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Dominicales

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Chávez: “La revolución bolivariana no me sobreviviría”. Se lo dijo Castro I, magister ludi. A por un partido sólido, pues. A cimentar el totalitarismo. Uno de esos, como el de su mentor, que duran, al menos, medio siglo incólumes.

Alí “el Químico” no tendrá ocasión de comprobar si la vulgaridad bolivariana sobrevive a Chávez, Ramonet o Mariela. Puede que tampoco lo llegue a comprobar yo mismo.

Pero hoy domingo he de confesar que todo eso me importa muy poco. ¿Qué me importa a mí si avanzan los totalitarismos cubano y venezolano? ¿Qué me importa Cuba? ¿Qué, el poscomunismo? ¿Qué, el avance del Islam en Europa?

Un plácido domingo que dedicaré, por este orden, a preparar un arroz con pollo criollísimo, a charlar con músico cubano de paso por aquí que he invitado a almorzar, a ver, ya avanzada la tarde, una película de Kalatozov, La carta que no fue enviada, recién llegada a mi buzón desde Moscú, y a terminar la trepidante lectura de Mi vida, mi libertad, de Ayaan Irsi Ali.

Vaya, igual es que estamos atrapados.

UPDATE:

Música para el domingo, lunes...

Lucha tu yuca, Taíno, de Raymundo Fernández Moya

 

Lectura dominical:

Antón Chéjov

¡Chist!

Iván Krasnukin, periodista de no mucha importancia, vuelve muy tarde a su hogar, con talante desapacible, desaliñado y totalmente absorto. Tiene el aspecto de alguien a quien se espera para hacer una pesquisa o que medita suicidarse. Da unos paseos por su despacho, se detiene, se despeina de un manotazo y dice con tono de Laertes disponiéndose a vengar a su hermana:
—¡Estás molido, moralmente agotado, te entregas a la melancolía, y, a pesar de todo, enciérrate en tu despacho y escribe! ¿Y a ésto se llama vida? ¿Por qué no ha descrito nadie la disonancia dolorosa que se produce en el alma de un escritor que está triste y debe hacer reír a la gente o que está alegre y debe verter lágrimas de encargo? Yo debo ser festivo, matarlas callando, e ingenioso, pero imagínese que me entrego a la melancolía o, una suposición, ¡que estoy enfermo, que ha muerto mi niño, que mi mujer está de parto!... Dice todo esto agitando los brazos y moviendo los ojos desesperadamente... Luego entra en el dormitorio y despierta a su mujer.
—Nadia—le dice—, voy a escribir... Te ruego que no me molesten, me es imposible escribir si los niños chillan, si las cocineras roncan... Procura que tenga té y... un bistec, ¿eh?... Ya lo sabes, no puedo escribir sin té... El té es lo que me sostiene cuando trabajo.
Aquí nada es resultado del azar, del hábito, sino que todo, hasta la cosa más insignificante, denota una madura reflexión y un programa estricto. Unos pequeños bustos y retratos de grandes escritores, una montaña de borradores, un volumen de Belinski con una página doblada, una página de periódico, plegada negligentemente, pero de manera que se ve un pasaje encuadrado en lápiz azul, y al margen, con grandes letras, la palabra: "¡Vil!" También hay una docena de lápices con la punta recién sacada y unos cortaplumas con plumas nuevas, para que causas externas y accidentes del género de una pluma que se rompe no puedan interrumpir, ni siquiera un segundo, el libre impulso creador...
Krasnukin se recuesta contra el respaldo del sillón y, cerrando los ojos, se abisma en la meditación del tema. Oye a su mujer que anda arrastrando las zapatillas y parte unas astillas para calentar el samovar. Que no está aún despierta del todo se adivina por el ruido de la tapadera del samovar y del cuchillo que se le caen a cada instante de las manos. No se tarda en oír el ruido del agua hirviendo y el chirriar de la carne. La mujer no cesa de partir astillas y de hacer sonar las tapas redondas y las puertecillas de la estufa. De pronto, Krasnukin se estremece, abre unos ojos asustados y olfatea el aire.
—¡Dios mío, el óxido de carbono!—gime con una mueca de mártir—. ¡El óxido de carbono! ¡Esta mujer insoportable se empeña en envenenarme! ¡Dime, en el nombre de Dios, si puedo escribir en semejantes condiciones!
Corre a la cocina y se extiende en lamentaciones caseras. Cuando, unos instantes después, su mujer le lleva, caminando con precaución sobre la punta de los pies, una taza de té, él se halla, como antes, sentado en su sillón, con los ojos cerrados, abismado en su tema. está inmóvil, tamborilea ligeramente en su frente con dos dedos y finge no advertir la presencia de su mujer... Su rostro tiene la expresión de inocencia ultrajada de hace un momento.
Igual que una jovencita a quien se le ofrece un hermoso abanico, antes de escribir el título coquetea un buen rato ante sí mismo, se pavonea, hace carantoñas... Se aprieta las sienes o bien se crispa y mete los pies bajo el sillón, como si se sintiese mal o entrecierra los ojos con aire lánguido, como un gato tumbado sobre un sofá... Por último, y no sin vacilaciones, adelanta la mano hacia el tintero y, como quien firma una sentencia de muerte, escribe el título...
—¡Mamá, agua!—grita la voz de su hijo.
—¡Chist!—dice la madre—. Papá escribe. Chist...
Papá escribe a toda velocidad, sin tachones ni pausas, sin tiempo apenas para volver las hojas. Los bustos y los retratos de los escritores famosos contemplan el correr de su pluma, inmóviles, y parecen pensar: “¡Muy bien, amigo mío! ¡Qué marcha!”
—¡Chist!—rasguea la pluma.
—¡Chist!—dicen los escritores cuando un rodillazo los sobresalta, al mismo tiempo que la mesa.
Bruscamente, Krasnukin se endereza, deja la pluma y aguza el oído... Oye un cuchicheo monótono... Es el inquilino de la habitación contigua, Tomás Nicolaievich, que está rezando sus oraciones.
—¡Oiga!—grita Krasnukin—. ¿Es que no puede rezar más bajo? No me deja escribir.
—Perdóneme—responde tímidamente Nicolaievich.
—¡Chist!

Continúa aquí.

Cortesía de Literatura.us



1 Comentarios


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1 por El Profe Corchea ablandando la Mandioca (Usuario no autenticado) 24/06/2007 21:20

Eh Yoyi, Oh, ese tema del Ray esta buenisimo...en eso estamos todos...en la lucha ... aunque estemos a mil kilimetros de Alamar...y parafraseando cierta leccion aprendida a golpe de Mandioca: "lo importante es resolver tu propia yuca donde quiera que estes, sea el batey de Alamar o de Saint Sant Denis" ( el Cacique siempre estuvo loco). Realmente Raymundo me sorprendio con ese tema en el inverno pasado en Alamar ...ademas de los poemas de la gente de 'Omni' y 'Zona Franca'... Ay Alamar....lucha tu yuca ...pero no olvides el Areito y la poesia.... no se si en Barcelona se pueda conseguir Yuca , pero a mi me va muy bien la que consigo en mi modesto barrio chino por estos lares...al menos tiene el cianuro suficiente para no sobrevivir al cacique...con su Delirio... Sigue luchando tu Mandioca Muchacho...


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