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La fábrica de sueños

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Esta semana ha salido a la venta La fábrica de sueños, un libro magnífico de Ilya Ehrenburg que traduje para la editorial Melusina.

Escrito en Berlín a principios de la década de los treinta, es uno de los más agudos ensayos sobre los orígenes del cine que se escribieron en aquellos años, cuando la cinematografía se convertía en industria.

Precisamente fue este libro el que acuñó la expresión «fábrica de sueños» que ha tenido larga suerte.

Ehrenburg es una de las figuras más controvertidas de las letras soviéticas. Encendido panfletista detestado por Nabokov, autor de la novela El deshielo, que dio nombre al período de desestalinización, coautor del Libro negro de los judíos rusos, que escribió a cuatro manos con Vasili Grossman, hay zonas de su obra a las que vuelvo una y otra vez. Particularmente a la que escribió en Alemania, antes de su regreso a la URSS. Así, la serie Crónicas de nuestros días, de la que forma parte La fábrica de sueños. Hay en su prosa huellas luminosas del expresionismo alemán, y en su pensamiento la ironía y el nervio propios de la literatura europea de entreguerras.

Recomiendo este libro con placer enorme y toda contundencia. Contiene impagables perfiles de los primeros magnates de Hollywood, Adolph Zukor, William Fox, los hermanos Warner, George Eastman… Y esboza una crítica de la industrialización del arte de una modernidad y una sagacidad extraordinarias.

Abajo, por cortesía de la editorial Melusina, inserto un fragmento para abrir boca.

La fábrica de sueños de Ilya Ehrenburg, tr. de Jorge Ferrer, Barcelona: Melusina, 2008, 240 pp., en Melusina, en La Central, en Laie

La fábrica de sueños

(fragmento)

Por Ilya Ehrenburg

Una idea de Zukor

Cuesta más un metro cuadrado en Broadway que una amplia hacienda situada en cualquiera de los estados más remotos del país. De hecho, se trata del suelo más caro de todo el mundo. Y en ese suelo más caro se alza el más caro de los templos.

Para poder admirarlo en toda su envergadura, uno tiene que echar la cabeza hacia atrás. Así miraban antes los hombres a los dioses y las estrellas.

La altura del templo de marras alcanza los ciento treinta metros. Lo corona una inmensa cúpula de cristal. En las noches, la cúpula emite señales de aviso a los aviones. De día, colma de orgullo los corazones de los transeúntes. La construcción de este templo costó la friolera de dieciséis millones de dólares. Cuenta con treinta y seis plantas. Y doce ascensores que discurren sin parar.

Cuatro gigantescos relojes miran hacia otros tantos puntos del orbe. Son los encargados de mostrar la hora a Nueva York. El portal por el que se accede al templo supera en altura a los portales de todos los templos. Es mayor que sus similares de Nuestra Señora de París o la Catedral de San Pedro, en Roma. Adentro, pulula una muchedumbre de ajetreados empleados de uniforme. Adentro hay mármol, bronce y lienzos antiguos. Adentro, miles de máquinas de escribir Underwood entonan febril canto y hay arpas que despiden tiernas melodías.

Un malintencionado europeo podría pensar que ha entrado a la bolsa o a algún banco. Por algo es un europeo malintencionado. Mas no. Se trata, en efecto, de un templo, del sagrario de un nuevo culto, y está dedicado a su incansable apóstol, el gran Paramount, conocido en el mundo entero como Adolph Zukor.

El templo es espacioso y son muchos los negociados que acoge. Abajo, hay jóvenes anémicas que lloran las desgraciadas cuitas de dos enamorados.

En la vigésimo cuarta planta, sofocados contables suman números de siete cifras. En el silencio de las cámaras más recónditas, hay leves sombras que lloran sobre sus literas: se trata de una clínica en la que reposan los empleados exhaustos. Y, por fin, en el más espacioso de todos los despachos, al que se accede a través de colosales puertas, mister Adolph Zukor ejercita su rara inteligencia cuatro días a la semana.

En tanto norteamericano, Zukor respeta la paz de los domingos; en tanto judío, observa el descanso sabatino. Por consiguiente, su descanso comienza los viernes. Descansa tres días. Trabaja cuatro. Hoy es martes, de manera que Zukor ha venido a trabajar. En este instante, repasa un montón de papeles. No hay espías en su despacho, así que Zukor no sonríe. Torcidos sus labios en un gesto de impaciencia, no se parece ahora su rostro al que reproduce su retrato, impreso en cien mil ejemplares. Si sonríe en presencia de testigos, lo hace para dar testimonio de su buen corazón y su firmeza como hombre de negocios. Ahora, en cambio, se muestra sombrío. Los hermanos Warner le han tomado la delantera. Zukor no creyó al principio en el cine sonoro. Y los hermanos Warner se tomaron en serio la patente de la Western Electric. Rodaron la película El cantante de jazz. Habían estado al borde de la bancarrota.

Fueron una pequeña empresa que Zukor pudo haber comprado sin el menor esfuerzo. Pero ahora estaban comenzando a erguirse hasta alcanzar a la Paramount. Controlaban el First Nacional.

Están comprando cines a montones. ¡Y todo gracias a una sola película! Una, por cierto, bastante simplona: la historia de un niño judío a quien le destinan la carrera de rabino, pero que se resiste a ello porque, vaya usted qué cosa, quiere ser artista…

Adolph Zukor se hunde un instante en sus propias ensoñaciones. Ya no repasa los folios llenos de cifras, esos trofeos que se han llevado los hermanos Warner. Ante su mirada perdida pasan el cine, un pesado candelabro, los enrevesados rollos del Talmud y la enjuta y seca mano del rabino.

No se trata del guión de alguna nueva película: son sus recuerdos. Todo hombre tiene el derecho a recordar su niñez. Incluso alguien tan ocupado como mister Zukor y que no nació precisamente bajo una cúpula de cristal. Lo hizo, por el contrario, en la pequeña ciudad de Ricse, en Hungría, entre judíos devotos y gansos chillones, rodeado de campos empobrecidos y preceptos divinos.

Entonces, aún no existían esas mágicas cintas de celuloide que proporcionan a los hombres esperanzas y réditos. Aquellos devotos judíos vivían entonces, según las costumbres legadas por sus ancestros. El tío del pequeño Adolph, el señor Liebermann, ocupaba un cargo principalísimo: era la máxima autoridad en la sinagoga. Y era su deseo que su sobrino inculcara esperanzas en la gente, es decir, quería que se convirtiera en rabino titular. Así, sentaron a Adolph a estudiar el Talmud. Estudió qué carnes le está permitido ingerir a un buen judío y cuándo le está permitido ayuntarse con su legítima esposa. Reflexionó acerca de los pecaminosos paganos y el Jehová vengador.

En torno a él alborotaban los húngaros. Bebían vodka de ciruelas, entonaban tristes baladas y ensartaban a pesados cerdos. Adolph se repetía una y otra vez unas palabras llenas de sabiduría: «El viento vuela hacia el sur y se vuelve hacia el norte, gira y gira mientras avanza y regresa el viento a entretenerse en sus giros». La escasa llama de un cirio amenaza con apagarse. Al otro lado de la ventana, graznaban los gansos.

Hacía mucho, mucho tiempo de todo aquello. Cuarenta años enteros. Por aquel entonces, Adolph Zukor tenía rollizos mofletes y hermosos rizos que lo dotaban de un aire soñador. No obstante, no vale la pena dedicar tanto rato al pasado.

Zukor está demasiado ocupado como para permitírselo. En sus ratos de ocio, se entretiene jugando a cartas, golpeando una pelota con una raqueta o jugando al golf. Ahora está trabajando. El éxito de la Warner Bros. es algo provisional. ¡Jamás podrán con la Paramount! ¡Manos a la obra, pues!

En Inglaterra, tenemos el Plaza y el Carlton, en Londres, el Royal, en Manchester, y las salas Futurist y Scala, en Birmingham… «Sam Katz, nuestro representante en Inglaterra, informa sobre la disponibilidad de otras seis salas de cine en las afueras de Londres. Catorce mil lunetas…» Bajo la cúpula de vidrio, el trabajo prosigue sin cesar.

Traducción de Jorge Ferrer



6 Comentarios



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6 por jorge Carrasco (Usuario no autenticado) 04/07/2008 11:36

Excelente libro. Nos lo regaló una amiga y es realmente interesante. Lo recomiendo.

5 por Otis Hernandez (Usuario no autenticado) 15/03/2008 18:50

Acudo a este sitio porque pienso que ustedes pueden ayudarme; he sido victima de la censura editorial y espero que alguien escuche mi voz. Rafael Lopez-Ramos, propietario del blog Los Lirios del Jardín me ha quitado mi derecho a replica, ha infringido mi derecho a expresarme libremente; he insistido varias veces y no recibo respuesta, solo una serie de insultos a trabes de sus comentarios, ensalzando a sus colaboradores a rebatir mi conscientes comentarios. Espero que ustedes me comprenda y puedan ayudarme, muchas gracias. Otis.

4 por HDR (Usuario no autenticado) 15/03/2008 16:42

Jorge, Leí a Ehrenburg en mi epoca izquierdista - quinto año de bachillerato - me parece que el título era "Julio Jurenito", la biografía del provocador. En aquel tiempo me gustó. Hace unos meses leí a Grossman sobre el sitio de Stalingrado, no recuerdo el título, pero era un rerun de La Guerra y la Paz. Similar en tamaño también. Un libro magnífico en mi opinión, que describe como piensan y se comportan la gente bajo un régimen comunista. Hay un fascinante paisaje también sobre la estructura de la cúpula dentro del partido nazi. No sabía que Ilya se hubiera interesado en Hollywood. Fascinante. Saludos.

3 por Jorge Ferrer (Usuario no autenticado) 15/03/2008 0:30

Sí, que comparta, porque yo tampoco me he enterado. Creo que se trata de un restaurante, ¿no? Dé pistas y que sean públicas, "invitador"...

2 por barcelona (Usuario no autenticado) 14/03/2008 23:45

¿donde es el güiro, asere? comparte con la gente cubana de barcelona, deseosas de una buena movida.


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Jorge Ferrer. Escritor y traductor. Escribe desde Barcelona, España.

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