Letras Libres: Cuba. Cincuenta años de felicidad
Jorge Ferrer | 25/12/2008 0:14
Letras Libres trae en la edición de Enero de 2009, a la venta en los próximos días, un dossier dedicado a la luctuosa efeméride que celebramos: “Cuba. Cincuenta años de felicidad”.
Lo componen textos de Ernesto Hernández Busto, Antonio José Ponte, Rafael Rojas, Yoani Sánchez y Jorge Ferrer.
Un artículo que firman Bertrand de la Grange y Maite Rico más un fragmento de un libro (en preparación) de José Manuel Prieto completan el “tema cubano” en número de veras magnífico.
Sigue mi colaboración a ese dossier.
La isla no es lo que parece
Por Jorge Ferrer
Las dos películas extranjeras más importantes que se rodaron en Cuba en los primeros años de Revolución comienzan mostrando a mujeres que nadan en piscinas de hoteles. En Our Man in Havana, la película de Carol Reed basada en la novela de Graham Greene, la cámara sigue a una bella nadadora que bracea hacia un extremo de la piscina. La escena es de una calma abrumadora, salvo por un detalle: al fondo del camino de agua se advierte la silueta del capitán Segura, torturador de la policía, recortada sobre el paisaje urbano. Engañosa, pues, la belleza de la ciudad que se desborda por los límites de la azotea. Detrás de la paz y el lujo aparentes se escondería una realidad atroz.
La otra ocasión en que se entró a La Habana desde una piscina fue en Soy Cuba, la película de Mijaíl Kalatozov a la que se deben las que tal vez sean las imágenes más bellas de la ciudad rodadas jamás. Tras la hermosa secuencia de los créditos, con una avioneta sobrevolando unos palmares que parecen nevados, la cámara desciende hasta la piscina de otro hotel del downtown habanero, y tras pasearla entre bañistas que toman el sol y copas, sigue a otra opulenta trigueña que se hunde en la alberca para encontrarse otras piernas y otros cuerpos en sensual y espasmódica danza.
Aunque calmas las aguas de la primera piscina y revueltas las de la segunda, ambos directores eran reos de un mismo imaginario: La Habana no es lo que parece. Los sedujo el contraste entre esos cubos de agua llenos de cuerpos pop, y el vicio y la sangre que se aprestaban a mostrar después en una ciudad de la que tenían referencia de ensueño que transcurría en parejas aguas: el cuerpo desnudo de Ava Gardner gozando de la piscina de La Vigía, la finca de Ernest Hemingway en San Francisco de Paula.
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En “El nadador”, un célebre relato de John Cheever publicado en la revista The New Yorker precisamente en 1964, mientras las cámaras de Urusevsky esperaban días enteros alguna particular tonalidad de las nubes en el cielo sobre el Malecón, Neddy Merrill decide nadar hasta su casa desde el patio de los Westerhazy. Nadar de piscina en piscina; atravesar el condado a brazadas.
Cuba, como el pertinaz nadador de Cheever, ha atravesado sucesivos avatares hasta llegar a tener el malcarado rostro que ostenta hoy. Y de tanta agua, se le ha corrido el maquillaje, como a vedette que camina bajo la lluvia. Y ha nadado siempre en piscina inundada de una misma agua discursiva: una ansia de “excepcionalidad” que ha sido su maldición y también su bálsamo. Un dispositivo creado desde la sociedad criolla, y que funcionó durante dos siglos enteros, tanto para vocear una grandeza las más de las veces apenas presunta como para justificar las desgracias, tantas veces demoledoras.
La “Llave y Antemural”, que escribiera José Martín Félix de Arrate, paseó por todo el siglo xix la singularidad que implicaba permanecer como una provincia española, la “siempre fiel”, sin ser, o parecer, una colonia, según afirmara en 1841 Adolphe Jollivet. Pese a ello, anexionistas, independentistas y autonomistas enarbolaron discursos y machetes sin conseguir dotar a la “Perla de las Antillas” –título que le disputan Haití y Martinica, por cierto– de un Estado moderno ni de las instituciones funcionales que este presupone.
Fue precisamente ese siglo el responsable de que la vindicación de la “excepcionalidad” de Cuba se erigiera en Leitmotiv nacional. Los reclamos por la independencia o la autonomía requerían de discursos que plasmaran la otredad de la isla respecto a España, ya fuera para arrastrar a los cubanos a la guerra o para exigir un estatuto privilegiado para la isla, una forma de autogobierno.
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Cuba se despidió del siglo xix, el siglo del afianzamiento de los discursos nacionales, ostentando la dolorosa primacía de haber inaugurado, de la mano de Valeriano Weyler, el universo concentracionario donde cuarenta años más tarde Europa se encontraría con los topes de la razón y la apoteosis de la técnica.
También con una decepción que marcaría las décadas siguientes: los cubanos habían peleado dos guerras contra España, pero no pudieron anotarse la victoria en exclusiva. Tampoco la normalización, y creación, de las instituciones del país. Así, la República tutelada por Estados Unidos que nacía sirvió para potenciar la maldición de otra cualidad “excepcional” que los cubanos habían ido amasando desde el primer tercio del siglo xix, a saber, la relación especial de Cuba y Estados Unidos. He ahí otra cifra “excepcional”, la geopolítica de la gravitación, que pervive hasta hoy tanto en los discursos antiimperialistas del régimen cubano como en el “excepcional” trato migratorio que reciben los cubanos en Estados Unidos.
Ni Quebec autónomo en el Caribe, como quisieron los autonomistas, ni Suiza caribeña con la que soñaban los más optimistas, la Cuba republicana fue un tránsito de medio siglo por la indagación en torno a la identidad de los cubanos en típico gesto postcolonial. Hay al menos dos refugios donde se aloja la excepcionalidad cubana en los años republicanos. Por una parte, un extraño ejercicio de excepcionalidad negativa, que se fundamenta en la exposición de los vicios –Francisco Figueras, José Antonio Ramos, ciertas zonas de Fernando Ortiz y Jorge Mañach... Pero conjuntamente con los discursos de la excepcionalidad negativa, la República también conoció momentos de gran prosperidad económica que alimentaron el fantasma de una superioridad que enajenaba al país de la América Latina y el Caribe, aunque no conseguía insertarla en un espacio de estabilidad democrática que le permitiera parangonarse con las naciones del norte del continente. En Piedras y leyes, Fulgencio Batista recoge el prolijo catálogo de esa excepcionalidad en positivo.
El “mito de la insularidad” que propugnó José Lezama Lima en el célebre “Coloquio con Juan Ramón Jiménez” es un ejemplo adicional del afán de excepcionalidad, aunque en él, como más tarde en el célebre poema de Virgilio Piñera, sea Cuba entera la que nade en una piscina de aguas que la aíslan y singularizan. Años después, Reinaldo Arenas recreó el mito al imaginar tiburones que roían la plataforma sobre la que se asienta la isla, que quedaría así a la deriva, perdiéndose en los mares, despidiéndose de su excepcionalidad fatal.
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Con la Revolución de 1959, la aventura de la excepcionalidad cubana alcanzó proporciones apoteósicas. Entonces, nuevo membrete, ganó el de “primer país socialista de América”. Difícilmente alguien pudo imaginar que las ansias de excepcionalidad se vieran colmadas a un nivel que situara a la isla en el centro de un diferendo nuclear y que unos cohetes emplazados en su suelo generaran uno de los más intensos usos del “teléfono rojo” de la Guerra Fría.
La idea de que el país había alcanzado por fin un destino genuinamente excepcional soporta buena parte de los discursos ideológicos de la Revolución de 1959. La década de los sesenta convierte a Cuba en hotel de los intelectuales de izquierda. El presunto hallazgo de una revolución que centraba los principales debates que rondaron esa década, el rol de enfant terrible del socialismo mundial de que dotaron a Cuba su relativa independencia de los dictados de Moscú, la implicación de la isla en los procesos de descolonización y los movimientos guerrilleros en África y América Latina convirtieron a Cuba en ilusorio vórtice del huracán que iba a enderezar el siglo.
Más tarde, el inicio del colapso del imperio soviético en 1985 colocó a Cuba ante la amenaza a la supervivencia de su propio devenir socialista y requirió de artes que paliaran los efectos que un lustro más tarde se abatirían sobre la economía de la isla. Regaló también la benevolente Clío la posibilidad de dar todavía una puntada al traje de la excepcionalidad. Y no se iba a desaprovechar tamaña ocasión de proclamar la nueva condición excepcional y ufanarse de ella. “La historia nos dio el derecho a proclamar que somos hoy el país más independiente sobre la Tierra”, dijo Fidel Castro en 1991, para recordar inmediatamente después que a pregunta que le habían hecho acerca de si Cuba se había quedado sola tras el desmantelamiento de los regímenes socialistas en Europa, respondió: “¡Sí, estamos solos, pero en la cúspide!” El ensayista y poeta Roberto Fernández Retamar llevó la mítica norma a apoteosis no exenta de cursilería, cuando se refirió a la “enormidad de Cuba”, tomando como pie forzado aquella “enormidad de España” de la que habló Miguel de Unamuno, y jugando con la común raíz de las palabras anormalidad y enormidad. Enorme por excepcional, pues.
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A la Cuba poscomunista le tocará proveerse de un rostro que continúe dotándola de la ilusión de la excepcionalidad, a la vez que le sirva para encarar su reducción a país común, a ser un país más. Un paisito cualquiera, sin destino de epopeya.
Como el nadador de Cheever cruzó el condado para encontrarse una casa vacía, los cubanos habrán de rastrear los muchos retratos de la Cuba “excepcional” para elegir con cuál se quedan, si es que alguno les conviene. Atravesar esas visiones, como nadando de piscina en piscina, desasidos por fin de la idea de que la excepcionalidad es una virtud de la geografía moral en un mapa del que Cuba se quiso epicentro. Un mapa que alberga ahora el paisaje de una ilimitada periferia.
La devolución del país, y sus gentes, a un espacio carente de primacías y heroísmos, una realidad desprovista de falsas coartadas que validen un destino único, exigirá un reacomodo simbólico y un renovado asiento geoestratégico. La pérdida de la última coartada de excepcionalidad durante este último medio siglo de castrismo traerá consigo la suerte de vivir un destino común en el archipiélago de la mundialización. Cuba ya se prepara para adoptar nuevo rostro debatiéndose entre el socialismo del siglo xxi y el imaginario de la gozadera.
Se afirma que Fidel Castro apareció como figurante en una película rodada en México en 1946, Easy to Wed. En los créditos figura con curioso papel: Pool Spectator. Un hombre que se pasea en torno a una piscina. La mira de reojo, desinteresado. Tras medio siglo de Revolución, los cubanos, que asisten como “excepcionales” figurantes al ocaso de su presunta excepcionalidad, ansían un destino sobre el que no gravite el reto de ser grandes. Al menos, más grandes de lo que son. De lo que cualquiera lo es.
El texto y la imagen son propiedad de Letras Libres y no pueden ser reproducidos sin su autorización.
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 25/12/2008 3:23
Felicidades... y regalo navideño
Jorge Ferrer | 23/12/2008 20:01
A todos los lectores de El Tono de la Voz les deseo una feliz Navidad y un próspero año 2009.
Gracias por acompañarme, a pesar de que como en la foto, lo que aquí se lee sea a veces oscuro, la prosa en ocasiones se agriete, la luz sea vaga. También en ocasiones hay suerte, y luz, y claridad.
(La fotografía, Barceloneta's Christmas, es de Eva Patricia Ferrer para ETDLV.)
Luis Carbonell con otro retrato de La Habana. Vaya a modo de regalo navideño.
Luis Carbonell - La Habana
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 23/12/2008 20:29
Y Castro llegó al Diario de la Marina
Jorge Ferrer | 22/12/2008 17:35
UPDATE:
En relación con la imposibilidad de conectar con Generación Y, blog de Yoani Sánchez, asunto sobre el que me han llamado y escrito muchas personas:
En conversación con Reinaldo Escobar a las 2:30, me asegura no parece haber bloqueo especial sobre el blog.
Simplemente, Generación Y está bajo mantenimiento y deberá estar accesible en las próximas horas.
Alertas siempre, pero no parece ser ésta ocasión de alerta mayor.
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El próximo enero se cumplirán cincuenta años, ¡cincuenta!, desde que Fidel Castro se hizo con el poder en Cuba. Con todo el poder. Todo.
Mucho se escribe en estos días en torno a la efeméride. Sobre el cómo pudo suceder(nos) tal cosa.
Entre otros documentos que he estado desapolillando para atender compromisos conexos con la “celebración”, me gustaría compartir el editorial que el Diario de la Marina publicó el 9 de enero de 1959. Es decir, al día siguiente de la entrada de Castro I en La Habana.
Sirve para constatar que el apoyo a la revolución fue tan absolutamente masivo que incluyó también, y decisivamente, al "decano de la prensa de Cuba". Los ditirambos que merece el “caudillo” en esta nota editorial no dejan lugar a dudas. El pathos mesiánico de la exégesis del episodio de la paloma que se posó sobre el “Comandante en Jefe” en Columbia es prueba adicional.
Y sirve también para carcajearse. S., quien me ha hecho el favor de mecanografiarlo y a la que había avisado que este periódico fue cerrado violentamente apenas un año después de este editorial, se rió con ganas con esos últimos párrafos acerca de la “libertad de expresión” que prometía Fidel Castro y con la afirmación que hacían desde la redacción del Diario de la Marina sobre cómo les agradecería “la crítica bienintencionada, la reflexión oportuna, la advertencia pertinente”. ¡Cuánto nos hemos equivocado siempre los cubanos!
El deber de todos los cubanos
Editorial aparecido en la edición del 9 de enero de 1959 del Diario de la Marina.
Conociendo la honda raíz católica de nuestro periódico a nadie extrañará que iniciemos estas líneas con la siguiente afirmación: Dios mantiene su mano protectora sobre las naciones; la Providencia vela sobre la vida de los pueblos y la historia no se hace sin que en ella participe la presencia del Altísimo.
Cuba es una nación que merece, por su raigal cristianismo, por las virtudes de sus hijos, la asistencia de Dios. Y -hoy podemos decirlo- no hemos dejado de tener en estos instantes convulsos que podrían ser de desconcierto y de angustia, tan alto y esencial valimento.
Cuando todo el pueblo de Cuba escuchaba ayer las palabras del supremo adalid del movimiento revolucionario, comandante doctor Fidel Castro, pronunciadas desde el polígono de la Ciudad Militar de Columbia, una paloma blanca, una de las muchas que soltó al vuelo la mano limpia de nuestro pueblo, vino a posarse sobre el hombro del Comandante en Jefe del Ejército Rebelde. Nosotros, junto a la mayoría abrumadora de todos los cubanos, no podemos creer que tal suceso haya sido una simple incidencia, una anécdota sin importancia.
No; en la paloma blanca sobre la mano diestra de Fidel Castro vimos un claro signo del Altísimo, porque ese signo universal de la paz traduce e interpreta cabalmente el gran deseo, la voluntad entera, de todo el pueblo cubano.
Ese final de la apoteósica jornada estuvo precedido, igualmente, por claros síntomas de que no es falsa ni vana la esperanza que la opinión pública nacional está volcando sobre el histórico instante que vivimos. Cuando centenares de miles de habaneros se apretaban por todas las calles de la capital para rendir su fervoroso y entusiasmado tributo de admiración al doctor Fidel Castro y a los hombres de la Sierra Maestra, el supremo jefe militar de la rebelión marcó un compás de espera a los aplausos y a los vítores para ir a rendir el primer tributo de acatamiento al supremo poder civil de la República. En ese paréntesis para visitar y ofrecer sus respetos al Presidente Urrutia en la mansión del Ejecutivo, deben ver todos los cubanos, todos los combatientes, todos los milicianos, todos los entusiastas, todos los escépticos, la suprema norma del ineludible deber del momento dictada limpiamente, sencillamente, con pureza ejemplar por el caudillo de las horas dolorosas y sangrientas de la batalla.
Con ese gesto ejemplar el doctor Fidel Castro rindió su rifle y los rifles de todos los que combatieron por restaurar el régimen de derecho ante la suprema autoridad civil de la nación. Y si alguien todavía recataba su aplauso a los combatientes, esa actitud debe bastar para que la carta de crédito que todo el pueblo ha abierto ante el nuevo gobierno no tenga ya limitación ni tacañería.
Vino luego el triunfal desfile por todas las calles de La Habana. No creemos que sea necesario glosar en forma alguna el incomparable desbordamiento de júbilo popular. Quien lo haya visto –y lo vio toda Cuba- sabe que sobran los comentarios. Sólo consignaremos que aplausos, flores, vítores y lágrimas, están gritando el anhelo de todo un pueblo por la definitiva instauración de un régimen de paz, de concordia, de trabajo, de hermandad cristiana entre los miembros de todos los sectores sociales que integran la nacionalidad.
Pero todavía el día histórico no se había terminado. Faltaba aún el medular discurso de Fidel Castro ante el pueblo congregado en Columbia. De sus palabras, terminadas a altas horas de la noche, tampoco creemos necesario la rúbrica de prolijos comentarios. El máximo guerrero de la revolución, el que empuñó el fusil cuando su gesto parecía quimera de muchacho, al llegar al corazón de la República al frente de sus miles de combatientes, dijo la palabra precisa, la que esperaba todo el pueblo de Cuba: “los fusiles, a los cuarteles”. Valientemente planteó las dificultades y los problemas que pueden sembrar obstáculos en la marcha recta del gobierno constituido. Señaló, con entereza ejemplar, para condenarlos con voz entera, propósitos de grupos particulares que pretenden conservar armamentos con miras egoístas. Fidel Castro expresó con palabras tajantes las mismas inquietudes, los ciertos desasosiegos que conturban al pueblo de La Habana durante las últimas cuarenta y ocho horas. Su denuncia viril debe bastar para que nadie se atreva a atentar contra la paz y la seguridad de nuestro pueblo. Cuba entera respaldará al Gobierno si alguien intenta prolongar el dolor y la sangre sobre una nación que ha vivido una década de sufrimiento.
Las terminantes expresiones del doctor Castro cuentan -y el pueblo de Cuba lo dijo ayer con voz entera- con un unánime respaldo. Terminó ya el combate heroico: llegó el minuto del trabajo eficaz; y la condenación del pueblo caerá sobre aquellos equivocados que quieran traicionar la voluntad unida de una nación que ha conquistado la paz y la concordia con raudales de sangre.
El doctor Fidel Castro -lo ha hecho en todos sus discursos a través de la isla- reiteró también en el histórico discurso de Columbia que la libertad de expresión no volverá a ser mancillada en Cuba. Con la sencilla serenidad que da tono fiel a todos sus discursos reiteró que la prensa no volverá a ser amordazada. El DIARIO DE LA MARINA se une a todos los colegas para reconocer y agradecer la repetición de la promesa. Y con plena conciencia de que las palabras del doctor Castro –que están ratificadas por los hechos del nuevo Gobierno que preside el doctor Urrutia- termina estas escuetas líneas de felicitación al líder y a sus hombres con la promesa de que sabrá –como siempre lo ha hecho a lo largo de su existencia centenaria- ser fiel a esos postulados de la libre expresión del pensamiento, aplaudiendo cuando deba aplaudir, orientando cuando crea poseer una verdad, censurando cuando halle una equivocación, un error, un desmayo.
Tras escuchar las palabras del doctor Castro estamos seguros que en muchas ocasiones sabrá agradecernos la crítica bienintencionada, la reflexión oportuna, la advertencia pertinente. En nuestro periódico –fiel a su historia- no encontrará el gobierno –y sabemos que tal es el espíritu que prevalece en la revolución- ni el aplauso servil ni la crítica inconsiderada, sino la colaboración leal de todos los que, como nosotros, continuamos al servicio de los intereses generales y permanentes de la nación cubana.
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 23/12/2008 2:33
Luis Carbonell, Batista, Mañach...
Jorge Ferrer | 20/12/2008 23:40
Para instalarnos aquí en ánimo pre-navideño, abandonemos un rato “la cosa” y démonos bañito de humor cubano, el de ayer.
Les subo una pista de audio grabada en el show de Luis Carbonell a finales de los cincuenta. Se trata de “La Habana de hoy”, de Álvaro de Villa, e incluida en el disco Estampas de Luis Carbonell (Kubaney).
El disco no está datado pero las alusiones a Fulgencio Batista –graciosa-, a Jorge Mañach –respetuosa- y al bienestar de sabor norteamericano no dejan dudas de que se trata de grabación prerrevolucionaria. El texto es una crítica a la modernización -y la norteamericanización- de la vida cubana en la década tal como la percibe un guajiro que viaja a La Habana.
Luis Carbonell, criollísimo -como gustaba decir Lezama de los cubanos raigales-, es uno de los escasos humoristas cubanos que soporta y soportará la prueba de los tiempos.
Ojalá lo disfruten como lo disfruto yo. En los próximos días, no descarto subir más de ese disco y de otro donde lee poesía cubana.
1- (Ambos discos son cortesía de “viejitos cubanos”.) 2- Mi impericia con el programa que digitaliza los vinilos obliga a subir bastante el volumen en estas pistas de Carbonell, algo ya corregido en otras que estoy digitalizando.
Luis Carbonell
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 21/12/2008 0:07
Cambio, cambias, cambia...
Jorge Ferrer | 19/12/2008 17:39
Tags: "Transición" en Cuba
Como Jean-Paul Belmondo en aquella deliciosa El hombre de Río, Raúl Castro se fue a Brasil a iniciar la aventura de su vida. (No fue su amistad con Antonio Gades “la aventura de su vida”, breteros y mal pensados.)
Allá, suele pasar, la condición de viajero le ha soltado la lengua. Y va repitiendo que no tiene reparos a hablar con Barack Obama, diciendo que “se acabó la época de los gestos”, ofreciendo cambiar presos políticos por espías presos. ¿No era CHANGE el leitmotiv de la campaña del próximo presidente de los EEUU?
Pues, a cambiar, oye. (Modifíquese ligeramente el ejemplo en la acepción tercera. Sea: "Cambiar presos por dólares")
Raúl Castro juega con las cartas marcadas a un juego que aprendió de su hermano mayor. Propone y reta. Sabe que ofrece a sus rehenes para un canje imposible: unas son las leyes que juzgan en Cuba a quienes disienten y otras bien distintas las que sirvieron para condenar a los espías de la DSE en territorio norteamericano. Sabe también que en Cuba nadie le reprochará la existencia de presos políticos, porque los cubanos tienen asuntos más perentorios que atender. Sabe más: sabe que los cubanos no saldrán a la calle ni siquiera ante una catástrofe humanitaria y la negativa del gobierno cubano a aceptar la ayuda de los EEUU y el exilio. A Raúl le faltan muchas cosas, pero no cubanos sumisos. Él, el primero. Es consciente de que el castrismo ganó de calle “la madre de todas las batallas”: separó las nociones de historia y acción. Las sustituyó por espera y tedio.
Pero, ay, sumar ítems a la agenda de un encuentro que rebase el nivel de los que se suceden entre funcionarios del Departamento de estado y los cubanos acreditados en Washington, entraña ciertos peligros. “Cuídate de los que deseas, que a lo mejor lo consigues”, dice, poco más o menos, un proverbio chino. Tal vez asistamos algún día al desmontaje de la falacia mejor construida en los últimos años, esa que proclama que sólo a los “cubanos de la isla” corresponde resolver “el problema de Cuba”. Padecerlo sí; ¿resolverlo…?
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 19/12/2008 17:48
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