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Un hombre peligroso, y updates

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Según se desarrollen los acontecimientos hoy, será inevitable que suba updates.

Estén al tanto, pues.

UPDATE:

El discurso del Ex-Interino.

Ex-Interino, por voluntad propia y petición de voto a mano alzada.

UPDATE:

El discurso de Raúl Castro ha dotado de coherencia la línea argumental iniciada por la música de John Williams que interpretaba en Cubavisión orquesta dirigida por Leo Brouwer. Les recuerdo: fragmentos de la banda sonora de La lista de Schindler, una película sobre gente sometida y uniformada.

De todos los escenarios posibles para abordar los cambios que demanda la sociedad cubana, el que ha inaugurado hoy Castro II es el peor. Así de claro. (Excluyendo, naturalmente, que se hubiera fusilado a dos o tres en los jardines del Palacio de Convenciones para amenizar la jornada.)

El mensaje es uno: ORDEN Y DISCIPLINA. El genio tutelar, Fidel Castro Ruz.

Al menos, hay que agradecerle que haya dejado dicho con claridad qué ofrece a los cubanos. Y que todos en Cuba hayan podido constatar que dista de ser lo que esperaban.

UPDATE:

En la Televisión cubana, en los minutos previos -20:22- a la esperada conexión con el palacio de Convenciones, ¿saben qué música está interpretando orquesta?

¡Fragmentos de la banda sonora de La lista de Schindler!

Se dice que se dijo también en Televisión española -yo no lo escuché- que entre los cinco nombres que siguen a los de Castro II y Machado Ventura están los de Carlos Lage y cuatro "generales".

UPDATE:

Según El País y corresponsal de la Televisión española en la Habana, es José Ramón Machado Ventura quien figura segundo en la lista llevada a votar. El primero, Raúl Castro. Carlos Lage vendría después.

UPDATE:

Repiten Alarcón y Crombet como presidente y vicepresidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular

Con esa noticia vuelve a conectar Froilán con el NTV a las 13:28.

Primeros cambios: ¡ninguno!

UPDATE:

Noticiero Nacional de Televisión de las 13:00 hrs.

Comienza con pantalla y José Martí con aquello de que "la diputación no se incuba..."

Sigue el reportero del NTV, desde el Palacio de Convenciones. Un ejercicio de inversión del periodismo: narra lo ocurrido hasta el momento, sin hacer refrencia a la noticia que esperan los teleespectadores.

Maria Esther Reus: Grito de Baire, dice, y que hoy Cuba "continúa por la senda de la guerra necesaria" bajo la "guía y ejemplo del más preclaro seguidor de Martí". El ausente, claro.

Después, explica lo que ya sabíamos de que Chomy y Carlitos Valenciaga habían ido a recoger su "voto unido". Pasa a leer los nombres de los diputados. Fidel Castro Ruz, lee, y nadie aplaude. Tardan unos instantes en reaccionar, hasta que lo hacen.

Una linda guantanamerita, la diputada más joven, lee el juramento.

El reportero nos informa de que se leyó la lista de candidatura para pasar a votar. Pero no menciona quiénes aparecen en las listas, ni el orden.

Imágenes de la votación. Cabinas cerradas por sábanas blancas. El ayudante de Raúl Castro, "el efebo de turno", apunta C., que asiste conmigo al espectáculo. Efebo nervioso, por cierto. "Voto unido", dice raúl a las cámaras cuando el efebo acaba de desenredar las sábanas.

Se ve votar a varios generales y a Alarcón.

Y ahí termina todo. Desde el estudio felicitan a Froilán, el reportero, por su magnífico trabajo. ¡Pero si no ha dicho nada el tipo!

Y nos dicen que a esperar, que a las 14:30 abrirán el melón.

Bien, esperaremos. Disfrutando de la uva, que no es temporada de sandías.

 

La ayuda mutua

Jorge Ferrer

Aun cuando se haya tratado de una operación que respondió a los más severos cánones de la guerra fría, el traslado a España el pasado domingo de cuatro presos cubanos del ''Grupo de los 75'', acompañados de sus familiares, pone en evidencia que la salud de las relaciones entre Madrid y La Habana transita por una etapa feliz. Y que la ayuda mutua, que decía Kropotkin, fluye por cauce bien aceitado.

En los últimos meses, el gobierno interino de Raúl Castro sigue con avidez el curso de dos convocatorias a las urnas que tendrán lugar este año. Sea cual sea el rumbo que tomen la economía y la política cubana a partir de la elección del futuro Consejo de Estado, es evidente que quienes mandarán en La Habana prefieren compañeros de viaje --compañeros de cama, si se tercia-- aquiescentes con una transición escalonada --o con ninguna transición--, cuales podrían ser una administración demócrata en los EEUU y un PSOE en España que no tenga que sacar las maletas de la Moncloa.

La apuesta por esa reedición socialista en España es tanto más importante para la dirigencia cubana cuanto que el ministerio que encabeza Miguel Angel Moratinos es valedor declarado del curso de la situación en la isla ante Bruselas. Así, un segundo gobierno del PSOE permitiría al gobierno cubano continuar disponiendo de ese contrapeso, aun cuando los republicanos conserven la Casa Blanca tras los comicios.

Por lo tanto, bien valió la pena excarcelar a unos pocos presos, habrán calculado en el entorno de Raúl Castro. Sobre todo, cuando el estado de salud de los disidentes era calamitoso; más, si se conseguía que el gobierno español declarara que se trató de ''una decisión unilateral'' del gobierno cubano; y, todavía más, si en el trámite se daba un paso --quiero pensar que estéril-- en la desactivación de las Damas de Blanco, una organización que ha concitado un enorme respaldo internacional: en Europa, el Parlamento Europeo concedió a las Damas el premio Sajarov en 2005; desde España, viajaron cargos electos de la coalición demócrata-cristiana Convergencia i Unió a una sonada manifestación el pasado mes de diciembre.

Por su parte, el gobierno español también se beneficia de la deportación de los cuatro presos cubanos a España. Con ella, el gobierno de Zapatero acaba de recibir un regalo de enorme valor --por publicitado y, especialmente, por actual-- para continuar defendiendo su política de diálogo y apaciguamiento con La Habana. Algo que le permitirá contrarrestar los ataques a su política exterior desde el centroderecha.

Sin lugar a dudas, cuatro presos recién liberados por La Habana a instancias de Madrid y el ya célebre ''¡Por qué no te callas?'' que espetó el rey Juan Carlos a Hugo Chávez son muy buenas cartas para sortear los debates sobre política exterior durante la campaña electoral.

Pero más allá de la satisfacción de ambas partes, vale la pena tomar nota de los extremos prácticos --también son morales-- que han tolerado. Los mudos gestos del canje incluyeron que un avión militar español aterrizara en La Habana para recoger a los pasajeros. Más allá de cuestiones de índole logística --ubicar a tal número de pasajeros en vuelos comerciales que partieran de La Habana en un acotado espacio de tiempo habría sido poco menos que imposible--, tal concesión pone de manifiesto la sintonía entre los interlocutores. Y la envergadura política, y simbólica, que convinieron darle al acontecimiento.

También se estableció, y en ello son concluyentes las declaraciones hechas ya en Madrid por los presos, que la operación se enmarcaba en el patrón ''liberación /deportación'', tan propio de la guerra fría y de los modos soviéticos. No en vano, cabe pensar, se sostuvo que Raúl Castro estuvo siempre más atento al Kremlin que su convaleciente hermano.

Ante perspectivas políticas inciertas para Madrid y La Habana, conviene atender a un maridaje táctico que esconde estrategias conocidas, aunque no por ello menos reveladoras. La Habana admite que hay presos por liberar, pero los libera a cuentagotas y con la condición de que abandonen la isla. España acepta el envite y provee el soporte logístico y la coartada humanitaria para su beneficio electoral.

Una ayuda mutua de la que hasta Kropotkin se habría escandalizado.

 

Lectura dominical:

Un hombre peligroso

Por William Faulkner

Las mujeres saben cosas que nosotros no sabemos, que aún no hemos aprendido, que acaso no aprendamos nunca, supongo. Quizá es que el hombre lo tiene todo, lo que cree que está bien y lo que cree que está mal y lo que cree que debería suceder y lo que cree que no debería suceder y no puede suceder, claramente adjetivado y catalogado y acomodado a ciertos patrones.

Al señor Bowman lo calificábamos de hombre peligroso, pues reaccionaba de forma propia y absolutamente masculina, en la que se aunaban cierto credo simple y masculino con una especie de presteza violenta, sin aprensiones ni remordimientos. Una mañana, Zack Stowers entró en la oficina del expreso pistola en mano. Un viajante de comercio había insultado a su mujer; había ido en su busca, pero cuando loencontró, el hombre saltaba ya al autobús que lo conduciría desde el hotel a la estación.

—¿Eh? –dijo el señor Bowman (es un poco sordo) inclinándose sobre la ventanilla enrejada y haciendo pantalla con la mano en el oído. Stowers lo repitió agitando la pistola. El viajante estaba con un amigo; era muy posible que Stowers necesitara ayuda–. Por supuesto –dijo al instante el señor Bowman. Sacó de la caja la pistola propiedad de la compañía y se la metió en el bolsillo y se detuvo un instante en la puerta trasera para decir a su mujer–: Voy un momento a la estación.

Salió rodeando la mampara y sin coger siquiera la chaqueta siguió a Stowers, que tenía el coche en la calle. Subieron y partieron hacia la estación a galope tendido, mientras la gente se volvía en la calle para mirarlos.

Eran dos.

—Allí están –dijo Stowers–. ¿Ve a aquel alto del sombrero verde y al otro bajo con dos bolsas?

—¿Se refiere al tipo escurrido que lleva la chaqueta en el brazo? –dijo el señor Bowman, inclinándose un poco hacia adelante mientras galopaban por la ancha plaza situada frente a la estación. Hablaba con voz calma, tensa, impersonal, como si estuvieran levantando un largo poste o una escalera.

—No, no –dijo Stowers, con las riendas y el látigo y la pistola amontonados en las manos–. Aquel tipo alto de sombrero verde que se da la vuelta ahora mismo y mira hacia aquí.

—Ah, sí –dijo el señor Bowman–.

Ya lo tengo. Ahora que nos ha mirado, ¿va a dispararle ya?

—No, no. Usted vigílemelos. Primero quiero hablar con él.

—Mejor que le dispare ahora –dijo el señor Bowman–. Ha echado una mirada hacia aquí.

—No, no; usted espere, ya se lo he dicho.

—De acuerdo –dijo el señor Bowman–. Pero ahora no sería por la espalda: nos está mirando.

Se bajaron del coche, no se entretuvieron en atar el tiro. El viajante gordo también se había dado la vuelta y, sin soltar las dos bolsas, los miraba acercarse con una especie de horror solemne. Llevaba el sombrero echado hacia atrás; con sus ojos redondos y su boca redonda se asemejaba a la fotografía de un chiquillo pequeño y gordo con un gorro de marinero.

Echó una ojeada por encima del hombro; ahora él y su compañero estaban tan aislados como si fueran los dos únicos seres de la tierra.

—¿Cuál de ellos quiere? –dijo el señor Bowman, sacando la pistola y observando a los dos viajantes como un perro no particularmente hambriento contemplaría dos cuartos de carne de vaca aderezada.

—Espere, hombre, maldita sea –dijo Stowers–. Vigílelos, nada más.

—¿Eh? –dijo el señor Bowman, haciendo pantalla en el oído con la mano de la pistola. Stowes dejó a un lado la pistola y empezó a quitarse la chaqueta.

—¿Qué sucede, amigo? –dijo el viajante alto.

—Va a pelearse a puñetazos, ¿no?

–dijo el señor Bowman.

—Oiga, amigo –dijo el viajante alto. Miraba por encima del hombro–.

Oigan, amigos, les pido que...

—Déjemelo a mí –dijo el señor Bowman–. Usted apúnteles para que no se escapen.

—No –dijo Stowers, tirando la chaqueta al suelo–. Es cosa mía.

—Me pegaré con los dos –dijo el señor Bowman–. Con los dos al mismo tiempo.

—No –dijo Stowers entre dientes, mirando con furia al viajante alto.

—Eh, amigos –dijo al viajante alto, mirando rápidamente a su alrededor, sin atreverse a apartar la mirada de Stowers durante mucho tiempo–.

Les pido que...

Stowers lo golpeó; para hacerlo hubo de alzarse literalmente del suelo, y a continuación ambos hombres se enzarzaron. El señor Bowman se apartó y fue hasta el viajante gordo, que seguía con las bolsas.

—Es un error –dijo el viajante gordo–. Se lo juro por Dios. Le juro por Dios que no le ha hecho nada asu mujer. Ni siquiera la conoce. Y aunque la conociera, no hay en el mundo quien respete más que él a una mujer.

—¿Quiere pelear también? –dijo el señor Bowman.

—Se lo juro, se lo juro por Dios, señor.

—Venga. Dejaré la pistola en el suelo, entre los dos. Venga.

Llegó el tren; retumbó y pasó por delante, chirriando. El viajante alto miró por encima del hombro, volvió a enzarzarse con Stowers, se volvió de nuevo y escapó de un salto.

Stowers saltó tras él, pero luego giró sobre sí mismo y volvió corriendo y cogió su pistola, y en aquel momento lo sujetaron dos mirones, mientras él se debatía y maldecía.

—Vamos, vamos –decían–. Vamos, vamos.

Cuando el tren hubo partido, el señor Bowman y Stowers volvieron al coche; Stowers se daba golpecitos en la boca y escupía.

—Maldita sea –dijo–. He estado como obnubilado por un momento. Estaba tan furioso... El tipo no hacía más que decir que no era el que buscaba.

—No se preocupe –dijo el señor Bowman–. El tipo peleó estupendamente. El mío era otra cosa.

Bowman es el agente de la compañía, un hombre de complexión fuerte, sin edad definida. Cara rubicunda, nariz un tanto ganchuda, tuerce un poco los fogosos ojos de avellana y tiene un pelo escaso y fino y rojizo y vigoroso, y lo que en un hombre más cuidadoso o consciente de su aspecto recibiría el nombre de una calva. Camina casi de puntillas, con paso ligero y medido, como un boxeador que sufre de rigidez en las articulaciones, y su ropa siempre es un poco demasiado corta o demasiado ceñida y demasiado chillona, de un modo descuidado e inocente.

Aparenta tener unos treinta y ocho años, aunque tiene un sobrino ya mayor, casado y padre; un chico que –según dicen el señor y la señora Bowman– es el sobrino del señor Bowman. Mi tía, sin embargo, diceque es un hijo adoptivo que sacaron del orfelinato. El chico creció en la apretada y pequeña casa en que viven los Bowman, y fue a la escuela y trabajó en la oficina del expreso los sábados cuando tuvo edad suficiente, y se hizo un hombre y dejó la casa para casarse.

Ahora los Bowman tienen dos perros fox terrier, dos bestias gordas e insolentes y de mal carácter, con ojos rojos y coléricos, que van con ellos en el coche los domingos y siguen al señor Bowman a todas partes durante la semana, tanto en la oficina como en la calle, y gruñen y lanzan mordiscos malévolos a las manos de quienes intentan acariciarlos. Gruñen e intentan morder también al señor Bowman, pero a la señora Bowman no le gruñen.

No es que la eviten exactamente, pero la miran con cierto respeto, insolente pero atento, y se quedan en la oficina únicamente cuando el señor Bowman está en ella.

Minnie Maude, que vive en la casa de huéspedes de la señora Wiggins, en la acera de enfrente, me contó que un día los Bowman, tuvieron una pelea terrible porque el señor Bowman, como hacía frío, quería bañar a los perros en la cocina. Me contó que la cocinera de la señora Bowman le contó a la cocinera de la señora Wiggins que, después de aquello, la señora Bowman ni siquiera le dejaba tener a los perros en la cocina por la noche, y que el señor Bowman, después de acostarse, se deslizaba a la cocina y les dejaba entrar, y le daba a la cocinera un dólar a la semana para que los sacara al llegar por la mañana y limpiara para que no se notara nada.

El señor Bowman es el agente del expreso, pero la señora Bowman es la oficina misma, la Compañía, por lo que a nosotros se refiere. Está en ella todo el día, con un limpio delantal de cuerpo entero y negros guantes altos de alpaca, una mujer de cara plana, que mira de frente y tiene una ancha sonrisa llena de dientes de oro y una exuberancia de rizos de un cobre virulento que uno sabe que no puede ser auténtico. De pecho generoso, ancha de caderas, corta de piernas; incansable, de una simpatía brusca y viva, tiene el aspecto de una guapa y próspera lavandera. Y más que nunca en domingo, cuando se viste de seda floreada y con un sombrero rojo de ala ancha y salen al campo en el coche con los perros y vuelven cargados de eucalipto o de cornejo y zumaque, con los que decora su pequeña y oscura casa tan transitoriamente frecuentada.

—Cortas demasiado –dice el señor Bowman.

Ella no responde; está de espaldas a él, con los brazos levantados, y el vestido tenso sobre los firmes hombros y brazos, sobre los anchos muslos.

Luego van a la cocina; los perros, en los talones del señor Bowman, miran cautelosamente a la señora Bowman; el señor Bowman saca de la alacena una jarra de galón de whisky blanco, y ambos lo beben solo en vasos gruesos, a partes iguales.

—Estará marchito en dos días, de todas formas –dice él–. Si la gente cortara tanto como tú, dentro de cincuenta años no quedaría nada.

—¿Y qué más da? –dice ella–.

¿Piensas estar aquí entonces? Yo no.

A la mañana siguiente, la señora Bowman le espera ya en el coche y toca el claxon con impaciencia, y él entretanto riega las ramas con torpeza, derramando agua por todas partes; por la noche, a la vuelta de la oficina, él repite la operación.

—Vas a ahogarlas; se morirán con tanta agua –dice ella.

—No son más que porquerías, de todas formas –dice él.

—Entonces, tíralas. No quiero tener toda la casa salpicada de agua.

A la mañana siguiente salen tarde y tienen prisa y él no se detiene para regarlas; por la noche vuelven tarde.

Al día siguiente, de todos modos, es ya tarde. Pero él las riega igualmente. A la noche, cuando vuelven, ven que la cocinera las ha tirado. Y la cocinera tiene que acompañar al señor Bowman al patio trasero, donde las puso, para que él vea que están marchitas y muertas.

—Es un desastre, cómo se llevan –contaba la cocinera–. Siempre peleando por los perros, y si no son losperros es otra vez el cuarto del señor Joe. Ella quiere cambiarlo para poder tener un dormitorio cada uno, y él grita y maldice de forma escandalosa cada vez que ella lo menciona. Y los dos sentados en mi cocina, bebiendo esa jarra y maldiciéndose como hombres. Pero ella no se arredra. Le hace llevarse a los perros al garaje para bañarlos hasta en los días más fríos.

La oficina del expreso era una sinecura. Al principio tenía la oficina en un villorrio. Una noche, solo en la oficina, verificaba los últimos detalles para cerrar cuando oyó un ruido y se volvió y se vio frente a la boca de una pistola.

—Manos arriba –dijo el bandido.

En el acto mismo de alzar las manos echó una rápida mirada a su alrededor; la mano derecha, al elevarse, alzó consigo la pesada caja de metal, y aprovechando el mismo movimiento la arrojó a la cara del bandido, y acto seguido saltó hacia la pistola que hacía fuego. Tendidos en el suelo, jadeando y forcejeando en silencio, peleó hasta que le arrebató al bandido la pistola, y le dio muerte con ella.

El sujeto tenía antecedentes penales y ofrecían por él una recompensa de cinco mil dólares. Él, con los cinco mil dólares, se compró una casa; la compañía le ofreció la cómoda oficina que ahora regenta.

En los primeros tiempos de su llegada a nuestra ciudad regentaba también un restaurante en la estación, a cuyo cargo estuvo la esposa hasta un buen día en que cierto problema con un maquinista de locomotora se decidió a vender el negocio y a llevarse a su mujer para que lo ayudara en la oficina. No es que desconfiase de ella: se trataba meramente de su puñado de firmes y simples convicciones de humana conducta. Tampoco es que la amara menos o confiara menos en ella, o que odiara particularmente al maquinista, si bien durante un año a partir de entonces el maquinista, cada vez que llegaba a nuestra estación, se deslizaba hasta el puesto del fogonero y se agazapaba detrás de la caldera.

Pronto la esposa se hizo cargo dela oficina; él se limitó al trabajo externo, al transporte y similares, con los dos perros a su lado en el camión, recibiendo a los trenes primero y último, sin abrigo incluso en los días más crudos. Un hombre activo, aunque no locuaz; un hombre sanguíneo, tanto como para ser insensible al frío, tanto como para que la vehemencia misma de su deseo de descendencia se consumiera tal vez y esterilizara la semilla, según ese hondo designio de la naturaleza de frustrar a quienes tratan de forzarla más allá de sus designios, pues él sin duda habría intentado hacer que su hijo fuera más Bowman que él mismo, o lo habría matado en el empeño.

Así, no está en la oficina casi nunca, como lo atestigua la ausencia de los perros. Sin embargo, y a pesar del tiempo libre de que dispone, nunca lo habíamos visto holgazaneando y charlando con los ociosos de la plaza.

Hasta hace poco.

Las mujeres saben cosas que nosotros no sabemos. Minnie Maude tiene veintidós años; masca chicle en la taquilla del teatro Rex, en la acera de enfrente de la oficina del expreso.

—Vosotros esperad –dice–. Hoy está tardando un poco, pero esperad y veréis.

Así que esperamos, y al rato el coche se detiene y él se apea. Su nombre es Wall. Vende pólizas de seguros o algo así. Es un hombrecillo atildado con cara hermosa de aire afeminado y desolado, como la cara de una atractiva mujer de capitán de barco, ese tipo de ojos fríos. Vemos cómo entra en la oficina del expreso.

—Santo Dios –dijo–. El tipo está...

—¿Ves a los perros por alguna parte? –dice Minnie Maude. La miró–.

Está entregando el expreso del número 24. ¿Te crees que el otro no lo sabe?

—Santo Dios –dijo de nuevo.

El esbelto dedo de Minnie Maude aprieta blandamente el color fresa de sus labios; entre sus pequeños dientes asoman las blandas y diminutas estrías de su chicle meditabundo, remoto, más viejo que el tiempo o que el pecado.—Las mujeres grandes que tienen que bregar continuamente con su aspecto siempre eligen a esos hombrecillos agresivos.

Y, pensando en ello, recordé que en una ocasión Wall me había enseñado una libreta manoseada –su registro de yeguas, según dijo– que contenía tal vez un centenar de nombres femeninos, con sus teléfonos respectivos, cuyas direcciones abarcaban todo el norte del Mississippi y se adentraban hasta Memphis. ¡Cómo era posible que osara desafiar a aquel hombre por aquella mujer que podía ser su madre o cuando menos su tía! Pero ésa es una de las cosas que las mujeres saben y que nosotros jamás sabremos, ni siquiera Wall, pese a su libreta llena de nombres.

Pero es de admirar su valor, su convicción de invulnerabilidad, y Minnie Maude, viendo mis ojos aún incrédulos, dice: —Hace dos fines de semana estuvieron en Mottson, y se registraron como marido y mujer.

Y yo digo: —Calla. ¿Quieres provocar una muerte?

Ella me mira.

—¿La muerte de quién?

—Si sueltas esa información a cada uno que pasa, como a mí, ¿no te das cuenta de que el señor Bowman acabará enterándose? Si han podido ocultarlo durante este tiempo, cosa que además no entiendo cómo...

Ella me está mirando, pero sus ojos ya no son remotos; hay en ellos esa curiosa, cansina tolerancia con que ellas a veces miran a los niños.

—No te engañes a ti mismo, querido –dice.

—¿Qué quieres decir? –dijo.

Pero supongo que no lo sabe. Supongo que, sabiendo tantas cosas inmediatas e importantes, no necesitan saber más. Así que me marché.

Lleva camisas de colores; todas las tardes toma café en la cafetería, con los hombres de la ciudad que entran y salen; afuera, más allá de la puerta, los dos perros se encogen, vigilantes y coléricos, y arremeten y lanzan mordiscos a los chiquillos que los importunan. Cuando él sale se pegan a sus talones, y vuelven a detenerse cuando entra en la tienda a comprar una revista; luego, con la revista enrollada bajo el brazo y las manos en los bolsillos y la chaqueta abierta sobre la camisa y corbata chillona, el señor Bowman se va a casa.

Un día me las ingenié para hacer que pareciera casual y lo paré en la calle. Estaba lloviendo, pero su sola concesión ante tal circunstancia había sido abotonar el botón superior de su chaqueta, bajo la cual sobresalía un extremo de la revista que acababa de comprar.

—Magnífico día para leer –dije.

—¿Eh? –dijo, haciéndose pantalla en el oído y mirándome fija y afablemente con sus ojos apopléticos.

—Su revista –dije, tocándola con un dedo–. ¿Ha leído a Balzac?

—¿Qué es eso? ¿Una revista de cine? Creo que no la conozco.

—Es una persona –dije–. Un escritor.

—¿Qué escribe?

—Escribió una historia muy buena sobre un banquero llamado Nucingen.

—No me fijo en los nombres –dijo.

Sacó la revista e hizo ademán de abrirla. Era el “The Ladie’s Home Journal”5.

—Dudo que venga alguna este mes –dije–. Además, se le va a mojar.

De modo que volvió a guardarla bajo la chaqueta y siguió caminando con los perros en los talones. Yo seguí hasta la esquina y lo vi pasar ante su oficina, en la otra acera, sin apresurar ni aminorar el paso, con la cabeza sesgada bajo la lluvia. Al poco rato lo vi cruzar la calle y entrar en su pequeño y estrecho patio y mantener la puerta abierta para que lo adelantaran los perros.

—Baña a esos perros todos los días –contaba la cocinera.



Humorista Celia Hart, y más

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Es sábado. Y con el domingo que tenemos mañana -que si uno, que si el otro, que si la sombra tutelar-, conviene dedicar el sábado a menesteres más placenteros.

Un poco de humor, por ejemplo. Y alguna otra cosa que me callo por pudor.

Primero, el de una aficionada, esa Celia Hart que es monumento viviente a la primera ley de Mendel. En unas «reflexiones apuradas» -que apuré como purgante-, la trotskista hace propuesta que lleve a Fidel Castro a Estocolmo a recibir chorro de premios. Léase:

«Sé que Suecia no lo otorgará aunque debiera, si pretende ser consecuente con el testamento de Alfredo Nóbel que reza: el capital, invertido en valores seguros por mis testamentarios, constituirá un fondo cuyos intereses serán distribuidos cada año en forma de premios entre aquéllos que durante el año precedente hayan realizado el mayor beneficio a la humanidad.

Premio Nóbel de Literatura... Enmarquen sus discursos, entrevistas y reflexiones, edítenlas bien y no habrá ejemplo mayor de claridad en las letras, las ideas y la coherencia por más de cincuenta años consecutivos

Premio Nóbel de la Paz por exterminar el aparheit de la Madre África entre otras cosas, por ser el primer y más comprometido luchador por la ecología en el planeta; porque gracias a su impronta varios países del mundo son hoy libres de analfabetismo y el método Yo sí puedo es uno de los mensajes de Paz más eficientes y concretos que existen en el mundo.

El Premio Nóbel de Economía, por haber mantenido esta isla a flote frente a los enemigos más adversos y frente a las peores traiciones, por ser el primer luchador contra la Deuda Externa de los países del Tercer Mundo... y por ser uno de los primeros en advertirnos que este despilfarro no nos conducirá a ningún lado; por explicar la tragedia de los biocombustibles como no lo ha hecho ningún economista del mundo

El Premio Nóbel de Medicina por supuesto, al crear el sistema de salud que ostentamos los cubanos, donde día a día no tienen que morir niños y ancianos que deberían hacerlo en nombre del asesino orden mundial; por saber repartir ese sistema en el mundo con el más certero de los internacionalismos, porque todos los días de Dios un médico cubano salva una vida en los más distantes países del mundo....de alguna manera motivados por Fidel.

El Premio Nóbel de Matemáticas, por su manejo casi imposible de las cifras, porcentajes y medidas de manera inexplicablemente rápida y certera, por saber contar bien en nombre del bienestar del ser humano...

Y, por último, el Premio Nóbel de Física por él es la comprobación viviente de la teoría Especial de la Relatividad de Einstein.... por su velocidad, cercana a la velocidad de la luz (c= 300 000 Km. por seg.) el tiempo en que permanecerá a nuestro lado ...será absolutamente infinito. Por haber hecho un Continente inmensurable a la pequeña isla de Cuba en virtud de la obra más noble, más eficiente, y más duradera desde que hace unos cuantos millones de años logramos desprendernos en posición bípeda del reino animal.

Y el premio Nóbel del Amor.... por hacer este esfuerzo último porque no caigamos de nuevo en el infrahumano sistema... a donde nos quiere conducir sin piedad el Capitalismo en su más depredadora versión. Por hacernos creer en la capacidad de pensar y de amar en el hombre, frente a las “inevitables “leyes del mercado y por enseñarnos a no temerle al desaliento, a la injusticia y la soledad.»

 

Después, y notablemente mejores, Matt Lucas y David Walliams, cuya Little Britain es un monumento al humor llamado británico.

Es humor que requiere paciencia y estómago recio, advierto.

 

«He trabajado poco mientras espero la decisión trascendente del 24», dice el del Adidas. Que arremete, por cierto, contra Carlos Saladrigas, uno de los pocos exiliados que ha trabajado en proyectos realistas para la reconstrucción de la Cuba del poscastrismo.

Iván de la Nuez sí que ha trabajado, y publica artículo en El Periódico de Catalunya que reproduzco íntegro.

Cuba regresa al presente

Por Iván de la Nuez

Durante los últimos años, desde que se consumó la desintegración del imperio comunista, un cubano ha sido una especie de oráculo andante. En cualquier lugar, le esperaba siempre la misma pregunta enfilada al futuro: ¿en Cuba, qué va a pasar? Pues bien, ahora, por fin, en Cuba las cosas están pasando. Por decirlo de algún modo, los cubanos hemos vuelto al presente. La secuencia de los hechos recientes, y el primer desenlace de estos, indica que tal vez no estemos ante un manojo de síntomas desconectados: unos estudiantes que ponen contra las cuerdas al presidente del Parlamento, unos disidentes liberados sin previo aviso, y ahora, de súbito y sin que lo hubiera imaginado un solo analista ni filtrado agencia alguna, Fidel Castro renuncia. Para no variar, y unos pasos por delante de los demás, él mismo ha sido el emisario de su propio final.
Esta capacidad de anticipación había sido una de sus ventajas sobre sus opositores. Y tiene que haber sido un muy mal trago la ejecución del último cálculo, el de la magnitud más comprometida y definitiva; la medida del fin de su propio tiempo en el poder. A ese poder, que fue absoluto, le ha sido proporcional la concentración, también absoluta, de la mirada enfocada hacia todos y cada uno de sus actos, como si la isla se circunscribiera únicamente a esa voz, a esa gestualidad y a esa imagen.
Obsesionados con Fidel Castro, los especialistas han desatendido con frecuencia a los ciudadanos comunes de ese país, a las nuevas generaciones, a cualquier simple mortal que tuviera una solución que presentar. Por eso mismo, hoy resultan tan sorprendentes los signos descubiertos de una sociedad en tránsito, las demandas reales de sus inaplazables necesidades de cambios. Las teorías han sido tantas como los modelos propuestos para el futuro. Reservas enteras de think tanks han analizado "la situación" durante décadas y aconsejado programas que van desde la ruptura a la rusa, con terapia de choque incluida, hasta el cambio tutelado por el partido único, en el estilo de Vietnam o de China.
Claro que la capacidad para medir los ritmos de la política no es hereditaria. Y al poder cubano que salga de la Asamblea Nacional del domingo se le presenta la novedad de que tal vez ya no dependa de él, al menos del todo, el dominio del tempo político. Puede que, en la actual situación, el ritmo y la intensidad de este compás vengan marcados desde otros ámbitos de la sociedad. Toda una ironía que, al final, después de tantos recursos empleados en dibujar el futuro de la isla, los agentes del cambio no estén en el Ejército, la disidencia, el exilio, o la Iglesia (los sujetos predestinados a comandar la transición según la ingeniería liberal o la hidráulica socialista), sino en unos ciudadanos no previstos, que han estado fuera del foco habitual y ahora exigen su momento.
Las nuevas tecnologías, restringidas allí, han mostrado indicios originales. El mismo Fidel Castro, que empleó inicialmente la televisión como un medio de didáctica ideológica (no hay ningún régimen socialista que haya sido más televisivo) se retira para continuar como un blogger en su última ocupación. En un Estado cuyos mecanismos de control son predigitales, Youtube ha mostrado a unos estudiantes que acosan con sus críticas al presidente del Parlamento cubano. Frente a una cultura cuya prensa es precaria y ha quedado, en todas sus orillas, como un arma de combate, emergen centenares de blogs en internet que se ocupan de airar o discutir cualquier asunto. En ese país tan abundante en el monopolio de la opinión y los comunicados oficiales, se ha acabado la impunidad para guardar las verdades.
A menos que ocurra una improbable sorpresa, Raúl Castro ocupará el puesto de mando principal de eso que se llama "la transición cubana". Es igual de improbable que gobierne concentrando en sus manos unas magnitudes tan absolutas de poder como Fidel. Y, aunque es un hombre de 76 años, uno de los fundadores de la revolución y un militar, es de esperar que el sentido común le indique, con los datos en la mano, que no podrá gobernar sin transformaciones. Esa premonición ya sería, por sí misma, un paso de importancia. No queda mucho tiempo, ni mucho espacio, y habrá que administrar muchos asuntos terrenales, incluido el descontento. En esta situación, la represión no parece una salida factible, pues ya no se podrá esgrimir, para justificarla, la coartada de que las voces de la incomodidad son producto del imperialismo, de Miami o de la disidencia, sino de gente que se califica como "revolucionaria" en las asambleas comunistas.
En todo caso, hace mucho tiempo que Cuba dejó de ser una revolución para convertirse en un estado más del modelo comunista. Solo que ese modelo ya no se corresponde con un sistema mundial, ni el mesianismo podrá utilizarse más como estilo político, ni se podrá echar mano de aquellos emplazamientos al sacrificio bajo la promesa de una redención futura para los cubanos. Aquí y ahora. He ahí el espacio, y el tiempo, del que se dispone para empezar. Las dos palabras claves que han puesto en evidencia al próximo mandatario de ese país que está obligado a gobernar en presente.



Una transición sin exilio

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Ningún cambio. Algún cambio. El Cambio.

¿Cambio? Ya hubo cambio en Cuba: fue el de 1959, dicen los voceros de la Habana.

¿Cambio con maquillaje? Ese no lo queremos. Queremos borrón y cuenta nueva: que renuncien Raúl Castro y sus ministros, que sea abolido el partido comunista, que cada CDR se convierta en un tribunal…

Son dos extremos comprensibles. El primero, porque lo sostienen aquellos que temen perder sus privilegios de hoy en la Cuba depauperada. Y porque, en el fondo, sus valedores alimentan bien tasado cálculo: saltar de la cúpula castrista a la cúpula empresarial y política del postcastrismo sin pausa ni sobresalto.

También es comprensible el extremo de los vociferantes de la revancha. Los avala el dolor del presidio, de la patria secuestrada por Fidel Castro, las décadas de vida en el exilio.

(Huelga decir que entre los militantes de ambos bandos hay quienes alimentan otros intereses.)

Lo curioso, sin embargo, es que tanto los valedores habaneros del «ningún cambio», como los defensores de la revancha, parecen trabajar mano a mano para que se consume la exclusión del exilio de la dinámica por la que se encamine Cuba en los próximos meses.

Néstor Díaz de Villegas comenta hoy en El Nuevo Herald cómo el NYT suscribió en reciente artículo editorial la «doctrina de exclusión castrista» respecto al exilio cubano en EE.UU. El asunto es aún más grave: la exclusión del exilio la suscriben también las cancillerías europeas y latinoamericanas.

La suscribe todo aquel que afirma, con aire de quien suelta una perogrullada, que el futuro de Cuba lo han de decidir «los cubanos de Cuba». Peor aún: la suscriben muchos opositores cubanos. Recuérdese si no el Proyecto Varela.

Todos ellos, desde una cándida llamada a la no injerencia, ayudan a que se consume la que podría ser la gran tragedia moral del postcastrismo: apartar al exilio de las decisiones sobre Cuba. Apartar a los que ya fueron apartados antes, y por eso obligados a abandonar su país. Apartar a los apartados de siempre.

Los 49 años de revolución son también 49 años de exilio. Un exilio en el que conviven cubanos que abandonaron el país en 1959 –o antes- y los que llegaron a Madrid en el vuelo de Iberia de esta mañana, a los Cayos de la Florida, en la última lancha, a los pasos fronterizos con EE.UU. mientras redacto esta nota.

Al millón y pico de cubanos que vivimos fuera de Cuba, sean cuales sean las razones que haya tenido cada cual para radicarse en el extranjero, se nos ha de conceder el mismo derecho que a cualquier otro cubano cuando se trate de decidir sobre el presente y el futuro de Cuba. No más derecho. Pero tampoco menos.

 

Carlos Espinosa me envía reseña del libro Cuerpo a diario, de Gerardo Fernández Fe. Una cortesía con los lectores de El Tono de la Voz que le agradezco.

Cuerpo a diario, publicado por la editorial argentina Tsé Tsé se puede comprar online en la Librería Hernández.

El cuerpo escriturado

Por Carlos Espinosa Domínguez

Si empezara apuntando que Cuerpo a diario (Tsé tsé, Buenos Aires, 2007, 145 pp.) constituye el estreno como ensayista de Gerardo Fernández Fe (La Habana, 1971), estaría haciendo honor a la verdad. Hasta ahora sólo había publicado el poemario Las palabras pedestres (Premio David 1995, 1996) y la novela La Falacia (1999). Pero antes de que el título objeto de estas líneas viese la luz, su autor ya había dado a conocer en revistas algunos excelentes ensayos entre los cuales está Un escritor de novelas llamado Roland Barthes, que recibió una mención honorífica en el Premio Juan Rulfo de Ensayo en el año 2002. El texto más reciente de esa parcela de su actividad literaria es José, el impuro, un análisis de la poesía de José Kozer que se puede leer en el número 5, Septiembre-Octubre 2007, de La Gaceta de Cuba, y, en su versión íntegra, en el número 40, Invierno 2007, de la revista digital La Habana Elegante.

Cuerpo a diario, es, de acuerdo a su autor, fruto de más de diez años de leer y tomar notas sobre diarios personales de todo tipo. Quienes en su momento los redactaron conforman un grupo muy heterogéneo. Entre ellos hallamos reconocidos escritores e intelectuales: José Martí, Drieu La Rochelle, Ludwig Wittgenstein, Paul Lèautaud, Walter Benjamin, Ernst Jünger, el Marqués de Sade, Samuel Pepys. Pero al lado suyo figuran, entre otros, un barbero de origen rumano radicado en París y un judío alemán profesor de filología. Ciudadanos corrientes y anónimos que cuando redactaron sus textos no pensaron que pudiesen ser leídos por otras personas. Esta última opinión me temo que no será compartida por Fernández Fe, quien opina que "no hay diario íntimo exento de la idea de la trascendencia. Todo diario se sabe leído".

Pero más allá de que quienes los firman sean escritores o no, todos esos diarios poseen en común las circunstancias bajo las cuales fueron redactados. Ya sea la proximidad de la muerte, la guerra, la enfermedad o el ambiente cerrado de los regímenes totalitarios, en todos los casos se trata de situaciones límites. De ahí que, a diferencia del presupuesto místico de narrar lo sublime indescriptible, son "diarios límites, textos jadeantes, a escondidas, que ambicionan narrar la otra cara de lo sublime, eso, lo más sórdido, mefistofélicamente inmemorable".

En su perspicaz lectura de esas páginas en las que sus autores volcaron sus emociones, dudas, dolores y confesiones, Fernández Fe se interesó, en particular, en el cuerpo, que, en los casos de los cuales se ocupa, es "un cuerpo jadeante e inseguro". Por ejemplo, al leer Reportaje al pie de la horca, de Julius Fucik, advierte que unos meses antes de ser fusilado por la Gestapo el periodista checo narra como contempla desde la ventana del vehículo en donde lo conducen a un interrogatorio las bellas piernas de las mujeres. Fernández Fe destaca el detalle de que el cuerpo de Fucik mantenga aún, pese al desfallecimiento y las heridas, el regocijo de la poca carne que conserva. Eso lo lleva a comentar: "Vanidad final del condenado. Cuerpo mustio que todavía irradia arrogancia. Confluencia de pathos, convicción política, extremismo socrático y boca que aún espuma".

Con pupila aguda, se fija en la conciencia del cuerpo adolescente que evidencia Ana Frank, quien al apuntar pormenores candorosamente escatológicos (el sonido de su orina al caer en una latita, la llegada de la primera menstruación, los horarios para ir al retrete, el aseo a oscuras), convierte su diario en "el relato implacable de ocho cuerpos en cautiverio". De igual modo, los apuntes del diario de Drieu La Rochelle que van de 1939 a 1945, Fernández Fe los interpreta como las cavilaciones y confesiones de un cuerpo emasculado, entre viril y acabado. De ahí, expresa, "ese ojo austero, minucioso, que se detiene y regodea en la grieta, el pliegue, la ajadura, máxime cuando se trata del suyo o de algún otro cuerpo cercano que ya no puede retornar a la epopeya".

Consciente de que pese a ser una zona de salivazos y confesiones incómodas, el diario íntimo es también una zona llena de recodos y escondrijos, Fernández Fe sabe hurgar con inteligencia en los vacíos, cortes, lagunas voluntarias y pausas que aparecen en algunos de esos textos. Al leer un cuaderno llevado por Klaus Mann en 1940, se da cuenta de que las actividades diurnas las anota en letra redonda, mientras que al referirse a sus furtivos escarceos amorosos emplea una cursiva sinuosa, como si tuviese conciencia de la ilegalidad de sus actos. Señala además que cada vez que alude al acto sexual, Mann se escuda en términos como eso, ternura o la cosa misma, "como un político del cuerpo que acciona sus eufemismos".

El autor de Cuerpo a diario se refiere también a la estrategia adoptada por Wittgenstein, quien cuando da cuenta del costado vital de su existencia emplea un sencillo lenguaje en clave. Esas líneas, comenta Fernández Fe, evitan el fisgoneo ajeno, las revelaciones de una carne como todas -aunque taimada, escurridiza, autoculpada- y un espíritu en ascuas". Y no deja de apuntar el hecho de que, aparte del prurito de los propios autores, en muchas ocasiones los comedidos albaceas y la censura se han encargado de mutilar de los diarios las aristas menos convenientes para los defensores de las buenas costumbres y las normas morales.

Fernández Fe dedica un amplio espacio a nuestro José Martí, quien también relató el cuerpo desde la escritura. Se apoya en fragmentos de algunos de sus artículos y cartas, pero fundamentalmente basa su análisis en su Diario de campaña. Convertido ahora en soldado, Martí no puede prescindir de apuntar el disfrute que experimenta ante la naturaleza cubana. Y pese a que está aguardando el momento de entrar en combate, no deja de plasmar las impresiones de ese goce, "utopía del cuerpo que es también -en su caso- colmo de la imagen, utopía del lenguaje".

Al igual que ha hecho con otros diarios, en especial, los escritos por personas víctimas o sobrevivientes del Holocausto, Fernández Fe interpreta con un sentido más amplio y profundo los sufrimientos del cuerpo, e incorpora la arista cívica, aquella que, a juicio suyo, más se apega a la realidad exterior. Eso justifica las páginas dedicadas a las discrepancias que tuvo Martí con Antonio Maceo y Máximo Gómez. A partir de esa lectura, demuestra que el diario martiano, "aun siendo foto deslumbrada y jolgorio del lenguaje", no está ajeno a las relaciones entre su cuerpo y los accidentes políticos por él generados. Llama la atención sobre la ausencia de alusiones a las dolencias físicas, y expresa que Martí omite las confesiones del cuerpo carnal, pero da cabida a las del cuerpo político. Eso responde, razona Fernández Fe, a que "el principal dolor del cuerpo martiano viene de la incomprensión, la injuria y el desdén de sus propios compañeros de lucha". Y concluye que por eso el Diario de campaña debe ser visto, también, como muestrario, empeño y batalla de los más convencidos fueros republicanos de Martí.

Resulta difícil, en fin, glosar todo el contenido de Cuerpo a diario, pues su autor desarrolla amplia y brillantemente el núcleo analítico y temático. En centenar y medio de páginas, despliega una lucidez cautivadora y aporta reflexiones plenas de erudición y de interpretaciones originales e inesperadas. Por otro lado, nos exime de la parafernalia académica, que lastra a tantos libros al hacer de ellos una prolongación de la cátedra universitaria. Elude asimismo la estructura tradicional del ensayo, y opta por otra mucho más abierta y flexible, que le permite volver sobre los textos y trenzar entre ellos una tupida red de relaciones. Escarbando en los diarios de Martí y Jünger, descubre que ambos presenciaron por primera vez la muerte de un ser humano cuando tuvieron que tomar parte en el fusilamiento de dos soldados pertenecientes a sus propias filas. Uno fue ajusticiado por traición y por dirigir una banda de ladrones y violadores. El otro, por haber desertado y dedicarse a traficar en el mercado negro. Sus respectivos relatos de aquel fusilamiento, señala Fernández Fe, tienen en común el detalle de que "representan un pico neurálgico dentro de la narración".

Estamos además ante un ensayista que, además de escribir con un estilo elegante y personal, posee una inconfundible voz narrativa (en 1999 publicó La Falacia, su primera novela). Eso le da a su fluir discursivo un peculiar atractivo, pero sin que en ningún momento se aflojen la sagacidad de su mirada ni el rigor analítico. Lo afirma él mismo, al comentar que los suyos son "textos que intentan una idea y pretenden provocar un par de salivaciones del imaginario". Véase, a modo de ejemplo ilustrativo, este fragmento: "Se escuchan disparos a lo lejos. Martí continúa ante eso que no ha sido Diario sino Imaginario de Campaña. Media un minuto de riesgo entre la primera bala que abre una herida y la última palabra por trazar. Caligrama impreciso. Sensual".

Cuerpo a diario pertenece, en resumen, a esa categoría de libros que al tiempo que se disfrutan, nos enriquecen, por las numerosas sugerencias que expande. Su centenar y medio de páginas rebosa lucidez, madurez intelectual, profundidad reflexiva y analítica. Cualidades más que suficientes para que desde aquí recomiende con entusiasmo su lectura.



A la espera del superdomingo de Castro II

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UPDATE:

Cubavisión Internacional (disponible en los servicios de tv por cable) anuncia que transmitirá en vivo la Misa que celebrará hoy jueves el Cardenal Tarcisio Bertone en la Plaza de la Catedral de La Habana a las 17:30, hora de Cuba, 23:30, hora de España.

UPDATE al UPDATE:

Pues, no. Sorprendentemente y a pesar del anuncio que colgaron en la web, Cubavisión Internacional está transmitiendo noticias sobre la Feria del Libro dobladas al inglés, ¡en España! Algo que no había visto que hicieran jamás, si bien es cierto que no soy televidente asiduo, ni mucho menos.

Lo que me preocupa es que se trate de ensayo general de lo que harán el domingo con la constitución de la nueva legislatura de la Asamblea del Poder Popular. Tal vez nos la cambien por documental doblado al inglés sobre el legado martiano, o lo que sea.

 

Hoy hay de todo sobre la abdicación de Castro I. Y todo lo que hay se parece, aparezca en la prensa libre o en la cautiva. Prólogos al superdomingo, o infradomingo, o dominguín. Que ya se verá su tamañ(it)o.

Buena parte de lo que leo se dedica a reproducir las «voces del pueblo». Pero hay algunas notas más altas y más bajas:

Una prima gallega de los hermanos Castro declara a El País: «Mi primo está chungo, chungo». El reportaje es una delicia. Comienza con escena deslumbrante: «Victoria López Castro, hasta la victoria siempre, sale al camino y desenrosca el póster gigante que le regaló su primo Raúl hace dos años, cuando vino a Láncara para conocer sus raíces. En la aldea de Armea, frente a Casa Victoria, se despliega en todo su esplendor la cabeza de un Fidel Castro todavía recio, y la prima gallega, emocionada, grita sin importarle el vecindario: "¡Te quiero, moreno!"»

En Granma, Lázaro Barredo equipara transición con «perder la identidad». La lectura de su artículo sirve de constatación, ociosa, de que Barredo necesita con urgencia un curso de redacción. Uno está dispuesto a concederle que escriba tonterías, que mienta a sabiendas, que trabaje para sus amos… Pero, oye, ¿no podrían enseñarlo a escribir?

En La Razón, Aleida Guevara March, mi mascota preferida, augura: «Para los cubanos Fidel siempre será el jefe. Aun después de muchos años muerto, cuando oigan hablar del presidente de Cuba será de él, porque el pueblo lo identifica como tal. Le tenemos un cariño tremendo porque ha sido un hombre muy preocupado por el pueblo.»

En Juventud Rebelde, José Alejandro Rodríguez sostiene: «Fidel es Cuba porque Juan, Pedro, Chicho y Mariana son Fidel.» No les extrañe que Mauricio Vicent vea en esa frase indicio de que JR comienza a desacralizar la figura de Fidel Castro. «Le han llamado cojo», dirá.

Por último, Michael Moore, ese gordito tan simpático, lamenta no poder llevarse a Castro I a la ceremonia de entrega de los premios Oscar: «I'm telling you, that's got to be a ratings grabber. Can you imagine him? Showing up? If I could talk to (Oscar producer) Gil Cates and maybe get Castro in a dance number at the beginning of the show? Great.»

 

-Yoyi, me tienes descolocao, socio.

-¿Qué hice ahora?

-Coño, que no dices nada concreto de lo del domingo.

-Puedo especular, pero la concreta la trae concretera mejor encerrada que en el cine aquel de Pinar del Río.

-Bueno, especula, dale…

-¡Pero si yo especulo todos los días, compadre!

-Bueno, pues yo te voy a decir lo que va pasar: meten discurso, votan, y unanimidad pa' darle a Raúl el Consejo de Estado y a Lage el de Ministros…

-Es una posibilidad entre otras, sí...

-Pero es la mejor para Raúl, asere. Tú imagínate la candela que le va a echar encima a Lage. Lo va a poner de responsable de todo lo que den y de lo que no den... y de los impuestos y los precios que suben. ¡Tremendo embarre!

-Tabueno, sí.

 

Me avisan –la fuente de la avisadora es lalenin.com, uno de los proyectos de red social en la Internet más importantes del exilio-, que un grupo de músicos cubanos establecidos en Madrid está pidiendo votos para representar a España en el festival de música Eurovisión.

Banda Santa Fe se llama. Y por lo que conozco de ese festival, me da que el tema que proponen podría quedar en puesto reseñable.

Remiten a página para votar. Sensible a ese viejo mantra que reza «Apoye al artista cubano», los invito a darles voto. Van duodécimos y necesitan quedar, al menos, quintos. ¡Anímense, señoras y señores!

Cubanos representando a España… Me froto las manos hasta sacarles brillo...

 

De contra:

Para quien interese novela de vampiros, licántropos, y demás seres extraordinarios, ambientada en el Moscú postcomunista, aquí les va sugerencia: Guardianes del día, de Serguei Lukyanenko.

Lo publica Plaza & Janés y ha salido a la venta el pasado lunes.

Se trata del segundo volumen de trilogía bien armada a cuya traducción he dedicado meses. Es muy entretenida de leer, créanme.

( Aviso importante: soy responsable de la traducción; no del diseño de la cubierta.)

En El Corte Inglés; en Casa del Libro

 

UPDATE:

La renuncia en la Mesa Redonda, según Lázaro Saavedra:



Renuncia de Fidel Castro: la resaca

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Puede que el renunciante se haya levantado esta mañana escuchando esta solemne marcha compuesta por (el comandante) Juan Almeida Bosque.

«Hasta pronto», se titula. Y procede del disco Elegía (1998).

Disfruten del arte de Almeida… si pueden.

H/T: AhR

 

CASTRO ABANDONA EL PODER

Fidel renuncia a la presidencia

La retirada del mandatario cubano abre una nueva etapa en la isla

Los disidentes desconfían de la voluntad de cambio

Esa es la secuencia, la estrofa, que propuso la primera plana de El País de hoy.

Atiéndase a los nombres de esa pirámide: Castro, Fidel, mandatario cubano, disidentes.

A los verbos: abandona, renuncia, se retira, desconfían.

Y a los predicados: poder, presidencia, nueva etapa, voluntad de cambio.

La secuencia de nombres yuxtapone a Fidel Castro, mandatario cubano, y los disidentes. No aparece el exilio en ese trencito. Se plantea el problema de Cuba como uno a resolver entre dos fuerzas políticas establecidas en la isla. Bien…

Todos los verbos son negativos: aluden a la pérdida, también a la pérdida de la confianza. Curioso… y atinado.

La secuencia de los predicados es la más equívoca: Poder abandonado --- Etapa que se inaugura --- Voluntad de cambio. Toda una promesa, cuando es sabido que la función de los periódicos no es la de prometer: es la de informar.

(Ayer, por cierto, El País titulaba con un grandilocuente «nueva era», que hoy rebajaron a «etapa». Pas mal.)

Casi todo está ahí, en efecto. El hecho, la posibilidad y la incertidumbre.

Saludo a los poetas que armaron esa estrofa. Falta pulirla, sin embargo. Forzar a la poesía para que se haga vida. Y genuina noticia.

 

La otra poesía, sin embargo, está en otra parte, tan estrecha como el espacio de una primera plana.

A saber, en la fotografía que eligieron para ilustrarla.

Admíresela.

Reúne, esa sola instantánea, casi todos los tópicos que en torno a Cuba han urdido la prensa y los turistas, a partir de eso que a veces uno llama «la realidad».

La miseria, la solidaridad interracial, la devoción por la imaginería revolucionaria, la dignidad del pobre…

Esa pobre mujer que mira arriba, a la luz que se hace debajo del titular CASTRO ABANDONA EL PODER, genera un efecto visual magnífico. No es El Greco, pero casi.

Algo puede cambiar en la existencia de esos tres pobres seres, sugiere la composición. Sí, se dice uno, puede que llegue el día en que esos dos tipos vestidos de verde dejen de custodiar las frutas de papier mache que figuran como centro de mesa.

 

De contra:

Más sobre la renuncia.



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Autor: Jorge Ferrer

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Jorge Ferrer. Escritor y traductor. Escribe desde Barcelona, España.

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