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Otra luna

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Moon Landing

W. H. Auden

It’s natural the Boys should whoop it up for

so huge a phallic triumph, an adventure

it would not have occurred to women

to think worth while, made possible only/

because we like huddling in gangs and knowing

the exact time: yes, our sex may in fairness

hurrah the deed, although the motives

that primed it were somewhat less than menschlich./

A grand gesture. But what does it period?

What does it osse? We were always adroiter

with objects than lives, and more facile

at courage than kindness: from the moment/

the first flint was flaked this landing was merely

a matter of time. But our selves, like Adam’s,

still don’t fit us exactly, modern

only in this---our lack of decorum./

Homer’s heroes were certainly no braver

than our Trio, but more fortunate: Hector

was excused the insult of having

his valor covered by television./

Worth going to see? I can well believe it.

Worth seeing? Mneh! I once rode through a desert

and was not charmed: give me a watered

lively garden, remote from blatherers/

about the New, the von Brauns and their ilk, where

on August mornings I can count the morning

glories where to die has a meaning,

and no engine can shift my perspective./

Unsmudged, thank God, my Moon still queens the Heavens

as She ebbs and fulls, a Presence to glop at,

Her Old Man, made of grit not protein,

still visits my Austrian several/

with His old detachment, and the old warnings

still have power to scare me: Hybris comes to

an ugly finish, Irreverence

is a greater oaf than Superstition./

Our apparatniks will continue making

the usual squalid mess called History:

all we can pray for is that artists,

chefs and saints may still appear to blithe it.

(Si algún lector tiene a mano traducción al español, le agradezco me la envíe para subirla aquí.)

UPDATE (Gracias, E.):

Llegada a la luna

W. H. Auden

Es natural que los Muchachos armen jolgorio
por tan enorme hazaña fálica, una aventura
que a las mujeres no les habría parecido
que valiese la pena planear. Tan solo fue posible

porque a nosotros nos gusta jutarnos en pandillas
y calcular el momento exacto: sí, con franqueza,
nuestro sexo aplaude la hazaña, aunque los motivos
que la hayan propiciado no sean menschlich.

Qué gran gesto. Pero ¿qué es lo que culmina?
¿Y qué es lo que cimenta? Siempre fuimos más hábiles
con los objetos que con las personas, y más dispuestos
al coraje que a la amabilidad. Desde el momento

en que el primer sílex fue tallado, este alunizaje
era sólo cuestión de tiempo. Pero todavía no sabemos
lidiar con nosotros mismos, igual que Adán. Sólo
somos modernos en esto, en nuestra falta de decoro.

Los héroes de Homero no eran más valientes
que estos tres de ahora, pero tenían más suerte:
a Héctor le ahorraron el insulto de que
su valentía tuviese cobertura televisiva.

¿Vale la pena ir a verla? Me lo creo.
¿Vale la pena verla? ¡Bah! Una vez crucé un desierto
y no me entusiasmó: prefiero un jardín
bien regado, lejos de esos que charlan

sobre lo Nuevo, los Von Braun y su calaña;
allí puedo contar las flores en mañanas de agosto,
allí la muerte todavía tiene sentido y ninguna
máquina puede cambiar mi perspectiva.

Gracias a Dios, mi Luna impoluta todavía es
la Reina de los Cielos, creciendo y menguando,
y ante Ella todavía me derrito; su hombrecillo,
hecho de arena y no de proteínas, todavía me visita

con su indiferencia de siempre, y las advertencias
de antaño todavía me asustan: la hybris siempre
termina mal, la Irreverencia siempre es una
torpeza mucho mayor que la Superstición.

Nuestros burócratas seguirán construyendo
ese mismo jaleo sin gracia que es la Historia:
todo lo que nosotros rogamos es que los artistas,
los cocineros y los santos sigan sin hacerles caso.

Traducción de Javier Calvo

 

Hermann Tertsch en Abc.

Socialismo del siglo XXI

Es un gran lema ese de «Socialismo del siglo XXI», aunque poco original por mucho que nos lo saque a pasear un perfecto golpista electo como Hugo Chávez, se inspire en un dictador y asesino con muy buenas relaciones en Madrid como es Fidel Castro y tenga tantos inverosímiles seguidores en España que incluso se tomaron la molestia de atacar a la hoy ya nada sospechosa Casa de América. Esta institución, cuyas simpatías por supuesto hoy se vierten con mucha mayor generosidad hacia la Cuba residente, es decir hacia cubanos y foráneos que gozan de libertad, comodidad y privilegios en Cuba, ha tenido que soportar las protestas de los más montaraces del castrismo por cobijar a unos liberales que solo pretendían alzar la voz para cuestionar la oportunidad de repetir proyectos fracasados de felicidad que solo hacen sufrir -banal y gratuitamente- a los seres humanos.

 

De contra: ¿Recuerdan la puertecita que dejó abierto El País a sus lectores la otra mañana? ¿Aquella noticia que encaramaron a la portada para que hubiera en ella agujero por el que escurrirse del horror jihadista y etarra?

Pues, como era de prever, la noticia que mereció tales honores en el soi-disant “periódico más importante de la lengua española” terminó en esto:

Los primeros análisis muestran que el dentífrico irregular no tiene componentes peligrosos para la salud

EFE - Madrid - 04/07/2007

Los primeros análisis efectuados por el Ministerio de Sanidad y Consumo a muestras de la pasta de dientes de la marca Colgate importada básicamente de Sudáfrica "no muestran indicios" de componentes peligrosos para la salud ni de dietilenglicol.

Según han informado hoy fuentes del Ministerio, el análisis se ha llevado a cabo en el Laboratorio de Referencia del Centro de Investigación y Control de Calidad de Sanidad, en Barajas (Madrid).

UPDATE:

Era puertecita, sí. Pero me equivoqué al creer que no volvería a subir a las portadas. Aquí, la prueba.



De película

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Cine europeo: campaña de promoción de la Unión Europea:

Cine español: subgénero "Más se perdió en Cuba":

Cine cubano I: no sabemos si es guión o sinopsis. Sí, que no hay forma de que nos muestren el trailer:

Control de la legalidad en centros penitenciarios

Lourdes Pérez Navarro
Por mandato constitucional y de la Ley de la Fiscalía, este órgano del Estado está facultado para realizar inspecciones a fin de comprobar el cumplimiento de la legalidad en establecimientos penitenciarios, correccionales, unidades donde los acusados cumplen prisión provisional y en cualquier otro centro de reclusión, internamiento o de detención.

Mientras cumplen sanciones privativas de libertad —explica Hortensia Bonachea Rodríguez, directora de Control de la legalidad en establecimientos penitenciarios, de la Fiscalía General de la República—, los reclusos quedan privados de determinados derechos, por ejemplo, el sufragio activo o pasivo, pero mantienen otros previstos en las normas del sistema penitenciario. Entre ellos: rebaja de sanción por mantener una adecuada conducta durante el internamiento, realizar llamadas telefónicas y comunicarse periódicamente con la familia, y recibir visita íntima o conyugal.

Los sancionados, además, pueden progresar en régimen. Nuestro sistema penitenciario permite —y esta es una de las principales transformaciones experimentadas después del triunfo de la Revolución— transitar de un régimen de mayor severidad a otro de menor rigor, hasta lograr la incorporación total a la sociedad.

También pueden trabajar, lo cual está en dependencia de las características de la penitenciaría y reciben por ello remuneración, acorde con las tarifas de salario vigentes para el resto de la población.

Otro, precisa, es el derecho a recibir asistencia médica primaria y especializada. Como mismo se han ido reconstruyendo y modernizando los centros asistenciales en el país, iguales transformaciones han ocurrido en los puestos médicos, policlínicos y hospitales de las prisiones, equipados con novedosas tecnologías.

El reforzamiento de la educación en las cárceles, comenta Bonachea, está entre los programas de la Batalla de Ideas. A partir del año 2000 fueron creados los establecimientos especializados para jóvenes, dotados de un alto componente educativo. Esto les permite alcanzar en una primera etapa el duodécimo grado y luego incorporarse a carreras universitarias.

Con el tiempo, puntualiza, el programa se ha ido extendiendo al resto de los centros penitenciarios. Actualmente tenemos en el país 22 sedes universitarias ubicadas en ellos.

Continúa aquí.

Cine cubano II: serie “Todo tiempo pasado tiene que ser peor”: episodio primero (hecho público cuando esperábamos el quinto): Desiderio Navarro:

«En mi opinión, en estos momentos hay en nuestro país por lo menos cuatro modelos de sociedad y de cultura en lucha no sólo a escala macrosocial, sino a menudo hasta dentro de una misma cabeza. Esas cuatro tendencias de estructuración de la sociedad y la cultura en un determinado sentido son:

1) lo que Marx llamó «comunismo de cuartel», [monismo artístico: exigencia de un arte apologético y acrítico, el artista sólo como entretenedor, ornamentador o ilustrador de tesis]

2) socialismo democrático, [diálogo artístico, con inclusión y fomento de un arte crítico-social]

3) capitalismo de Estado o «socialismo de mercado», [pluralismo artístico, con exclusión de un arte crítico-social, apertura a la globalización americanocéntrica y fomento de la cultura destinada al mercado transnacional y nacional]

4) capitalismo neoliberal [sumisión del arte al mercado transnacional y nacional; neutralización y recuperación de un eventual arte crítico-social por el mercado]

Y creo que, cuando se habla de la unidad de la Revolución, sólo se puede hablar de la unidad de las fuerzas de los tres primeros modelos contra el anexionismo norteamericano y contra las exiguas fuerzas del cuarto modelo, pero no en lo que respecta a numerosos problemas sociales y culturales del país.»

(En la web de Criterios, el texto íntegro de la introducción de Navarro al ciclo «La política cultural del período revolucionario: memoria y reflexión».)

UPDATE:

Cine español, pero en catalán:

"El viernes 15 de junio, en horario central, la Televisió de Catalunya ofreció la ópera prima de José Corbacho y Juan Cruz, un filme conmovedor que transcurre en l’Hospitalet de Llobregat y se centra en la vida de un puñado de personajes anónimos, escurridizos y solitarios.

En IMDB, la ficha técnica del film indica que se trata de una coproducción —entre España, Argentina y México— rodada en castellano. No podía ser de otra manera, además, al contar con actores madrileños (Ángel de Andrés López, Rubén Ochandiano, Darío Paso), andaluces (María Galiana, Rosario Pardo), o bonaerenses (Alberto de Mendoza, Cecilia Rosseto, Eduardo Blanco).

Pero ellos —¡con cuántas ganas!— la tuvieron que doblar al catalán. Les pudo el temperamento y la sangre caliente; les pudo la guerra desproporcionada y la sinrazón. Vieron la oportunidad, se agazaparon detrás de una mata, se pusieron el cuchillo entre los dientes y lo hicieron.

Seguramente pensaron:

—Ocurre en una ciudad catalana, los directores son catalanes… Doncs que parlin en català, collons!

Pero, ¡ay!, no prestaron atención a la trama.

Entre otras muchas historias corales, en Tapas hay una en donde una pescatera (Elvira Mínguez) chatea durante todo el film con un cibernovio argentino al que nunca ha visto. Al final de la película, el galán porteño (Eduardo Blanco, el narigón de El Hijo de la novia) llega de improviso a la casa de su amada, se baja de un avión de Aerolíneas Argentinas, toca el timbre y… él también habla en catalán. ¡El recién llegado, el porteño del chat! ¡En catalán!"

Del blog de Hernan Casciari. Completo aquí.

H/T: Criterio.

UPDATE:

Cine de terror: Una entrevista a Darío Filiberto Reyes Arias, director del Centro de Estudios Espiritistas "Más Luz", con sede en Bayamo. La trae la recomendable Consenso.

Allí se lee testimonio de horribles premoniciones que acabaron cobrando cuerpo y país:

"Muchas de esas personas (poseídas por espíritus) recibían lo que le transmitían y escribieron premoniciones. Francisco Salgado dijo en una de esas premoniciones que venían barbudos bajando de la Sierra. ¡Oye esto! Él lo dijo por allá por los años 12, 14 ó 15; pero eso mismo lo dijo Luisa Muñoz por acá por la Sal, y eso mismo después lo dijo por el año 48 un médium allá en el Central Francisco, en un centro que estaba en un lugar que le dicen Los Palos, que pertenece a Elia."



El "appeasement", por la boca

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Esa primera plana del diario El País que subieron a la red a medianoche.

Siete españoles muertos en atentado terrorista en Yemen.

Detienen a tres etarras con 140 kilos de material para fabricar explosivos.

Acaba el juicio por los atentados en Madrid. Y se confirma -si es que alguien necesitaba esa confirmación- la autoría islamista.

A esa hora, y desde hace varias, la portada de la versión digital de El País traía más:

Alonso culpa del ataque en Líbano a una célula de fuera del país. Se refiere, claro, al atentado contra soldados españoles de la semana pasada. Cuatro muertos.

Y más: "Detenido en el extranjero un octavo sospechoso de los ataques terroristas en Reino Unido". Un titular éste, que precede a líneas que fueron titular hasta las diez y algo de la noche: "Reabierto el aeropuerto londinense de Stansted tras el hallazgo de un paquete sospechoso"

Aún otro: Bush y Putin hacen frente común contra el plan nuclear iraní

Un buen día para el pez plátano, que decía Salinger en el post de este domingo. Un día en el que España sola tenía para dar y repartir en materia de sangre derramada en nombre de Alá y el ladrón de camellos. Y, encima, los bárbaros de la banda marxista.

Cuando escribo estas líneas, 01:25, no hay rastro en la portada digital de pastas dentales. Nada de ese rastro blanco en la loza de la noticia.

Se busca en El País y de pasta dental lo que hay es esto. Colgate-Palmolive defendiéndose el pasado viernes de que habieran llegado a España tubos de pasta adulterada.

Nada más.

Y, sin embargo, la redacción decidió encaramar a la portada ese “Pasta de dientes importada ilegalmente se vende en España con marca conocida”.

En un rinconcito, ese agujero, como para darle al lector una puerta por la que escapar de un mundo que arde. Con el fanatismo islámico y con los países que lo auspician se juega al apaciguamiento, el appeasement. Pero también hay que apaciguar al lector, no sea que descubra que el peligro acecha a cada paso. Y actúe en consecuencia.

De ahí que se les deje ese agujero feo, porque el Libro de Estilo recomienda evitar las marcas comerciales. Un agujero muy estrecho, pero capaz de atraer con tal fuerza a lector que acaba de lavarse los dientes, que sirve a la perfección para que huya del relato de la muerte, de la espada de la amenaza y corra a entretener la mañana en esa página 26. Corra allí a terminar el enjuague.

¿Nueva traducción de appeasement? Enjuague.

UPDATE:

"Dignidad, un futuro próspero y la mayor libertad posible". Eso acaba de decir Zapatero en el Congreso de Diputados es lo que quiere su gobierno para Cuba. Así terminó su primer turno de réplica durante el debate sobre el Estado de la Nación.

Traduzcamos, no sea que alguien no haya estudiado el socialdemócrata en una Academia de Idiomas: Quieren "la dignidad que entienden ya les proporciona la revolución, algo más de carne de puerco y la libertad que le quieran regalar a los cubanos sus gobernantes".

Ni más, ni menos.

UPDATE:

Fueron palabras dichas en respuesta a otras de Mariano Rajoy, que aunque pronunciadas con aire de improvisación, veo que estaban previstas ya en el texto que llevó a la tribuna:

"El tiempo me impide profundizar; de la política europea ya hablamos la semana pasada. Hoy sólo quiero recordarle que su obligación es defender la libertad, apoyar a los disidentes cubanos y no humillarlos, y no ser complaciente con quien cierra las televisiones que le molestan, como ha sucedido en Venezuela."

Un discurso, el de Rajoy, magnífico. Recomiendo su lectura a todo aquel que, desde fuera de España, quiera saber cómo andan las cosas por aquí.



El Queer Casal de Francisco Morán

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El devoto casaliano Francisco Morán ha terminado por fin su estudio dedicado al poeta de Nieve. Un libro, el primero, del que conozco un par de fragmentos, y al que seguramente volveré cuando aparezca publicado, evento que presumo se producirá pronto.

Julián del Casal tuvo la mala suerte de coincidir con José Martí en el ámbito de una literatura nacional que vivió un siglo XX dominada por la apoteosis mesiánica y la tensión municipal.

Martí y Casal. Casal y Martí. Ambos cubanos, ambos finiseculares, ambos modernistas, el de los Versos sencillos fue aupado a sede apostólica. Una en la que no hay espacio para dos. Un pedestal que genera tal sombra, que condena a sus contemporáneos a perderse bajo el musgo. Así, «estudios martianos» a mares. Casalianos, menos. ¿Dos bustos? No. Uno.

Tal vez sea por eso que, pasados los años, todavía Martí, el ampuloso Martí, el suicida Martí, el martiano Martí, nos siga encantando con su élan espasmódico, y Casal, el tísico, el triste Julián del Casal, se nos vaya convirtiendo en poibre rémora.

Rubalcava y Zequeira, Martí y Casal, Lezama y Piñera. Siempre llamados a elegir. Es lo que tiene carecer de un Shakespeare, un Pushkin o un Dante. Que la discusión en torno a si Eliot o Pound se convierta en campañita sobre débiles autoridades. Que se llenen parques y patios con bustos de un poeta y haya que hacer ardua campaña para poner siquiera tarja en la casa donde vivió otro.

No se trata de invertir el canon. Se trata de emprender la cinegética excursión que, prescindiendo de “la definición vulgar de la raza de los clásicos”, convierta a la literatura en “un coto de caza, un lugar devoto del desorden y la aventura”, como reclamaba Giorgio Manganelli.

Por lo pronto, Morán ha salido de caza y le ha dado a Casal flechazo en la nalga. ¿Triste Casal? Gay Casal. Un Casal gay. Ya Antonio José Ponte se entretenía en el Martí abrumado por la pérdida de un testículo, aquella herida en su “dignidad de hombre”. Y ahora esto. Es lo que tiene salir de caza: nunca se sabe si uno volverá a casa con jabalí al hombro o paloma en el morral. Basta que se sepa que, en guiso o en sopa, uno come fresca carne de escritor, no correoso pellejo de apóstol.

El fragmento que sigue pertenece al libro –el título es provisional– Julián del Casal o un tranvía llamado Deseo, que está siendo evaluado por una conocida editorial. Al tratarse de apenas un fragmento, me avisa su autor, posiblemente dejará interrogantes sin responder, o planteará preocupaciones que deja sin resolver. Habrá, pues, que esperar a que el libro esté finalmente editado para calibrar su alcance y propósitos.

Morán enseña literatura hispanoamericana en Southern Methodist University, en Dallas, Texas.

Casal: “De [su] vida misteriosa”

Francisco Morán

A diferencia de Darío, Martí, Nervo y Urbina, y de otros escritores modernistas, Casal “no” dejó páginas autobiográficas. Sólo tenemos información sobre sus itinerarios urbanos, dispersa en sus crónicas. Algo encontramos también en su correspondencia privada, pero aquí tropezamos con dos obstáculos: la mayor parte de ella se ha perdido, y en la que nos ha llegado, esa información no es, por lo general, significativa. En marcado contraste con esta carencia tenemos, como ya hemos visto, una cuantiosa producción de reportes de carácter biográfico escritos por amigos y críticos contemporáneos del poeta. Debemos recordar, además, que en su mayoría esos reportes salieron a la luz tras la muerte del poeta, aunque es justo decir que tan pronto como Casal se integra a la redacción de La Habana Elegante, y con la revista, a los círculos literarios más importantes de la ciudad, se pone en marcha la producción de recuerdos, testimonios y observaciones personales de colegas y amigos (1). A todo esto hay que añadir que a veces los testimonios se contradicen unos a otros. Finalmente, no debemos olvidar la parte que tuvo Casal mismo en la propagación de falsas noticias sobre su enfermedad. Así, en carta a Darío del 7 de noviembre de 1893, expresa que está “muy enfermo,” pero sin esperanzas de mejorar porque lo han visto “los mejores médicos,” y todos le han asegurado “que es un mal oscuro y misterioso, desconocido por ellos…” También en otra carta, dirigida en este caso a Gustave Moreau, le oímos decir que no tiene esperanza de conocerlo porque está “mortalmente herido de una enfermedad del corazón” que lo llevará a la tumba “en plena juventud.” (2) Estas afirmaciones las hace después de habérsele diagnosticado la tuberculosis en febrero de 1891. Desde luego, Casal no está mintiendo simplemente, sino integrando la enfermedad al secreto, y en el caso específico de Moreau, como parte de una estrategia de seducción. Si Casal comienza a intrigar desde muy temprano, si se le percibe como una extrañeza, como un inquietante secreto, es porque, en primer lugar, él mismo se entrega a las artes y tretas del maquillaje, a los rituales del ocultamiento. Estaba en boca de todos, como un cigarro que al quemarse, sólo ofreciera la “verdad” de sus volutas, el misterio del humo disipándose en la libertad de su pasión transformista. Las bocanadas de esos relatos sugieren un intenso escrutinio en el que se mezclaban cierta fascinación y ansiedad ante una obra decadentista que – debido lo mismo a los esfuerzos de los amigos por aislarla de la vida “misteriosa” del autor, que a la fascinación casaliana con las máscaras – nos parece hoy más autobiográfica de lo que se había sospechado.

Lo que sucede con las trazas autobiográficas en la escritura de Casal es que las mismas están trenzadas a la pose, al montaje escenográfico. Un ejemplo de esto que decimos es su artículo de crítica literaria, “Carta abierta,” en que presenta a los lectores un libro del poeta mexicano Luis G. Urbina. El título obedece a la forma que adopta el comentario crítico: una «carta abierta» de Casal a su amigo Carlos Noreña, al cual le dedica el artículo. Casal comienza preguntándole si no recordaba cuando, hacía tres o cuatro años, “te presentaste en la casa que habitábamos, casi al amanecer, echando las puertas abajo, como si vinieras huyendo de la justicia mejicana, puesto que llegabas de México.” (3) Y añade: “Apenas entraste en la casa, te dirigiste a mi habitación, donde la noche iba a empezar, porque yo odiaba al sol, aunque algo menos que ahora, pues como entonces no necesitaba verle la cara, nunca se la veía ni me preocupaba para nada de él” (Prosas I, 166).

Al no tratarse explícitamente de un texto de ficción – cuento, poema – sino de un comentario crítico cuyo primer gesto es apostrofar a una persona real – Noreña – y hacer referencia a un hecho plausible, y sobre cuya verdad el lector no tenía mucho o nada que decir, tampoco nosotros podemos afirmar o refutar la facticidad de la anécdota. Si consideramos, por otra parte, que estos espejismos ocurren incluso dentro de la ficción propiamente dicha, es preciso concluir que la escritura de Casal es y no es autobiográfica. No lo es en la medida en que elude declarar o revelar un yo autobiográfico, pero sí en el sentido de producir un campo de personas (primera y tercera) de las cuales podemos sospechar que actúan en connivencia con el yo del autor lo mismo para ocultarlo, que para revelarlo.

Comentando la afirmación de Philippe Lejeune de que no es posible “que la vocación autobiográfica y la pasión por el anonimato puedan coexistir en la misma persona,” Oliver S. Buckton argumenta persuasivamente que esto significa “no tomar en cuenta la productiva tensión entre secreto y revelación.” (4) El comentario de Buckton nos lleva directamente a eso que está en el centro mismo de la simultánea afirmación y refutación de la visibilidad del yo autorial: la importancia del secreto, o de «lo secreto». La decisión de un autor que escribe sobre sí mismo, de negar o de no afirmar su identidad, ¿a qué podría deberse? Quizá no sea posible dar una respuesta satisfactoria capaz de abarcar todos los casos en que un escritor querría mantener secreta, al mismo tiempo que la representa, su identidad. Pero si estamos hablando de la literatura del fin-de-siècle, difícilmente podría encontrarse un motivo más apremiante o más común que el del ocultamiento y representación de la sexualidad, especialmente de aquellas sexualidades que estaban buscando ansiosamente constituirse y auto-representarse. Es en este contexto que «lo secreto» adquiere una importancia singular, insoslayable, como el dispositivo retórico que simultáneamente visibiliza e invisibiliza a Casal, es decir, aquél que podía garantizar el «crimen perfecto»: desmenuzar y reconstituir la vida, el cuerpo y sus más recónditos deseos, en el flujo y la actividad sísmica – y la puerta de escape – de la escritura.

Como afirma Oscar Montero, “[a] diferencia del yo hispanoamericano, que quiere representar, en toda la latitud de la palabra, para representarse, el yo de Casal […] no recibe el reconocimiento nacional, ni puede reflejarse en un concenso nacional, siquiera cultural.” De lo que se trata, continúa Montero, es de que “la autorrepresentación de Casal traza y retraza una marginación, más bien una parcelación constante.” En esos márgenes donde Casal elude el “concenso nacional,” concluye, “se custodia un secreto complejamente relacionado a la identidad sexual.” (5) Podríamos hablar, pues, de una política del yo casaliano articulada en pliegues y repliegues del sujeto, es decir, como una refutación a dejarse retratar, o identificar – no aún por testigos “oculares” – y, por lo tanto, involucrada en la producción de una identidad sospechosa, criminal. Pero la treta de Casal no consiste, sin embargo, en esconderse, sino más bien en decir que se esconde. El misterio de Casal, su secreto, lejos de constituirse en el engavetamiento del deseo, lo escenifica como un incesante parpadeo. Ese parpadeo es afirmativo.

Cuando, en “Rondeles,” se dirige a sus lectores – “De mi vida misteriosa / tétrica y desencantada / oirás contar una cosa / que te deje el alma helada” (Poesías, 161) – la vida misteriosa es una provocación, un desafío – en verdad una revelación – pero también una fuga. Los versos son el deíctico que apuntan a la vida misteriosa, que la dicen, como dicen también su “cosa” tremenda – y que al mismo tiempo la cierran, la vuelven inaccesible al preservarla en la celda de clausura del lenguaje, en la palabra cosa. El mensaje siniestro y provocador, oscilando entre la información, la advertencia y la amenaza, resulta demasiado inquietante para echarlo a un lado. Como propone Buckton, el secreto no tiene que denotar meramente la voluntad de negar información, sino que puede “iluminar un componente central y productivo del propio discurso autobiográfico.” De este modo el secreto “es usado para expresar una dinámica oscilación entre revelación y ocultamiento, técnica encaminada a despertar el interés [el deseo] del lector” (Secret Selves, 2).

El secreto, o «lo secreto» habita en los intersticios de lo que se sabe, de lo que se sospecha, de lo que no se quiere saber, de lo que, no obstante, hay que imaginar, en los entresuelos del chisme, de la confidencia, de la observación ocasional y, finalmente, en el precario paréntesis que cuelga entre el hombre que imagina a otros, el que se imagina a sí mismo, y el que imaginan los otros. Amigos y críticos sospecharon, imaginaron la soledad de Casal habitada por las perversiones de sus personajes, por la inversión de sus modelos franceses. Insisten demasiado en aislarlo de sus criaturas como para que no veamos la ansiedad, el miedo y la sospecha tras esas maniobras. Al no poder distinguir al uno de los otros, y a todos juntos de los decadentistas de los que se sospechaba y / o se sabía que eran homosexuales (Verlaine, en primer lugar), Casal deviene un emblema – yo diría que el emblema – de la realización plena del escritor decadentista latinoamericano. Recordemos que para Charles Bernheimer, “no es tanto el contenido referencial del término [decadencia] lo que trasmite su significado, como sí la dinámica de la paradoja y la ambivalencia que pone en movimiento.” Según Bernheimer, “eso que es fundamental a la apertura de esta herida semántica es precisamente el cruce contaminante […], el resbalón de la metáfora poética al hecho histórico, del sueño estético a la vida real, del libro sobre la decadencia a la existencia decadente” (énfasis nuestro). (6) Es en este sentido que Casal se aparta, como ya afirmamos en el capítulo 1, de lo que Sylvia Molloy llama el “doble discurso del modernismo.” Quizá sea esta la razón por la que, con excepción del ensayo que le dedica a Huysmans, no escribió sobre los decadentes. Sus pulmones, su respiración, su esputo, su sangre son decadentes; también lo es su escritura. No sólo admira a Huysmans y a los decadentes, sino que también puede reescribirlos y lo hace. Lejos estoy de sugerir, sin embargo, que fue algún tipo de Huysmans cubano, porque sería ése un obsequio barato. Sí diré que a su manera, con los medios de que disponía, logró realizar en Cuba – y por extensión en América Latina – aquello que los decadentes, con vientos más favorables, lograron realizar en París. Lezama, que no niega el poderoso influjo de Baudelaire sobre Casal, tampoco dudó del que éste habría podido ejercer sobre el poeta de las Flores del mal:

Tus disfraces, como el almirante samurai,

que tapó la escuadra enemiga con un abanico,

o el monje que no sabe qué espera en El Escorial,

hubieran producido otro escalofrío en Baudelaire.

Son sombríos rasguños, exagramas chinos en tu sangre,

se igualaban con la influencia que tu vida

hubiera dejado en Baudelaire,

………………………………………..

Ninguna estrofa de Baudelaire,

puede igualar el sonido de tu tos alegre.

Podemos retocar,

pero en definitiva lo que queda,

es la forma en que hemos sido retocados (“Oda,” 315, 317).

El decadentismo de Casal, puede argüirse, es prestado. Pero hay que recordar que casi todo lo que tenemos lo hemos tomado prestado, o simplemente robado. Y es ahí, en el robo, donde el derecho a la propiedad se vuelve problemático, puesto que a la pieza robada uno le añade sudores, ciertos dobleces, un escorzo inusitado; uno le mete el cuerpo y la ocupa, se mete en el cuerpo del otro, de lo que viene a resultar que ocupación tras ocupación, lavadura tras lavadura, sudada y sangrada, la pieza robada termina siendo del ropero de nadie, otra pieza más en el ensamblaje y acoplamiento de las máquinas deseantes, de los CsO.

Pero volvamos sobre nuestros pasos y preguntémonos qué es aquello que conecta el destello autobiográfico, la súbita aparición del yo autorial con «lo secreto». Si se trata de «lo sexual», insistimos, ¿cuál es el puente? Descartada la mujer por un proceso de eliminación, hay que decir que el objeto del deseo en la escritura casaliana es inconfundiblemente masculino. «Lo sexual», «lo secreto» y «lo autobiográfico» están anudados a una misma obsesión, a una idea fija, a una zona de concentración erótica y de lenguaje: la permanente obsesión de unos hombres con otros que observamos en la escritura de Casal, ¿será acaso el reflejo especular de una obsesión personal? ¿La obsesión de los personajes reproduce la de la persona? Y por otra parte, ¿no es personaje la persona? Estas son las preguntas a las que responderemos en el presente capítulo.

El sonido del cuerno en la espesura: caras y caretas del deseo

“El amante de las torturas:” el enchufe de las máquinas deseantes

Sugiero que la escritura de Casal está impulsada por la urgencia de constituir y representar un deseo sexual para el cual los nombres que estaban disponibles eran derogatorios. Estamos, pues, ante un proceso de auto-descubrimiento que marcha paralelo, que no puede sino marchar paralelamente a dos movimientos contrarios: la revelación y el ocultamiento.

Uno tiene que empezar, pues, mediante un proceso de eliminación: en la escritura de Casal la mujer, tanto explícita como implícitamente, es cualquier cosa menos el objeto del deseo sexual del yo. (7) Eliminada la mujer, sólo queda una opción: el hombre. O mejor, hombres, es decir, sujetos individuales que tienen una biografía (Darío, Noreña, Hernández Miyares, Luis de Baviera), o sujetos inventados, personajes (pero también con sus correspondientes historias, sus vidas, sus secretos). En efecto, la escritura de Casal nos confronta, continuamente, con la obsesión declarada, manifiesta, del yo por otros hombres – vivos, muertos, imágenes literarias, creaciones pictóricas, figuras mitológicas – y con la obsesión de unos hombres con otros, que fue lo que vimos en “El amante de las torturas.” Como se recordará, en este cuento en particular asistimos a una especie de obsesión en serie: el yo de Casal oculto tras el del narrador que llega a la librería es rápidamente fascinado por el «amante de las torturas». El relato que le hace el librero – no menos fascinado que él con el personaje – no hace sino incentivar esa fascinación que el final del cuento inscribe como una permanente y secreta obsesión con el otro masculino: “Y, sin decir una palabra, estreché su mano, cogí el sombrero y me refugié en mi soledad, donde he pensado mucho y donde pienso todavía en aquel extraño joven que, para conjurar su spleen, ha hecho del sufrimiento una voluptuosidad” (Prosas I, 237). El narrador se retira “sin decir una palabra” y se refugia en su soledad para pensar “mucho” en el “extraño joven.” La voluntad de silencio y la soledad en que aquél se refugia podrían equipararse al ocultamiento del deseo, a la negativa o a la imposibilidad de nombrarlo y de asumirlo en lo público. El retraimiento inaugura el secreto; sí, pero el texto que lo inaugura, que articula su aislamiento – que lo dice – lo reinscribe en el espacio público: el periódico. La soledad sin paredes y sin fondo del no discurso, de lo innombrable, no da a la frustración, sino a la intimidad y a la maquinación del deseo: “para pensar mucho en el extraño joven.” Esa meditación que lo enlaza apasionadamente al extraño joven – habría que decir queer – es el fundamento mismo de una marcha segura, sin titubeos, hacia su propio deseo, inaugurando así la posibilidad de nombrarlo, puesto que, como observa Didier Eribon, “[l]a participación en una misma sexualidad estigmatizada, así como la marginación y la exclusión que implica, es el fundamento de la constitución de un mundo específico” (8) (énfasis nuestro). La zona de intensidad, el punto focal de la mirada se crea alrededor tanto del cuerpo como de la escritura: pensar-escribir. Todo se cierra, no para el ocultamiento vergonzante, sino para la afirmación productiva. Secreto y soledad desembocan en una forma que se espesa mientras se disemina, que se reconstituye al desterritorializarse, al enchufarse a otras máquinas deseantes, entre ellas la del lector, cuya curiosidad busca excitar el texto.

La “Carta Abierta:” otra manera de vivir juntos

Los editores de la «Edición del Centenario» incluyeron en el tomo III una sección de “Notas y variantes” que, además de complementar los textos de Casal, ofrece información adicional escritores, personajes y sucesos de la época a los que el poeta hace referencia. Sobre el artículo de crítica literaria “Carta Abierta,” (9) que ya mencionamos al comienzo, se nos dice que el estilo del mismo no era inusual en esa época. “Para huirle a la pesadez del editorial expositivo,” explican los editores, “los redactores de La Habana Elegante escenificaban lo que querían decir: inventaban una escena un café y un personaje imaginario – o real – que hablaba con el periodista.” En cuanto a Carlos Noreña – y a quien, como se recordará, Casal le dedica su artículo – los editores expresan que al parecer “fue autor dramático festivo y también poeta humorístico; que hizo la carrera militar para ganarse el sustento; que era agudo y chispeante en la conversación.” Sobre su físico, “Ezequiel García dice que su aspecto era «simpático, muy alto, bastante grueso, de ojos dormidos y labios carnosos donde se encrespan unos bigotes delicados y presuntuosos»” (Prosas III, 128).

Es cierto que el ardid estilístico de inventar una situación para hacer menos tediosa la lectura no era infrecuente, lo cual, por cierto, era otra manera de mezclar – volviéndolas indistinguibles para el lector no avisado – la realidad y la ficción. Pero, aún si admitimos que quienes leían la revista estaban al tanto de esta costumbre, no puede eliminarse la posibilidad de la duda sobre la realidad de lo narrado, particularmente en aquellos casos en que la escena resultaba plausible o el personaje era real. Pero en el caso específico del texto de Casal, hay un detalle adicional que debemos observar. Las escenas que solían inventarse los periodistas de la época ocurrían por lo general, como expresan los editores de la «Edición del Centenario», en lugares públicos: el café, el teatro, la calle, o en la redacción del periódico en cuestión. Casal, sin embargo, elige como escenario para la introducción a su artículo, la casa donde, supuestamente, vivía solo con Noreña. Si a los lectores podía parecerles extraña – y de paso poco realista – la intempestiva llegada de Noreña “echando las puertas abajo,” sobre todo porque como se ve enseguida nada justifica ese exagerado dramatismo, sí podían creer, o pudieron creer, que ambos escritores vivían juntos.

Casal sabía lo que estaba diciendo, y lo que otros lectores así como sus amigos – incluso aquéllos que sabían que la historia no era cierta – hubieran podido pensar. De modo que hace la aclaración correspondiente. “[T]e apareciste de improviso en la casa que habitábamos,” le dice a Noriega, para agregar enseguida: “Apenas entraste en la casa, te dirigiste a mi habitación, donde la noche iba a empezar […].” Nótese que la especificación de que cada uno tiene su propia habitación sólo tiene un propósito: decirle al lector que no duermen juntos. Lo que se implica es que hay dos camas en cuartos diferentes.

No podemos descuidar en este caso el hecho de que a los lectores se los invita a escuchar, a entrar, en una conversación íntima entre Casal y Noreña. La escena gana en intimidad por dos detalles importantes. En primer lugar porque, si bien se sugiere que los amigos duermen en habitaciones separadas, Noreña se dirige inmediatamente a la de Casal. Lo segundo, es que la llegada; o mejor, la entrada del recién llegado a la habitación del primero tiene lugar al mismo tiempo que comienza la noche. Más aún, se trata de que el dato de la hora o del momento de la llegada de Noriega es crucial para lo que estamos viendo aquí: las artimañas del texto para expresar, sugerir – oblicua, pero exitosamente – un deseo que no podía decirse de otra manera que no fuera ésa. Esos esfuerzos por hablar explican la escandalosa contradicción – y quizá premeditada – en que incurre el texto. Noreña llega “casi al amanecer,” pero al dirigirse a la habitación de Casal resulta que “la noche iba a empezar.” La oscuridad entra con Noreña a la habitación donde los ojos humeantes de Casal convocan la noche porque, continúa éste, “yo odiaba al sol, aunque menos que ahora, pues como entonces no necesitaba verle la cara, nunca se la veía ni me ocupaba para nada de él.” La reclusión sugerida por este comentario, y su asociación con la noche, sitúan la escena en un espacio de comprometedora intimidad y de secreto. No puedo evitar, al llegar a este punto, recordar los “ojos dormidos” y “los labios carnosos” que, según Ezequiel García, tenía Noreña. No puedo sino imaginar cómo habrían despertado los ojos de Casal frente a esos “ojos dormidos;” cómo debió animarse la letra al recuerdo y a la invención de los “bigotes delicados y presuntuosos,” mientras fluía gozosamente de la mano, de lo oscuro.

1) El anecdotario de Casal lo inicia al parecer Francisco Chacón con el artículo “Notas de mi cartera.” El Fígaro, 26 de noviembre de 1885. A esto hay que añadir, desde luego, los frecuentes reportes sobre la evolución de la enfermedad de Casal publicados en La Habana Elegante, así como los de El Fígaro sobre la visita de Darío a La Habana.

2) La carta a Moreau es del 16 de septiembre de 1891. Ver: Francisco Morán. “Hacia una dialéctica del amo y el esclavo: las cartas de Julián del Casal a Gustave Moreau. «Carta 3». Katatay. Año II. No.3/4, 2006: 185. Rubén Darío: “Julián del Casal.” OC 1. 696.

3) Obsérvese como la prisa con que entra Noreña hace saltar enseguida en Casal (aún si sólo se trata de un chiste) la sospecha de un desvío de la ley.

4) Oliver S. Buckton. Secret Selves. Confession and Same-Sex Desire in Victorian Autobiography. Chapel Hill, London: The University of North Carolina Press, 1998. 4.

5) Oscar Montero. Erotismo y representación, 43.

6) Charles Bernheimer. Decadent Subjects. Baltimore and London: The Johns Hopkins University Press, 2002, 5.

7) Las declaraciones de Casal son bastante explícitas en este sentido. Si amada, la mujer está muerta. Es el caso del poema “Del libro negro:” “Uní mi boca con su boca yerta; / estreché convulsivo su garganta, / y en aquel triste abrazo y mudo beso / la dejé toda el alma” ( Poesías, 22). Un texto interesante es el poema “Lazos de amor,” que Casal dedica “A un amigo.” Aquí el yo intenta consolar al amigo cuya “hermosa adorada” ha muerto. Curiosamente, los versos finales proponen el enlace de los dos amigos – a expensas de la mujer muerta – en lo que parece una reescritura del voto matrimonial: “Pues uno es nuestro pesar / una sea nuestra suerte. / ¡Las almas que unió la muerte / no se deben separar!” (33). Otras veces, la mujer se convierte en pantalla del ritual travestista del yo. Es lo que lee Molloy en el poema “Kakemono” (ver “The Politics of Posing,” 188). Una de las más conocidas declaraciones de Casal respecto a la mujer es el primer verso del soneto “A la castidad:” “Yo no amo la mujer…” (120). Otro ejemplo son los versos de “Camafeo,” en los que luego de extasiarse ante la belleza de María Cay, la rechaza bruscamente: “Mas no te amo. Tu hermosura encierra / tan sólo para mí focos de hastío…” (129).

8) Didier Eribon. Reflexiones sobre la cuestión gay. Barcelona: Anagrama, 2001. 44.

9) Casal comenta el libro “que acaba de publicar” el poeta mexicano Luis G. Urbina. Debe tratarse de Versos, que fue publicado en 1890.



El miedo en el cuerpo

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Lectura dominical:

J. D. Salinger

Un día perfecto para el pez plátano

En el hotel había noventa y siete agentes de publicidad neoyorquinos. Como monopolizaban las líneas telefónicas de larga distancia, la chica del 507 tuvo que esperar su llamada desde el mediodía hasta las dos y media de la tarde. Pero no perdió el tiempo. En una revista femenina leyó un artículo titulado «El sexo es divertido o infernal». Lavó su peine y su cepillo. Quitó una mancha de la falda de su traje beige. Corrió un poco el botón de la blusa de Saks. Se arrancó los dos pelos que acababan de salirle en el lunar. Cuando, por fin, la operadora la llamó, estaba sentada en el alféizar de la ventana y casi había terminado de pintarse las uñas de la mano izquierda.
No era una chica a la que una llamada telefónica le produjera gran efecto. Se comportaba como si el teléfono hubiera estado sonando constantemente desde que alcanzó la pubertad.
Mientras sonaba el teléfono, con el pincelito del esmalte se repasó una uña del dedo meñique, acentuando el borde de la lúnula. Tapó el frasco y, poniéndose de pie, abanicó en el aire su mano pintada, la izquierda. Con la mano seca, tomó del alféizar un cenicero repleto y lo llevó hasta la mesita de noche, donde estaba el teléfono. Se sentó en una de las dos camas gemelas ya hecha y—ya era la cuarta o quinta llamada—levantó el auricular del teléfono.
—Diga—dijo, manteniendo extendidos los dedos de la mano izquierda lejos de la bata de seda blanca, que era lo único que llevaba puesto, junto con las chinelas: los anillos estaban en el cuarto de baño.
—Su llamada a Nueva York, señora Glass—dijo la operadora.
—Gracias—contestó la chica, e hizo sitio en la mesita de noche para el cenicero.
A través del auricular llegó una voz de mujer:
—¿Muriel? ¿Eres tú?
La chica alejó un poco el auricular del oído.
—Sí, mamá. ¿Cómo estás?—dijo.
—He estado preocupadísima por ti. ¿Por qué no has llamado? ¿Estás bien?
—Traté de telefonear anoche y anteanoche. Los teléfonos aquí han...
—¿Estás bien, Muriel?
La chica separó un poco más el auricular de su oreja.
—Estoy perfectamente. Hace mucho calor. Este es el día más caluroso que ha habido en Florida desde...
—¿Por qué no has llamado antes? He estado tan preocupada...
—Mamá, querida, no me grites. Te oigo perfectamente —dijo la chica—. Anoche te llamé dos veces. Una vez justo después...
—Le dije a tu padre que seguramente llamarías anoche. Pero no, él tenía que... ¿estás bien, Muriel? Dime la verdad.
—Estoy perfectamente. Por favor, no me preguntes siempre lo mismo.
—¿Cuándo llegasteis?
—No sé... el miércoles, de madrugada.
—¿Quién condujo?
—Él—dijo la chica—. Y no te asustes. Condujo bien. Yo misma estaba asombrada.
—¿Condujo él? Muriel, me diste tu palabra de que...
—Mamá—interrumpió la chica—, acabo de decírtelo. Condujo perfectamente. No pasamos de ochenta en todo el trayecto, ésa es la verdad.
—¿No trató de hacer el tonto otra vez con los árboles?
—Vuelvo a repetirte que condujo muy bien, mamá. Vamos, por favor. Le pedí que se mantuviera cerca de la línea blanca del centro, y todo lo demás, y entendió perfectamente, y lo hizo. Hasta se esforzaba por no mirar los árboles... se notaba. Por cierto, ¿papá ha
hecho arreglar el coche?
—Todavía no. Es que piden cuatrocientos dólares, sólo para...
—Mamá, Seymour le dijo a papá que pagaría él. Así que no hay motivo para...
—Bueno, ya veremos. ¿Cómo se portó? Digo, en el coche y demás...
—Muy bien—dijo la chica.
—¿Sigue llamándote con ese horroroso...?
—No. Ahora tiene uno nuevo
—¿Cuál?
—Mamá... ¿qué importancia tiene?
—Muriel, insisto en saberlo. Tu padre...
—Está bien, está bien. Me llama Miss Buscona Espiritual 1948—dijo la chica, con una risita.
—No tiene nada de gracioso, Muriel. Nada de gracioso. Es horrible. Realmente, es triste. Cuando pienso cómo...
—Mamá—interrumpió la chica—, escúchame. ¿Te acuerdas de aquel libro que me mandó de Alemania? Unos poemas en alemán. ¿Qué hice con él? Me he estado rompiendo la cabeza...
—Lo tienes tú.
—¿Estás segura?—dijo la chica.
—Por supuesto. Es decir, lo tengo yo. Está en el cuarto de Freddy. Lo dejaste aquí y no había sitio en la... ¿Por qué? ¿Te lo ha pedido él?
—No. Simplemente me preguntó por él, cuando veníamos en el coche. Me preguntó si lo había leído.
—¡Pero está en alemán!
—Sí, mamita. Ese detalle no tiene importancia—dijo la chica, cruzando las piernas—. Dijo que casualmente los poemas habían sido escritos por el único gran poeta de este siglo. Me dijo que debería haber comprado una traducción o algo así. O aprendido el idioma... nada menos.. .
—Espantoso. Espantoso. Es realmente triste... Ya decía tu padre anoche...
—Un segundo, mamá—dijo la chica. Se acercó hasta el alféizar en busca de cigarrillos, encendió uno y volvió a sentarse en la cama—. ¿Mamá?—dijo, echando una bocanada de humo.
—Muriel, mira, escúchame.
—Te estoy escuchando.
—Tu padre habló con el doctor Sivetski.
—¿Sí?—dijo la chica.
—Le contó todo. Por lo menos, eso me dijo, ya sabes cómo es tu padre. Los árboles. Ese asunto de la ventana. Las cosas horribles que le dijo a la abuela acerca de sus proyectos sobre la muerte. Lo que hizo con esas fotos tan bonitas de las Bermudas... ¡Todo!
—¿Y...?—dijo la chica.
—En primer lugar, dijo que era un verdadero crimen que el ejército lo hubiera dado de alta del hospital. Palabra. En definitiva, dijo a tu padre que hay una posibilidad, una posibilidad muy grande, dijo, de que Seymour pierda por completo la razón. Te lo juro.
—Aquí, en el hotel, hay un psiquiatra —dijo la chica.
—¿Quién? ¿Cómo se llama?
—No sé. Rieser o algo así. Dicen que es un psiquiatra muy bueno.
—Nunca lo he oído nombrar.
—De todos modos, dicen que es muy bueno.
—Muriel, por favor, no seas inconsciente. Estamos muy preocupados por ti. Lo cierto es que... anoche tu padre estuvo a punto de enviarte un telegrama para que volvieras inmediatamente a casa...
—Por ahora no pienso volver, mamá. Así que tómalo con calma
—Muriel, te doy mi palabra. El doctor Sivetski ha dicho que Seymour podía perder por completo la...
—Mamá, acabo de llegar. Hace años que no me tomo vacaciones, y no pienso meter todo en la maleta y volver a casa porque sí—dijo la chica—. Por otra parte, ahora no podría viajar. Estoy tan quemada por el sol que ni me puedo mover.
—¿Te has quemado mucho? ¿No has usado ese bronceador que te puse en la maleta? Está...
—Lo usé. Pero me quemé lo mismo.
—¡Qué horror! ¿Dónde te has quemado?
—Me he quemado toda, mamá, toda.
—¡Qué horror!
—No me voy a morir.
—Dime, ¿has hablado con ese psiquiatra?
—Bueno... sí... más o menos...—dijo la chica.
—¿Qué dijo? ¿Dónde estaba Seymour cuando le hablaste?
—En la Sala Océano, tocando el piano. Ha tocado el piano las dos noches que hemos pasado aquí.
—Bueno, ¿qué dijo?
—¡Oh, no mucho! ¡Él fue el primero en hablar. Yo estaba sentada anoche a su lado, jugando albingo, y me preguntó si el que tocaba el piano en la otra sala era mi marido. Le dije que sí, y me preguntó si Seymour había estado enfermo o algo por el estilo. Entonces yo le dije...
—¿Por que te hizo esa pregunta?
—No sé, mamá. Tal vez porque lo vio tan pálido, y yo qué sé—dijo la chica—. La cuestión es que, después de jugar al bingo, él y su mujer me invitaron a tomar una copa. Y yo acepté. La mujer es espantosa. ¿Te acuerdas de aquel vestido de noche tan horrible que vimos en el escaparate de Bonwit? Aquel vestido que tú dijiste que para llevarlo había que tener un pequeño, pequeñísimo...
—¿El verde?
—Lo llevaba puesto. ¡Con unas cadenas...! Se pasó el rato preguntándome si Seymour era pariente de esa Suzanne Glass que tiene una tienda en la avenida Madison... la mercería...
—Pero ¿qué dijo él? El médico.
—Ah, sí... Bueno... en realidad, no dijo mucho. Sabes, estábamos en el bar. Había mucho barullo.
—Sí, pero... ¿le... le dijiste lo que trató de hacer con el sillón de la abuela?
—No, mamá. No entré en detalles—dijo la chica—. Seguramente podré hablar con él de nuevo. Se pasa todo el día en el bar.
—¿No dijo si había alguna posibilidad de que pudiera ponerse... ya sabes, raro, o algo así...? ¿De que pudiera hacerte algo...?
—En realidad, no—dijo la chica—. Necesita conocer más detalles, mamá. Tienen que saber todo sobre la infancia de uno... todas esas cosas. Ya te digo, había tanto ruido que apenas podíamos hablar.
—En fin. ¿Y tu abrigo azul?
—Bien. Le subí un poco las hombreras.
—¿Cómo es la ropa este año?
—Terrible. Pero preciosa. Con lentejuelas por todos lados.
—¿Y tu habitación?
—Está bien. Pero nada más que eso. No pudimos conseguir la habitación que nos daban antes de la guerra—dijo la chica—. Este año la gente es espantosa. Tendrías que ver a los que se sientan al lado nuestro en el comedor. Parece que hubieran venido en un
camión.
—Bueno, en todas partes es igual. ¿Y tu vestido de baile?
—Demasiado largo. Te dije que era demasiado largo.
—Muriel, te lo voy a preguntar una vez más... ¿En serio, va todo bien?
—Sí, mamá—dijo la chica—. Por enésima vez.
—¿Y no quieres volver a casa?
—No, mamá.
—Tu padre dijo anoche que estaría encantado de pagarte el viaje si quisieras irte sola a algún lado y pensarlo bien. Podrías hacer un hermoso crucero. Los dos pensamos...
—No, gracias—dijo la chica, y descruzó las piernas—.
—Mamá, esta llamada va a costar una for...
—Cuando pienso cómo estuviste esperando a ese muchacho durante toda la guerra... quiero decir, cuando unapiensa en esas esposas alocadas que...
—Mamá—dijo la chica—. Colguemos. Seymour puede llegar en cualquier momento.
—¿Dónde está?
—En la playa.
—¿En la playa? ¿Solo? ¿Se porta bien en la playa?
—Mamá—dijo la chica—. Hablas de él como si fuera un loco furioso.
—No he dicho nada de eso, Muriel.
—Bueno, ésa es la impresión que das. Mira, todo lo que hace es estar tendido en la arena. Ni siquiera se quita el albornoz.
—¿Que no se quita el albornoz? ¿Por qué no?
—No lo sé. Tal vez porque tiene la piel tan blanca.
—Dios mío, necesita tomar sol. ¿Por qué no lo obligas?
—Lo conoces muy bien—dijo la chica, y volvió a cruzar las piernas—. Dice que no quiere tener un montón de imbéciles alrededor mirándole el tatuaje.
—¡Si no tiene ningún tatuaje! ¿O acaso se hizo tatuar cuando estaba en la guerra?
—No, mamá. No, querida—dijo la chica, y se puso de pie—. Escúchame, a lo mejor te llamo otra vez mañana.
—Muriel, hazme caso.
—Sí, mamá—dijo la chica, cargando su peso sobre la pierna derecha.
—Llámame en cuanto haga, o diga, algo raro..., ya me entiendes. ¿Me oyes?
—Mamá, no le tengo miedo a Seymour.
—Muriel, quiero que me lo prometas.
—Bueno, te lo prometo. Adiós, mamá—dijo la chica—. Besos a papá—y colgó.

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