Balas de papel
Jorge Ferrer | 04/10/2007 13:43
De mi entrañable Octavio Armand, un ensayo inédito para los lectores de El Tono de la Voz. Ya antes publiqué aquí "El acto gratuito", crónica de su amistad con Orlando García, personaje de novela por escribir.
Atiendan a Armand quienes raspan con uña o espuela canonizante. Hace tanto rato como que respira aires propicios, el guantanamero/neoyorquino/caraqueño Armand rasga el qânun con ataque muy propio.
Balas de papel
Por Octavio Armand
Todavía se encuentran en los campos de Europa. Semillas sembradas durante las infinitas guerras que quizá expliquen las infinitas guerras. El suelo europeo es fértil para el plomo. Como antes lo fue para el bronce y el hierro. Ocasionalmente brotan restos de espadas, cascos, escudos, puntas de lanza o de flechas. Restos de esa hechizante edad heroica que algunos llamamos Homero, Virgilio o Troya. Más raros pero no imposibles son los hallazgos que nos acercan a las cavernas donde el hombre pulió piedras mucho antes de que Platón inventara una para pulir ideas. Hachas bifaciales perfectamente simétricas y de esmerado filo, antecedentes de las monedas antiguas, constantes durante siglos en su anverso y reverso, donde retrataban algún dios o un puñado de letras, y que luego disminuidas se rindieron a la inflación o al tiranuelo.
Pero las balas abundan. A partir del siglo XVI un surco aldeano podía desenterrarlas sin causar asombro. En América también, desde esa fecha, figuran a veces junto a delicadas cuentas de vidrio entre las ofrendas que el indio dedicaba a sus dioses y sus muertos. Hay miles de balas perdidas por enfrentamientos de fusilería a campo abierto o de trinchera a trinchera en Waterloo y Verdun. En Tuttlingen y Rocroi. En Marengo y Ligny. O en los campos de Flandes. Balas protestantes y católicas, españolas, inglesas, holandesas, alemanas, mortales todas, de haber hallado mejor destino que el fango. Balas de azúcar y canela, de pimienta y porcelana, de oro y esclavos, con que eminencias no tan grises como el Conde-Duque de Olivares, Cromwell o el cardenal Richelieu se disputaban el codiciado ultramar.
Las hay también en los libros. Poco puede sorprendernos que a menudo aparezcan en los surcos trazados sobre papel por los escritores del XVI y XVII en adelante. Dan para una balacera, como en las rancheras y corridos mexicanos. Tanto así que pasan al mundo del papel y la tipografía. En inglés se le dice bullet al símbolo empleado para dar énfasis a cada ítem de un listado; y en español bala es una unidad de medida del papel, equivalente a 5000 hojas o 10 resmas. Muy ajenos ambos términos al gemelo acuñado por Shakespeare en Much Ado About Nothing: Shall quips and sentences and these paper bullets of the brain awe a man from the career of his humor? La expresión, que por su variado calibre ha sido utilizada como sinónimo de panfletos de guerra, se refería a esos vaivenes de la pasión que llegan a la rima punzante o al comentario de perfil y pueden ocasionar heridas como de balas. O peores, si nos llevamos por John Dryden en su Farewell, fair Armida: On seas and in battles, in bullets and fire,/ The danger is less than in hopeless desire.
El poema a Armida es de Dryden pero la despedida es del capitán Francis Digby, muerto en la batalla de Southwold Bay, donde corrió menos peligros, aun al morir, que en su amor tan apasionado como no correspondido por la duquesa de Richmond. La imagen parece condensar episodios tan recientes como el fuego de Londres de 1666, al cual Dryden dedicó los versos finales de Annus mirabilis, así como victorias navales de Inglaterra. Quizá una de ellas, no tan reciente, es evocada a través del nombre inventado para la duquesa de Richmond: la de 1588 sobre la Armada Invencible, bautizada como la Grande y Felicísma Armada por Felipe II, que fue derrotada por el viento protestante más que por la marina inglesa. No así la bella Armida de Digby, esta sí invencible. Contra fieros capitanes y contra viento y marea.
Thomas Kyd celebró la tormenta reformista del 88 en The Spanish Tragedy, publicada a finales del siglo XVI y muy leída por los luteranos alemanes de la época. Hay muchas balas en la anglosajona tragedia española, por supuesto: Thick storms of bullets ran like winter's hail. Dryden quiso darle al amor la única dimensión real y duradera que en su siempre marcial mas nunca imparcial opinión correspondía al naciente imperio, la de las armas. All other greatness in subject -- anota el propagandista de la corona en su poética del plomo, An Account of the Ensuing Poem, in a Letter to the Honourable Sir Robert Howard, prólogo de noviembre de 1666 a Annus mirabilis -- is only counterfeit; it will not endure the test of danger; the greatness of arms is only real; other greatness burdens a nation with its weight, this supports it with its strength.
A Shakespeare no le bastaron las balas de papel para su chispeante arsenal. Inventó el papel de pistola: Pistol, personaje secundario pero asaz certero en el elenco de King Henry IV. Part II. Un equipo completo para balaceras que son juegos de palabras de doble y hasta triple sentido, y que por lo general poco disimulan las alusiones sexuales.
Falstaff. Welcome, Ancient Pistol. Here, Pistol, I
charge you with a cup of sack: do you
discharge upon my hostess.
Pistol. I will discharge upon her, Sir John, with
two bullets.
Falstaff. She is pistol-proof, sir; you shall hardly
offend her.
Hostess. Come, I'll drink no proofs nor no bullets: I'll
drink no more than will do me good,
for no man's pleasure, I.
Pistol. Then to you, Mistress Dorothy; I will
charge you.
Doll. Charge me! I scorn you, scurvy
companion. What! you poor, base,
rascally, cheating, lack-linen mate! Away
you mouldy rogue, away! I am meat for
your master.
Redomado duelista, Falstaff dispara hasta convertir a todos -- y no solo al que lleva el nombre -- en pistolas. Ya en la primera parte de King Henry IV había hecho por metátesis una daga con el nombre de Percy para matarlo socarrona y verbalmente. Agujerea al personaje, o por lo menos a su nombre , repitiéndolo con una ligera alteración. Well, if Percy be alive -- dice en la cuarta escena del acto final, siempre punzante y hasta punzopenetrante --, I'll pierce him. Poco antes, en esta misma escena, casi se proclama pacifista y se confiesa cobarde mediante otro juego de palabras alusivo al arte de la escritura, insinuándonos una sonrisa del propio Shakespeare: I am as hot as molten lead, and as heavy too: God keep lead out of me! I need no more weight than mine own bowels. Su cuerpo, explica, es de por sí suficientemente pesado, tanto como el plomo. Por lo cual pide que este pesadísimo metal se aleje de él, ya que le basta y sobra con el peso de sus propias entrañas. El plomo en su caso es asunto intestino: ni quiere ni necesita incorporar balas. Por el posesivo my, mis, usa el sustantivo mine, mina, para despertar aún más el sentido de lead, que es plomo y por extensión bala.
Hay otra carambola que nos muestra la mano prestidigitadora del autor. Y su vanidad, negada irónicamente en este mismo parlamento. Here's no vanity!, acaba de afirmar rotundamente. ¿Acaso podemos creerlo cuando de inmediato asegura I need no more weight than mine own bowels? Léase por bowels, intestinos, entrañas, su homófono: vowels, vocales, letras. No necesito balas de plomo: las mías, de papel, son igualmente contundentes. Y más: no necesito siquiera el plomo de la imprenta: mis palabras, dichas sobre las tablas, perdurarán con o sin Gutenberg.
Con el plomo, una estética contra el plomo. Más de humor que humeante esta pistola. Una aplomada corroboración de la actitud de bala contra las balas, asoma en otro parlamento, no de Falstaff sino de Hotspur:
This villanous salt-petre should be digg'd
Out of the bowels of the harmless earth,
Which many a good tall fellow had destroy'd
So cowardly; and but for these vile guns,
He would himself have been a soldier.
Aludido mediante la pólvora -- salt-petre --, el plomo sale de las inofensivas entrañas de la tierra para clavarse en las del hombre, hiriéndolo, matándolo cobardemente. Hay que extirparlo de la tierra como la cirugía -- ya estamos en la era de Paré -- lo extirpa del cuerpo. El planeta y el cuerpo, entendido como microcosmo, son víctimas del nuevo y poco caballeresco arte de la guerra. Gracias a la refriega entre los proyectiles de papel y los de plomo asistimos a un curioso encuentro entre ciencia y poesía, Shakespeare y Paré. Digo curioso en su dejo cervantino para sugerir en el uso quirúrgico de la palabra un tributo a la nueva cirugía, inaugurada precisamente por la extracción de balas. Otro tanto sucederá poco después tras la descripción de la fisiología del latido hecha por Harvey. (1)
El disparo, tanto como el latido, es consecuencia de un mecanismo de altísima precisión y velocidad. Es afín al parpadeo, según el médico inglés. O al pensamiento, como antes lo había asegurado el inventor de las balas de papel, también inglés. Do you think me a swallow -- Falstaff de nuevo --, an arrow or a bullet? have I, in my poor and old motion, the expedition of thought? La analogía no se le escapó a Harvey cuando utiliza el parpadeo, estudiado por Descartes, su coetáneo, para subrayar la velocidad del latido. El mecanismo por el cual, mediante un movimiento reflejo, el ojo se protege de golpes súbitos, es otro ejemplo de esta fascinación que por supuesto no es exclusiva al siglo XVII. Se trata meramente de otro anticipo de nuestro e=mc2.
Con figuras como Harvey y Descartes va surgiendo una nueva teología. Una teología moderna, quizá paradójica: la ciencia de la fe se convierte en fe en la ciencia. Las leyes de la mecánica, se creía, regían el universo. Todo menos a Dios y la razón. La fisiología de las pasiones parece demostrarlo. Por otra parte, el lenguaje de la ciencia se configura también como ciencia del lenguaje, como literatura. Las analogías empleadas en 1628 para ilustrar el mecanismo y la velocidad del latido, o sea el disparo y el parpadeo, aparecen pocos años después en La fortuna con seso y la hora de todos de Quevedo, escrita en 1635 y publicada póstumamente en 1650: Somos remedo de la pólvora, que, menuda, negra, junta y apretada, toma fuerza inmensa y velocidad de la estrechura. Primero hacemos el daño que se oiga el ruido, y como para apuntar cerramos un ojo y abrimos otro, lo conquistamos todo en un abrir y cerrar de ojos.
En la propia Inglaterra, y casi simultáneamente con el sorprendente argumento del fisiólogo, en 1633 el metafísico John Donne aprovecha la metáfora del disparo para expresar el duelo por un ser querido.
She's dead; and all which die
To their first elements resolve;
And we were mutual elements to us,
And made of one another,
My body then doth hers involve ...
And so my soul, more earnestly released,
Will outstrip hers; as bullets flown before
A latter bullet may o'ertake, the powder being more.
Específicamente la velocidad de la bala resulta útil para concretar el complejo sentimiento provocado por la lamentada ausencia. Es tal el dolor del alma compenetrada con esa otra que ya ha abandonado al cadáver, que padece idéntico desgarrón, solo que escapa de forma más violenta y acelerada, al sufrirse en la muerte ajena, la propia, como una doble y súbita ausencia.
El siglo XVII adelanta así un tema futurista reseñado en el célebre manifiesto de Marinetti: La nueva religión moral de la velocidad. Como muestra de estas frecuentes afinidades entre ciencia y literatura, al e=mc2 einsteiniano cabe contraponer, vaga y casi infantil traducción, la fórmula del italiano: un automóvil de carrera es más hermoso que la Victoria de Samotracia. Fórmula de inmediato plasmada en la pintura futurista: la velocidad de Balla. El saber no es una tierra de nadie: es un lugar común.
Al suponerse un vínculo entre The Dissolution y el argumento de Harvey, cabe recordar que este quería demostrar la mecánica del latido. Donne utiliza la mecánica del disparo para ilustrar la fisiología de la pasión. Pero eso ya lo sabíamos por el corrido de Rosita Alvírez y la ranchera Cama de piedra. El corazón da para todo y para todos. Eye I eyed, I eyed, diría Shakespeare: que sea de cuatro balazos.
Caracas, 23 de septiembre 2007
(1) Plagio a partir de aquí -- here's no vanity! -- una nota que aparece al pie de la página 110 de El aliento del dragón, aprovechando la ocasión para cargar el cilindro con un par de citas adicionales.
De contra: Antonio Robles ayer en el Parlament de Catalunyasobre la discriminación cultural y, de pasada, Cristina Peri Rossi (a partir de la p. 35).
UPDATE:
Editorial de El País sobre la colaboración española con la dictadura. Contrasta tanto con los editoriales que el diario suele dedicar a los hermanos Castro, que me da se lo han encargado a redactor distinto del habitual.
En la misma línea que defiende Moratinos, insinúa que la liberación de los detenidos el día 27 de septiembre se debe al viaje de la Pajín. Trata a los hermanos Castro de "Fidel" y "Raúl", cual si se tratara de compinches del editorialista que habrían de serlo también del lector.
"España tiene que estar ahí", dicen. Como si España fuera un gendarme o una novia convocada al altar.
Que yo sepa, no es una cosa ni la otra. Porque cuando hacía de cruel gendarme, cubanos y norteamericanos se ocuparon de mostrarle la puerta de salida. Y en cuanto al desposorio, y si consigue entrar al templo, es seguro que no será de aprecio el murmullo que la espere.
UPDATE:
Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 04/10/2007 17:40




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