Dominicales, y Jean-François Revel
Jorge Ferrer | 02/09/2007 14:29
Con la larga entrevista de hoy al presidente del Gobierno español comienza la campaña electoral en España. “No gobernaré si no logro un voto más que Rajoy”, dice Zapatero a El País. Es anuncio al que debemos atender los no sé cuántos decenas de miles de cubanos que votamos en España. Existe la posibilidad de votar por alguien, Mariano Rajoy, que -nos guste él más o menos-, tratará a los Hermanos Castro como lo que son. Existe la posibilidad de votar como españoles y también como cubanos. Creo que no es cosa desdeñable.
Hoy en The New York Times, dos tazas. La Cuba del Norte y la Cuba insular. Siempre entremezcladas: la primera pieza cuenta que se discute ante una jueza de familia qué hacer con criatura a la que el American dream se la quiere llevar de rebote. Rechazada a la primera, ahora un Cubas -¡qué hábil guionista apellidó así al personaje?- le ofrece reenganche. Hay, además, presunto guajiro, presunta mater dolorosa y más que presuntos abogados tramposos, además de probados castristas.
La otra, narra la muerte de los frigidaires, vestigios de otros tiempos en las cocinas cubanas. "“They took away my señor and replaced him with a little guy,” said a 47-year-old cook who lives in the Reparto Zamora district in western Havana", leo. Uf, ¿no estará hablando del interinato esa señora?
Lectura dominical:
Sobre algunas contradicciones del antiamericanismo
(Fragmento)
Jean-François Revel
Es una paradoja: desde el fin de la guerra fría los Estados Unidos son más detestados y desaprobados, a veces incluso por sus propios aliados, que durante ella por los partidarios declarados o no del comunismo. Observemos la diligencia y la constancia con que las autoridades democráticas o religiosas se han puesto de parte de Fidel Castro, por la única razón de que es objeto del embargo americano, por lo demás falazmente bautizado «bloqueo» para las necesidades de la causa. Ahora bien, Cuba no ha cesado de comerciar con el mundo entero, salvo con los Estados Unidos, y el bajo nivel de vida de los cubanos se debe ante todo al régimen socialista. Durante el invierno 1997-1998, el anuncio por Bill Clinton de una posible intervención militar en Iraq para obligar a Sadam Husein a respetar sus compromisos de 1991 hizo aumentar también varios grados en Europa el sentimiento hostil para con los Estados Unidos. Sólo el Gobierno británico se puso de su parte.
Sin embargo, el problema estaba claro. Desde hacía varios años, Sadam se negaba a destruir sus depósitos de armas de destrucción en gran escala e impedía a los inspectores de las Naciones Unidas controlarlas, con lo que violaba una de las principales condiciones por él aceptadas con ocasión de la paz consecutiva a su derrota de 1991. En vista de cómo las gasta ese personaje, no se podía negar la amenaza para la seguridad internacional que representaba la acumulación en sus manos de armas químicas y biológicas.
Pero el principal escándalo que a una gran parte de la opinión internacional le parecía oportuno denunciar era, una vez más, el embargo infligido a Iraq. Como si el verdadero culpable de las privaciones sufridas por el pueblo iraquí no fuera el propio Sadam, que había arruinado a su país al lanzarse a una guerra contra Irán en 1981 y después contra Kuwait en 1990 y, por ultimo, al oponerse a las resoluciones de las Naciones Unidas sobre su armamento. Por lo demás, Sadam vendía al extranjero mucho más petróleo de lo que su contingente «petróleo por alimentos» le autorizaba, pero no utilizaba el dinero para alimentar a su pueblo. Prefería comprar armas. Ahora bien, el apoyo dado -por odio a los Estados Unidos- a un dictador sanguinario procedía tanto de la extrema derecha como de la extrema izquierda (Frente Nacional y Partido Comunista en Francia) o de los socialistas de izquierda (el semanario The New Statesman en Gran Bretaña o Jean-Pierre Chevénement, entonces ministro del Interior, en Francia) y de Rusia como de una parte de la Unión Europea. Así, pues, se trata de un común denominador antiamericano pasional más que de un razonamiento estratégico compartido.
Muchos países, entre ellos Francia, no negaban la amenaza representada por el armamento iraquí, pero declaraban preferir la «solución diplomática» a la intervención militar. Ahora bien, hacía siete años que Sadam Husein, que había puesto numerosas veces en la calle a los representantes de las Naciones Unidas, rechazaba la solución diplomática. En cuanto a Rusia, clamó que el uso de la fuerza contra Sadam pondría en peligro sus propios «intereses vitales». No se veía en qué. La verdad es que Rusia no perdía oportunidad de manifestar su rencor por haber dejado de ser la segunda superpotencia mundial, cosa que era o creía ser en la época de la Unión Soviética. Pero la Unión Soviética murió de sus propios vicios, cuyas consecuencias sigue soportando Rusia.
En el pasado ha habido imperios y potencias de escala internacional, antes de los Estados Unidos de este final del siglo xx, Pero nunca había habido ninguno que alcanzara una preponderancia planetaria. Eso es lo que subraya Zbigniew Brzezinski, antiguo consejero de Seguridad del Presidente Jimmy Carter, en su libro El gran tablero mundial. Para merecer el título de superpotencia mundial, un país debe ocupar el primer rango en cuatro esferas: económica, tecnológica, militar y cultural. Los Estados Unidos son actualmente el único país -y el primero en la Historia- que cumple esas cuatro condiciones a la vez a escala planetaria y ya no sólo continental. En economía, desde la recuperación de 1983 hasta el comienzo de la recesión en 2001, destaca, al aunar crecimiento, pleno empleo, equilibrio presupuestario (por primera vez desde hace treinta años) y ausencia de inflación. En tecnología, en particular desde el desarrollo fulgurante que imprimió a los instrumentos de comunicación de vanguardia, goza casi de un monopolio. Desde el punto de vista militar, es la única potencia capaz de intervenir en todo momento en cualquier punto del globo.
En cuanto a la superioridad cultural, es más discutible. Se trata de saber si entendemos «cultura» en sentido estricto o amplio. En el primer sentido, es decir, el de las altas manifestaciones creadoras, en las esferas de la literatura, la pintura, la música o la arquitectura la civilización americana es brillante, desde luego, pero no es la única ni siempre la mejor. En ese nivel prestigioso, no se puede comparar su irradiación con lo que fueron las de la Grecia antigua, Roma o China. Se podría decir incluso que la cultura artística y literaria americana tiene tendencia a provincializarse, en la medida en que, dado el predominio del inglés, cada vez menos americanos, incluso cultos, leen las lenguas extranjeras. Cuando los universitarios o los críticos americanos se abren a una escuela de pensamiento extranjera, a veces es más por un conformismo de moda que por un juicio original.
En cambio, Brzezinski tiene razón en lo relativo a la cultura en sentido amplio, la cultura de masas. La prensa y los medios de comunicación americanos llegan al mundo entero. Las formas de vida americanas -vestimenta, música popular, alimentación, distracciones- seducen en todas partes a la juventud. El cine y los seriales americanos de televisión atraen en todos los continentes a millones de espectadores, hasta el punto de que algunos países, entre ellos Francia, intentan establecer un proteccionismo en nombre de la «excepción cultural». El inglés se impone defacto como la lengua de Internet y resulta ser, desde hace mucho, la principal lengua de comunicación científica. Buena parte de las minorías políticas, tecnológicas y científicas de las naciones más diversas son diplomadas de las universidades americanas.
Más decisiva aún ha sido seguramente, mal que pese a los socialistas pasados y presentes, la victoria mundial del modelo liberal, a consecuencia del hundimiento del comunismo. Asimismo, la democracia federalista a la americana suele ser imitada en otros países, empezando por la Unión Europea. Sirve de principio organizador de muchos sistemas de alianzas, entre ellos la OTAN, así como las Naciones Unidas. No se trata de negar aquí los defectos del sistema americano, sus hipocresías y sus desviaciones, pero el caso es que ni Asia ni África ni América Latina tienen muchas lecciones de democracia que darle. En cuanto a Europa, ella fue la que inventó las ideologías criminales del siglo. Ésa es la razón precisamente por la que los Estados Unidos tuvieron que intervenir en dos ocasiones en nuestro continente, con ocasión de las dos guerras mundiales. Y ese fracaso europeo es la causa de su situación actual de única superpotencia.
Pues la preponderancia de América se ha debido seguramente a sus cualidades propias, pero también a faltas cometidas por los demás, en particular por Europa. Aún recientemente, Francia reprochó a los Estados Unidos querer arrebatarle su influencia en África. Ahora bien, Francia tiene una enorme responsabilidad en la génesis del genocidio ruandés de 1994 y en la posterior descomposición del Zaire. Así, pues, se desacreditó sola y ese descrédito fue el que excavó el vacío que después colmó una presencia en aumento de los Estados Unidos. La propia Unión Europea apenas avanza hacia la consecución de un centro único de decisión diplomática y militar. Es un coro en el que cada uno de sus miembros se considera solista. ¿Cómo va a poder, sin unidad, hacer contrapeso a la eficacia de la política exterior americana, cuando resulta que, para esbozar la menor acción, debe lograr antes la unanimidad de sus quince miembros? ¿Y qué ocurrirá cuando sean veintisiete y más heterogéneos aún que ahora?
Por una parte, la superpotencia americana es resultado exclusivo de la voluntad y la creatividad de los americanos y, por otra, se debe a los fallos acumulados por el resto del mundo: el fracaso del comunismo, el naufragio de Africa, las divisiones europeas, los retrasos democráticos de América Latina y de Asia.
Como la palabra superpotencia le parecía demasiado débil y trivial, Hubert Védrine, ministro de Asuntos Exteriores francés en el gobierno de la «izquierda plural», la substituyó en 1998 por el neologismo «hiperpotencia», más fuerte y adecuado, según él, para la hegemonía actual de los Estados Unidos en el mundo. No se ve demasiado bien en qué sentido, puesto que el prefijo griego «hiper» tiene el mismo sentido exactamente que el prefijo latino «super». Según el señor Védrine, define la posición dominante o predominante de un país en todas las categorías, incluidas «las actitudes, los conceptos, la lengua, las formas de vida». El prefijo «hiper», comentó el ministro, está considerado agresivo por los medios de comunicación americanos, pero, aun así, carece del menor carácter peyorativo. Simplemente, «no podemos aceptar un mundo políticamente unipolar y culturalmente uniforme, como tampoco el unilateralismo de una sola hiperpotencia». Argumentación contradictoria, pues, si la palabra hiperpotencia no es peyorativa, ¿por qué es inaceptable la realidad que designa? Lo sea o no, resulta innegable que existe. Y lo que falta a la reflexión europea, que dista de ser la única en este caso, es preguntarse por qué razón se ha instaurado. Sólo descubriendo e interpretando correctamente esas razones tendremos la posibilidad de propiciar los medios de contrapesar la preponderancia americana.
Los europeos, muy en particular, deberían forzarse a responder sobre sus propias responsabilidades en la génesis de esa preponderancia.
Son los europeos, que yo sepa, quienes hicieron del siglo xx el más negro de la Historia... en las esferas política y moral, se entiende. Ellos fueron los que provocaron los dos cataclismos de una amplitud sin precedentes que fueron las dos guerras mundiales; ellos fueron los que inventaron y realizaron los dos regímenes más criminales jamás infligidos a la especie humana. ¡Y esas cimas del mal y la imbecilidad las alcanzamos nosotros, los europeos, en menos de treinta años! Cuando digo que no se pueden comparar esas calamidades con ninguna otra del pasado, me refiero sólo, natural mente, a los desastres provocados por el hombre, excluidas las catástrofes naturales y las epidemias. Si a la degradación europea, engendrada por las dos guerras mundiales y los dos totalitarismos,
sumamos los quebraderos de cabeza resultantes en el Tercer Mundo de las secuelas de la colonización, en Europa es donde hay que buscar una vez más a los responsables, al menos parciales, de los callejones sin salida y las convulsiones del subdesarrollo. Fue Europa, fueron Inglaterra, Bélgica, España, Francia, Holanda, más tardíamente y en menor grado Alemania e Italia, las que conquistaron o quisieron apropiarse de los demás continentes. En vano se objetará la exterminación de los indios y la esclavitud de los negros a los Estados Unidos. Pues, al fin y al cabo, ¿quiénes eran los ocupantes de los futuros Estados Unidos sino colonizadores blancos procedentes de Europa? ¿Y a quiénes compraban sus esclavos aquellos colonos europeos sino a negreros europeos?
A la situación creada por los intentos de suicidio europeos que constituyeron las dos guerras mundiales y a la propensión de los europeos a engendrar regímenes totalitarios, también intrínsecamente suicidas, se sumó, a partir de 1990, la obligación de acondicionar el campo de ruinas dejado por el comunismo después de su hundimiento. Tampoco a ese respecto tenía apenas Europa solución que proponer. Como la mayoría de sus dirigentes políticos, culturales y de los medios de comunicación nunca habían entendido el comunismo (pensemos en las alabanzas con que, incluso en la derecha, se cubrió a Mao en los peores momentos de su fanatismo destructivo), estaban mal equipados intelectualmente para comprender el fin del comunismo y actuar en consecuencia. Ante ese problema suplementario e inédito, la «hiperpotencia» americana actual no es sino la consecuencia directa de la impotencia europea antigua y contemporánea. Colma un vacío debido a las insuficiencias no de nuestras fuerzas, sino de nuestro pensamiento y nuestra voluntad de acción. Pensemos en la perplejidad de un ciudadano de Montana o de Tennessee, al enterarse de la intervención americana en la antigua Yugoslavia. Puede preguntarse con toda razón qué interés tienen los Estados Unidos en meterse en el sangrante atolladero de los Balcanes, obra maestra multisecular del innegable ingenio europeo, pero Europa, que confeccionó con sus propias manos ese caos asesino, no es capaz de poner orden en él. Para hacer cesar o disminuir las matanzas balcánicas, deben encargarse los Estados Unidos de la operación, sucesivamente en Bosnia, en Kosovo y en Macedonia. Después los europeos se lo agradecen tachándolos de imperialistas, al tiempo que tiemblan de canguelo, y calificándolos de cobardes aislacionistas desde el momento en que hablan de retirar sus tropas.
Algunas críticas infundadas revelan más las debilidades o los fantasmas de quienes las formulan que las faltas o los crímenes de aquellos a quienes las dirigen. Cierto es que, como todas las sociedades, incluso las democráticas, la americana tiene muchos defectos y merece numerosas críticas. Pero, para expresar otra cosa que las fobias de sus detractores, sería necesario que esas críticas estuvieran justificadas y que esos defectos fuesen los verdaderos. Ahora bien, las risas burlonas y compasivas de que son objeto ritual los Estados Unidos en los medios europeos de comunicación emanan, la mayoría de las veces, de una falta de información tan profunda, que acaba pareciendo intencional.
Tomado de Jean-François Revel, La obsesión antiamericana. Dinámica, causas e incongruencias, Urano, Barcelona, 2003. Traducción de Carlos Manzano.
Ilustración: Jaspers Johns, Flag (1954-55). Cortesía del The Museum of Modern Art, New York.
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 02/09/2007 14:33



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