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Un Berlin de verano

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Hay escenas, en la ciudad estival, ya a medias vaciada, que tal vez se produzcan a diario, pero que apenas son capaces de llamarnos la atención cuando avanzamos por el desierto.

Hoy subía por la calle Escorial en busca de un chop suey de ternera y buena charla de sobremesa, y me crucé, bajo la resolana de las dos de la tarde, con un emisario del ayer.

De pie, esperando que su perro –precioso cachorro de dálmata– terminara de mear una de las farolas que Zapatero y el Plan E nos acaban de regalar/cobrar, un anciano, la barba poblada y cana, sombrero alón y gafas tortuga oscuras –de carey las llamábamos en Cuba, ¿no es cierto?–, sostenía en una mano, la otra sujetaba la correa hasta el cuello del perro, una pequeña bolsita de nylon.

Adentro, tan menudo como la bolsa de marras, el número estival de la Revista de Occidente. Un número magnífico dedicado a recordar el legado de Isaiah Berlin, grande entre grandes.

Vaya usted a saber el por qué imaginar a ese anciano leyendo en la tarde la Revista de Occidente me puso de un humor magnífico. Tanto como si me hubiera tropezado con el maestro de «Two Concepts of Liberty» en persona.

¿Quién sabe?

 

UPDATE:

Paso por el Granma a precisar la hora en que hablará mañana Castro II y, horror pa'l cubiche, el acto comienza a las 07:00 a.m.

¡Las siete de la mañana de un domingo, mamita!

Lo primero que pienso es que se trata de errata, pero parece que no, porque así lo traen, además de Granma, Trabajadores y Juventud Rebelde.

El 26 de julio pasado al menos tuvo el detalle de convocar a las seis y media de la tarde, con la fresca. Pero mañana va a bajar insoportable "matutino". ¿Será que todavía padece jetlag desde su viaje a África?

Va y lo que pasa es que no quiere que lo oigan más allá de Holguín.

¡Siete de la mañana y en domingo! ¿Se preguntará alguna vez este tipo por qué le cae a los cubanos como una pata' en el hígado?



A vueltas con el embargo, en Union Radio

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Ayer me entrevistó Eli Bravo de Union Radio, Miami, a propósito del artículo Del embargo considerado como una de las bellas artes publicado también ayer en El Nuevo Herald.




Del embargo considerado como una de las bellas artes

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Del embargo considerado como una de las bellas artes

By JORGE FERRER

Pareciera que del embargo de los Estados Unidos a Cuba, añoso ya, se ha dicho todo lo que se puede decir y más. Pocos temas hay más sobados por unos, otros y nosotros en un inagotable torrente verbal que tiene sus etapas anuales en la sede de Naciones Unidas en Nueva York, donde se vota una y otra vez por su derogación con desequilibrio hilarante.

Pero del embargo, como del Código de Hammurabi, se hablará algún día en pasado. Y a medida que ese día parece acercarse, iniciativa tras iniciativa, petición tras petición, farsa tras farsa, el viejo instrumento legal puesto en vigor por los Estados Unidos en 1961 se ha convertido en una pieza a batir por todos. Por casi todos.

La reciente pifia que un despacho de la Agencia EFE provocó en la prensa española que se inventó la derogación por Barack Obama de la Ley Helms-Burton y la elevó a titulares no fue sino un episodio más de la confusión que el embargo genera en propios y ajenos. Nadie sabe qué hacer con él, convertido ya en una suerte de incómodo pariente de provincias.

Como en tantas discusiones que conciernen a Cuba, cuando se trata del embargo propuestas y debates tropiezan con el encono acumulado por medio siglo de castrismo y de política norteamericana hacia la isla. También, y por lo mismo, con la incapacidad de adivinarle un porvenir a Cuba que escape de un esquema básico, por dual: la Cuba democrática que reclaman la oposición y el exilio o la Cuba del socialismo inamovible que proclaman en La Habana. Pero esa isla que hasta hace poco parecía no tener más futuros que dos ha visto parir a Catana, madre ahora de múltiples porvenires.

A punto de cumplirse tres años desde que Fidel Castro pasara a obligado retiro y se verificara la sucesión dinástica que encumbró a su hermano Raúl, Cuba es un país aún más pobre, aún más represivo, aún más desesperado. Pero no es, por cierto, un país más aislado, como sucede con Corea del Norte, la otra reliquia de la Guerra Fría.

Raúl Castro generó expectativas que ha barrido después. La escoba punitiva se ha anotado hasta una purga en la cúpula del régimen de proporciones que el país no había conocido en décadas. El pragmatismo que se le ensalzó al heredero se ha traducido en una patrimonialización que beneficia exclusivamente a la cúpula militar. Al miedo a la represión del que tanto saben los opositores se ha sumado el terror que cunde entre la nomenclatura, atentos todos los altos funcionarios a los rincones desde donde los micrófonos de Raúl son atentos oídos, los mismos que recogían las palabras de los últimos defenestrados, aprendices de paleontólogos en un gobierno de ``fósiles''.

En un paisaje donde la apertura se ha revelado entelequia y la supervivencia del régimen cubano una realidad siempre en vilo, pero siempre perdurable, muchos miran la derogación del embargo como el gesto definitivo de la administración Obama hacia La Habana. Asumen que al romper de golpe y por fin con lo que ya no es herramienta sino mero símbolo, se quebrarían también las reticencias de La Habana a implicarse en un diálogo con los Estados Unidos que rebase los temas ya discutidos en la reciente reunión en Nueva York. Se equivocan. Y Raúl Castro ya ha dejado clara su idea ventajista del quid pro quo, cuando proponía recibir a los cinco espías de la Red Avispa y desterrar, a cambio, a los disidentes cubanos y sus familias.

A estas alturas, de lo que se trata es de deshacer la engañifa que une embargo y revolución como variables de una ecuación con resultado contable, tangible. Ni el embargo acabará con la revolución, ni la revolución se perpetuará porque se levante el embargo. El régimen cubano ha demostrado que puede apoyarse en las apuestas políticas más disímiles --el populismo vociferante de Chávez o la socialdemocracia eficaz de Chile o Brasil, la autarquía china, la subdemocracia de Medvédev y Putin o el solícito ``acompañamiento'' de Madrid-- como aquellas figuras flácidas que Salvador Dalí apoyó en improvisadas muletas de madera. La política norteamericana ha demostrado, entretanto, que aun con el embargo en vigor, el sistema puede imponer excepciones que permitan significativas exportaciones de alimentos, el envío de remesas y una mayor flexibilización de los viajes de la comunidad cubanoamericana.

El embargo, como los juguetes viejos, puede ser echado a la basura. No serán muchos quienes lo lamenten, por cierto. También --lo que es mucho más razonable-- puede esperar a servir de token en las negociaciones que algún día sostendrán autoridades de La Habana y Washington motivadas por un deseo genuino de recuperar la normalidad secuestrada durante medio siglo. Tal vez entonces, cruzando entre manos que no sean las de los monederos falsos de hoy, el token cotice, cobre y pague.

El artículo Del embargo como una de las bellas artes aparece publicado en la edición de hoy del diario El Nuevo Herald.



Cuba en el espacio, con tamales

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Hace unas semanas conversaba con alguien que se propone organizar un evento sobre Cuba en una ciudad del sur de España. Me pidió le sugiriera algunos nombres para cubrir varios temas y lo hice. Él traía algunos coincidentes, pero no así para un panel sobre «el futuro de Cuba». Para esa mesa, me dijo y casi me caigo de la silla, pensaba, entre otros, en Arnaldo Tamayo Méndez, el primer astronauta cubano.

Dediqué un cuarto de hora a disuadirlo de elección tan rotundamente absurda. Al final, mi interlocutor bromeó con que si todos somos concientes de que del futuro de Cuba nadie sabe ni jota ¿por qué no pedirle opinión al cubano que ha visto la isla desde mayor distancia?

Más tarde se me ocurrió que la idea de traer a Arnaldo Tamayo debió haber estado mal inspirada en la película Good Bye, Lenin, donde, lo recordarán, Sigmund Jähn, el primer astronauta de la RDA, es parte de la trama y se convierte, en la ficción de la ficción, en el presidente del cambio que conduce a la reunificación de Alemania. Encima, el primer astronauta cubano es guantanamero, provincia responsable de situar a Cuba en el imaginario melódico de Occidente con la Guantanamera, en el vórtice de los discursos de la posdemocracia, con GITMO y sus talibanes, y, en el cosmos, por el propio Tamayo.

Anoche me fui a la cama con la noticia de cubanoamericana que llegará tan lejos como el guantanamero que voló a las estrellas con Romanenko. Recordé el intercambio con mi amigo malagueño y sonreí pensando que pronto ya tendremos a las dos Cubas –la castrista y la exiliada– con experiencia de visión distante. Gracioso mano a mano: Tamayo Méndez, el «cosmonauta» cubano de la Guerra fría y Serena María Auñón –o Aunon–, llamada a ser la primera mujer cubana que sube al espacio. Ambos de orígenes humildes, ambos pasados por Rusia, ambos admirando la isla de Cuba recortada sobre el planeta azul.

Esta mañana me levanté con hambre voraz, me senté a desayunar serón y medio de calorías, repasé los periódicos y ahí me esperaba la entrevista a la astronauta cubano-americana en El Nuevo Herald. Y su evocación y vindicación de la «ropa vieja», una textura y un olor que la cubanizan decididamente (por si había dudas).

Ay, chico, ¡qué bueno se pondría el cosmos con ese aroma! ¿No será el tamal la llave que nos abra los secretos de Marte? ¿No será que la humanidad espera por las masas de puerco fritas y la yuca con mojo para volar más allá de Orión?

 

De contra:

Serena M. Aunon en entrevista para la NASA.

Decididamente, esta muchacha nos hará felices.



El hambre de Don Cachirulo

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Leo el buen artículo de Gerardo Arreola para La Jornada sobre, también, las cuitas de los empresarios extranjeros en Cuba. No les pagan a esos fieles servidores de la causa del capitalismo en la Cuba de los Castro. ¡Pobrecitos, oye! ¡Tan buenos ellos, tan dóciles, tan eficaces! ¡Esa panda de iluminados!

¿Se acuerdan de lo felices que se mostraron los empresarios españoles cuando Moratinos realizó aquel viaje a Cuba que inauguraba, creían, trasiego de euros a sus bolsillos? Ay, aquel Victor Moro feliz como unas Pascuas. Victor Moro, para el que no lo conozca, es al tráfico comercial de España hacia Cuba lo que Mauricio Vicent al tráfico de información de La Habana hacia Madrid.

A mí me encantan estos tipos de los que se puede decir cualquier cosa menos que no saben lo que quieren. Hay motivaciones que permiten distinguir a unos de otros, pero en esencia, están ahí para estar antes que otros. Los otros: los yumas. Están allí, en la Cuba de la OFICODA, para decir cuando alguien pida el último, ¡como si alguien fuera a preguntar!, que marcaron antes en la cola. Que llegaron primero.

Día tras día lloriquean por las sucursales de banco, las sedes de las empresas cubanas y los ministerios. «Nosotros estamos con ustedes», aseguran. «Ayudamos a burlar el bloqueo. Somos valientes, somos tenaces, ¡somos de los vuestros!», repiten. «Páguennos», imploran.

Y nada. Los norteamericanos, esos a quienes ellos pretenden adelantar en la ilusoria cola del porvenir, venden millones y los cobran en cash. En cachirulo. Y Alimport es la que decide a quién va el cash. Y va al norte, ¡cómo no?

Estos empresarios extranjeros que se han creído lo de la cola en el país de las colas no cobran porque hasta Malanga hizo la catequesis y sabe que los últimos serán los primeros. Amén.

Y que el cachirulo, cuando escaso, no va a los tintos de Rioja o la mallorquina sobrasada que Victor Moro ofrece para sus paisanos turistas, sino al pollo congelado llegado del norte resuelto y frutal. De allá, en inglés, a la carnicería llena de moscas, en asere.

Es lo que tiene Don Cachirulo: le urge el fast-food. Le urge por food, pero sobre todo por fast.



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Autor: Jorge Ferrer

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Jorge Ferrer. Escritor y traductor. Escribe desde Barcelona, España.

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