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De la guerra, y John Cheever

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Se estrena por fin en Rusia la última película de Alexandr Sokurov, al que la crítica considera el heredero de Tarkovsky. Alexandra lleva medio año paseándose por festivales europeos. La abuela de un oficial ruso se va a visitarlo a la base militar en Chechenia donde está destacado. «¿Qué hace exactamente tu nieto?», le pregunta otra anciana. Habrá que ir al cine para averiguarlo. El personaje de la abuela fe escrito para la actriz que lo encarna, Galina Vishnevskaya, viuda de Mstislav Rostropóvich.

Pensar las guerras. Con Sokurov, al menos, estaremos a salvo de baratos repasos.

 

En ABC, fin de semana con mucha Venezuela. Ayer en ABCD, los usos y abusos chavistas de la figura de Bolívar. Hoy, un editorial que plantea una cuestión de veras desasosegante: ¿cómo es que académicos españoles encargados de impartir Derecho constitucional en España se han convertido en muñidores de las reformas constitucionales del chavismo? A uno de ellos, Roberto Viciano Pastor, le dedican largo espacio. E ilustrativo: de cómo un militante de la ultraderecha española se convierte en adalid del socialismo del siglo XXI, con elogios en el Aló, presidente, incluidos. Cosas de la cotidiana guerra que es el chavismo.

 

Lectura dominical

El nadador

Por John Cheever

Era uno de esos domingos de mediados del verano, cuando todos se sientan y comentan:
-Anoche bebí demasiado. –Quizá uno oyó la frase murmurada por los feligreses que salen de la iglesia, o la escuchó de labios del propio sacerdote, que se debate con su casulla en el vestiarium, o en las pistas de golf y de tenis, o en la reserva natural donde el jefe del grupo Audubon sufre el terrible malestar del día siguiente.
- Bebí demasiado –dijo Donald Westerhazy.
-Todos bebimos demasiado –dijo Lucinda Merrill.
-Seguramente fue el vino –dijo Helen Westerhazy-. Bebí demasiado clarete.
Esto sucedía al borde de la piscina de los Westerhazy. La piscina, alimentada por un pozo artesiano que tenía elevado contenido de hierro, mostraba un matiz verde claro. El tiempo era excelente. Hacía el oeste se dibujaba un macizo de cúmulos, desde lejos tan parecido a una ciudad –vistos desde la proa de un barco que se acercaba- que incluso hubiera podido asignársele nombre. Lisboa. Hackensack. El sol calentaba fuerte. Neddy Merrill estaba sentado al borde del agua verdosa, una mano sumergida, la otra sosteniendo un vaso de ginebra. Era un hombre esbelto –parecía tener la especial esbeltez de la juventud- y, si bien no era joven ni mucho menos, esa mañana se había deslizado por su baranda y había descargado una palmada sobre el trasero de bronce de Afrodita, que estaba sobre la mesa del vestíbulo, mientras se enfilaba hacia el olor del café en su comedor. Podía habérsele comparado con un día estival, y si bien no tenía raqueta de tenis ni bolso de marinero, suscitaba una definida impresión de juventud, deporte y buen tiempo. Había estado nadando, y ahora respiraba estertorosa, profundamente, como si pudiese absorber con sus pulmones los componentes de ese momento, el calor del sol, la intensidad de su propio placer. Parecía que todo confluía hacia el interior de su pecho. Su propia casa se levantaba en Bullet Park, unos trece kilómetros hacia el sur, donde sus cuatro hermosas hijas seguramente ya habían almorzado y quizá ahora jugaban a tenis. Entonces, se le ocurrió que dirigiéndose hacia el suroeste podía llegar a su casa por el agua.
Su vida no lo limitaba, y el placer que extraía de esta observación no podía explicarse por su sugerencia de evasión. Le parecía ver, con el ojo de un cartógrafo, esa hilera de piscinas, esa corriente casi subterránea que recorría el condado. Había realizado un descubrimiento, un aporte a la geografía moderna; en homenaje a su esposa, llamaría Lucinda a este curso de agua. No le agradaban las bromas pesadas y no era tonto, pero sin duda era original y tenía una indefinida y modesta idea de sí mismo como una figura legendaria. Era un día hermoso y se le ocurrió que nadar largo rato podía ensanchar y exaltar su belleza.
Se quitó el suéter que colgaba de sus hombros y se zambulló. Sentía un inexplicable desprecio hacia los hombres que no se arrojaban a la piscina. Usó una brazada corta, respirando con cada movimiento del brazo o cada cuatro brazadas y contando en un rincón muy lejano de la mente el uno-dos, uno-dos de la patada nerviosa. No era una brazada útil para las distancias largas, pero la domesticación de la natación había impuesto ciertas costumbres a este deporte, y en el rincón del mundo al que él pertenecía, el estilo crol era usual. Parecía que verse abrazado y sostenido por el agua verde claro era no tanto un placer como la recuperación de una condición natural, y él habría deseado nadar sin pantaloncitos, pero en vista de su propio proyecto eso no era posible. Se alzó sobre el reborde del extremo opuesto –nunca usaba la escalerilla- y comenzó a atravesar el jardín. Cuando Lucinda preguntó adónde iba, él dijo que volvía nadando a casa.
Los únicos mapas y planos eran los que podía recordar o sencillamente imaginar, pero eran bastante claros. Primero estaban los Graham, los Hammer, los Lear, los Howland y los Crosscup. Después, cruzaba la calle Ditmar y llegaba a la propiedad de los Bunker, y después de recorrer un breve trayecto llegaba a los Levy, los Welcher y la piscina pública de Lancaster. Después estaban los Halloran, los Sachs, los Biswanger, Shirley Adams, los Gilmartin y los Clyde. El día era hermoso, y que él viviera en un mundo tan generosamente abastecido de agua parecía un acto de clemencia, una suerte de beneficencia. Sentía exultante el corazón y atravesó corriendo el pasto. Volver a casa siguiendo un camino diferente le infundía la sensación de que era un peregrino, un explorador, un hombre que tenía un destino; y además sabía que a lo largo del camino hallaría amigos: los amigos guarnecerían las orillas del río Lucinda.
Atravesó un seto que separaba la propiedad de los Westerhazy de la que ocupaban los Graham, caminó bajo unos manzanos floridos, dejó tras el cobertizo que albergaba la bomba y el filtro, y salió a la piscina de los Graham.
-Caramba, Neddy –dijo la señora Graham-, qué sorpresa maravillosa. Toda la mañana he tratado de hablar con usted por teléfono. Venga, sírvase una copa. –Comprendió entonces, como les ocurre a todos los exploradores, que tendría que manejar con cautela las costumbres y las tradiciones hospitalarias de los nativos si quería llegar a buen destino. No quería mentir ni mostrarse grosero con los Graham, y tampoco disponía de tiempo para demorarse allí. Nadó la piscina de un extremo al otro, se reunió con ellos al sol y pocos minutos después lo salvó la llegada de dos automóviles colmados de amigos que venían de Connecticut. Mientras todos formaban grupos bulliciosos él pudo alejarse discretamente. Descendió por la fachada de la casa de los Graham, pasó un seto espinoso y cruzó una parcela vacía para llegar a la propiedad de los Hammer. La señora Hammer apartó los ojos de sus rosas, lo vio nadar, pero no pudo identificarlo bien. Los Lear lo oyeron chapotear frente a las ventanas abiertas de su sala. Los Howland y los Crosscup no estaban en casa. Después de salir del jardín de los Howland, cruzó la calle Ditmar y comenzó a acercarse a la casa de los Bunker; aun a esa distancia podía oírse el bullicio de una fiesta.
El agua refractaba el sonido de las voces y las risas y parecía suspenderlo en el aire. La piscina de los Bunker estaba sobre una elevación, y él ascendió unos peldaños y salió a una terraza, donde bebían veinticinco o treinta hombres y mujeres. La única persona que estaba en el agua era Rusty Towers, que flotaba sobre un colchón de goma. ¡Oh, qué bonitas y lujuriosas eran las orillas del río Lucinda! Hombres y mujeres prósperos se reunían alrededor de las aguas color zafiro, mientras los camareros de chaqueta blanca distribuían ginebra fría. En el cielo, un avión de Haviland, un aparato rojo de entrenamiento, describía sin cesar círculos en el cielo mostrando parte del regocijo de un niño que se mece. Ned sintió un afecto transitorio por la escena, una ternura dirigida hacia los que estaban allí reunidos, como si se tratara de algo que él pudiera tocar. Oyó a distancia el retumbo del trueno. Apenas Enid Bunker lo vio comenzó a gritar:
-¡Oh, vean quién ha venido! ¡Qué sorpresa tan maravillosa! Cuando Lucinda me dijo que usted no podía venir, sentí que me moría. –Se abrió paso entre la gente para llegar a él, y cuando terminaron de besarse lo llevó al bar, pero avanzaron con paso lento, porque ella se detuvo para besar a ocho o diez mujeres y estrechar las manos del mismo número de hombres. Un barman sonriente a quien Neddy había visto en cien reuniones parecidas le entregó una ginebra con agua tónica, y Neddy permaneció de pie un momento frente al bar, evitando mezclarse en conversaciones que podían retrasar su viaje. Cuando temió verse envuelto, se zambulló y nadó cerca del borde, para evitar un choque con el flotador de Rusty. En el extremo opuesto de la piscina dejó atrás a los Tomlinson, a quienes dirigió una amplia sonrisa, y se alejó trotando por el sendero del jardín. La grava le lastimaba los pies, pero ése era el único motivo de desagrado. La fiesta se mantenía confinada a los terrenos contiguos a la piscina, y cuando ya estaba acercándose a la casa oyó atenuarse el sonido brillante y acuoso de las voces, oyó el ruido de un receptor de radio que provenía de la cocina de los Bunker, donde alguien estaba escuchando la retransmisión de un partido de béisbol. Una tarde de domingo. Se deslizó entre los automóviles estacionados y descendió por los límites cubiertos de pasto del sendero, en dirección a la calle Alewives. No deseaba que nadie lo viera en el camino, con sus pantaloncitos de baño pero no había tránsito, y Neddy recorrió la reducida distancia que lo separaba del sendero de los Levy, donde había un letrero indicando: PROPIEDAD PRIVADA, y un recipiente para The New York Times. Todas las puertas y ventanas de la espaciosa casa estaban abiertas, pero no había signos de vida, ni siquiera el ladrido de un perro. Dio la vuelta a la casa, buscando la piscina, y se dio cuenta de que los Levy habían salido poco antes. Habían dejado vasos, botellas y platitos de maníes sobre una mesa instalada hacia el fondo, donde había un vestuario o mirador adornado con farolitos japoneses. Después de atravesar a nado la piscina, consiguió un vaso y se sirvió una copa. Era la cuarta o la quinta copa, y ya había nadado casi la mitad de la longitud del río Lucinda. Se sentía cansado y limpio, y en ese momento lo complacía estar solo; en realidad, todo lo complacía.
Habría tormenta. El grupo de cúmulos –esa ciudad- se había elevado y ensombrecido, y mientras estaba allí, sentado, oyó de nuevo la percusión del trueno. El avión de entrenamiento de Haviland continuaba describiendo círculos en el cielo. Ned creyó que casi podía oír la risa del piloto, complacido con la tarde, pero cuando se descargó otra cascada de truenos, reanudó la marcha hacia su hogar. Sonó el silbato de un tren, y se preguntó qué hora sería. ¿Las cuatro? ¿Las cinco? Pensó en la estación provinciana a esa hora, el lugar donde un camarero, con el traje de etiqueta disimulado por un impermeable, un enano con flores envueltas en papel de diario y una mujer que había estado llorando esperaban el tren local. De pronto comenzó a oscurecer; era el momento en que las aves de cabeza de alfiler parecen organizar su canto anunciando con un sonido agudo y reconocible del agua que caí de la copa de un roble, como si allí hubiesen abierto un grifo. Después, el ruido de fuentes se repitió en las coronas de todos los árboles altos. ¿Por qué le agradaban las tormentas? ¿Qué sentido tenía su excitación cuando la puerta se abría bruscamente y el viento de lluvia se abalanzaba impetuoso escaleras arriba? ¿Por qué la sencilla tarea de cerrar las ventanas de una vieja casa parecía apropiada y urgente? ¿Por qué las primeras notas cristalinas de un viento de tormenta tenían para él el sonido inequívoco de las buenas nuevas, una sugerencia de alegría y buen ánimo? Después, hubo una explosión, olor de cordita, y la lluvia flageló los farolitos japoneses que la señora Levy había comprado en Kioto el año anterior, ¿o quizá era incluso un año antes?
Permaneció en el jardín de los Levy hasta que pasó la tormenta. La lluvia había refrescado el aire, y él temblaba. La fuerza del viento había despejado de sus hojas rojas y amarillas a un arce y las había dispersado sobre el pasto y el agua. Como era mediados del verano seguramente el árbol se agostaría, y sin embargo Ned sintió una extraña tristeza ante ese signo otoñal. Flexionó los hombros, vació el vaso y caminó hacia la piscina de los Welcher. Para llegar necesitaba cruzar la pista de equitación de los Lindley, y lo sorprendió descubrir que el pasto estaba alto y todas las vallas aparecían desarmadas. Se preguntó si los Lindley habían vendido sus caballos o se habían ausentado todo el verano y habían dejado en una pensión los animales. Le pareció recordar haber oído algo acerca de los Lindley y sus caballos, pero el recuerdo no era claro. Continuó caminando, descalzo sobre el pasto húmedo, hacia la casa de los Welcher, donde descubrió que la piscina estaba seca.
La ausencia de este eslabón en su cadena acuática lo decepcionó de un modo absurdo, y se sintió como un explorador que busca una fuente torrencial y encuentra un arroyo seco. Se sintió desilusionado y desconcertado. Era costumbre salir durante el verano, pero nadie vaciaba nunca sus piscinas. Era evidente que los Welcher se habían marchado. Los muebles de la piscina estaban plegados, apilados y cubiertos con fundas. El vestuario estaba cerrado con llave. Todas las ventanas de la casa estaban cerradas, y cuando dio la vuelta a la vivienda en busca del sendero que conducía a la salida vio un cartel que indicaba EN VENTA clavado a un árbol. ¿Cuándo había oído hablar por última vez de los Welcher…?; es decir, ¿cuándo había sido la última vez que él y Lucinda habían rechazado una invitación a cenar con ellos? Le parecía que hacía apenas una semana, poco más o menos. ¿La memoria le estaba fallando, o la había disciplinado tanto en la representación de los hechos ingratos que había deteriorado su propio sentido de la verdad? Ahora, oyó a lo lejos el ruido de un encuentro de tenis. El hecho lo reanimó, disipó sus aprensiones y pudo mirar con indiferencia el cielo nublado y el aire frío. Era el día que Neddy Merrill atravesaba nadando el condado. ¡El mismo día! Atacó ahora el trecho más difícil.

Si ese día uno hubiera salido a pasear para gozar de la tarde dominical quizá lo hubiera visto, casi desnudo, de pie al borde la Ruta 424, esperando la oportunidad de cruzar. Quizá uno se preguntaría si era la víctima de una broma pesada, si su automóvil había sufrido su desperfecto o si se trataba sencillamente de un loco. De pie, descalzo, sobre los montículos al costado de la autopista –latas de cerveza, trapos viejos y cámaras reventadas- expuesto a todas las burlas, ofrecía un espectáculo lamentable. Al comenzar, sabía que ese trecho era parte de su trayecto –había estado en sus mapas-, pero al enfrentarse a las hileras del tránsito que serpeaban a través de la luz estival, descubrió que no estaba preparado. Provocó risas y burlas, le arrojaron un envase de cerveza, y no podía afrontar la situación con dignidad ni humor. Hubiera podido regresar, volver a casa de los Westerhazy, donde Lucinda sin duda continuaba sentada al sol. No había firmado nada, jurado ni prometido nada, ni siquiera a sí mismo. ¿Por qué, creyendo, como era el caso, que todas las formas de obstinación humana eran asequibles al sentido común no podía regresar? ¿Por qué estaba decidido a terminar su viaje aunque eso amenazara su propia vida? ¿En qué momento esa travesura, esa broma, esa suerte de pirueta había cobrado gravedad? No podía volver, ni siquiera podía recordar claramente el agua verdosa de los Westerhazy, la sensación de inhalar los componentes del día, las voces amistosas y descansadas que afirmaban que ellos habían bebido demasiado. Después de más o menos una hora había recorrido una distancia que imposibilitaba el regreso.
Un anciano que venía por la autopista a veinticinco kilómetros por hora le permitió llegar al medio de la calzada, donde había un refugio cubierto de pasto. Allí se vio expuesto a las burlas del tránsito que iba hacia el norte, pero después de diez o quince minutos pudo cruzar. Desde allí, tenía un breve trecho hasta el Centro de Recreación, que estaba a la salida del pueblo de Lancaster, donde había unas canchas de balonmano y una piscina pública.
El efecto del agua en las voces, la ilusión de brillo y expectativa era la misma que en la piscina de los Bunker, pero aquí los sonidos eran más estridentes, más ásperos y más agudos, y apenas entró en el recinto atestado tropezó con la reglamentación “TODOS LOS BAÑISTAS DEBEN DARSE UNA DUCHA ANTES DE USAR LA PISCINA. TODOS LOS BAÑISTAS DEBEN USAR LA PLACA DE IDENTIFICACIÓN”. Se dio una ducha, se lavó los pies en una solución turbia y acre y se acercó al borde del agua. Hedía a cloro y le pareció un fregadero. Un par de salvavidas apostados en un par de torrecillas tocaban silbatos policiales, aparentemente con intervalos regulares, y agredían a los bañistas por un sistema de altavoces. Neddy recordó añorante el agua color zafiro de los Bunker, y pensó que podía contaminarse –perjudicar su propio bienestar y su encanto- nadando en ese lodazal, pero recordó que era un explorador, un peregrino, y que se trataba sencillamente de un recodo de aguas estancadas del río Lucinda. Se zambulló, arrugando el rostro con desagrado, en el agua clorada y tuvo que nadar con la cabeza sobre el agua para evitar choques, pero aun así lo empujaron, lo salpicaron y zarandearon. Cuando llegó al extremo menos profundo, ambos salvavidas estaban gritándole:
-¡Eh, usted, el que no tiene placa de identificación, salga del agua!
Así lo hizo, pero no podían perseguirlo, y atravesó el hedor de aceite bronceador y cloro, dejó atrás la empalizada y fue a las pistas de balonmano. Después de cruzar el camino entró en el sector arbolado de la propiedad de los Halloran. No se había desbrozado el bosque, y el suelo fue traicionero y difícil hasta que llegó al jardín y el seto de hayas recortadas que rodeaban la piscina.
Los Halloran eran amigos, y una pareja anciana muy adinerada que parecía regodearse con la sospecha de que podían ser comunistas. Eran entusiastas reformadores, pero no comunistas, y sin embargo cuando se los acusaba de subversión, como a veces ocurría, el incidente parecía complacerlos y excitarlos. El seto de hayas era amarillo, y nadie supuso que estaba agostado, como el arce de los Levy. Dijo “Hola, hola”, para avisar a los Halloran que se acercaba, para moderar su invasión de la intimidad del matrimonio. Por razones que el propio Neddy nunca había llegado a entender, los Halloran no usaban trajes de baño. A decir verdad, no eran necesarias las explicaciones. Su desnudez era un detalle de la inflexible adhesión a la reforma, y antes de pasar la abertura del seto Neddy se despojó cortésmente de sus pantaloncitos.
La señora Halloran, una mujer robusta de cabellos blancos y rostro sereno, estaba leyendo el Times. El señor Halloran estaba extrayendo del agua hojas de haya con una barredera. No parecieron sorprendidos ni desagradados de verlo. La piscina de los Halloran era quizá la más antigua de la región, un rectángulo de lajas alimentado por un arroyo. No tenía filtro ni bomba, y sus aguas mostraban el oro opaco del arroyo.
-Estoy nadando a través del condado –dijo Ned.
-Vaya, no sabía que era posible –exclamó la señora Halloran.
-Bien, vengo de la casa de los Westerhazy –afirmó Ned-. Unos seis kilómetros.
Dejó los pantaloncitos en el extremo más hondo, caminó hacia el extremo contrario y nadó el largo de la piscina. Cuando salía del agua oyó la voz de la señora Halloran que decía:
-Neddy, nos dolió muchísimo enterarnos de sus desgracias.
-¿Mis desgracias? –preguntó Ned-. No sé de qué habla.
-Bien, oímos decir que vendió la casa y que sus pobres niñas…
-No recuerdo haber vendido la casa –dijo Ned-, y las niñas están allí.
-Sí –suspiró la señora Halloran-. Sí… -Su voz impregnó el aire de una desagradable melancolía y Ned habló con brusquedad-. Gracias por permitirme nadar.
-Bien, que tenga un buen viaje –dijo la señora Halloran.
Después del seto, se puso los pantaloncitos y se los ajustó. Los sintió sueltos, y se preguntó si en el curso de una tarde podía haber adelgazado. Tenía frío y estaba cansado, y los Halloran desnudos y sus aguas oscuras lo habían deprimido. El esfuerzo era excesivo para su resistencia, pero ¿cómo podía haberlo previsto cuando se deslizaba por la baranda esa mañana y estaba sentado al sol, en casa de los Westerhazy? Tenía los brazos inertes. Sentía las piernas como de goma y le dolían las articulaciones. Lo peor era el frío en los huesos y la sensación de que quizá nunca volviera a sentir calor. Alrededor, caían las hojas y Ned olió en el viento el humo de leña. ¿Quién estaría quemando leña en esa época del año?
Necesitaba una copa. El whisky podía calentarlo, reanimarlo, permitirle salvar la última etapa de su trayecto, renovar su idea de que atravesar nadando el condado era un acto original y valiente. Los nadadores que atravesaban el canal bebían brandy. Necesitaba un estimulante. Cruzó el prado que se extendía frente a la casa de los Halloran y descendió por un estrecho sendero hasta el lugar en que habían levantado una casa para su única hija, Helen, y su marido, Eric Sachs. La piscina de los Sachs era pequeña, y allí encontró a Helen y su marido.
-Oh, Neddy –exclamó Helen-. ¿Almorzaste en casa de mamá?
- En realidad, no –dijo Ned-. Pero en efecto vi a tus padres. –Le pareció que la explicación bastaba-. Lamento muchísimo interrumpirlos, pero tengo frío y pienso que podrían ofrecerme un trago.
-Bien, me encantaría –dijo Helen-, pero después de la operación de Eric no tenemos bebidas en casa. Desde hace tres años.
¿Estaba perdiendo la memoria y quizá su talento para disimular los hechos dolorosos lo inducía a olvidar que había vendido la casa, que sus hijas estaban en dificultades y que su amigo había sufrido una enfermedad? Su vista descendió del rostro al abdomen de Eric, donde vio tres pálidas cicatrices de sutura, y dos tenían por lo menos treinta centímetros de largo. El ombligo había desaparecido, y Neddy se preguntó qué podía hacer a las tres de la madrugada la mano errabunda que ponía a prueba nuestras cualidades amatorias, con un vientre sin ombligo, desprovisto de nexo con el nacimiento. ¿Qué podía hacer con esa brecha en la sucesión?
-Estoy segura de que podrás beber algo en casa de los Biswanger –dijo Helen-. Celebran una reunión enorme. Puedes oírlos desde aquí. ¡Escucha!
Ella alzó la cabeza y desde el otro lado del camino, atravesando los prados, los jardines, los bosques, los campos, él volvió a oír el sonido luminoso de las voces reflejadas en el agua.
-Bien, me mojaré –dijo Ned, dominado siempre por la idea de que no tenía modo de elegir su medio de viaje. Se zambulló en el agua fría de la piscina de los Sachs y jadeante, casi ahogándose, recorrió la piscina de un extremo al otro-. Lucinda y yo deseamos muchísimo verlos –dijo por encima del hombro, la cara vuelta hacia la propiedad de los Biswanger-. Lamentamos que haya pasado tanto tiempo y los llamaremos muy pronto.

Cruzó algunos campos en dirección a los Biswanger y los sonidos de la fiesta. Se sentirían honrados de ofrecerle una copa, de buena gana le darían de beber. Los Biswanger invitaban a cenar a Ned y Lucinda cuatro veces al año, con seis semanas de anticipación. Siempre se veían desairados, y sin embargo continuaban enviando sus invitaciones, renuentes a aceptar las realidades rígidas y antidemocráticas de su propia sociedad. Eran la clase de gente que discutía el precio de las cosas en los cócteles, intercambiaba datos acerca de los precios durante la cena, y después de cenar contaba chistes verdes a un público de ambos sexos. No pertenecían al grupo de Neddy, ni siquiera estaban incluidos en la lista que Lucinda utilizaba para enviar tarjetas de Navidad. Se acercó a la piscina con sentimientos de indiferencia, compasión y cierta incomodidad, pues parecía que estaba oscureciendo y eran los días más largos del año. Cuando llegó, encontró una fiesta ruidosa y con mucha gente. Grace Biswanger era el tipo de anfitriona que invitaba al dueño de la óptica, al veterinario, al negociante de bienes raíces y al dentista. Nadie estaba nadando, y la luz del crepúsculo reflejada en el agua de la piscina tenía un destello invernal. Habían montado un bar, y Ned caminó en esa dirección. Cuando Grace Biswanger lo vio se acercó a él, no afectuosamente, como él tenía derecho a esperar, sino en actitud belicosa.
-Caramba, a esta fiesta viene todo el mundo –dijo en voz alta- y también los intrusos.
Ella no podía perjudicarlo socialmente… eso era indudable, y él no se impresionó.
-En mi carácter de intruso –preguntó cortésmente-, ¿puedo pedir una copa?
-Como guste –dijo ella-. No parece que preste mucha atención a las invitaciones.
Le volvió la espalda y se reunió con varios invitados, y Ned se acercó al bar y pidió un whisky. El barman le sirvió, pero lo hizo bruscamente. El suyo era un mundo en que los camareros representaban el termómetro social, y verse desairado por un barman que trabajaba por horas significaba que había sufrido cierta pérdida de dignidad social. O quizá el hombre era nuevo y no estaba informado. Entonces, oyó a sus espaldas la voz de Grace, que decía:
-Se arruinaron de la noche a la mañana. Tienen solamente lo que ganan. –Y él apareció borracho un domingo y nos pidió que le prestásemos cinco mil dólares… -Esa mujer siempre hablaba de dinero. Era peor que comer guisantes con cuchillo. –Se zambulló en la piscina, nadó de un extremo al otro y se alejó.
La piscina siguiente de su lista, la antepenúltima, pertenecía a su antigua amante, Shirley Adams. Si lo habían herido en la propiedad de los Biswanger, aquí podía curarse. El amor –en realidad, el combate sexual- era el supremo elixir, el gran anestésico, la píldora de vivo color que renovaría la primavera de su andar, la alegría de la vida en su corazón. Habían tenido un asunto la semana pasada, el mes pasado, el año pasado. No lo lograba recordar. Él había interrumpido la relación, que era quien prevalecía, y pasó el portón en la pared que rodeaba la piscina sin que su sentimiento fuese tan ponderado como la confianza en sí mismo. En cierto modo parecía que era su propia piscina, pues el amante, y sobre todo el amante ilícito, goza de las posesiones. La vio allí, los cabellos color de bronce, pero su figura, al borde del agua luminosa y cerúlea, no evocó en él recuerdos profundos. Pensó que había sido un asunto superficial, aunque ella había llorado cuando lo dio por terminado. Parecía confundida de verlo, y Ned se preguntó si aún estaba lastimada. ¿Quizá, Dios no lo permitiese, volvería a llorar?
-¿Qué deseas? –preguntó.
-Estoy nadando a través del condado.
-Santo Dios. ¿Jamás crecerás?
-¿Qué pasa?
-Si viniste a buscar dinero –dijo-, no te daré un centavo más.
-Podrías ofrecerme una bebida.
-Podría, pero no lo haré. No estoy sola.
-Bien, ya me voy.
Se zambulló y nadó a lo largo de la piscina, pero cuando trató de alzarse con los brazos sobre el reborde descubrió que ni los brazos ni los hombros le respondían, así que chapoteó hasta la escalerilla y trepó por ella. Mirando por encima del hombro vio, en el vestuario iluminado, la figura de un joven. Cuando salió al prado oscuro olió crisantemos y caléndulas –una tenaz fragancia otoñal- en el aire nocturno, un olor intenso como de gas. Alzó la vista y vio que habían salido las estrellas, pero ¿por qué le parecía estar viendo a Andrómeda, Cefeo y Casiopea? ¿Qué se había hecho de las constelaciones de mitad del verano? Se echó a llorar.

Probablemente era la primera vez que lloraba siendo adulto y en todo caso la primera vez en su vida que se sentía tan desdichado, con tanto frío, tan cansado y desconcertado. No podía entender la dureza del barman o la dureza de una amante que le había rogado de rodillas y había regado de lágrimas sus pantalones. Había nadado demasiado, había estado mucho tiempo en el agua, y ahora tenía irritadas la nariz y la garganta. Lo que necesitaba era una bebida, un poco de compañía y ropas limpias y secas, y aunque hubiera podido acortar camino directamente, a través de la calle, para llegar a su casa, siguió en dirección a la piscina de los Gilmartin. Aquí, por primera vez en su vida, no se zambulló y descendió los peldaños hasta el agua helada y nadó con una brazada irregular que quizá había aprendido cuando era niño. Se tamboleó de fatiga de camino hacia la propiedad de los Clyde, y chapoteó de un extremo al otro de la piscina, deteniéndose de tanto en tanto a descansar con la mano aferrada al borde. Había cumplido su propósito, había recorrido a nado el condado, pero estaba tan aturdido por el agotamiento que no veía claro su propio triunfo. Encorvado, aferrándose a los pilares del portón en busca de apoyo, subió por el sendero de su propia casa.
El lugar estaba a oscuras. ¿Era tan tarde que todos se habían acostado? ¿Lucinda se había quedado a cenar en casa de los Westerhazy? ¿Las niñas habían ido a buscarla, o estaban en otro lugar? ¿O habían convenido, como solían hacer el domingo, rechazar todas las invitaciones y quedarse en casa? Probó las puertas del garaje para ver qué automóviles había allí, pero las puertas estaban cerradas con llave y de los picaportes se desprendió óxido que le manchó las manos. Se acercó a la casa y vio que la fuerza de la tormenta había desprendido uno de los caños de desagüe. Colgaba sobre la puerta principal como la costilla de un paraguas; pero eso podía arreglarse por la mañana. La casa estaba cerrada con llave, y él pensó que la estúpida cocinera o la estúpida criada seguramente habían cerrado todo, hasta que recordó que hacía un tiempo que no empleaban criada ni cocinera. Gritó, golpeó la puerta, trató de forzarla con el hombro y después, mirando por las ventanas, vio que el lugar estaba vacío.

The New Yorker, 18 de julio de 1964.
© John Cheever
© traducción de Aníbal Leal
"El nadador" fue publicado por la editorial Emecé en la colección de cuentos La geometría del amor, 2002.

La fotografía de John Cheever es de Donal F. Holway, 1979. Cortesía de The Washington Post

 

UPDATE (a medias con ric):

Burt Lancaster en versión de The Swimmer (1968).



Fiesta de sábado: Serrano, Sexto, Vicent, David Duke

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Pascual Serrano, al que llamo aquí «mercenario a sueldo de la Oficina de Intereses de La Habana en Madrid», con definición que he tomado prestada de amigo avisado, arma guerrita contra El País. La Jiribilla se suma con la proverbial agilidad del ángel de la ídem y saca esta semana todo un despliegue sobre el asunto. Poco interesante la cosa. Al lector cubano le parecerá acusación de replicante de Blade Runner. «Había una vez un mercenario…»

Pero con secuelas: el pobre Mauricio Vicent está temblando. Tanto que se esfuerza en quedar bien, tanto que evita palabras malsonantes en sus artículos –cárcel, represión, dictadura, castrismo, etc.- y ahora va y le vuelven a poner malo el yo-soy-de-los-vuestros. Su mantra. Su consigna. No su divisa. Su divisa es otra y cotiza bien.

Anoche no durmió Mauricio. Mensaje que va y mensaje que viene a la redacción en Madrid: «¡Que me estáis jodiendo, tíos! ¡Que pierdo corresponsalía! ¡No me abandones, Cebrián! ¡Papá! ¡Papá! ¡Que se me hunde el Titanic!» A Mauricio le interesa más su Titanic que el remolcador 13 de marzo, ya se sabe.

Mensaje cordial a las autoridades de La Habana. El exilio cubano en España está con ustedes. ¡Cierren la corresponsalía de ese periódico anticastrista y antichavista! ¡Pónganle carro a Rancho Boyeros a Mauricio Vicent!

 

Por cierto, el acceso a la diatriba sobre El País trae otra vez a La Jiribilla los espacios dedicados a denostar a Rafael Rojas y Jesús Díaz. ¿Será mera asociación de ideas? Dicen «país» y enseguida la cogen con el exilio…

 

Luis Sexto, que no es rey, sino obediente vasallo con rango de bufón vuelve a insinuar en Juventud Rebelde lo que no dirá nunca. El de Sexto es un estilo especialísimo del periodismo cubano, un verdadero hito del paradigma de las medias verdades. Soy lector fiel de sus afanes. De hecho, uno de los primeros posts de este Tono de la Voz fue un ejercicio de corrección de uno de sus hilarantes aportes a la historia del periodismo nacional. De la mentira nacional. De la miseria nacional.

Hoy apenas le hago unos apuntes al incorregible columnista.

"Vamos a «filosofar». ( ¡Que no es lo tuyo, coño!) Qué opción le queda al que ejerce la opinión. ( ¿Irse del país? ¿Sumarse a la oposición?) ¿Callar? ( Tu opción: ya te he dicho que no hables tanto de ti mismo…) ¿Y sería honrado renunciar a decir lo que se piensa sobre las cosas, pensando, claro está, lo que se dice? ( Luis, coño, ¡no aprietes! Claro que no es honrado, pero tú lo haces y los lectores lo saben…) Si se piensa, se «filosofa», como se refieren algunos, un tanto despectivamente, al acto de reflexionar. Piden ir a lo concreto. ( Eso, sí, lo concreto: ¡di lo que piensas de una vez!)

A ello vamos. ( Ahí: ¡como un hombre, caray!) A veces queremos hallar un «culpable» de lo que anda mal. ( Lo que quieren es gritar su nombre: dame la efe, dame la i…) Suele haberlo. ( ¿Cómo que “suele haberlo”?: lo hay y tú sabes el nombre…) Suelen existir errores y los errores tienen un sujeto ( Sujeto y predicador). A veces es colectivo, estructural. ( Luis: ¡ve al grano!) Habrá que distinguir la responsabilidad individual de la general. ( Otra vez a embarajar…) Por ejemplo, si alguien, en contra del sentido común, del parecer de los ciudadanos, incluso a contrapelo de sentencias firmes de tribunales, decide una acción, que se ejecuta y permanece, podríamos preguntar: ¿Es solo una persona la culpable? ( ¡Claro que no! Ese malo remalo al que aludes sin nombrarlo es el culpable número uno, pero lo sigue la legión de sumisos, y tú entre ellos… Y aquí lo dejo: cuando dejes la bobería, avísame…)"

 

El redomado imbécil que es David Duke hablará esta tarde en Barcelona. A mí un tipo que niega el Holocausto y se dedica a propagar el odio a los judíos ante centenar de imbéciles parejos me merece interés escaso. Sin embargo, el acto ha causado cierto revuelo por aquí. Intelectuales, denuncia ante la fiscalía, etc. Y probablemente tengamos jolgorio esta tarde en los alrededores de la Librería Europa. Enfrentamiento de fascistas y antitifascistas que son fascistas. A ver si el orden cósmico le regala galletón al Duke y algún que otro navajazo a fascistas de ambos signos. La policía no debería intervenir. Ha de seguir el virtuoso ejemplo de Israel ante los enfrentamientos entre Al Fatal y Hamás. Laissez faire…

Por cierto, actos que fomenten el odio desde la mentira son frecuentes en Barcelona.Y no recuerdo que nadie fuera a denunciar este:



Cierto Montilla, un inmigrante

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El colegio al que van las hijas del presidente de la Generalitat de Cataluña, José Montilla, andaluz, cuesta unos 320 euros al mes. Es la misma mesada que pago yo por el colegio de mi cubana hija, euro arriba, euro abajo.

Primera conclusión: dos padres inmigrantes pagan lo mismo por educar a sus hijos en esta parcela del mundo.

Sigamos.

El presidente del gobierno de esta Comunidad Autónoma, responsable máximo de la educación que imparten los colegios públicos, decide matricular a sus hijas en un colegio privado. Nada tengo que objetar, faltaría más, pero extraigo conclusión segunda, una que es tan elemental como los máximos estudios de Montilla: el principal responsable de la educación en colegios públicos no quiere para sus hijos la que en ellos se imparte. La administra para otros, pero la rechaza para los suyos. (Algo que me recuerda anécdota que me contó una amiga de Igualada. Estaba esperando turno en un hospital de esa ciudad catalana, cuando uno de los médicos se cayó por las escaleras. Sus colegas corrieron a ayudarlo y el tipo comenzó a gritar: «¡Que nadie me toque! ¡Aléjense de mí! ¡Llamen a un médico de Barcelona!» La escena produjo cierta hilaridad entre los pacientes que esperaban pasar a consulta. Y despertó cautelas que han durado años.)

Sigamos.

Un informe de la Fundació Jaume Bofill – rara avis entre las fundaciones catalanas: sus informes son magníficos- hecho público el miércoles denuncia que el estado de la educación aquí es pésimo y retrocede a ojos vista. El informe es demoledor.

Conclusión tercera: tanto el inmigrante Montilla como el inmigrante Ferrer conocían tal situación, sin necesidad de fundamentados informes y actuaron en consecuencia.

Sigamos.

El inmigrante Ferrer paga sus cuotas con el producto de su trabajo, que nada tiene que ver con la gestión del sistema de la educación pública. El tal Ferrer sabe, con Montilla, que Montilla y sus predecesores son una caterva de incompetentes. Más: videntes ambos, Ferrer y Montilla saben que lo mismo vale para sus sucesores, los que sean. Es decir, Montilla se sabe incompetente. Y se vota a sí mismo en tanto tal, como también lo hace la madre de las hijas que tanto les cuestan. Ahí, de pronto, se me ocurre, y es el único y dudoso alivio, que Ferrer es algo más listo. Ferrer jamás votaría por un Montilla.

Sigamos.

¿Qué dineros cobra el Montilla para pagar la educación privada de sus hijas? Pues, cobra de los impuestos que pagan el tal Ferrer y tantos otros. Si no cobrara de ellos, el señor Montilla, animalito de partido, tendría que reunir los dineros para tal desembolso trabajando en «otra cosa».

Pero los talentos del Sr. Montilla, y cualquiera que se lo haya tropezado lo sabe, son escasos. Al menos, lo son fuera del empalagoso mundo de la política socialista en Cataluña. En la tal –eso hay que concedérselo- ha sido listo listísimo, porque mira que nacer en Córdoba, chapurrear apenas el catalán y llegar a presidente de la Generalitat…

Una conclusión de paso: Montilla es un simulador magistral. Un adulador de los buenos. Un esclavo perfecto. Tanto, que se convierte en amo. Sin dejar de ser esclavo, porque ésa era la condición para el cambio de status.

Conclusión cuarta: el imbécil de Ferrer paga el colegio de su propia hija y parte alícuota de lo que cuesta el de los hijos de Montilla.

Conclusión última: Montilla es el más listo de todos los inmigrantes que se han avecindado en esta parcela del mundo.



Agua de Colonia

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Sorprendentes las sedes que propone el Arco Progresista para acoger las conferencias regionales previas a la I Convención Nacional que convocan para julio de 2008.

Nada de las tres patas de los creo que finiquitados perfumes de Suchel. (¿En qué quedó, por cierto, aquella aventura de Unilever?)

Pues, eso: nada de las predecibles ciudades para vender Agua de Colonia.

Arco Progresista apuesta por la lógica de la nación dividida y diaspórica: Pinar del Río - Santiago de Cuba – Miami son los enclaves propuestos.

Vaya aromas…

 

«La Isla de Cuba se anuncia por el olor de las vainillas en la costa de la Florida», escribió Chateaubriand en la Vie de Rancé.

 

Si algo puede alegrarnos de la oposición cubana –además de su mera existencia en las condiciones de un hostigamiento manipulado por casi todos- es que los grupos que la integran comiencen a competir desde ya por cuotas de adeptos. Que defiendan colores y hasta olores.

¡A ver si la derecha se atreve con el misterio del pachulí!

«Yo me alimento con el olorcito», decía Simplicio en San Nicolás del Peladero. Pues, eso. Que la Plaza de la Revolución, o la de Armas, ganen el paisaje odorífico de la Place aux Aires, allí en Grasse.

 

El Haaretz se marca hoy una jugosa exclusiva: el borrador del Acuerdo, o Declaración, que firmarán israelíes y palestinos en la Cumbre del próximo martes en Annapolis.

La filtración revela que permanecen irresueltas las cuestiones que más apestan.

Ese final, por ejemplo: «I note: Outstanding question for consideration – how to address the situation in Gaza in the document?», donde «I» responde por los israelíes.

Queda confiar en que Condy se humedezca el cuello con unas gotitas de Queen of Sheeba esa mañana.

 

En La Habana, llega a la mesa del inefable Alarcón pliego de firmas a favor de la eliminación de la doble moneda en Cuba. Suman más de 10.000, las requeridas para presentar una iniciativa de ley.

Abogan por comprar el Agua de Colonia en la misma moneda que les pagan por su trabajo.

Irreprochable.

Ilustración: Tintoretto, La reina de Saba y Salomón, ca. 1555. Cortesía del Museo del Prado.

 

UPDATE:

Esto, en 20 minutos. Una tal Natalia Verbeke, actriz española que hará de cubana que se enamora de un «prófugo de Guantánamo» en película urdida por japonesa. Entresaco algunas perlas.

Nada que asombre. Por boca de esta muchachita hablan muchos imbéciles y sinvergüenzas. De hecho, la he leído como si leyera una entrevista a Leire Pajín, la de Moratinos, tras su último viaje a La Habana.

Esto es Cuba para esa gente, para tanta gente, para casi toda la gente.

"Casi toda la película transcurre en La Habana, ¿cómo es la ciudad?
Una pasada. Hay que ir antes de que muera Castro, porque no decepciona: te enamora por completo. Fueron tres semanas de rodaje maravillosas, por calles llenas de música, gente bailando y riéndose. Su arquitectura también me fascina, por el contraste entre lo que fue y es ahora. Su decadencia es brutal, maravillosa. Y la gente es impresionante, son bondadosos y agradecidos."

"Tu personaje también lo es.
Sí, tiene mucho que ver con ellos. Se ven muchas chicas que se acuestan con hombres para poder salir adelante, algo muy difícil en Cuba. No es el tema principal de la película, pero el dinero y el sexo están allí."

"También tuviste que coger unos kilos.
Lo necesitaba para 'meterme' en el personaje. Las cubanas son muy físicas: te tocan mucho, llevan ropa muy ajustada, son carnosas. Era imposible encarnar una con mi cuerpo: tengo curvas pero soy delgada. Necesitaba tener 'tripilla', ponerme braga y pantalones más pequeños, para que asomara la carne. Necesitaba sentirla, enseñar la piel."

 

UPDATE:

Aquí hay enlace al trailer del engendro. Guantanamero, se titula la versión en inglés. Hay dos calidades, High and Low. Y la calidad propia de la mercancía, claro. Pésima.

No todo es negativo: el trailer es tan largo que nos permite ver casi media película y adivinarla toda: un insoportable panfleto que fueron a filmar al país ideal para tales menesteres.

En fin, digamos que acabo de hacer otra aportación a "sección" que tenía olvidada, aquella de "Ahórrese unos euros, lector".



Erre que erre

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Leía anoche artículo de Juventud Rebelde. Uno de esos que desde la redacción de ese periódico presentan como signo de nuevos aires. Corren vientos de crítica y autocrítica, se ufanan. Relanzamiento del «proyecto», claman. Una palabreja que me retrotrae siempre, cuando de Cuba y política se trata, a los «proyectos experimentales» de los ochenta.

Uno lee, desapasionada, sosegadamente, artículos como ése y aun a sabiendas de que se trata del mismo teatro de la represión de siempre, la misma imbécil cantinela de los comunistas de siempre, con sus células, sus comités de base y su culto a la mentira, quiere concederles «el beneficio de la duda». Quiere imaginar –uno es benévolo a ratos- a cubanos que aman el país donde nacieron, que quieren lo mejor para sí y sus conciudadanos, que piensan y hablan como piensan y hablan cualesquiera otros tipos. Y que han decidido ejercer su derecho a practicar la doctrina comunista.

Así de relajado, condescendiente y hasta mirífico, uno lee lo que le dicen trae la Cuba de Raúl Castro:

« SANTA CLARA.— El calificativo de que la asamblea de balance de la UJC en Villa Clara fue la expresión de lo que debe ser un comité de base, más allá de una metáfora indica la necesidad de hacer tangible las palabras en la práctica cotidiana.

Allí, entre aquellas cuatro paredes del teatro, brotó cristalina la moraleja: asume lo que te corresponde en tu pedacito y pasa del diáfano dibujo del hecho a su definición. Julio Martínez Ramírez, primer secretario de Unión de Jóvenes Comunistas, connotó el conocimiento, la honestidad, transparencia y valentía con que se habló en la asamblea sobre lo mal hecho y cómo combatirlo, algo que debe ser congénito a los integrantes de la organización.

El delegado Sandy Rodríguez dijo que a veces se pierde la comunicación y la confianza del colectivo, pues tras la discusión de los problemas en ocasiones estos se registran en un acta y todo queda ahí, sin que aparezca la solución. «Por eso la gente no quiere ni hablar», enfatizó.

Cuando Julio Martínez le pidió su valoración sobre el porqué de ese comportamiento, Sandy explicó que se ha ido creando una mentalidad de que a veces es por gusto plantear las dificultades, debido a que de todas maneras tampoco se van a resolver, y los hay hasta que tienen miedo a expresarse.»

Ah, pero resulta que la cosa va de lo de siempre: del miedo, del silencio, de la preterición. Y aun así, uno habría de felicitarse de que ahora se publiquen esas perogrulladas.

Termina el corresponsal:

« En esta asamblea desapareció el autoelogio, y la grandeza del debate estuvo allí en la radiografía sobre los impedimentos.

Por eso la actuación de los militantes en la asamblea provincial mereció la felicitación del Buró Nacional de la UJC y el mandato de imprimir ese estilo en los comités de base. ¡Qué reto!»

La «grandeza del debate», dice. «La radiografía sobre los impedimentos.»

Por mucho que uno sea a ciertas horas del día -ciertos minutos del día- alguien optimista, las crónicas de la imbecilidad cubana conjuran toda esperanza. Si se tratara de una secta minoritaria, correspondería sonreír con malicia, pero también con pena. Unos pocos adeptos de las Tinieblas, como esos rusos que se han encerrado en catacumba a esperar la llegada del Anticristo.

Pero no. Son legión y no se esconden. Los que tienen que esconderse son los otros.

Entretanto, cada vez se habla más de ese nuevo periódico impulsado por Eliades Acosta Matos. Dan pistas los emisarios de La Habana. Lo cuentan en bares de Madrid y Barcelona; lo anuncian por correo electrónico. Y expenden las primeras píldoras en Juventud Rebelde a ver qué tal. (A quien interese el asunto: aquí tiene casi todo el think tank que está urdiendo el engendro.)

Uno tiene la certeza a veces de que olvidarse de ese pobre país y de sus gentes es la única píldora que se debería tomar periódicamente. Olvidarse de él, de toda esa dócil feligresía, como quien olvida una novia fea, un mal rato, un largo mal rato con novia fea.

Uno no sabe, tantas veces, cada vez más frecuentes, a qué entretenerse con materia tan sobada, tan privada de noticias, tan predecible, vergonzosa, humillante.

Pero erre que erre.

 

De contra:

Dos de empresarios cubanos.

José Hugo Fernández sobre el tejido empresarial clandestino que se extiende por el paisaje del poscastrismo: «dulces finos», helados, pizzas. Resolver, S. A., podría llamarse la red.

En Cinco días, las cuitas de Leopoldo Fernández Pujals, quien ganó mucho dinero vendiendo pizzas. Amasada fortuna con amasadas pizzas, Fernández Pujals vendió Telepizza en octubre de 1999 por 50.000 millones de pesetas y anunció que se dedicaría a la defensa de los derechos humanos en Cuba. Por fin, un filántropo a lo grande, suspiraron algunos. Guanikiki contra represión, se felicitaron esos pocos.

En 2004, sin embargo, las pesetas, ya convertidas en euros, fueron a la telefónica Jazztel, supongo que convencido ya el prohombre de que la Declaración Universal de los derechos humanos no es papel que cotice al alza. Cambió, así, la suerte del filántropo por el sofoco bursátil. Y Mercurio le sonrió como no lo había hecho Temis. Parece que ahora le tuerce el gesto.

 

UPDATE:

Gorki vuelve a lo suyo. Ahora le tocó a Castro II.

Otros dos nuevos temas aquí.

 

UPDATE:

El socialismo del siglo XXI. Fenómeno, de veras prehumano. En lo que sigue, una diputada chavista, Iris Varela la emprende a golpes con periodista afín a la oposición. Lo que repito con tristeza: Venezuela es un país irremisiblemente perdido. Lleguen al 1:30. Ahí la prehumana desata sus modales.



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Retrato de apóstata con fondo canónico. Artículos, ensayos, un sermón. Selección y prólogo de Jorge Ferrer. Editorial Colibrí, Madrid, 2004.

 
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Veintinueve escenas para una novela sobre la inercia y el olvido Editorial Catalejo, Miami, 2001.

 

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