El debut de Castro II
Jorge Ferrer | 26/07/2007 12:48
El camagüeyano Adelante no da abasto. Las “figuras” que no se quieren perder el discurso que pronunciará esta mañana Castro II inundan la ciudad. Gente de fe. De la buena y de la mala.
No obstante, los periodistas de ese diario provincial no dejan pasar la ocasión de reseñar un bonito encuentro familiar con promesa de carne’e’puerco pa tó’el pueblo.
En compañía de Manuel Martínez, presidente de la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños de Camagüey, (Aleida Guevara, “la hija del Che”) visitó el área de un campesino en la que apreció los resultados en la producción de cerdos, y afirmó que si personas como él hacen eso la alimentación en el país puede mejorar extraordinariamente en pocos meses porque este es un trabajo lindo y útil para la población cubana.
Entretanto, una criadita con delantal y exuberante pecho pasa el trapito una y otra vez por la flat screen de Castro I, que no quiere esta mañana mota de polvo sobre la cabecita de su hermano que debuta, ni palabra que se añada al discurso que ya habrá leído a estas horas, ni, sobre todo, que “Carlitos” Valenciaga se interponga entre sus ojos cansados y el meneíto de la muchacha con bayeta. “¡Quita del medio, coño!”, protesta.
En una geometría mayor, ese grito al dócil amanuense es el mismo que medio país le dedica al desmejorado dictador. Y ese medio país sintonizará sus feos televisores chinos dentro de unas horas.
Pero aunque chino el televisor, y apodado “la china” el orador, no hay indicios de que Marco Polo enseñe hoy ruta de la seda. Los más optimistas augurios aluden a comentario sobre mejoras en la ruta 32.
-Oye, jorgito, ¿cómo es eso que los de encuentro en la red te copiaron lo de Castro II? Te habrán pagado, ¿no?
-Cero pago.
-Y cero copyright.
-…
-De película… Ven acá, ¿eso no entra en “apropiación indebida”?
-Va y lo sacaron de la comedia de Lope de Vega.
-Ah, pero ¿quén te dijo que esa gente lee a Lope de Vega, chico?
-¿Y quién, que leen este blog?
-¡Allá tú!
-No, no. Yo siempre aquí. Y corto, que tengo mucho trabajo hoy…
-No, espera, espera…
-…
-Oye, qué pasa que no dices palabra de la onda freaky que anda por ahí…
-¿Lo dices por Soledad Cruz o por Luarca?
-Por Luarca, por Luarca…
-Todo se andará…
Decía Castro I que a este muchacho lo noquearon los dólares. En realidad, lo propulsó la incapacidad de ganar lo que merece por ese alado movimiento de piernas. El INDER urdió ayer carta para contentar al dictador. Firmada por los deportistas, tiene ese inconfundible estilo del funcionario tracatán:
Pobre de aquellos ricos que pretenden poner precio a nuestros ideales y de aquellos mal nacidos, que guiados por cantos de sirena, deciden traicionar al pueblo que los forjó y puso en ellos un día su esperanza. Pobre de aquellos gobiernos que hacen el juego a las políticas imperiales, robándoles a otros pueblos el talento formado con tanto esfuerzo y dedicación. Las ideas y principios de la Revolución jamás serán una mercancía, y a ella pertenecerá por siempre el Deporte que vive y crece en su seno.
Por la gloria de nuestra Patria, por nuestra dignidad de cubanos, juramos que jamás traicionaremos la memoria de nuestros héroes y mártires, que nos será más fácil dejar de existir, que dejar de serle fiel a la Revolución y a usted Comandante.
Mira que hay que ser imbécil para meter en un mismo saco las jabalinas y los dizque mártires, para poner al cargabates a acarrear aluminio y bronce fraguado en busto de patriota.
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 26/07/2007 15:47
Una de dos
Jorge Ferrer | 25/07/2007 13:01
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 25/07/2007 14:12
Castro I, cronista deportivo
Jorge Ferrer | 24/07/2007 13:23
"Hoy me siento muy feliz, solo tenía en mi mente aquel instante, ese sábado cuando Raúl me dijo este beso es de Fidel y este otro es mío, comencé a ganar esta medalla".
Con tales besos como inspiración, no es de sorprender que Driulis nos regalara la foto que sigue.
Castro I, cuyo ósculo recibió Driulis por delegación, se ha convertido en curioso articulista. Uno que hace como que cierra una veda, aunque habrá que esperar a que se abra en serio la temporada de caza. Sobre todo la de caza mayor en la que él mismo será la mejor pieza a cobrarse.
Al ocultamiento de antaño, se opone ahora la grafomanía del opinador. Así, ayer por la tarde envió al Juventud Rebelde su tercera crónica deportiva.
En la primera, las brasileras estaban duras (de roer) y había confesión de que olvidaba tomar las pastillas. En la segunda, alegría con prisas: mucha medalla y lo esperaba el “acto de la UCI”. También allí, muestra de su anciano regodeo en detalles de inspiración bucólica: “A veces me divierto cuando veo los caballos vigorosos y bien nutridos, de raza -llamémosle aria-, igual que sus jinetes”.
En la tercera, la ira no vencida, pero apaciguada.
Como ha sucedido siempre, varios deportistas cubanos se escabullen de la vigilancia de sus monitores de la DSE, esos tipos con bigote que se turnan en las butacas más cercanas a la puerta de salida del hotel.
Antes, nos lo contaba Radio Martí. Ahora es Castro quien lo hace. Menciona por sus nombres a los deportistas que abandonaron la delegación cubana a los Panamericanos. Al ocultamiento de antaño lo sucede la primicia del Periodista en Jefe.
Y, ¡sorpresa!: el tipo no echa espuma por la boca, ni exige inmediata devolución a Cuba de los huidos. Su cálculo es meramente estadístico: se quedan tres: ¡apenas tres!
Los "quedados" son, en palabras de Castro I, “un buen atacador del equipo cubano de balonmano” y “dos de los más destacados atletas de boxeo”. Los llama mercenarios, sí, pero lo hace en referencia a esa sociedad de consumo de la que abomina –abogado terminal de la “pobreza irradiante”. Los noquearon con billetes de dólar, dice, en giro que emplearía cualquier cronista deportivo de cualquier periódico del mundo, que lamentara la fuga de un deportista de un club a otro.
Decididamente, parece que el aprendiz de periodista ha pedido a Valenciaga los Libros de Estilo por los que se rige la práctica del oficio. Y, siempre que no se le aparezcan juntas las letras b-u-s-h en el teclado de la laptop, ejerce de columnista moderado.
Una moderación que no cabe esperar ejerzan los sabuesos del MININT con las familias de los deportistas que ya son dueños de sus breves destinos de atletas.
UPDATE:
Preguntada sobre sus intenciones de negociar con líderes de gobiernos dictatoriales, Hillary Clinton responde que se ocupará de “test the waters” y de ”feel the way”.
En el caso de Cuba, tales empeños sólo pueden significar que la candidata demócrata está dispuesta a hacer el trayecto en balsa entre Jaimanitas y Key Biscayne.
En cuanto a que no se va a encontrar así como así con “Fidel Castro”. El asunto, querida, no es si estás dispuesta a visitar al del Adidas. La cuestión es si estás dispuesta a transigir con la sucesión dinástica, y a apoyarla.
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 24/07/2007 13:46
El peso de las palabras
Jorge Ferrer | 23/07/2007 14:34
Ya de vuelta en Barcelona, me levanto en una ciudad en plena crisis. Media área metropolitana paralizada por una avería eléctrica, dicen los titulares de los periódicos. Semáforos y quirófanos inservibles, alarman. Y en todos, agazapada o bocona, la duda en torno a la causa de la avería de esos dos transformadores. ¿Terrorismo? ¿Mero azar? Son dudas que hacen buena pareja con las que genera la imbécil doctrina que hurga en las llamadas “razones” del terrorismo, sea el jihadista o el etarra.
Mariane Pearl, viuda de Daniel Pearl, el periodista del The Wall Street Journal degollado en Pakistán cuando ambos esperaban un hijo, ha dejado claro desde siempre que con ella no van las miríficas ensoñaciones del apaciguamiento. En su libro, A Mighty Heart, después llevado al cine, narró la terrible experiencia de conocer secuestrado a su marido, verlo en las televisiones sobre el fondo verdinegro de la escenografía jihadista, saberlo degollado por fin.
Ahora, la infatigable Mariane, nacida en París de madre cubana, y periodista ella misma, toma la vía judicial para ayudar a desmontar el entramado del terror. Ella sola, una ciudadana de este mundo, lleva a los tribunales a quienes asesinaron a su marido y al Habib Bank, el banco más grande de Pakistán, imputado por colaboración necesaria. Véase el testimonio de Mariane al The Forgiveness Project. Véase qué fácil es decir las cosas con claridad. No sé cuánto tenga que ver en esa tozudez de Mariane la achinada mulata cubana que es su madre.
Un tipo de claridad con el que nadie habla en Hernani, Comunidad autónoma vasca, adonde Jesús Rodríguez fue a escribir para El País reportaje sobre el estado de cosas en ese feudo etarra y apenas logró anotar unos pocos nombres propios. Un reportaje magnífico publicado ayer, a cuya ineludible lectura pone la guinda esta nota de hoy en ABC.
Lamentablemente, El País no subió a la internet una foto y comentario que traía la versión sobre papel. Un sesentón con txapela y camiseta roja con el rostro de Ernesto Guevara, llamado “Che”, y las orgullosas palabras del tipo: “¿No sabía usted que el Che era de origen vasco, de Guevara, en Álava?”
Esa malsana búsqueda de filiaciones, adhesiones, complicidades.
Cortesía de Emanaciones, la fotografía del referido muñidor de identidades.
Emilio Ichikawa, un ex profesor de filosofía en la Universidad de La Habana, tiene una “sospecha exiliar” (sic). La de por qué habría alguien de creerle ahora, cuando en Cuba se dedicaba, confiesa, a habitual trasiego con la mentira.
Y la trae con premisa que parece querer convertir en dogma: “Para sobrevivir bajo el castrismo hubo que mentir mucho”, dice.
Por mera consecuencia, he de recordarle a Ichikawa lo que ya tuve ocasión de decirle hará un par de años, cuando él afirmaba que “informar” era moneda común allá en Cuba y que todos lo hicieron. Es premisa falsa.
Y que el ex profesor haya mentido e “informado” es algo que lo concierne a él y a sus iguales. A nadie más. Dice:
“Para sobrevivir bajo el castrismo hubo que mentir mucho. Incluso tanto como para salir de él. Para muchos de nosotros el gesto de salir de Cuba no fue un acto limpio y glorioso sino colmado de todos los pecados que presumiblemente estaba destinado a borrar.
Mi sospecha exiliar es la siguiente. Si la mentira me llevó a obtener ciertas ventajas, si la costumbre me llevó a archivar, casi como un reflejo, que la falsedad es un recurso al que se puede acudir en determinados momentos para resolver algunos líos, entonces, por qué debe alguien creerme que una vez fuera de Cuba vaya yo a dejar de mentir, o alcance finalmente a convertirme en una persona sincera sin alguna complicación adicional.”
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 23/07/2007 21:54
Benítez Rojo en domingo
Jorge Ferrer | 22/07/2007 10:17
Mañana, en Barcelona, Bebo y Chucho Valdés.
Aquí, cuando los reunió Fernando Trueba en "Calle 54". "La comparsa", de Lecuona, entre el "Pareces un sapo" y "El que pida más está loco".
Y, en efecto.
(Cuando viajo, no me llevo el separador.)
Lectura dominical:
Antonio Benítez Rojo
Estatuas sepultadas
(En Tute de Reyes, 1967)
Aquel verano —cómo olvidarlo— después de las lecciones de don Jorge y a petición de Honorata, íbamos a cazar mariposas por los jardines de nuestra mansión, en lo alto del Vedado. Aurelio y yo la complacíamos porque cojeaba del pie izquierdo y era la de menor edad (en marzo había cumplido los quince años); pero nos hacíamos de rogar para verla hacer pucheros y retorcerse las trenzas; aunque en el fondo nos gustaba sortear el cuerno de caza, junto al palomar desierto, vagar por entre las estatuas con las redes listas, siguiendo los senderos del parque japonés, escalonados y llenos de imprevistos bajo la hierba salvaje que se extendía hasta la casa.
La hierba constituía nuestro mayor peligro. Hacía años que asaltaba la verja del suroeste, la que daba al río Almendares, el lado más húmedo y que la excitaba a proliferar; se había prendido a los terrenos a cargo de tía Esther, y pese a todos sus esfuerzos y los de la pobre Honorata, ya batía los ventanales de la biblioteca y las persianas francesas del salón de música. Como aquello afectaba la seguridad de la casa y era asunto de mamá, irreducibles y sonoras discusiones remataban las comidas: y había veces que mamá, que se ponía muy nerviosa cuando no estaba alcoholizada, se llevaba la mano a la cabeza en ademán de jaqueca y rompía a llorar de repente, amenazando, entre sollozos, con desertar de la casa, con cederle al enemigo su parte del condominio si tía Esther no arrancaba (siempre en un plazo brevísimo) la hierba que sepultaba los portales y que muy bien podía ser un arma de los de afuera.
—Si rezaras menos y trabajaras más... —decía mamá, amontonando los platos.
—Y tú soltarás la botella... —ripostaba tía Esther.
Afortunadamente don Jorge nunca tomaba partido: se retiraba en silencio con su cara larga y gris, doblando la servilleta, evitando inmiscuirse en la discordia familiar. Y no es que para nosotras don Jorge fuera un extraño, a fin de cuentas era el padre de Aurelio (se había casado con la hermana intercalada entre mamá y tía Esther, la hermana cuyo nombre ya nadie pronunciaba); pero, de una u otra forma, no era de nuestra sangre y lo tratábamos de usted, sin llamarlo tío. Con Aurelio era distinto: cuando nadie nos veía lo cogíamos de las manos, como si fuéramos novios; y justamente aquel verano debía de escoger entre nosotras dos, pues el tiempo iba pasando y ya no éramos niños. Todas queríamos a Aurelio por su porte, por sus vivos ojos negros, y sobre todo por aquel modo especial de sonreír. En la mesa las mayores porciones eran para él, y si el tufo de mamá se percibía por encima del olor de la comida, uno podía apostar que cuando Aurelio alargara el plato ella le serviría despacio, su mano izquierda aprisionando la de él contra los bordes descascarados. Tía Esther tampoco perdía prenda, y con la misma aplicación con que rezaba el rosario buscaba la pierna de Aurelio por debajo del mantel, y se quitaba el zapato. Así eran las comidas. Claro que él se dejaba querer, y si vivía con don Jorge en los cuartos de la antigua servidumbre, separado de nosotras, era porque así lo estipulaba el Código; tanto mamá como tía Esther le hubieran dado habitaciones en cualquiera de las plantas y él lo hubiera agradecido, y nosotras encantadas de tenerlo tan cerca, de sentirlo más nuestro en las noches de tormenta, con aquellos fulgores y la casa sitiada.
Al documento que delimitaba las funciones de cada cual y establecía los deberes y castigos, lo llamábamos, simplemente, el Código; y había sido suscrito, en vida del abuelo, por sus tres hijas y esposos. En él se recogían los mandatos patriarcales, y aunque había que adaptarlo a las nuevas circunstancias, era la médula de nuestra resistencia y nos guiábamos por él. Seré somera en su detalle:
A don Jorge se le reconocía como usufructuario permanente y gratuito de inmueble y miembro de Consejo de Familia. Debía ocuparse de avituallamiento, de la inteligencia militar, de administrar los recursos, de impartir la educación y promover la cultura (había sido subsecretario de Educación en tiempos de Laredo Brú), de las reparaciones eléctricas y de albañilería, y de cultivar las tierras situadas junto al muro del nordeste, que daba a la casona de los Enriquez, convertida en una politécnica desde finales del sesenta y tres. A tía Esther le tocaba el cuidado de los jardines (incluyendo el parque), la atención de los animales de cría, la agitación política, las reparaciones hidráulicas y de plomería, la organización de actos religiosos, y el lavado, planchado y zurcido de la ropa.
Se le asignaba a mamá la limpieza de los pisos y muebles, la elaboración de planes defensivos, las reparaciones de carpintería, la pintura de techos y paredes, el ejercicio de la medicina, así como la preparación de alimentos y otras labores conexas, que era en lo que invertía más tiempo.
En cuanto a nosotros, los primos, ayudábamos en los quehaceres de la mañana y escuchábamos de tarde las lecciones de don Jorge; el resto de la jornada lo dedicábamos al esparcimiento; por supuesto, al igual que a los demás, se nos prohibía franquear los límites del legado. Otra cosa era la muerte.
La muerte moral, se entiende; la muerte exterior del otro lado de la verja. Oprobioso camino que había seguido la mitad de la familia en los nueve años que ya duraba el asedio.
El caso es que aquel verano cazábamos mariposas. Venían del río volando sobre la hierba florida, deteniéndose en los pétalos, en los hombros quietos de cualquier estatua. Decía Honorata que alegraban el ambiente, que lo perfumaban—siempre tan imaginativa la pobre Honorota—; pero a mí me inquietaba que vinieran de afuera y, como mamá, opinaba que eran un arma secreta que aún no comprendíamos, quizá por eso gustaba de cazarlas. Aunque a veces me sorprendían y huía apartando la hierba, pensando que me tomarían del cabello, de la falda —como en el grabado que colgaba en el cuarto de Aurelio—, y me llevarían sobre la verja atravesando el río.
A las mariposas las cogíamos con redes de viejos mosquiteros y las metíamos en frascos de conservas que nos suministraba mamá. Luego, al anochecer, nos congregábamos en la sala de estudio para el concurso de belleza, que podía durar horas, pues cenábamos tarde. A la más bella la sacábamos del frasco, le vaciábamos el vientre y la pegábamos en el álbum que nos había dado don Jorge; a las sobrantes, de acuerdo con una sugerencia mía para prolongar el juego, les desprendíamos las alas y organizábamos carreras, apostando pellizcos y caricias que no estuvieran sancionados. Finalmente las echábamos al inodoro, y Honorata, trémula con los ojos húmedos, manipulaba la palanca que originaba el borboteo, los rumores profundos que se las llevaban en remolino.
Después de la comida, después del alegato de tía Esther contra las razones de mamá —que se iba a la cocina con el irrevocable propósito de abandonar la casa en cuanto fregara la loza—, nos reuniríamos en el salón de música para escuchar el piano de tía Esther, sus himnos religiosos en la penumbra del único candelabro. Don Jorge nos había enseñado algo en el violín, y aún se le mantenían las cuerdas; pero por la desafinación del piano no era posible concertarlo y ya preferíamos no sacarlo del estuche. Otras veces, cuando tía Esther se indisponía o mamá le reprochaba el atraso en la costura, leíamos en voz alta las sugerencias de don Jorge, y como sentía una gran admiración por la cultura alemana, las horas se nos iban musitando estanzas de Goethe, Hölderlin, Novalis, Heine.
Poco. Muy poco; sólo en las noches de lluvia en que se anegaba la casa y en alguna otra ocasión especialísima, repasábamos la colección de mariposas, el misterio de sus alas llegándonos muy hondo, las alas cargadas de signos de más allá de las lanzas, del muro enconado de botellas; y nosotros allí, bajo las velas y en silencio, unidos en una sombra que disimulaba la humedad de la pared, las pestañas esquivas y las manos sueltas, sabiendo que sentíamos lo mismo, que nos habíamos encontrado en lo profundo de un sueño, pastoso y verde como el río desde la verja; y luego aquel techo abombado y cayéndose a pedazos, empolvándonos el pelo, los más íntimos gestos. Y las coleccionábamos.
La satisfacción mayor era imaginarse que al final del verano Aurelio ya estaría conmigo. "Un párroco disfrazado os casará tras la verja", decía don Jorge, circunspecto, cuando tía Esther y Honorata andaban por otro lado. Yo no dejaba de pensar en ello; diría que hasta me confortaba en la interminable sesión de la mañana: El deterioro de mamá iba en aumento (aparte de cocinar, y siempre se le hacía tarde, apenas podía con la loza y los cubiertos) y era yo la que baldeaba el piso, la que sacudía los astrosos forros de los muebles, los maltrechos asientos.
Quizá sea una generalización peligrosa, pero de algún modo Aurelio nos sostenía a todas, su cariño nos ayudaba a resistir. Claro que en mamá y tía Esther coincidían otros matices; pero cómo explicar sus devaneos gastronómicos, los excepcionales cuidados en los catarros fugaces y rarírismos dolores de cabeza, los esfuerzos prodigiosos por verlo fuerte, acicalado, contento... Hasta don Jorge, siempre tan discreto, a veces se ponía como una gallina clueca. Y de Honorata ni hablar; tan optimista la pobre, tan fuera de la realidad, como si no fuera coja. Y es que Aurelio era nuestra esperanza, nuestro dulce bocado de ilusión; y era él quien nos hacía permanecer serenas dentro de aquellos hierros herrumbrosos, tan hostigados desde afuera.
—¡Qué mariposa más bella!— dijo Honorata en aquel crepúsculo, hace apenas un verano. Aurelio y yo marchábamos delante, de regreso a la casa, él abriéndome el paso con el asta de la red. Nos volvimos: la cara pecosa de Honorata saltaba por la hierba como si la halaran por las trenzas; más arriba, junto a la copa del flamboyán que abría el sendero de estatuas, revoloteaba una mariposa dorada. Aurelio se detuvo. Con un gesto amplio nos tendió en la hierba. Avanzó lentamente, la red en alto, el brazo izquierdo extendido a la altura del hombro, deslizándose sobre la maleza, La mariposa descendía abriendo sus enormes alas, desafiantes, hasta ponerse casi al alcance de Aurelio; pero planeando más allá del flamboyán, internándose en la galería de estatuas. Él la siguió y pronto desaparecieron.
Cuando Aurelio regresó era de noche; ya habíamos elegido a la reina y la estábamos preparando para darle la sorpresa. Pero vino serio y sudoroso diciendo que se le había escapado, que había estado a punto de cogerla, encaramándose en la verja; y pese a nuestra insistencia no quiso quedarse a los juegos.
Yo me quedé preocupada. Me parecía estarlo viendo allá arriba, casi del otro lado, la red colgando sobre el camino del río y él a un paso de saltar. Me acuerdo que le aseguré a Honorata que la mariposa era un señuelo, que había que subir la guardia.
El otro día fue memorable. Desde el amanecer los de afuera estaban muy exaltados: Expulsaban cañonazos y sus aviones grises dejaban rastros en el cielo; más abajo los helicópteros encrespaban el río y la hierba. No había duda que celebraban algo, quizá una nueva victoria; y nosotros incomunicados. No es que careciéramos de radios, pero ya hacía años que no pagábamos el fluido eléctrico y las pilas del Zenith de tía Esther se habían vuelto pegajosas y olían al remedio chino que atesoraba mamá en lo último del botiquín. Tampoco nos servía el teléfono no recibíamos periódicos, no abríamos las cartas que supuestos amigos y familiares traidores nos enviaban desde afuera. Estábamos incomunicados. Es cierto que don Jorge traficaba por la verja, de otra manera no hubiéramos subsistido, pero lo hacía de noche y no estaba permitido presenciar la compraventa, incluso hacer preguntas sobre el tema. Aunque una vez que tenía fiebre alta y Honorata lo cuidaba, dio a entender que la causa no estaba totalmente perdida, que organizaciones de fama se preocupaban por los que aún resistían.
Al atardecer, después que concluyeron los aplausos patrióticos de los de la politécnica, los cantos marciales por encima del muro de vidrios anaranjados y que enloquecían a mamá a pesar de los tapones y compresas, descolgamos el cuerno de la panoplia—don Jorge había declarado asueto—y nos fuimos en busca de mariposas. Caminábamos despacio, Aurelio con el ceño fruncido. Desde la mañana había estado recogiendo coles junto al muro y escuchado de cerca el clamor de los cantos sin la debida protección, los febriles e ininteligibles discurso del mediodía. Parecía afectado Aurelio: rechazó los resultados del sorteo arrebatándole a Honorata el derecho de distribuir los cotos y llevar el cuerno de caza. Nos separamos en silencio, sin las bromas de otras veces, pues siempre se habían respetado las reglas establecidas. Yo hacía rato que vagaba a lo largo del sendero de la verja haciendo tiempo hasta el crepúsculo, el frasco lleno de alas amarillas, cuando sentí que una cosa se me enredaba en el pelo. De momento pensé que era el tul de la red, pero al alzar la mano izquierda mis dedos rozaron algo de más cuerpo, como un pedazo de seda, que se alejó tras chocar con mi muñeca. Yo me volví de repente y la vi detenida en el aire, la mariposa dorada frente a mis ojos, sus alas abriéndose y cerrándose frente a la altura de mi cuello y yo sola y de espaldas a la verja. Al principio pude contener el pánico: empuñé el asta y descargué un golpe; pero ella lo esquivó ladeándose a la derecha. Traté de tranquilizarme, de no pensar en el grabado de Aurelio, y despacio caminé hacia atrás. Poco a poco alcé los brazos sin quitarle la vista, tomé puntería; pero la manga de tul se enganchó en un hierro y volví a fallar el golpe. Esta vez la vara se me había caído en el follaje del sendero. El corazón me sofocaba. La mariposa dibujó un círculo y me atacó a la garganta. Apenas tuve tiempo de gritar y de arrojarme a la hierba. Un escozor me llevó la mano al pecho y la retiré con sangre. Había caído sobre el aro de hojalata que sujetaba la red y me había herido el seno. Esperé unos minutos y me volví boca arriba, jadeante. Había desaparecido. La hierba se alzaba alrededor de mi cuerpo, me protegía, como a la Venus derribada de su pedestal que Honorata había descubierto en lo profundo del parque; yo tendida, inmóvil como ella, mirando el crepúsculo concienzudamente, y de pronto los ojos de Aurelio en el cielo y yo mirándolos quieta, viéndolos recorrer mi cuerpo casi sepultado y detenerse en mi seno, y luego bajar por entre los tallos venciéndome en la lucha para entornarse en el beso largo y doloroso que estremeció la hierba. Después el despertar inexplicable: Aurelio sobre mi cuerpo, aún tapándome la boca a pesar de las mordidas; su frente, señalada por mis uñas.
Regresamos. Yo sin hablar, desilusionada.
Honorata lo había visto todo desde las ramas del flamboyán.
Antes de entrar al comedor acordamos guardar el secreto. No se si sería por las miradas de mamá y tía Esther detrás del humo de la sopa o por los suspiros nocturnos de Honorata, revolviéndose en las sábanas; pero amaneció y yo me di cuenta de que ya no quería tanto a Aurelio, que no lo necesitaba, ni a él ni a la cosa asquerosa, y juré no hacerlo más hasta la noche de bodas.
La mañana se me hizo más larga que nunca y acabé extenuada.
En la mesa le pasé a Honorata mi porción de coles (nosotras siempre tan hambrientas) y a Aurelio lo miré fríamente cuando comentaba con mamá que un gato de la politécnica le había mordido la mano, le había arañado la cara y desaparecido tras el muro. Luego vino la clase de Lógica. Apenas atendí a don Jorge a pesar de las palabras: ferio, festino, barroco, y otras más.
—Estoy muy cansada... Me duel la espalda —le dije a Honorata después de la lección, cuando propuso cazar mariposas.
—Anda, no seas mala —insistía ella.
—No.
—¿No será que tienes miedo? —dijo Aurelio.
—No. No tengo miedo.
—¿Seguro?
—Seguro. Pero no voy a hacerlo más.
—¿Cazar mariposas?
—Cazar mariposas y lo otro. No voy a hacerlo más.
—Pues si no van los dos juntos le cuento todo a mamá —chilló Honorata sorpresivamente, con las mejillas encendidas.
—Yo no tengo reparos —dijo Aurelio sonriendo, agarrándome del brazo. Y volviéndose a Honorata, sin esperar mi respuesta, le dijo: “Trae las redes y los pomos. Te esperamos en el palomar”.
Yo me sentía confusa, ofendida; pero cuando vi alejarse a Honorata, cojeando que daba lástima, tuve una revelación y lo comprendí todo de golpe. Dejé que Aurelio me rodeara la cintura y salimos de la casa. Caminábamos en silencio, sumergidos en la hierba tibia, yo pensaba que a Aurelio también le tenía lástima, que yo era la más fuerte de los tres, y quizá de toda la casa. Curioso, yo tan joven, sin cumplir los diecisiete, y más fuerte que mamá con su alcoholismo progresivo, que tía Esther, colgada de su rosario. Y de pronto también que Aurelio. Aurelio el más débil de todos; aún más débil que don Jorge, que Honorata; y ahora sonreía de medio lado, groseramente, apretándome la cintura como si me hubiera vencido, sin darse cuenta, el pobre, que sólo yo podía salvarlo, a él y a toda la casa.
—¿Nos quedamos aquí? —dijo deteniéndose—. Creo que es el mismo lugar de ayer—. Y me guiñaba los ojos.
Yo asentí y me acosté en la hierba. Noté que me subía la falda, que me besaba los muslos; y yo como la diosa, fría y quieta, dejándolo hacer para tranquilizar a Honorata, para que no fuera con el chisme que levantaría la envidia, ellas tan insatisfechas y la guerra que llevábamos.
—Córranse un poco más a la derecha, no veo bien— gritó Honorata , cabalgando una rama. Aurelio no le hizo caso y me desabotonó la blusa.
Oscureció y regresamos, Honorata llevando las redes y yo los pomos vacíos. —¿Me quieres?— dijo él mientras me quitaba del pelo una hoja seca.
—Sí, pero no quiero casarme. Quizá para el otro verano.
—Y... ¿Lo seguirás haciendo?
—Bueno— dije un poco asombrada—.
—Con tal que nadie se entere...
—En ese caso me da igual. Aunque la hierba se cuela por todos lados, le da a uno picazón.
Esa noche Aurelio anunció en la mesa que no se casaría aquel año, que posponía su decisión para el próximo verano. Mamá y tía Esther suspiraron aliviadas; don Jorge apenas alzó la cabeza.
Pasaron dos semanas, él con la ilusión de que me poseía. Yo me acomodaba en la hierba con los brazos detrás de la nuca, como la estatua, y me dejaba palpar sin que me doliera la afrenta. Con los días perfeccioné un estilo rígido que avivaba sus deseos, que lo hacía depender de mí. Una tarde paseábamos por el lado del río, mientras Honorata cazaba por entre las estatuas. Habían empezado las lluvias, y las flores, mojadas en el mediodía, no se pegaban a la ropa. Hablábamos de cosas triviales: Aurelio me contaba que tía Esther lo había visitado de noche, en camisón, y en eso vimos la mariposa. Volaba enfrente de un enjambre de colores corrientes; al reconocernos hizo unos caracoleos y se posó en una lanza. Movía las alas sin despegarse del hierro, haciéndose la cansada, y Aurelio, poniéndose tenso, me soltó el talle para treparse a la reja. Pero esta vez la victoria fue mía: Me tendí sin decir palabra, la falda a la altura de las caderas, y la situación fue controlada.
Continúa aquí.
Cortesía de Literatura.us
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 22/07/2007 10:41
[« Anterior][1][2][3][4][5][6][7][Siguiente »]










![Muestra el enlace externo en una ventana emergente. [http://www.amazon.com/Tristan-Medina-Retrato-apostata-canonico/dp/8493231150/ref=pd_bbs_2/002-7736270-8772012?ie=UTF8&s=books&qid=1177366006&sr=1-2] Tristán de Jesús Medina](/var/cubaencuentro.com/storage/images/blogs/el-tono-de-la-voz/libros/tristan-de-jesus-medina/326352-2-esl-ES/tristan_de_jesus_medina_small.jpg)
![Muestra el enlace externo en una ventana emergente. [http://www.amazon.com/Minimal-Bildung-Jorge-Ferrer/dp/0970307918/ref=pd_bbs_sr_1/002-7736270-8772012?ie=UTF8&s=books&qid=1177365089&sr=8-1] Cubierta Minimal Bildung](/var/cubaencuentro.com/storage/images/blogs/el-tono-de-la-voz/libros/minimal-bildung/326325-1-esl-ES/minimal_bildung_small.jpg)
