Cuba y sus intelectuales: Jesús Laó a Duanel Díaz, y réplica
Jorge Ferrer | 01/09/2007 1:43
Sinopsis
Hace unos meses Duanel Díaz publicó en el blog Penúltimos días un artículo que tituló «La mediocracia cubana». Duanel se refería a varios escritores cubanos residentes en la Isla y glosaba los méritos de que han sido merecedores últimamente, según las instituciones culturales cubanas que los aúpan y cubren de lauros. Su tesis se descubría ya desde el título que eligió para la pieza. Una «mediocracia», sostuvo, habría usurpado el ámbito cultural, toda vez que la «válvula del exilio» les dejaba el campo libre a los intelectuales que optaban por permanecer en Cuba.
Jesús Laó, joven residente en La Habana y del que ya inserté aquí una Réplica a Soledad Cruz, pone a rodar ahora nueva réplica, ésta a Duanel. Vehemente y enfático, Laó acusa a Duanel de «iconoclasta» y «defenestrador». Seguidamente, se dedica a vindicar a los escritores que supone maltratados por el ensayista exiliado. «Por suerte», acaba diciendo, «los rumbos de la ensayística, la literatura y el pensamiento en Cuba, en sus mejores exponentes (y al margen de los oportunistas de siempre, de los vendedores- del alma-al-diablo, de los que bajan la cabeza a todo y escriben en esa misma posición) se impone, sigue su marcha indetenible…»
Más allá de las razones que asistan a uno y al otro, lo cierto es que la polémica, que continúa con respuesta a Laó que me envía Duanel Díaz -cortesía que le agradezco-, apunta a asunto debatido en otros países involucrados en transiciones de regímenes totalitarios o autoritarios a sociedades democráticas, a saber, el valor de la obra escrita bajo el Ancien Régime por intelectuales que participaron de las ideologías totalitarias o prefirieron someterse al corsé que éstas les imponían. ¿Hasta qué punto la evidente presencia de la censura y la autocensura lastró las páginas escritas por quienes se sometieron a ellas, gustosos o renuentes? ¿Sirve el passage del exilio para blasonar de libertad ante quienes «se quedaron»? ¿Sirve, sobre todo, para ufanarse de una amplitud de miras que cabe restar a la obra, en el caso que nos ocupa, «revolucionaria»?
Duanel o la caída de los dioses
Jesús Laó
Duanel Díaz es todo un iconoclasta, o para hablar más en cubano, no deja “títere con cabeza”; según su reciente artículo “La mediocracia cubana” andamos huérfanos de escritores (particularmente de ensayistas). Él, Dios (al parecer), o quizá más severo aún, como quiera que según los teólogos, el Creador es tolerante, perdona y propicia tales sentimientos, opina que el panorama literario actual en Cuba es de miedo y que aún en los mejores casos, la incondicionalidad al régimen despoja de cualquier mérito los frutos de esas plumas.
No niego que los totalitarismos de cualquier signo resultan, cuanto menos, empobrecedores: las histerias, los resentimientos y las incondicionalidades lo mismo al socialismo que a las “democracias” neoliberales resultan a la larga (y hasta a la corta) perjudiciales al ejercicio del criterio, a la sana confrontación o al imprescindible debate. Y claro que no hablo sólo de la Historia, de los frutos del maccarthysmo o del “socialismo real”: es algo que se proyecta como una invariante, por tanto cíclica y semejante, en el devenir temporal.
En un artículo anterior me refería a la chatura artística que padecía un programa televisivo que pudiera ser tan útil y poderoso como La Mesa Redonda, y no precisamente por el carácter de su contenido, sino por una deficiente morfología que, lejos de generar confrontaciones o matices al discurso insiste irremediablemente en el monolito y la afirmación mecanicista (piénsese, por ejemplo, cuánto pudiera ganar la sociedad si el espacio incorporara debates como los que han tenido lugar por estos días en la red, o los que hace meses trascendieron incluso nuestras fronteras, mas paradójicamente, ni salpicaron al pueblo).
Pero nada mejores son las participaciones en espacios similares de la televisión miamense cuando se sustituye (como ocurre frecuentemente) la serenidad reflexiva y la discusión enriquecedora con la alienación anticomunista, antifidelista y antidiálogo.
En otras palabras: donde no hay flujo de ideas diversas, no hay sino estancamiento; donde preside un pensamiento único se oxidan las ideas; donde la histeria y el griterío sustituyen el respetuoso intercambio, nada en claro se saca. Y resulta que Duanel Díaz, no sólo es el colmo de la parcialidad (según él, adepción al comunismo resulta siempre inversamente proporcional al alcance literario) sino que, más allá incluso de comprometimientos políticos, el que simplemente se quedó e intenta hacer su trabajo decorosamente en la isla, está de por sí, automática e irreversiblemente, inoculado con el virus de la mediocridad.
Vayamos a algunos de los ejemplos a que echa mano el joven crítico para ilustrar su tesis; y aún cuando la médula de cualquier valoración y hasta gusto es el subjetivismo, hechos y obras hablan más allá de éste; digamos, ¿por qué no merece elogios “un pretencioso libro de Virgilio López Lemus”, habiéndose destacado el estudioso por el rigor y seriedad en las especialidades que trabaja (la poesía cubana, la décima entre ellas)? ¿No puede dedicarse a la doctora Ana Cairo (investigadora esencial en procesos culturales nuestros, en la ensayística de los siglos XIX y XX, por ejemplo) un “El autor y su obra”? .
Laidis Fernández de Juan tiene, como cualquier escritor, textos menores y mejores, pero creo legítimamente se ha granjeado un sitio ya respetable en la narrativa cubana; Monseñor Carlos Manuel de Céspedes no es sólo un sacerdote dedicado a su misión religiosa, sino un intelectual entregado a la conservación y desarrollo del idioma, por lo cual, no hay motivo que obste su ingreso a la Academia de la Lengua.
Un gazapo de Lisandro Otero, ¿va a borrar de un golpe de teclado su meritoria y singular novelística?
El Dr. Rogelio Rodríguez Coronel (de quien he recibido clases) puede haber salido de sus estudios en la ex – URSS con “lamentables amagos de la teoría marxista”, no lo niego (¿quién está libre de las huellas que dejan estudios dilatados y profundos, por muy errados que sean?) pero, teniendo en cuenta por otro lado que no todo en los mismos es desechable ni mucho menos, ha sabido aplicar y trasmitir, en sus conferencias y ensayos, mucho de lo mejor y más avant garde de la teoría literaria y cultural, y su historia, lo mismo de signo marxista que de otras escuelas y tendencias que nada tienen que ver con aquella, y que incluso se le oponen.
Acaso la única intelectual que escapa un tanto a la ira anticomunista y anticastrista de Duanel es la doctora Luisa Campuzano, de quien elogia su excelente Quirón o del ensayo y otros eventos , (¡lástima fuera!) pero claro, hasta un punto, pues, faltaba más, “la autocensura, la servidumbre y el clientelismo limitan considerablemente”.
No podían quedar fuera de su infalible diana, y a manera de colofón, dos respetables ensayistas de diferentes generaciones, pero en cuyos nombres se resume, sin dudas, justamente lo contrario de lo que el joven sagitario pretende hacernos creer en su artículo: la lucidez y sapiencia del pensamiento cubano aún el que vive, trabaja y se quedó en la isla: me refiero a Roberto Fernández Retamar y a Rufo Caballero.
Del primero, Díaz opina que “de sus libros de ensayo los únicos verdaderamente orgánicos son los dos estudios que escribió antes de la Revolución: la tesis sobre la poesía moderna en Cuba y el repaso de las corrientes de la estilística”, criterio bien discutible, si tenemos en cuenta que, no ya el clásico Calibán (como quiera que, realmente, el iluminador Idea de la estilística procede de 1958) fue escrito dentro de la revolución, sino otros títulos no menos aportadores y elogiados incluso por críticos foráneos (y nada marxistas) como Ensayo de otro mundo (1967) e Introducción a Martí (1978). Por cierto, ya que a Duanel le gusta citar tanto a Lezama, voy a regalarle estas líneas que nuestro patriarca escribió sobre el ensayista Retamar, tan denostado por él: “es muy cubano, curtido por el árbol que golpea el árbol universal del conocimiento. Se esboza en él una alegría que marcha acompañada del destino opulento del cubano, del cubano mejor, que es universalmente sencillo."
Sobre Rufo, es de vieja data la animadversión de Díaz: lo utilizó para su primer “gran show”, su debut, su “escalada” aún dentro de la isla; el aún joven ensayista ingenuamente, cayó en la trampa y le contestó, donándole el protagonismo y la estatura de que, por supuesto, carecía y que precisamente buscaba a rabiar con su embestida.
Volviendo a Caballero, uno puede estar de acuerdo o no, como en todo, con asertos que se leen en sus libros América clásica y Sedición en la pasarela, pero sería absurdo considerar un mero “traficante de falsas novedades” a quien ha realizado sin dudas, notables aportes a la culturología entre nosotros.
Por suerte, los rumbos de la ensayística, la literatura y el pensamiento en Cuba, en sus mejores exponentes (y al margen de los oportunistas de siempre, de los vendedores-del-alma-al-diablo, de los que bajan la cabeza a todo y escriben en esa misma posición) se impone, sigue su marcha indetenible, pese a estos últimos, pese a los dogmas de todos los signos y tendencias, pese a iconoclastas y defenestradores como Duanel Díaz.
A propósito, ¿alguien ha leído alguna reseña, aunque sea negativa, aquí o allá, sobre Mañach o la República, con todo y su Premio de la Crítica?
¿No será que Duanel trata de cubrir el silencio y la indiferencia sobre sí con la burla y el desprecio sobre los otros?
C. de la Habana, 31 de agosto de 2007
Respuesta a Jesús Laó
Duanel Díaz
Como hace unos años Rufo Caballero, Jesús Laó me pinta como una especie de César de Guanabacoa; iconoclasta, “defenestrador”, alma vendida al diablo... Si al criticar un libro de Caballero di mi primer “gran show”, ahora, en el exilio, me dedico a negarle la sal y el agua no ya a quienes están comprometidos con el régimen, sino a todo aquel que no se haya ido del país. Según mi mezquino punto de vista, “el que simplemente se quedó e intenta hacer su trabajo decorosamente en la isla, está de por sí, automática e irreversiblemente, inoculado con el virus de la mediocridad.”
Que Rufo me presentara como advenedizo parricida y arribista me resultó, hasta cierto punto, comprensible y, sobre todo, predecible, pues al fin y al cabo yo estaba cuestionando el rigor y la calidad de libros suyos que han sido muy elogiados en Cuba, pero esta “respuesta” donde Jesús Laó, viendo burla donde no hay sino crítica, desprecio donde hay sólo opinión, me caricaturiza parece bastante más extraña, sobre todo si tenemos en cuenta que el escrito al que Laó ahora “responde” se publicó hace casi un año. Eran los primeros tiempos del blog Penúltimos días, y no creo que mucha gente haya leído “La mediocracia intelectual”. No habiéndose perdido gran cosa, desde luego, pues se trata de una nota del todo prescindible. ¿Qué sentido tiene, entonces, que Laó la desentierre ahora?
Pero no voy a especular sobre los motivos que el crítico pueda tener, aun cuando él concluye su impugnación atribuyendo mis supuestas “burla y desprecio” de los otros a una intención de cubrir el “silencio y la indiferencia” que siguió a Mañach y la República. No es exacto que no se haya publicado ninguna reseña de este librito mío, pues se publicó una, bastante crítica, en la revista Espacios, de la archidiócesis de La Habana. Pero como este asunto no viene al caso, me limitaré a continuación a refutar la muy mala lectura que Laó hace de “La mediocracia intelectual”.
Cualquiera que lea esa breve nota podrá comprobar cuan burdamente Laó la tergiversa. Jamás dije allí que “la adepción (sic) al comunismo resulta siempre inversamente proporcional al alcance literario”. Nunca lo he pensando, y en otras ocasiones he refutado esa falacia, al sostener, por ejemplo, que “Excelente poeta fue Guillén, que cantó no sólo a Castro sino también a Stalin, en cuya cuenta están mucho más muertes que en la de ese Comandante que, muy a su pesar, ha tenido que trabajar siempre en un laboratorio de reducidas dimensiones. Excelentes poetas Retamar y Jamís, sostenidos apologistas de la dictadura, muy superiores –en tanto poetas– que otros que se han mantenido al margen o han disentido abiertamente.”
Menos aun he dicho que todo el que se queda en Cuba “está inoculado con el virus de la mediocridad”. Justamente cuando, hace unos meses, me hice eco de la noticia de que cuatro escritores cubanos habían sido seleccionados entre los 39 mejores de América Latina menores de 39 años –noticia que, por cierto, apenas trascendió en los medios oficiales cubanos-, destaqué justamente el reconocimiento a la obra de Ena Lucía Portela, quien vive en Cuba. Lo que digo en “La mediocracia intelectual” es que las instituciones culturales están aupando cada vez más a escritores e intelectuales de escaso talento que, en muchas ocasiones, se muestran dispuestos a colaborar con la dictadura. “Leyendo las revistas culturales de la Isla, a veces parece como si regresáramos a la chatura de los 70. Entonces, los mejores fueron silenciados y muchos mediocres pudieron publicar a sus anchas. Ahora, desvanecida del todo por la válvula del exilio aquella efervescencia de los ochenta plena de ingenuas ilusiones de perestroika, queda un páramo donde pululan los mediocres”, escribí.
No discutiré a Laó su valoración de las obras de Virgilio López Lemus, Laidi Fernández de Juan, Rogelio Rodríguez Coronel, Virgilio López Lemus y Rufo Caballero; como el propio Laó reconoce, se trata de algo subjetivo, y no tiene caso perder el tiempo en ello. En cuanto a Retamar, sí quiero señalar unos errores de mi contradictor que sólo pueden deberse a su ignorancia de lo que es un libro orgánico o de la propia obra de Retamar. Más que un libro, Calibán es un ensayo; tendrá a lo sumo treinta páginas. Ensayo de otro mundo es una compilación de ensayos autónomos, como la Introducción a José Martí. Que “de sus libros de ensayo los únicos verdaderamente orgánicos son los dos estudios que escribió antes de la Revolución: la tesis sobre la poesía moderna en Cuba y el repaso de las corrientes de la estilística” es, pues, un hecho objetivo. Mi punto no es que Retamar sea mediocre; pienso justo lo contrario: es posiblemente el mejor ensayista de su generación, pero creo que su largo compromiso con la dictadura ha lastrado no poco su obra: Calibán, ese panfleto que en nombre del mundo nuevo brindó una coartada intelectual al “caso Padilla” y tachó de decadentes a escritores como Borges y Fuentes, carece hoy de toda vigencia.
Cuando para refutarme Láo recuerda que los ensayos de Retamar han sido “elogiados incluso por críticos foráneos (y nada marxistas)”, posiblemente se refiera precisamente a Calibán. Pero hay aquí un malentendido que también es preciso señalar. Es evidente que, contra lo que algunos renombrados estudiosos, incluso desde de la propia academia norteamericana, han sostenido, este escrito poco tiene que ver con el pensamiento crítico que representan Said, Bhabha y Spivak. El propio Fernández Retamar lo reconoce al apuntar en una nota al pie del ensayo “Calibán quinientos años más tarde” ( Nuevo Texto Crítico, enero-junio, 1993) que Gayatri C. Spivak no lo ha comprendido bien cuando en “Three Women’s Texts and a Critique of Imperialism” ( Critical Inquiry, otoño de 1985) afirma que “Calibán” niega “la posibilidad de una ‘cultura latinoamericana’ identificable”. Raigalmente extraña al espíritu y la letra del manifiesto de Fernández Retamar, esta negación caracteriza a la teoría poscolonial cuyo intento de superar la dicotomía de lo colonial y lo anticolonial pasa por la crítica –de inspiración derrideana en el caso de Spivak y en el de Bhabha; foucaultiana en el de Said– de todo esencialismo identitario. La mala lectura de Spivak evidencia entonces claramente el abismo entre la perspectiva anticolonial del texto de Retamar y la que, en rigor, cabe llamar poscolonial. La búsqueda de espacios “in-between” y la deconstrucción de las “metonimias de la presencia” que esta teoría crítica emprende en su esfuerzo por repensar el marxismo y el postestructuralismo desde la perspectiva de un Tercer Mundo posterior a la Guerra Fría es totalmente ajena a aquel ensayo que el propio Retamar ha insistido en comprender en su contexto, que es aquel año funesto de 1971 en que el dogmatismo marxismo-leninista se impuso definitivamente en Cuba.
Me parece que, en la medida en que tienen que ver sobre todo con las ideas, es en el ensayo y la crítica donde la colaboración con la dictadura resulta más limitante, y que es justo ahí, en el terreno del criterio y del pensamiento, donde el daño que se hizo en los setenta es más difícil de reparar. Todo esto es materia de debate, desde luego, pero no creo que Laó, que pone al mismo nivel las “incondicionalidades lo mismo al socialismo que a las “democracias” neoliberales”, la unanimidad de la mesa redonda y los programas de debate de la televisión de Miami, pueda aportar mucho a él.
Ilustración: Tomás Esson. Partiendo a la nacionalidad encontré el sueño de las bolas negras y los soles rompiéndome la imagen , 1987
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 01/09/2007 17:56



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