otro? Yo canto en la Sierra Maestra gratuitamente, en homenaje a lo que sea por mi Patria, por la revolución, ¿por qué no puedo, cantar en España gratis para el amigo que me donó la Computadora para la Compañía?, y además pedir permiso. ¿Qué tiempo más tengo que pedir permiso? ¿Cuándo voy a ser mayor de edad y voy a ser dueño de mi vida y de mis movimientos?

Si el Estado no tiene los medios o las condiciones, no debe negarse la posibilidad de que las cosas se hagan. Existen muchas fórmulas, solo hay que buscarlas. Por eso no podemos crear.

¿Cómo vamos a crear, si nos cuestionan los que debían apoyarnos, si los pocos medios con que cuenta el país se gastan entre los que no producen y gastan mucho?

Cuestan más los que viven de los artistas que lo que produce el arte.

Estoy convencido de que todo cuanto he dicho aquí, será interpretado de diversas maneras, de que pueden tratar de cobrarme el atrevimiento y podrán verlo desafiante. Nada de eso sería justo, y ustedes compañeros, colegas y amigos serán testigos de lo que pueda pasar con la Ópera de la Calle y el empeño de tantos jóvenes y de importantes profesionales.

En lo personal, la UNEAC, más que el Ministerio, conoce de mi carrera Internacional, como figura de la Ópera, no necesitan del Ministerio de Cultura. De que estoy aquí, compartiendo la suerte de mi pueblo, de la revolución y estaré siempre.

Muchas gracias.

 

A los lectores de Barcelona:

Esta tarde, en la FNAC del Triangle:



El CH€/(CHE) en Barcelona: Iván de la Nuez y Rodrigo Fresán

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¡Che! Revolución y Mercado, exposición comisariada por Trisha Ziff, se presenta esta noche en el Palau de la Virreina de Barcelona.

Proyecto mutante, como la figura del argentino que es su objet d’art, desembarca aquí con ese catálogo de «cheses» al que dieron pie Korda, Mario Terán y Giangiacomo Feltrinelli.

Ernesto Guevara, «el Che», es sobre todo el CH€. Una máquina de generar imágenes paródicas: crísticas, comerciales, vindicatorias de causas que quién sabe si Guevara de la Serna habría secundado y de muchas que habría reprimido a sangre y fuego.

Ese Guevara, asesino de tantos y amateur de tanto, tuvo un rostro –tuvo un día un rostro; tuvo un instante un rostro- que se ha convertido en el más reproducido de todos los que conocieron ideologías e imprentas del siglo XX. Trisha Ziff se ha dedicado a coleccionarlos.

A propósito de la exposición, abajo siguen dos textos.

«La foto fantasma», de Iván de la Nuez, director del Palau de la Virreina, que narra los avatares previos de la exposición y enumera algunas razones para felicitarse por su presencia en Barcelona. Le agradezco que lo ceda para los lectores de El Tono de la Voz.

Le sigue «El códiChe Guevara», magnífico texto de Rodrigo Fresán para el catálogo de la exposición. Mis agradecimientos también a Fresán.

CHE! Revolución y mercado estará expuesta en el Palau de la Virreina de Barcelona desde el 25 de octubre de 2007 hasta el 20 de enero de 2008.

El libro-catálogo está publicado por Turner y cuenta con textos de Trisha Ziff, Wally Ollins, David Kunzle, Rodrigo Fresán e Iván de la Nuez.

 

LA FOTO FANTASMA

Por Iván de la Nuez

Una foto recorre el mundo... Este es el título de un documental de Pedro Chaskel sobre la famosa fotografía del Che Guevara tomada por Alberto Korda el 5 de marzo de 1960 en La Habana. Un fantasma recorre el mundo... Y este es el comienzo del libro que ha producido el mayor quebradero de cabeza en la historia moderna: Manifiesto Comunista. El documental narra la historia de aquella foto, e intenta restituir al fotógrafo cubano su copyright definitivo, después de ver usurpada y expandida su imagen por el mundo entero, gracias al póster que el editor y militante de la izquierda radical Giangiacomo Feltrinelli publicó para acompañar el Diario en Bolivia. La foto de Korda se llamó Guerillero Heroico. El póster de Feltrinelli tuvo un título algo más psicodélico: Che in the Sky with Jacket. En principio, el retrato y el Manifiesto estaban unidos por la subversión. Al punto de que el propio Korda siempre mantuvo la idea de que esa foto debía representar la figura de un revolucionario y, aún más, de la revolución misma. Pero la foto - su foto- que hoy recorre este mundo no apunta a eso. No es la imagen de la revolución sino la del marketing. No nos invita al socialismo sino al consumo. No es el Che sino su fantasma. O, dicho con más exactitud por el narrador argentino Rodrigo Fresán, “no es un fantasma, sino la foto de un fantasma la que recorre el mundo”.

Ese retrato espectral ha adquirido vida propia, más allá del retratado y del retratista, hasta convertirse en la imagen más reproducida de la historia de la fotografía. En ceniceros y camisetas, tatuajes y graffitis, marcas de cerveza y pins, la imagen del Che está repartida por cualquier rincón de la geografía planetaria. Comenzó a aparecer, como tiene que ser en cualquier fantasma que se precie, después de muerto el personaje y en el mejor escenario posible: las convulsiones del 68. Hoy el rostro ubicuo del Che inspira, a pesar de los desvelos revolucionarios de Korda, las lecturas más dispares: es capaz de unir a contestatarios y estrellas de Hollywood, revolucionarios y top models, alternativos y vendedores de baratijas, artistas consagrados y grafiteros anónimos, nostálgicos del comunismo y ultras del fútbol...

En cualquier lugar del plantea, el Che nos mira siempre. Desde las subastas de e-bay en Internet. Interpretado por Omar Shariff, Antonio Banderas, Gael García o Benicio del Toro en Hollywood. En las obras de artistas como Annie Leibovitz, Vik Muniz o Marcos López. Desde los billetes de tres pesos que hoy emite el Banco Nacional de Cuba. En altares populares donde aparece como “Chesucristo” según lo ha visto David Kunzle. En un tierno modelo de Gaultier o bien puesto de marihuana en un coffee-shop de Amsterdam. En el tórax de Myke Tyson y en el brazo de Maradona. En el tanga de Giselle Bunchen (que he rebautizado como Bund-Che-n) y en la solapa del cómico Randy Credico, para quien el guerrillero prendido a su americana no es obstáculo que le impida zamparse una monumental langosta en el restaurante Docs de Nueva York.

La historia del retrato de Korda se deja leer también como una novela de intriga, con tramas contradictorias y enigmáticas no del todo resueltas. Alrededor de la foto fantasma encontramos polémicas por los derechos de autor, enfáticas controversias políticas, denuncias familiares, agentes de la CIA y de los servicios secretos cubanos, guerrilleros de todo pelaje, víctimas del Che, algún que otro negocio turbio y hasta pruebas de ADN.

La exposición CHE! Revolución y Mercado, concebida por la crítica inglesa Trisha Ziff, recorre de manera exhaustiva el devenir de esta imagen fantasmal. Durante años de investigación, Ziff ha recogido unas trescientas piezas, firmadas y anónimas, que refuerzan o pervierten la foto original tomada por Korda por medio de fotografías, carteles, películas, sonidos, ropa y artefactos de más de treinta países. Desde la utilización como Agit-Prop en los sesenta hasta las numerosas apropiaciones posteriores. Desde la imagen original hasta su conversión en icono de consumo global. Desde el Che hasta el feti-Che.

La misma exposición ha sufrido, en su recorrido, algunos percances. El más notable, hasta ahora, cuando Gerry Adams, líder del Sinn Fein, fue expulsado de la inauguración en el Victoria & Albert Museum por “anti-éstético”. Por la parte que me toca, debo confesar que programar esta muestra en el Palau de la Virreina también me ha deparado algún que otro disgusto. Antes de inaugurarla, ya el Partido Popular de Catalunya se había lanzado sobre la exposición -“más propia de países como Cuba y Venezuela”-, pues no veían en ella la narrativa de una imagen, sino al Che en persona, levantando a las masas Rambla abajo y clamando por la revolución. Nada me gustaría más que el PP llevara razón y que el arte tuviera, tan sólo, unas mínimas propiedades subversivas. Y nada me gustaría más que allí en Cuba, donde el 80 por ciento de la población ha crecido exclamando cada mañana de su vida “Pioneros por el Comunismo. ¡Seremos como el Che!”, mis paisanos pudieran ver, tal cual, la exposición completa. Pero me temo que, por esta vez, la derecha no tendrá la razón. Desde luego, este es el tipo de proyecto con el que uno no hace muchos amigos. En realidad, no está pensado para quedar bien con todos sino exactamente para lo contrario: busca crear algún escozor en las distintas partes de este asunto y remover un poco las ideas preconcebidas que se tienen sobre las imágenes y las cosas. A los guevaristas ortodoxos seguramente no les gustará un Che Charles Manson, o gay, o fumado, o Homer Simpson. A los católicos más dogmáticos les puede resultar molesto ver al Che en los altares populares de América Latina, adorado como “Chesucristo”. A los anticomunistas irreductibles les provocará urticaria la zona dedicada a agitación y propaganda en los carteles revolucionarios de los años sesenta. A los puristas del arte les repugnará el momento kitsch de muñecos, matrioshkas, maracas y todos esos objetos todavía más “anti-estéticos” que Gerry Adams. A los idealistas puede disgustarles encontrar documentada una carta de Paquito D' Rivera a Carlos Santana, criticando su frívola camiseta del Che en la entrega de los Oscar al tiempo que le refresca la memoria sobre un Che al frente de los pelotones de fusilamiento en Cuba. Los puristas de la crítica de arte -esa especie a punto de extinguirse- posiblemente no compartan que un texto de Rodrigo Fresán tenga por título El CodiChe Guevara y aloje una trama de intriga en lugar de dedicarse a explicar estrictamente los pormenores de la exposición.

Si a David Beckham le dedican cursos de postgrado en Harvard, no parece demasiado descabellado realizar una investigación sobre la fotografía más reproducida de todos los tiempos y preguntarse por el misterio de la ubicuidad de esa imagen. Eso sí, desde la mistificación y desde la parodia. Desde el icono, pero también desde los iconoclastas.

 
 

El códiCHE Guevara: Apuntes para una teoría de una foto best-seller

Por Rodrigo Fresán

UNO No es un Big Bang (el Big Bang llegará más tarde, siete años después) sino un Big Click.

El instante mágico y preciso.

El dedo en el disparador y no en el gatillo y el milagro que, dicen, roba un poco del alma. Aunque aquí --me temo-- el sentido se invierte y es esa foto la que le roba un poco de alma a todo aquel que la mira, la usa, la viste, la pervierte, la cambia sin nunca modificarla del todo.

Una foto que es el alma; que permanece sólida como tal pero que, por el camino, te roba el cuerpo y, con el cuerpo, la vida. Muchos venderían su alma al Diablo para conseguir una foto así. Una foto que despide más religiosidad que cualquiera estampita religiosa con halo y corazón sangrante y ojos volteados hacia el cielo.

Porque a no dudarlo, compañeros: en su revolucionario y revolucionante génesis –en su consciencia de saberse definitiva e insuperable ya en el mismo segundo en el que el negativo comprende todo lo positivo que llegará a ser— está la clave de todo el asunto.

Preparen, apunten, posen.

Y fuego.

DOS Y a mí no me engaña: ese hombre –como el top-model Derek Zoolander preparando calculada y pacientemente su Blue Steel que sacudirá el mundo de la moda-- tiene que haber practicado mucho ese rostro y esos rasgos frente al espejo sabiendo que lo que allí ofrece es, en realidad, una cara-de-espejo. Un lugar donde, sí, reflejarse. Un retrato de Dorian Gray en reversa: mientras la carne y las ideas y las ideologías que toman su nombre en vano y profanan su memorioso espíritu se pudren, esa pose permanece, intocable e intacta, como si la piel estuviese bañada en bruñido bronce o en acero inoxidable o en oro puro. Esa estatuaria actitud destinada a sobrevivir hasta más allá de la carne y más allá de los huesos. Pocas veces un hombre se pareció tanto a su propio monumento y pocas veces un líder político –sin necesidad de decir nada-- tuvo tanta cara de slogan. La chispa de una vida con voluntad de incendio. Sí: ahí está la foto de alguien que, sin abrir la boca –suspendido en el tiempo y el espacio, condenado a romper cadenas perpetuas por toda la eternidad—parece decir “Hasta la victoria siempre” sin detenerse a pensar que se trata de una frase engañosa. Porque lo que en realidad anuncia es una vencida expresión de deseo irrealizable donde la palabra operativa no es victoria ni siempre sino ese ambiguo y elástico y atemporal hasta.

Es la foto que conecta con otra foto en un futuro más o menos próximo (una foto a la que me referiré más adelante) y es la foto de alguien que acaso ya sospecha un impronunciable pero ensordecedor “Hasta la derrota pronto”.

TRES La fotógrafa y especialista en freaks Diane Arbus alguna vez dijo: “Una fotografía es un secreto sobre un secreto. Cuanto más te cuenta, menos sabe”.

Resultaría arriesgado definir a Ernesto “Che” Guevara como un freak pero sí se lo puede considerar una aberración histórica o histérica en el sentido que es un producto comestible y masificado sin fecha de vencimiento a la vista. Y, de acuerdo, se puede definir a esa prototípica y paradigmática foto que alguna vez le tomó Alberto Korda como un secreto, sí, pero –atención-- un secreto a voces. Un secreto a gritos más estridente en su silencio que “El grito” de Edvard Munch.

Una foto con un título que para muchos sonará a oximoron y para muchos otros a redundancia: “El Guerrillero Heroico”.

Una foto que es el sueño húmedo de un agente de Hollywood o de un director de arte publicitario.

Una foto que ya es tan warholiana que hasta Warhol decide pasar de largo y es su esclavo de factoría Gerard Malanga quien se atreve a toquetearla.

Una foto que –con los labios y los dientes apretados— proclama que ha llegado para quedarse para ser multiplicada y deformada, para extenderse con potencia de virus de alto poder de contagio.

Una foto que es un patógeno fotogénico patológico.

Una foto-epidemia que contiene, en los fluidos de revelar que corren por su semblante, una portentosa revelación. Algo así: “Yo soy el que soy. Y yo soy éste. El resto –los demás, los otros, los que me sobrevivirán degradándose y disolviéndose-- no será más que fotos movidas. En el principio era una foto. Y era una foto mía. Y mientras todos ustedes me miran yo miro por encima de ustedes. A otra parte. No les voy a decir qué es lo que miro. Baste con decir que no son ustedes. Y que lo que miro está más allá de vuestra comprensión, porque aquí y ahora yo ya estoy más allá de todo. No me pidan que los ilumine porque yo, en realidad, los encandilo. Yo soy un flash. Y lo más importante, lo más terrible de todo: por más que vivan muchos más años de los 39 que me tocaron a mí, por más que alcancen o superen el siglo de edad, a ninguno de ustedes nunca, jamás, les van a tomar o una foto tan pero tan buena como ésta que me sacaron a mí”.

CUATRO Y tiene razón. Pero al menos tenemos su foto –una foto más de Richard Avedon que de Annie Leibowitz-- y la venganza y la revancha, desde entonces, han pasado por hacerla nuestra, por hacerle todo lo que queramos hacerle, por profanarla y rendirle culto. El equivalente fotográfico a lo que La Gioconda de Leonardo Da Vinci significa para el retrato pictórico. El misterio de una sonrisa traduciéndose aquí en la certeza de una mirada.

La foto de Alberto Korda (alias de Alberto Díaz Gutiérrez, 1928-2001) fue alumbrada una mañana del 5 de marzo de 1960. La suerte o el destino de estar a la hora precisa en el lugar correcto y, sí, es una de esas imágenes que dicen más que mil palabras y tal vez por eso John Lee Anderson apenas la dedique un breve párrafo al satori en su exhaustivo Che Guevara: una vida revolucionaria (Anagrama). Allí se lee, se mira, se dispara:

“Al día siguiente, con los brazos entrelazados en confraternidad marcial, Fidel y el Che encabezaron el cortejo fúnebre (de las casi cien víctimas por una explosión nunca del todo explicada en el carguero francés La Coubre, atracado en un muelle del puerto de La Habana) que recorrió el Malecón. Más tarde, mientras Fidel arengaba a la multitud desde un balcón, flanqueado por los demás dirigentes de la revolución, un joven fotógrafo cubano llamado Alberto Korda encontró un buen puesto desde donde podía retratarlos. Su lente se detuvo en el Che, y al enfocarlo Korda quedó atónito al ver su expresión implacable. Oprimió el disparador y la fotografía no tardó en recorrer el mundo, convirtiéndose con el tiempo en el célebre retrato del prócer que adornaría tantas residencias universitarias. El Che aparece como el icono revolucionario sin par, con una mirada desafiante que escruta el futuro, su rostro es la encarnación viril de la indignación ante la injusticia social”, interpreta Anderson marcha atrás mientras Fidel habla y habla y habla y el Che, solemne, calla. Pero qué pasa si en ese momento el Che estaba pensando en lo que iba a almorzar más tarde, o si se preguntaba dónde habría dejado las llaves de su casa que no encontraba por ninguna parte, o si en realidad estaba recordando un sueño de la noche anterior: una pesadilla donde este extranjero corría por un selva extranjera, traicionado y perseguido por aquellos a los que había acudido a liberar, a revolucionar, y después disparos, disparos de rifles y no de cámaras y su propio cuerpo muerto y acostado, rodeado de extraños, posando para una última foto, con los ojos bien abiertos y el corazón tan cerrado.

CINCO En cambio, el escritor cubano Guillermo Cabrera Infante le dedicará al segundo páginas enteras denunciando algo parecido a una conspiración gráfica –recortando al Che de lo que en realidad es una foto de grupo tomada en el Cementerio Colón; por ahí andan también Simone de Beauvoir y Jean Paul Sarte quien explica al Che como “no sólo un intelectual, sino el ser humano más completo de nuestra época”-- que involucrara al ambicioso Korda (más aficionado a los desnudos artísticos y a las fotos de moda y, según Cabrera Infante, autor por lo menos incierto de la imagen) y a los astutos editores italianos Giangiacomo Feltrinelli y Valerio Riva quienes la posterizaron para la, sí, posteridad en 1967 o en 1968.

Korda lamentó hasta su muerte –según lo que se lee en Senior Service (Tusquets), biografía de Feltrinelli firmada por su hijo Carlo, el no haber pedido derechos de autor por esa foto.

Y concluye Cabrera Infante: “Una palabra o dos, como dice Otelo, antes de irme. Es, como siempre, una pregunta de despedida. ¿Alguien ha reparado que la imagen del ‘Guerrillero Heroico’ muestra la cara no de un ‘visionario revolucionario’ sino de un perdedor nato?”

Está claro que Cabrera Infante exagera un poco.

Porque, para imagen de la derrota, ahí está la otra foto.

La foto que no nos ocupa pero que se me hace imposible no mencionar aquí.

Una foto imposible de manipular porque impone un respeto casi sacro y cuya casi exclusiva alternativa gráfica es la antigua pero por siempre novedosa perspectiva el Cristo muerto del renacentista Andrea Mantegna.

La foto que es el Yang para el Yin de la foto anterior.

La polaridad negativa después de la descarga positiva.

La derrota absoluta luego de la victoria perfecta.

La estudiada composición y luz de los cuadros clásicos y, al mismo tiempo, evoca esos daguerrotipos sepia del Far West que salían en la primera plana de periódicos amarillos. Así, La lección de anatomía fundiéndose con el Wanted Dead or Very Dead: ahí está el Che, Bolivia 1967, horizontal muerto y sonriendo con los ojos ciegos rodeado por sus asesinos. El sueño terminó y nada de eso de “Dondequiera que la muerta nos sorprenda, bienvenida sea”. No, no, no: no es la foto de un muerto feliz pero sí la foto de un muerto inmortal y ya entonces las monjas que se encargaron de lavar el cadáver se percataron de su parecido con el mesías y --cuenta Anderson-- cortaron mechones de su pelo para conservarlos como talismanes dentro de relicarios. Con los años (aunque para mí el Che siempre ha estado más cerca de un mix de Capitán Ahab y Moby-Dick que del Jesús de los Evangelios) sus similitudes se harían todavía más fuertes: ambos, ha quedado más que demostrado, sirven para vender todas las cosas de este mundo –tanto en el campus como en el cottage—y de todo lo que pueda llegar a comprarse en el Más Allá y qué, seguro, incluye a pósters y a pins y a boinas estrelladas del Che Guevara.

Una y otra foto despertaron en su momento y siguen despertando hoy el reflejo obvio y fácil de relacionar a este mártir con el mártir de mártires. Tal vez tenga que ver con el irreducible sedimento místico que, supongo, debe existir en todo hombre dispuesto a morir y a ser inmortalizado por sus ideales. Alcanza con ver esas dos fotos para sentirlo y sentirse cerca más allá de matices ideológicos o simpatías y antipatías políticas. Y es que su historia es demasiado perfecta y no admite intrusos y, ni siquiera, vale la Variante Elvis de que el Che está vivo en alguna parte o el recurso sci-fi de imaginarlo perdido en un continuum de junglas eternas como un Kurtz protagonizando Genesis Now!

Ninguna película le hará justicia (a diferencia de lo que le sucedió a T. E. Lawrence, ese claro antepasado de Guevara, quien a partir de Lawrence de Arabia ha sido anulado por el frente y perfil de Peter O’Toole) y, parece, a esta altura del partido ya nadie tendrá la temeridad de atreverse a imitarlo. (El Comandante Marcos en un Che diet, un Che light, un Che nada fotogénico porque no da la cara y que, también, escribe bastante peor. Nada diré de Hugo Chávez o de Evo Morales salvo que no creo que sus rostros lleguen a engalanar alguna vez el breve bikini de Gisele Bündchen o la camiseta con la que posa para El País un torero venerado que vuelve a los ruedos luego de varios años de misteriosa ausencia y así un matador eligiendo a un matado como figura protectora en su pecho para que lo defienda de embistes y cornadas.

Nunca volvimos ni –todo parece indicarlo– volveremos a tener algo tan absurdo, épico, loco, valiente, ingenuo, poético, sangriento y (para muchos que llegan a predecir incluso su resurrección) irreprochable tanto desde un punto de vista moral como (lo que a mí más me interesa, su vida y su muerte y su después, previsible pero inevitable como una ópera o un mito) tan perfecto en lo que a estructura narrativa se refiere.

Todos conocemos esas fotos.

Tal vez de ahí –las fotos nunca mueren– la impresión de que el Che sigue cumpliendo años más que aniversarios.

SEIS Y misterio o no tanto: uno siempre se encuentra con personas –o con amigos de personas– que dicen haber conocido a alguien famoso y patrio o que, por lo menos, rozó con sus dedos el pesado y trascendente manto de la historia. Ya saben: Evita me regaló personalmente una bicicleta; yo conocí a una chica que vio como Mark David Chapman asesinaba a John Lennon; yo le sonreí a Cortázar y Cortázar me sonrió a mí; Mike Tyson me cerró un ojo de una puñetazo, lo juro; a que no sabes con quién me acosté el sábado… Y siguen las firmas y las anécdotas donde una nube más o menos desconocida se vale de los rayos de un sol poderoso para así proyectar algo de sombra sobre las cosas.

Pero cosa rara: jamás me crucé –en mis cuarenta y cuatro años de vida– con algún mitómano o verídico que dijera haberse cruzado con el Che. La explicación a semejante incógnita –la resistencia de un espectro a ser manipulado por dudosos espiritistas– es, me parece, tan compleja como sencilla: con el Che no se jode. El tipo impuso, impone y seguirá imponiendo respeto.

O tal vez tenga que ver con la foto del Che, la foto de Korda, la foto que se muestra en esta muestra multiplicada hasta la más eufórica de las exasperaciones. Quizá el enigma se aclare así: nos encontramos con el Che cada vez que nos encontramos con esta foto del Che. O mejor aún: es el Che quien se encuentra con nosotros desde esta foto que –a diferencia de esos vulgares trucos cóncavos y convexos que te venden en los alrededores del Vaticano, de esas efigies de Jesús que te siguen con la mirada y te piden limosnas— no nos mira, no le hace falta mirarnos, porque ya nos tiene vistos.

Y yo volví a ver esa foto, traducida a tantas otras fotos, en otra encarnación de esta misma muestra que ustedes ahora ven en los pasillos y galerías del Palacio de la Virreina en Barcelona donde --aquí afuera, en las Ramblas y frente al Palacio de la Virreina—seguro hay algún Che Mimo o un Che Imitador o un Che Folk Singer cantando aquel jingle de “Comandante Che Guevara” o un Che Dorado o un Che Estatua Viviente junto al que los turistas se hacen fotos con el Che.

Y es que no hay problemas en fotografiarse con una versión falsa de alguien que, en la falsificación, ha encontrado su auténtica vida después de la muerte.

SIETE Vi por primera vez esta muestra curada por la inglesa Trisha Ziff en México D. F. –la ciudad en la que se conocieron El Che y Fidel Castro, me gusta pensar que en un restaurante frecuentado por luchadores enmascarados— en un lugar llamado Centro de la Imagen, frente a una plaza y a un mercado popular.

Fui a verla junto con mis amigos y escritores Alan Pauls y Mario Bellatin. Y el efecto conseguido allí y ahora aquí –la radiación a la que uno se expone—es el mismo al que uno se expone cuando se pasea por los pabellones de fenómenos de uno de esos circos que ya no existen poblados por los resultados obtenidos por científicos locos de cine clase B, esos que mezclan una cosa con otra y así…

Pasen y vean: Che Madonna, Che Simpson, Che Star Wars, Che Tatuaje, Che Gay, Che Perfume, Che Dólar, Che Peso, Che Llavero, Che Maraca, Che Guitarra, Che Galleta, Che Botella, Che Vodka, Che Calavera, Che Chihuahua, Che Cenicero, Che Pañuelo, Che Cigarro, Che encendedor, Che de Pared, Che Cristo, Che Santo, Che Camiseta, Che Moneda, Che Reloj, Che Sello, Che Cerveza, Che Gaseosa, Che Hoja de Contactos de donde sale ese Che siendo estudiada por Alberto Korda.

Y –Che Etc.-- la paradoja de que “el ser humano más completo de nuestra época” predicado por Sartre se convierta en la imagen más incompleta por, paradoja otra vez, resultar imposible de agotar a partir de su perfección.

Y, pensé entonces y vuelvo a pensar ahora, me sorprende que ningún gran laboratorio farmacéutico haya patentado algún medicamento para el asma –enfermedad-fetiche del Che, el Gran Asmático Argentino, ¡salud!— con su nombre y figura: Aschex o Chesmax o Guevarín o Cheguevaricina o algo por el estilo. Un último homenaje para aquel que, apenas en 1947, adolescente, escribía un poema donde manifestaba su temor a sucumbir por falta de aire en sus pulmones cobardes y no en un violento estallido de gloria: “Las balas, qué me pueden hacer las balas / si mi destino es morir ahogado. Pero voy / a superar mi destino. El destino se puede / alcanzar con la fuerza de voluntad. (…) Morir, sí, pero acribillado por / las balas, destruido por las bayonetas, si no, no. Ahogado no… / un recuerdo más perdurable que mi nombre / es luchar, morir luchando”.

Destino concedido entonces.

Y ya se lo dijo muchas veces: cuidado con lo que deseas porque puede hacerse realidad.

OCHO Fue aquel un domingo largo y mexicano y chilango que siguió en una mezcalería y –varios y demasiados vasitos pequeños pero contundentes después; casi tantas variedades de mezcal como variedades de la foto de Korda horas antes— fue a dar frente a un televisor donde, alucinados y carcajeantes, asistimos al estreno mundial del documental de la National Geographic titulado El evangelio de Judas. Un documental delirante y muy Dan Brown donde volvía a postularse –ahora como versión alternativa pero verosímil de la historia oficial—aquello de que el traidor era el verdadero héroe, el que con su infamia encendía los motores de movimiento perpetuo de la apoteosis. Inevitablemente trasladamos la cuestión al mapa de la revolución cubana, superponiendo Ches y Fideles y muertes anunciadas u orquestadas pero siempre mezcalizadas. Ya saben: el Che que les dice a sus captores en Bolivia que “Valgo más vivo que muerto” sin detenerse a pensar que vale más muerto que vivo para Castro quien pierde un problema y gana un tótem multiuso sin derecho a réplica pero con inusitada potencia para ser serializado en réplicas: “Un modelo de hombre que pertenece al futuro”, rugiría Castro el 18 de octubre de 1967 en su discurso en el velatorio nacional sin cadáver en la Plaza de la Revolución de La Habana. Un veterano agente de la inteligencia cubana le dirá al biógrafo Anderson –con una mezcla rara de lírica y cinismo—que “Hubiéramos querido tenerlo con vida aquí en Cuba, pero la verdad es que su muerte fue una ayuda tremenda para nosotros. Difícilmente hubiéramos tenido tanta solidaridad revolucionaria en todos estos años si El Che no hubiera muerto como lo hizo”.

Lo de antes, lo dicho: el producto perfecto.

El Che –cuyas certezas solían ser cuando menos un tanto fantasiosas-- que, en una carta a su madre, tal vez intuyendo lo que se venía, se auto-diagnostica, por una vez, con absoluta precisión: “Se ha desarrollado en mí el sentido de lo masivo en contraposición a lo personal”.

Y no se equivocaba.

Y ahí está en todas partes: multiplicado y multiplicándose. Y “‘Mezcal’, dijo el Cónsul”, aullaban los escritores.

Y en el avión de vuelta –todavía un poco en el aire-- me crucé con una foto de Gisele Bündchen desfilando en un ya mencionado bikini con estampado del Che Korda sobre sus pechos y su pubis.

Y más de un año después este escritor –el aquí firmante-- volvía a pensar en lo mismo. Ahora en Barcelona, junto a otros dos escritores amigos (Javier Calvo y Diego Salazar) y frente a platillos de esa revolución gastronómica conocida como sushi y a la que el ensayista Nick Tosches señaló como forma subrepticia de los ideales orientales invadiendo –lo crudo imponiéndose a lo cocido—a Occidente o algo así. La conversación –el éxito editorial de sombras, catedrales, códigos, sábanas santas, esas cosas— derivó, entre tristes sonrisas, al cómo alumbrar un best-seller perfecto y conspiracional y paranoico y, claro, religioso e histórico.

El título y el tema surgió como una revelación: El códiCHE Guevara. Uno de esos thrillers con apellido célebre.

Por esos días yo había leído un número de la revista mexicana-española Letras Libres con el Che Guevara en la portada – El Che Revisited era el título general—donde se reunían varios artículos interesantes: una investigación sobre los hipotéticos falsos huesos del Che (encontrados oportunamente para decorar los fastos por el trigésimo aniversario de su muerte, en 1997, en uno de los momentos más down y oscuros por los apagones de la Revolución Cubana), una defenestración de su vigencia ideológica y otra sobre el marketing de su imagen. Allí, Félix Romeo contaba: “The Che Store (www.thechestore.com) es una tienda virtual en la que se venden productos relacionados con el Che. Su slogan es impresionante: ‘Para todas tus necesidades revolucionarias’. La página tiene también una función didáctica y aleccionadora: se cuelgan informaciones y documentos (favorables y en inglés) sobre el Che. No hay problemas para pagar con Visa o con American Express o con Master Card. El Che estaría encantado”.

De todo esto y de tantas otras cosas surgió la idea para la novela que –hasta la victoria siempre-- me hará millonario.

NUEVE El códiCHE Guevara (Ideas más o menos sueltas) La novela comienza con un asesinato en el Palacio de la Virreina. La muerte muy violenta de alguien que se coló por una ventana por una noche en busca de… algo. Una sombra (la sombra tiene respiración pesada) lo sigue y lo persigue y lo estrangula y deja, sobre su pecho, grabadas con un estilete, la palabra: VIVO. Enseguida se descubre que el muerto es uno de los más importantes guevarófilos del mundo y, un poco después, comienzan a correr los rumores sobre su pasada participación en el fusilamiento de Guevara en La Higuera (enumerar en algún momento los detalles de la tutankamónica maldición del Che –leyenda urbana y/o campesina-- por la que varios de los asociados con la muerte de Guevara también murieron de manera violenta) y su amistad con el agente de la CIA Félix Rodríguez (aquel que declaró que, en el momento de la muerte del guerrillero, el asma del Che saltó para ya nunca abandonarlo sobre él quien nunca había tenido problemas respiratorios) y su vínculo con el verdugo material Mario Terán (consignar también que –me cuenta alguien que lo leyó en el blog que lleva el argentino Juan Pablo Meneses en el diario Clarín— este hombre anciano y casi ciego por las cataratas volvió a ver gracias a los médicos cubanos que llegaron en la Operación Milagro para operar, gratuitamente, a gente sin recursos; interesante: el último hombre que vio vivo al Che, el que lo mató, vuelve a ver ahora con una ayuda de cirujanos revolucionarios que no lo reconocieron al operarlo; la paradoja con mucho de trama borgeana donde aquel anónimo verdugo que conoce el consuelo de dejar de ver a su célebre víctima recupera la vista y descubre la condena de volver a contemplar, en todas partes, esa foto). El protagonista es un joven coleccionista de memorabilia Che (tal vez un empleado de The Che Shop) quien nunca supo que su padre fue agente de la CIA hasta que este, en su lecho de muerte, le confiesa que existe otra foto del Che tomada por Korda aquella misma mañana de 1967 (a la que se refiere como “El Guerrillero Satírico” en lugar de “El Guerrillero Heroico”)y que su hallazgo podría cambiar la historia. Mientras tanto, comienzan a morir asesinados todos los actores que alguna vez representaron al Che: Omar Sharif, Antonio Banderas, Gael García Bernal y, coming soon, Benicio del Toro. Y –por qué no—Manu Chao también aparece muerto. El protagonista –llamémoslo Frank—se enreda (sexo, mojitos, música, azúcarrrr) con una hermosa cubana que en principio parece una jinetera de luxe pero que en realidad es la hija de uno de esos cantautores cubanos de voz finita y espía-mercenaria (quien comienza respondiendo a órdenes de Al-Qaeda, ya que Osama Bin Laden le atribuye propiedades mágicas a la fotografía misteriosa; pero que finalmente se redime y se pasa al bando de Frank) y, juntos, siguen la pista de la foto perdida hasta que comienza a vislumbrar las claves del misterio: el Che de la foto de Korda no es el verdadero Che sino un actor/modelo perfecto quien más tarde se habría recluido en un convento de clausura (para introducir el imprescindible e inevitable factor religioso en la trama; no estaría mal que se tratase del mismo convento italiano en el que pudieron haber estado escondidos o no los restos embalsamados de Evita y donde se fabrica una pócima medieval que cura el asma) y quien, ahora, enloquecido y suelto, se habría convertido en serial killer (inspirado por la lectura de esas cartas, escritos y discursos donde el Che se propone como una encendida pero fría máquina de derramar sangre alimentándose con el incombustible combustible del odio y capaz de atemorizar hasta al mismísimo Hannibal Lecter). La escena final: un duelo entre el Falso Che Verdadero y Frank tiene lugar en la antorcha de la Estatua de la Libertad en New York o en la casa-museo de Hemingway en La Habana, da igual. La foto, una vez contemplada, muestra al Che de Korda en igual posición y encuadre al de la foto original pero, aquí, sonriendo y guiñando un ojo como si dijera “¿Pero cómo pudieron creerse algo así, eh?”

DIEZ No un fantasma sino la foto de un fantasma la que recorre el mundo.

Un fantasma de “entrañable transparencia”.

Un sueño despierto para muchos y un delirio en trance para tantos otros.

Y en alguna parte leí que un psicólogo de Dallas aseguraba que, desde 1963, diez mil personas soñaban, cada noche, con el asesinato de John Fitzgerald Kennedy.

Si el sueño de la razón produce monstruos entonces me pregunto qué producirá el sueño de lo irracional y me pregunto también –habiendo vivido y viajado por tantas partes y muerto en un sitio perdido del mapa-- cuántos serán los sueños diarios que tienen al Che Guevara como protagonista. Cuántas personas soñarán con el Che en Rosario, en Alta Gracia, En Buenos Aires, en Ciudad de México, en La Habana, en Moscú, en Dar es Salam (“nadie me conoció”, apuntó el Che en sus notas), en Pekín, en París, El Cairo, en Praga (donde se dice que vivió disfrazado de mujer y cómo es que no existe, por favor, una foto de La Che Guevara), en Kimbamba, en las orillas del Lago Tanganyka, en La Paz y en La Higuera donde confirmando la tendencia de los grandes símbolos argentinos –San Martín, Rosas, Gardel, Cortázar, Borges—de morir afuera, lejos, todo terminó para que pudiera comenzar. Y en los sueños unas cosas se funden con otras y así su rostro mutando en tantos rostros (uno de mis favoritos es su autorretrato de 1951) y tantos nombres de paz y de guerra: Ernestito, Teté, Pelao, El Chancho, El Loco, Fuser, Chang-Cho, El Francotirador, Martín Fierro, Ramón Benítez Fernández, Tatu, Adolfo Mena González, Ramón, Sacamuelas y –el onomatopéyico código con que la CIA lo ingresó en sus archivos— AMQUACK.

¿Y cuántas personas soñarán no con el Che sino con esta foto del Che? El misterio de ese mega-poderoso artefacto pop que es la foto del Che de Korda no es un gran misterio. La foto de Korda del Che está en todas partes porque es la foto que todos querrían sentir como propia, como autorretrato. Y memo para The Che Shop: comercializar una cámara fotográfica Polaroid que, se enfoque a quien se enfoque, hombre o mujer, niños o ancianos, perros o gatos, siempre saque una única instantánea: el rostro de ese hombre con cara de larga historia imponiéndose a los rostros con caras de días breves.

Y, así, enseguida, por encima de su futuro garantizado, la sospecha de que esa foto siempre estuvo ahí, incluso antes del nacimiento de Ernesto Guevara de la Serna. Y que en cualquier momento se la descubrirá --inexplicable pero al mismo tiempo lógica—pintada en la pared de alguna cueva prehistórica o en el lecho de alguna tumba inca del mismo modo en que, cuando ninguno de nosotros estemos aquí, cuando ya no quede nada de todo esto, florecerá constantemente entre las ruinas para intriga de los que vendrán de afuera para intentar explicar quiénes fuimos y cómo fue que desaparecimos.

Una y otra vez, bajo cualquier piedra, la foto y sus derivados. La constante aparición de un aparecido.

Se me ocurre ahora que una de las maneras de entender y disfrutar de la tarea recopilatoria de Trisha Ziff –de todo lo que aquí se reúne y se encuentra, producto de un trabajo de cuatro años a lo largo de treinta países— es la de pasearse como en un sueño ensamblado a partir de las esquirlas de una onda expansiva o de las piezas rotas de un rompecabezas que, de producirse alguna vez el imposible prodigio de juntarse y de regresar al estallido primario, tal vez ofrezcan un retrato auténticamente preciso de una leyenda degradada o enaltecida por demasiadas voces hablando al mismo tiempo.

Contemplar entonces a todas estas mutaciones a partir de una foto –cuarenta años después del Big Bang del final y cuarenta y siete años después del Big Click del principio-- como si se trataran de objetos y de vistas oníricas elaboradas con la materia líquida de lo que parece real pero no lo es del todo aunque los sueños tengan materia y sustancia. La materia y sustancia de ciertas quimeras; y, ya que estamos en tema, en lo que respecta a El códiCHE Guevara, mejor que lo escriba otro.

Y así, en alguna parte, mientras tanto y hasta entonces –diga lo que diga Fidel Castro, quien nunca gozó ni gozará de una inoxidable foto así, quien ha cometido el error de durar demasiado por lo que su cadáver no será apuesto-- este modelo de hombre que ahora pertenece al pasado, nos confía aquello que leí en un graffiti, sobre una pared de Rosario, Argentina, en el sitio exacto donde todo comenzó, y que me hizo sonreír: “Yo, en mi habitación, tengo un póster de todos ustedes. Firmado: El Che”.

De ser esto verdad, pobre hombre.

Poster: Luz de Mora

Ilustración: Campaña publicitaria de Jean Paul Gaultier



Saldo electoral, featuring Pascual Serrano as Himself

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«Nueva demostración de madurez y cultura políticas», dice el Granma de las colas ante las urnas. Unas colas que fueron menos nutridas que de costumbre. Un diez por ciento del censo se habría resistido a participar en la pantomima de los hermanos Castro, decían en caliente. Ahora, reducen ese recuento de remisos a la mitad.

Elecciones que sirven, ya lo apuntaba aquí hace meses, al propósito de apartar del poder a Castro I por la vía institucional. Dejar que se lo lleve una camilla con membrete de la Asamblea Nacional. Dotar de legitimidad al sucesor –los sucesores- a través de elecciones en las que también votó Nosferatu. Clavarle la estaca de buen álamo como quien regala pasaporte a la eternidad. Y se los procura a sí mismo.

Instrumentar, desde la payasada de siempre, un gobierno del poscastrismo que ahora goza hasta del voto del moribundo, depositado por interpósita persona, pero legitimante por igual. Un moribundo, por cierto, a cuya cueva sugirió Castro II se dirigía después de votar él mismo.

¿Somos concientes, más allá de la rabia y la desazón, dejándolas de lado por un instante, de la magistral estrategia de los sucesores? ¿Lo somos, de que ya no vale la excusa de la presunta «genialidad» de Fidel Castro como razón única de la pervivencia del régimen? Parece evidente que los sucesores -aún sucesores a medias, sucesores con «sucedido» haciendo zapping-, se han aprendido de memoria una suerte de «Manual de la transición perfecta (para quien la dirige)» hecho a la medida de la Cuba que construyó el hermano mayor del sucesor designado.

Hay en el libro de marras unas pocas advertencias, avisos de peligro. De mucho peligro. Que se repita el Maleconazo o que Castro I se les muera antes de tiempo son dos de esos capítulos marcados en rojo. Otro advertía del peligro de que los cubanos, convaleciente y menesteroso de subtítulos el del Adidas, se negaran en masa a votar en las elecciones. Ese 95 por ciento de votantes que afirman se pasearon ante las urnas vendría a conjurar uno de los pocos peligros reales al avance del gatopardismo. Han conjurado un peligro. Han puesto otra piedra en el edificio de la castrista Cuba postcastrista.

Claro que antes, habría que creerse esa cifra…

Hay, sin embargo, crónica en La República con un recuento que afirma haber hecho el inefable Pascual Serrano, uno de esos tipos a los que les gusta el totalitarismo lo que a Juan Abreu platicar con dioses fotogénicos. Placeres bien distantes, por cierto. (Un muy avisado habanero con el que hablaba una vez del tal Serrano le otorgó paródico nombramiento que me encanta: «mercenario a sueldo de la Oficina de Intereses de La Habana en Madrid».)

Y bien, el tal Pascual acude al recuento de uno de los pocos Colegios designados por el Centro de Prensa Internacional para «atender» a los corresponsales extranjeros:

«Para el recuento visité y asistí como testigo en otro colegio electoral, en esta ocasión en el barrio de Vedado, perteneciente al municipio Plaza de la Revolución. Allí el censo era de 359 votantes, de los cuales ejercieron su derecho al voto 327, es decir no votaron por diferentes razones 32 personas.

»Los votos se distribuyeron entre 138 para la candidata mujer más apoyada, 97 para el siguiente y 71 para el tercero. Hubo 21 votos anulados, la mayoría porque marcaron a más de un candidato o a ninguno, uno de los votos porque estaba todo tachado y otro más con las letras NO atravesando la papeleta. Pendiente de los datos definitivos de todo el país, mi experiencia es que la distribución de voto del colegio en el que estuve, en especial en lo referente a abstención y nulos, era similar a los de otras convocatorias electorales: más de un noventa por ciento de participación y menos de un tres por ciento de nulos. En cualquier caso, yo fui testigo de que el socialismo cubano tiene oposición dentro del país, lo vi con mis propios ojos, un voto que decía NO como pedían desde Miami, de entre 327.»

Demos por válido el recuento al que asistió babeante el filocastrista Serrano, aunque lamento no se haya quedado en el Marianao que dice visitó por la mañana a asistir a pareja apertura de urna. Es lo que tiene el Centro de Prensa Internacional, que sabe hacia dónde dirigir a sus cautivos usuarios.

Aún así, en ese Colegio Electoral a cuyo recuento invitaron a extranjero estaban convocados a votar 359 ciudadanos que viven bajo el totalitarismo cubano. Trescientas cincuenta y nueve personas a las que empujan a votar y marcan con indeleble estigma si no lo hacen. Trescientos cincuenta y nueve súbditos de los Hermanos Castro que tienen motivos para temer represalias hasta si protegidos por la cortinita de la cabina -de haberla en dicho Colegio.

Y, sin embargo, sesenta y cuatro -o pocas menos- de ellas supieron resistirse a la farsa, fuera no acudiendo a votar o forzando la nulidad de sus votos.

No sabe ese Pascual lo edificante que resulta su informe. Tengo para mí que el Centro de Prensa Internacional le va a quitar carro y cuarto en «casa de protocolo».

 

De contra: No todos los visitantes extranjeros gozan de la suerte del Serrano. Véase si no lo que cuenta Martha Beatriz Roque:

En el día de ayer fueron deportados de Cuba /vía Air France/ los ciudadanos europeos: Pavel Res, checo de People in Need y Ptr Novotny, eslovaco de la Red Europea de Organizaciones de Monitoreo Electoral. Se encontraban hospedados en el hostal particular Luis Costa, en calle Maceo No.326 entre San Miguel y Nazareno, Santa Clara, Villa Clara. Fueron detenidos a las 7 y media de la mañana. Hice contacto con la embajada Eslovaca en Cuba ayera al mediodía y no lo sabían, fueron junto con los checos a averiguar ante las autoridades cubanas y no le dijeron nada, solo que no había detenidos. Hoy el embajador checo por la mañana me confirmó que habían salido de Cuba deportados y que solo se había enterado esta mañana por Europa.

Estas dos personas estuvieron el sábado dando una conferencia en casa de Guillermo Fariñas en calle Alemán No.615A entre Hospital y Misionero en Santa Clara, donde participaron 12 disidentes. La conferencia trataba sobre las características que tienen que tener las elecciones para que estas organizaciones las considere legítimas. Después estuvieron en la fiesta de cumpleaños de Pedro Yordi Tápanes, también disidente y se retiraron hacia el hostal a las 2 de la mañana. Tenían planeado temprano comenzar a visitar los colegios electorales. Cuando Yordi los fue a buscar se encontró que los estaban deteniendo.

Por su parte Guillermo Fariñas que también fue detenido en el colegio electoral donde fue a votar, porque estaba exhortando a las personas a poner NO en las boletas, en la propia puerta del colegio, no pudo salir hasta las 6 y media de la tarde de su casa a donde fue llevado sobre la una y media de la tarde y tuvo posta de dos oficiales. Le retiraron el carné. Cuando pudo salir, se dirigió al hostal. la dueña del hostal le tiró la puerta en la cara cuando lo vio, pero dos vecinos le confirmaron que los habían detenido.

yo llamé a la prensa extranjera y traté de que pasaran la noticia, pero no se mostraron interesados en ningún momento.

Saludos. mbr

 

De recontra: Clip de Bill Bilowit para «Olvido» incluido en Boleros perdidos de Alfredo Triff. Muy Miami. Magnífico. La música, espléndida. ¡Y mira que costaba encaramarse más alto después de las 21 Broken Melodies...!

Más temas de Boleros perdidos en el myspace de Triff

 

UPDATE:

Buena la que armó un médico cubano hoy en un tren catalán. Y magnífica la respuesta de la gente, traumatizada todavía por otra escenita en tren catalán, la de ayer, que me asquea tanto que ni la comento.

Por cierto, ni La Vanguardia ni El Periódico de Catalunya dicen que se trata de un cubano.



Havana Noir; Achy Obejas y Yoss

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La Habana. Los exiliados la hemos visto adoptar los rostros más distintos. Postalita, vívida memoria o sorpresa descubierta en las más distantes latitudes. Nunca se sabe dónde asomará rincón que nos la devuelva de pronto, aunque haya sitios más predecibles que otros, como es natural.

Mis tres falsas Habanas más creíbles las he encontrado 1) en los lavabos de la estación de autobuses de Tetuán, Marruecos, 2) rodeado por unos gallos al pie del faro de Key West y 3) en larga noche sentado en incómoda silla azul en la Promenade des Anglais, en Niza, dándole la espalda al Negresco.

En Havana Noir (Akashic Books), aparecido hace un par de semanas, Achy Obejas ha recogido un largo puñado de relatos con una Habana envuelta en el misterio, la violencia y el susto. Una ciudad segmentada en barrios que adjudicó a cada uno de los escritores invitados, residentes de La Habana la mayor parte y seleccionados con criterio antojadizo.

A modo de aperitivo, aquí siguen la introducción de Achy Obejas, en inglés, y, en español, el relato de Yoss, a quien correspondió el barrio de Lawton. Havana Noir se presentará en Nueva York el próximo 8 de noviembre, y en Miami, el 7 de diciembre.

Agradezco a Achy Obejas, desde Chicago, y a Yoss, desde La Habana, la cortesía de ofrecer estos textos a los lectores de El Tono de la Voz. También a Ibrahim Ahmad, de Akashic Books, en Nueva York.

Havana Noir en Akashic Books, en Amazon

 

Introducción

Por Achy Obejas

To most outsiders, Havana is a tropical wreckage of sin, sex and noise, a parallel world familiar but exotic -- and embargoed enough to serve as a release valve for whatever pulse has been repressed or denied.

Long before the Cuban Revolution and the U.S.’s economic blockade, Havana had been the destination of choice for foreigners who wanted to indulge in what was otherwise forbidden to them: mojitos and ménages, miscegenation and revolution. A photo taken in Havana has always authenticated its subject as a rebel and renegade.

This has meant that Havana has frequently existed only as myth: a garden of delights, a vortex of tarantism, but also – perversely – the capitol site of a social experiment in which humans somehow deny the worst of our natures. In this novel narrative, Cuba is mystical: without hatred, ism-free, brave and pure, a stranger to greed and murder.

But Havana – not the tourist’s pleasure dome or the Marxist dream-state but the Havana where Cubans actually live -- is a city of ironic and often agonizing contradiction. Its name means “site of the waters” in the original indigenous, yet there are no beaches. It’s legendary for its defiance but penury and propaganda have made sycophants of many of its citizens before both local authority and foreign opportunity. Its poverty is crushing, but the ingenuity of its people makes it appear resilient and bountiful.

In the real Havana – the aphotic Havana that never appears in the postcards, tourist guides or testimonies of either the left or the right -- the concept of sin has been banished by the urgency of need. And need inevitably turns the human heart feral. In this Havana, crime and violence, though officially vanquished by revolutionary decree, are wistfully quotidian and vicious.

In the stories in Havana Noir, current and former residents of the city – some internationally known, like Leonardo Padura, others startling undiscovered voices such as Yohamna Despestre – relate tales about ambiguous moralities, misologistic brutality, collective cruelty and the damage inured by self-preservation at all costs.

The noir, it seems, may be particularly apt for Havana: Descriptive rather than prescriptive, noirs explore the symptoms of an ailing society but rarely suggest remedies. They are frequently “contestaire” in their unblinking portraits but unnervingly apolitical. Their protagonists are alienated and at risk, caught in ethical quandaries outside of their control, and driven to the very edge.

Perhaps surprisingly, these stories – though fresh and original – have precedent in Cuban literature. And I don’t just mean Padura’s morally conflicted detective fiction of the 90s, nor the novels of Daniel Chavarria and Arnaldo Correa (who’s included here with “Olúo”) from a decade before.

Crime stories, especially those with detective protagonists, try to find order, to right things; noirs wearily revel in the vacuum of values, give in to conflict not as a puzzle to be solved but as a cul-de-sac. Noirs explore and expose but refuse to solve.

As such, the stories in this volume may have more in common with the nihilistic prose of Carlos Montenegro’s 1938 novel Hombres Sin Mujer (Men Without Women), Lino Novás Calvo’s 1942 psych-thriller, “La Noche de Ramón Yendía” (“Ramón Yendía’s Night”) or even Virglio Piñera’s hellish 1943 poem about national identity, “La Isla en Peso” (“Island Burden”) – all secured within the canon of mainstream Cuban literature – than with what might pass as normative crime fiction, or even the usual noir.

Actually, when a master like Alejo Carpentier produces a suspense story like 1956’s El Acoso [The Chase), and Eliseo Diego opens his 1946 book of blasters, Divertimentos with a wicked murder story like “Las Hermanas” [“The Sisters”], it’s clear that noir is so bold a streak in Cuban literature that it barely contrasts enough with the mainstream to be recognized as such. And did Reinaldo Arenas ever write anything in which the protagonist – nearly always an alter-ego – wasn’t vehemently alienated and at risk?

In all of Havana Noir, there’s only one detective: Alex Abella’s pre-revolutionary Jason Blue – and he’s not even Cuban.

Instead, there are the merciless and doomed young men and women of Michel Encinosa Fú’s “What for, this Burden,” and Yoss’ street toughs, trapped by mediocrity and hopelessness on “The Red Bridge.” These are the children of the Revolution – the writers and their characters as well – wandering aimlessly in a post-revolutionary world, a place with no past or future or blame to assign.

Even Padura goes from ambivalent to eerily bleak. “Staring at the Sun” features an irremediable and forceful confrontation instead of the peaceful arrests and conclusions familiar to fans of his Mario Conde novels.

These, however, don’t come close to the chilling amorality of Depestre’s “Abikú” or Mariela Varona Roque’s ”The Orchid.”

In the meantime, Cuban-born but U.S.-raised, Carolina Garcia-Aguilera marinates “The Dinner” in a macabre nostalgia that stubbornly underscores what was lost for so many, on and off the island, after the Revolution of 1959. Moisés Asís, who left Cuba as an adult, walks an uncertain tightrope in “Murder at 503 La Rosa” and grieves for the greatest loss of all, which is that of his soul.

Ena Lucía Portela’s “The Last Passenger,” with its deliciously caustic and unreliable narrator, lifts the veil of life in the best and most beautiful country in the world, where there is no crime and no crime report but a constant battle against imperialism and the enemy and … can she trust what she sees and hears, on TV, in the courtroom, on the phone, or at the open air bar across the street from Colón Cemetery? “The truth is, I don’t know what the hell to believe,” says her protagonist, whose mission seems to be to witness.

There are other stories here by writers young and old, established and emerging, male and female, on and off the island, of clear and of dubious sexualities, black and white – and because it’s Cuba – everything in between.

We begin with Miguel Mejides’ marvelous, “Nowhere Man,” which takes place in a beautiful, sinister and very real Havana. It’s the story of a life, many lives perhaps, in which the possibility of finding happiness is experienced as moments in time to be treasured later, only as memories in the dark, when the final sentence has been pronounced.

Achy Obejas

March 2007

Havana

 

YAKO EN EL PUENTE ROJO

Por Yoss

Para Jorge, que conoce el puente rojo y sus dos orillas y sabe lo que se siente.

Para Angelito, por “La Puerca”.

Desde que Humbertico el Piraña apareció dando tumbos en el patio, Yako supo que venía por él, por lo de Petra, y que tendría que decidir de una vez por todas si cruzaba o no el puente rojo. Me miró de costado como buscando apoyo, una risa, un cabeceo, un chiste, un “te lo dije, por pichidulce”, no sé. Pero yo no dije nada, y eso fue peor. Fue como decirle “dale, esto es tuyo”. Como decirle que delante de mí no podía echarse atrás.

Humbertico, mulato flaco y fibroso, sonrisa de pez carnívoro con pocos dientes, cicatriz de machetín en el hombro con tatuaje encima: “pero lo maté”. Seis años en el tanque y acabado de salir. Todavía con el recelo del presidiario que siempre busca la pared por instinto. Para no darle la espalda a nadie, para no regalar el culo. Trae una botella en la derecha y tres malas palabras enredadas en la lengua estropajosa, y viene buscando “a ese blanco hijo`eputa y grande por gusto pa´caparlo por singao”. Nada más verlo entrar, el Patio entero, que sabe lo de Yako con Petra la hermana de Humbertico, porque en Cuba todo se sabe y más en el Patio, se congela, se pudre de silencio: callan las fichas del dominó, y los chistes sobre el tarro que le está pegando a Dagoberto su mujer Berta la Culona con el hijo del Yepo, Manolito el Trípode, se marchitan solos y la gente traga en seco.

Nadie sabe cómo se enteró Humbertico, si fue o no chivatazo. Eso importará después… si importa. El caso es que lo sabe y viene a pedir cuentas. Sangre para lavar el honor de un mulato presidiario, empuercado por la sangre del himen roto de la putica adolescente de su hermana. Ojo por ojo, sangre por sangre.

Cuando un hombre viene a obligar a otro a cruzar el puente rojo o ahogarse en la mierda, se huele en el aire. Un olor frío y salado, como de sudor seco y orine viejo impregnado en tela sucia. Un olor que anuncia sangre sin oler precisamente a sangre.

Yako y yo no éramos estrictamente amigos. En muchas cosas pensábamos muy distinto. Socios cuando más. Pero crecimos juntos, con ese estilo de Quijote y Sancho y Batman y Robin pero sin mariconería, cuidándonos las espaldas, como tienen que andar los blanquitos si quieren sobrevivir en un barrio como el Patio. Sobre todo si uno es un blanquito esmirriado y no un tarajallú desde chiquito como Yako. Yako, bautizado Jacobo por su madre, nombre que siempre odió por picúo y estúpido, “suena como una mierda pinchada en un palo”, decía. Crecimos juntos aprendiendo a ser hombre y pelear sin apendejarnos hasta con esos tipos tan grandes que uno de pronto no sabe si es mejor saltarlos o darles la vuelta, pero igual se traga su miedo y suena la galleta aunque lo maten después, porque hay que ser machos y los machos no se arratonan. No en el Patio, porque si no uno es una cherna, una puta lea sin remedio, carne de trajín y aguantador de velocidades. Por miedo al miedo nos hicimos machos al mismo tiempo y eso, aunque uno no quiera, cuenta.

Yako siempre estuvo un paso delante de mí, desde chiquitos. Jugaba mejor a la pelota, tenía más suerte con las jevas, hasta jugando parchís los dados le sonreían mientras que a mí me sacaban la lengua. Marcado para ganar, el muy cabrón. Parecía que iba a ser por lo menos presidente de algo, todo se le daba tan fácil, tan sin esfuerzo… Yo el eterno segundo. Luego vino para mí la universidad con un año previo de Servicio Militar Obligatorio, y para él el Servicio puro y duro, y cada uno cogió su vereda y crecimos más todavía y maduramos. O empezamos a ponernos viejos y a podrirnos, quién sabe. Y todo fue distinto. A él se le apagó la estrella, se quedó en el Patio. La suerte también se cansa de que no la aprovechen, dicen los viejos.

Yako supo desde el principio que esta no se iba a resolver con papití y manoteo y tu-madre-maricón-te-salvaste-porque-me-aguantaron, al viejo estilo del Patio, cada uno tirando su guapería, salvando el prestigio y aquí no ha pasado nada. Que la cosa venía de sí o no, de sangre y huevos. Seguro que pensó en lo que habíamos hablado tres días antes, de que solo los imbéciles pelean sin miedo, porque los inteligentes saben lo mucho que se pierde con la muerte y lo que duele el dolor, y les importa y se cuidan. Pero si uno se cuida mucho, por inteligente que sea, es un pendejo, y nada peor que eso en el Patio. A lo mejor hasta se preguntó si Humbertico el Piraña traería fuca, porque se buscó en el bolsillo de atrás, donde la gente lleva el pañuelo, la billetera y el peine, y los del Patio llevamos el filo y las malas intenciones.

Lo hizo de puro cabrón y mentalista, para distraer y meterle impresión al Piraña. Porque claro, él no llevaba. Nunca llevaba hierro. Un grande que además lleve un perfilo cortante siempre se la juega a que lo cacen sorprendido para darle un machetazo, y a quedar como pendejo de todas todas. No es jugar limpio; hay que arriesgarse, ir a pelo, darle al otro la ventaja del hierro porque de cualquier modo siempre se tendrá la del tamaño. Ética del Patio.

Yako, mi socio, metro con noventa de jugador de baloncesto, pura fibra como cuerdas bajo la piel lechosa, pecoso, rubio de pelo malo y ojos azules y jodedores. Siempre le estoy diciendo que se ponga en serio pa` los hierros, tome menos cerveza y champán de hamaca y llene de músculos esa estatura que le tocó en la lotería genética, que con un poco de dedicación llega hasta a Míster Olimpia como Arnold en sus buenos tiempos. Pero él prefiere jugar baloncesto y pasarse el día tirado en el contén de la calle, bebiendo salta pa`trás y metiéndose con cuanta escoba con faldas pasa por el Patio. Vida de acera, vernáculo total. Se ríe y dice que a él no le va esa mariconería musculosa de posturitas, ni sudar haciendo hierros ni que lo pongan morado a golpes para aprender karate, ni le hace falta: con los grandes nadie se mete, y me enseña sus manos; cada una abulta como las dos mías juntas.

Esas mismas manos que ahora se enredan nerviosas detrás, mientras la gente del Patio lo mira y se sabe que tiene que hacer algo, darle el pecho al lío, mejor antes de que Humbertico lo encuentre con la vista y no haya remedio. Que parezca que le salió el paso y no que lo acorralaron, como la orca a la ballena en la película que pusieron hace poco, el pescado chiquito echándole cojones al grandote. Que aunque orca y ballena sean mamíferos, todo está en eso: el pez con más huevos se come al más cobarde, tengan el tamaño que tengan. Para que luego no digan “se arratonó”, ni “parece mentira, quién lo iba a decir del hijo de Cachita, tan hombrecito que parecía y salió flojito…”

El puente rojo se cruza o no se cruza, y nadie lo hace por su gusto. Nadie lo piensa demasiado, se cae en eso, se da el paso por no caerse, y ya. Porque por muy imbécil que se sea, cuando se piensa en que se puede matar también hay que pensar en que se puede morir. Pero todo el mundo quiere aparentar que fue decisión suya, y a nadie se le niega el derecho a ese mínimo disimulo. A Yako le gusta esa definición del libre albedrío. Fingir que escoges lo que ya sabes que no puedes evitar. Que piensas y meditas lo que en realidad te imponen los instintos y el momento.

Yako tuvo un verde de lujo: no estuvo en Angola, ni en Tropas Especiales. Después de todo, somos una generación con suerte, descontando el Período Especial. Como es alto y tiposo, cayó del cielo el destino del pelotón de ceremonias para el hijo con suerte de Caridad. Tremendo jamón, pases todas las noches, bacilón completo, a veces en el cañonazo vestido de soldadito de plomo, con Eusebio Leal y las extranjeras en shorts retratándose con él, la vida misma. Y ahí conoció a Silvia, que estaba en su lucha allá en La Cabaña con unos italianos. Yo tuve que jamarme el año entero antes de entrar en la CUJAE, con previa, hambre, caminatas y guardias hasta los días feriados. Sin otra novia que mamá Manita y sus cinco hijos, cuidándome el culo como gallo fino. Que a veces las unidades militares son como prisiones, solo que con el tiempo distinto.

Humbertico el Piraña lo descubre al fin en el grupo, y rompe la botella contra la pared. Avanza y gesticula con la flor de cristal como una mano de muerte. Pero Yako y todo el Patio saben que el peligro no está ahí, sino en la otra mano, que le cuelga casi rozando la rodilla y medio con cara de yo no fui. Humbertico es zurdo, y por borracho que ande sabe que todo el mundo lo sabe, por eso trata de disimular aunque también se dé cuenta de que no le va a servir de nada y que al final va a tener que partirle de frente con la zurda al blanco singao que se metió a su hermana de 14 años aunque él la cuidaba como perro a su hueso.

Tener hembras en la familia es un embarque en el Patio, donde todo macho anda a la que se cae: es criar y vivir para vigilar carne para otros, y desprestigiarse si uno se descuida… lo peor es que siempre se acaba descuidándose, y entonces hay que pitar fuerte, soltar cojones y si llega a eso, rajar. Porque un hombre no puede dejar que pisen su palabra en ciertas cosas, y menos si acaba de salir del tanque, donde el que se agacha y se abre de patas una vez, se queda así para siempre.

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