El St. Louis (ni La Habana, ni Miami)
Jorge Ferrer | 06/09/2007 16:33
(…) De las muchas tragedias del exilio que conozco, hay una en la que me gustaría detenerme aquí. El tiempo que nos separa de ella apenas ha introducido variaciones en las culpables cautelas que guían los procedimientos a que se somete a quienes huyen del terror, y si bien todo país tiene de qué avergonzarse en materia de rechazo a refugiados, prefiero, antes que acusar al vecino cercano o distante, comenzar por el mío propio, Cuba. Los vaivenes de la política y las a veces disparatadas alianzas que ésta forja, los altibajos de la economía o la forma de gobierno de las que los pueblos se dotan o le son impuestas, marcan los perfiles de una generosidad de la que después ufanarse –por mucho que rara vez se la tome por precedente que siente jurisprudencia–, o, por el contrario, dibujan la historia de la ignominia.
Es materia ésta, en la que no se trata, como algunos suelen pensar erróneamente, del signo político de quien gobierne. En estos menesteres, pasiones e intereses se mueven siguiendo brisas de dirección mudable y, a veces, inescrutables. Así, por ejemplo, la ominosa dictadura comunista de Stalin fue refugio de tantos niños expatriados de la España dividida por la Guerra Civil, de la misma manera que la filofascista España de Franco sirvió de puente de salvación hacia el continente americano de largos miles de judíos que huían del terror nazi.
La historia de ese passage tolerado por el entonces recién instaurado régimen de Franco, es también la historia de extorsiones, humillaciones y vilezas sin nombre, como tampoco estuvieron exentos los llamados “niños de la guerra” de la sujeción al despótico régimen soviético, responsable, como el régimen nazi, del exterminio de millones de personas, una doble proyección totalitaria del s. XX que tanto ha costado poner en evidencia, desde, al menos, aquel inaugural testimonio de Margarete Buber-Neumann, quien fuera sucesivamente «prisionera de Stalin y de Hitler», y que publicara el horroroso relato de su trasiego con lo peor del siglo en el temprano 1948.
También la propia Cuba, tan próspera tantas veces, hasta que el régimen de Castro alejó esa palabra de nuestro particular diccionario nacional, carga con el estigma de haber protagonizado uno de los episodios más vergonzantes de la historia del refugio. Hace años tuve ocasión de rumiar en silencio esa vergüenza en la pequeña y como aneja sala que el The Museum of Jewish Heritage de Nueva York dedica al episodio vivido en 1939 por los pasajeros del trasatlántico St. Louis.
Se trata de la historia del cruel bojeo en torno a La Habana y Miami, intercalada entre los viajes de ida y vuelta por el Atlántico, a la que se sometió a un grupo de refugiados judíos hace ya más de medio siglo, una historia que sirve de testimonio sangrante de cómo la ceguera y la muralla de papel timbrado que separan a quien busca ayuda de quienes podrían ofrecérsela generan dramas que pueden acabar en la muerte.
El 13 de mayo de 1939, verificado ya el Anchlüss y cuando apenas el verano separaba a Europa del estallido de la contienda bélica, el trasatlántico alemán St. Louis zarpó del puerto de Hamburgo con novecientos treinta y siete refugiados judíos a bordo. Según la historiadora israelí Margalit Bejarano –en plausible extremo-, se trataba de operación urdida por el Ministerio de Propaganda dirigido por Goebbels, a quien animaba la certeza de que Cuba rechazaría a los refugiados, validando así las radicales prácticas antisemitas que se perpetraban en Alemania.
Los pasajeros del St. Louis viajaban provistos de salvoconductos que autorizaban su desembarco en Cuba. Les habían sido expedidos por el Secretario de Inmigración de Cuba, Manuel Benítez González, un funcionario corrupto cercano a Fulgencio Batista, a la sazón jefe del Ejército, más tarde, presidente legítimo de Cuba y, por último, golpista. Un funcionario éste que, según diversas fuentes, amasó una fortuna cercana al millón de dólares norteamericanos de la época gracias a la expedición de este tipo de documentos.
Apenas unos días antes de que zarpara el St. Louis, el gobierno cubano, a la sazón presidido por Federico Laredo Bru, y estimulado tanto por las denuncias de corrupción de que era objeto, como por la activa campaña pronazi y antisemita animada por sectores filofascistas cubanos que encontraron eco en la prensa franquista de la isla, declaró invalidados unos certificados que, se alegó, contravenían lo dispuesto en la Ley de Nacionalización del Trabajo, un instrumento legal que favorecía la mano de obra nacional en detrimento de las oleadas de inmigrantes, principalmente españoles, que fluían hacia Cuba.
El destino de los pasajeros, pues, parecía sellado antes de que el barco se hiciera a la mar, aunque algunos –los empleados de la naviera, por ejemplo; no los pasajeros, desconocedores del juego político que se movía a su costa- creyeran que dado que los certificados de que viajaban provistos habían sido expedidos antes de la destitución de Benítez González y de que en realidad se trataba de inmigrantes que habían manifestado su clara intención de proseguir viaje hacia los EE.U.U. en cuanto consiguieran los visados necesarios, y no tenían, por lo tanto, intención de arraigarse en Cuba, sí serían admitidos. Eran, pues, según la economicista visión de los funcionarios cubanos, apenas una carga transitoria y esa circunstancia podía salvarlos.
Hay numerosos testimonios acerca de la travesía –así como verificadas noticias del fin que esperaba a muchos de los pasajeros, asunto al que me referiré más adelante–, buena parte de ellos recopilados en el curso de la exhaustiva investigación realizada por Sarah Ogilvie y Scott Miller, investigadores del U. S. Holocaust Memorial Museum de Washington. Todos ellos dan fe del alivio y las esperanzas de quienes creían haber conseguido escapar de una suerte segura y atroz y se aprestaban a iniciar una nueva vida en América.
El 27 de mayo de 1939 el barco con los cerca de mil refugiados que huían de una Europa que los nazis harían arder en apenas unos meses fondeó frente a la rada habanera. Allí les esperaba la sorpresa. No se les permitía desembarcar. Hubo súplicas de los pasajeros, de sus familiares y amigos ya instalados en Cuba, y gestiones de organizaciones de ayuda a los refugiados… Todo fue inútil. El gobierno cubano puso condiciones para la admisión -entre ellas el desembolso de una elevada suma de dinero por parte del Jewish Distribution Commitee, que envió un negociador a La Habana- que ni los refugiados, desposeídos de todos sus bienes por el régimen nazi, ni las organizaciones que les apoyaban fueron capaces de satisfacer. Apelar a la más elemental justicia tampoco sirvió de nada. Del otro lado del Atlántico preferían desoír la realidad del drama que padecían los judíos alemanes. Así, tan solo desembarcaron en La Habana unos pocos pasajeros de nacionalidad cubana y española, veinte refugiados cuyos documentos fueron estimados válidos, y aun otro más que se cortó las venas en un acto de desespero y que fue llevado a tierra para recibir atención médica.
Finalmente, el 2 de junio, después de permanecer varios días fondeado frente a La Habana, el capitán del St. Louis recibió la orden terminante de que alejara el buque de las aguas cubanas. Entretanto, las conversaciones proseguían y cabía la esperanza de que los EE.UU. sí los aceptaran, a pesar de que ello requería que el presidente Roosevelt firmara un decreto ad hoc, puesto que la Ley de Inmigración vigente desde 1924 en los EE.UU. establecía cuotas estrictas de admisión de refugiados. Así, Gustav Schroeder, capitán del St. Louis puso proa hacia el mismo destino que han buscado cientos de miles de refugiados cubanos durante el último medio siglo: la ciudad de Miami.
También las luces de la ciudad floridana insuflaron esperanzas a los cientos de pasajeros. Esperaban el permiso para desembarcar. Tampoco lo obtuvieron y tan solo gracias a que se consiguió que cuatro países europeos prometieran repartírselos, se evitó lo que parecía destinado a suceder: los refugiados habían acordado lanzarse al agua e intentar ganar a nado las costas de Florida. No es difícil imaginar que buena cantidad de ellos jamás lo habría conseguido.
El rechazo de esos refugiados judíos es una vergüenza que se ha repetido una y otra vez desde entonces. Las consecuencias que acarreó ese rechazo, también.
Llegado a Europa, el St. Louis fue repartiendo a los refugiados por diversos puertos. Gran Bretaña, Holanda, Francia y Bélgica habían aceptado acogerlos en pequeños grupos. Las investigaciones que se han realizado, siguiendo el destino de cada uno de los pasajeros, ha demostrado que en torno a trescientos de ellos murieron durante la guerra, buena parte de ellos en campos de concentración como Auschwitz o Ravensbruck. Son muertos del fascismo, porque los asesinaron los nazis. Pero son también, lo digo sin ambages, muertos con los que cargan las sociedades democráticas que los rechazaron y enviaron de vuelta al horror (…).
Fragmento de «El rechazo y la culpa», texto de próxima publicación en compilación patrocinada por la Comissió Catalana d’Ajuda al Refugiat (CCAR).
Foto: El St. Louis fondeado frente a La Habana. Cortesía del United States Holocaust Memorial Museum, Washington.
UPDATE:
Una lectora, Cristina, me avisa de la existencia de un cuadro de Victor Manuel dedicado a la tragedia del St. Louis. Conocido también como "Diáspora", parece ser que su título original fue "Los olvidados".
Cortesía de Isaac Lif, en cuya colección privada se conserva.
Enlace permanente | Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 07/09/2007 22:09




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