La reconciliación y la «intransigencia»
Jorge Ferrer | 26/06/2008 15:34
Para una nación dividida y a la espera, por incierta que sea, de una transición democrática como es la cubana, la cuestión de la «reconciliación» es un asunto de capital importancia.
El problema radica en qué «reconciliación» es aceptable para cada parte y cuánto están dispuestos a olvidar, o a perdonar, los agraviados. No se trata de de una mera cuestión de equlibrios a negociar. Hay también cuestiones morales que dirimir y hay el peso -a veces insoportable; siempre útil- de la memoria.
Fernando Villaverde, cineasta y escritor cubano radicado en Barcelona tras décadas de residencia en Nueva York y Miami, ha escrito para los lectores de El Tono de la Voz un texto magnífico sobre el asunto, que me complace mucho publicar aquí.
«¿Cómo es posible que ahora, en un nuevo giro de esas reglas del juego que se obstina en fijar siempre el régimen, la nueva consigna sea hacer las paces y callar, so pena de pecar nosotros una vez más de intransigentes reaccionarios?», se pregunta Villaverde.
En los próximos días volveré aquí sobre este asunto.
Una habitación propia
Por Fernando Villaverde
Todos los niños del mundo, vamos una rueda a hacer
Tania Castellanos
Bastan momentos de atención para escuchar cómo crece constante el clamor en pro de una propuesta que asume diversos nombres: reconciliación entre cubanos, búsqueda de consenso entre conceptos divergentes, deseo de entre todos hallar una vía nacional común. Pero la historia tiende a ser latosa. Y en mi caso, vivido un tramo largo, induce a que ese clamor de tintes tan benignos asuma estridentes disonancias.
Lo que mi relación con Cuba fue durante mis primeros 13 años de exilio constituye una etapa tan sepultada por acontecimientos posteriores como para resultar hoy día extraña a los más jóvenes. En aquellos tiempos, mediando los 60, irse del país equivalía a la renuncia absoluta. Se partía con la decisión de nunca mirar atrás mientras en la isla subsistiese el sistema de gobierno al que se había dado la espalda, se sabía que no se nos permitiría hacerlo. Hostil en todo momento era el rostro que mostraba la oficialidad cubana a quienes partíamos. Por dar un ejemplo, ese mismo individuo que ahora asume por herencia la jefatura del Estado y pretende mostrar tintes reformistas no se cansaba de decir que quienes emigrábamos habíamos nacido en Cuba por casualidad, como si él contase entre sus antecesores a los siboneyes. Por no mencionar los epítetos que el régimen nos dedicaba a todos los exiliados sin distinción, ocupándose además de divulgarlos a los cuatro vientos: gusanos, vendepatrias, contrarrevolucionarios, reaccionarios, oligarcas, fascistas.
No sólo se nos aseguraba que, una vez idos, jamás volveríamos a pisar el país donde habíamos nacido, derecho nuestro en tanto que cubanos. Nada de visitas, ni turísticas como ahora ni para, como a tantos pasó, acompañar a algún padre al sepulcro. La gente era además obligada a partir con lo puesto y no quiere esto decir que se despojase a los ricos de joyas y demás bienes mal habidos. A quienes partíamos se nos impedía llevarnos documentos fundamentales para reanudar nuestras vidas fuera: partidas de nacimiento, certificados de matrimonio, y con especial saña, certificados de estudio, títulos universitarios. Querían que pasásemos a ser nada, indigentes sin existencia propia.
El afán persecutorio no moría cuando dejábamos atrás aquello que, entonces caldera hirviente, hoy no es más que olla de grillos. En el terreno de las relaciones familiares o de amistad, se nos obstaculizaba toda relación con quienes permanecían, así fuesen los seres más queridos. Cartas enviadas desde o hacia el exterior eran intervenidas y leídas, como se pudo comprobar las miles de veces en que se llamaba a contar a quien recibiese o enviase alguna con opiniones para la autoridad inconvenientes. Operadoras cubanas bloqueaban las llamadas telefónicas de fuera o se advertía a aquéllos con parientes en el extranjero sobre lo desaconsejable de aceptarlas, con lo cual hubo no pocos exiliados que, en el intento de comunicarse con un familiar, escucharon a éste decir, quién sabe con cuánto gusto o disgusto, que en aquella casa no se recibían llamadas del exterior.
Yendo a temas que me son más inmediatos, la labor cultural desarrollada en el extranjero por colegas, escritores o artistas exiliados, habría que creer que los fondos destinados por la isla a obstaculizar esta tarea alcanzaron sumas prodigiosas. Representantes de las autoridades cubanas en citas culturales internacionales, lo mismo festivales de cine o teatro que congresos o seminarios universitarios, advertían a sus organizadores que la presencia en esos eventos de cubanos exiliados o de sus obras los obligaría a retirar su participación. Con lo cual, juzgado el peso de unos y otros, fácil adivinar el camino por el que optó buen número de funcionarios culturales de muy diversos centros, vistos ante la disyuntiva. Sin descontar que, de muchas taimadas maneras, algunas no tan escondidas, el régimen continúa poniendo abundantes trabas a la difusión de la obra de aquellos artistas y escritores del exilio cuyas ideas le disgustan o, sobre todo, de aquéllos que no se avienen a congeniar con ellos.
Los peores aspectos de esta situación comenzaron a variar hace unos 30 años, cuando el régimen cubano, creyéndose con sustento seguro, decidió emprender una maniobra de aparente acercamiento al exilio. Ésta tenía entre otros fines uno muy evidente que subsiste y que posteriores acontecimientos volvieron vital: recibir millones de dólares de esos exiliados que, no obstante los esfuerzos de La Habana por anularlos, llevaban en el extranjero, fundamentalmente en Estados Unidos, una vida fructífera, decente y holgada. Se trató del llamado Diálogo, reunión de representantes del gobierno cubano con un grupo de exiliados escogidos por el propio régimen, para entre otras cosas legitimizar las visitas a la isla de exiliados, al mismo tiempo que liberaba y enviaba al exilio a unos mil presos políticos, en buena parte con bastantes años de reclusión. Visitas que, no obstante ser los viajeros cubanos, tendrían que ajustarse a estrictas limitaciones. A partir de ahí y tal como puso de relieve un chiste de los tiempos, los antes repudiados gusanos nos volvimos bienvenidas mariposas. También desde entonces y con particular relieve en el terreno cultural, las autoridades cubanas han impulsado selectas formas de intercambio con quienes hasta entonces había calificado de irreconciliables enemigos.
Se produjo entonces una singular mutación de conceptos, que subsiste y que acompañada en estos tiempos de esos llamados a la reconciliación general, se acentúa hasta lucir consigna. Aquéllos de nosotros que preferimos no hacer caso a cantos de sirena y nos mantuvimos en el distanciamiento que durante décadas había prevalecido, y no precisamente por decisión nuestra sino como política inflexible del régimen cubano, pasamos a ser personas de pensamiento rígido, intransigentes. Es decir, asumimos otra variante del ser reaccionario. Ahora lo éramos, no por haber sido privilegiados y perseverar en una ideología de clase dominante, de lo cual se nos había acusado hasta el hartazgo, sino por negarnos a estrechar la conciliadora mano de quienes, hasta la víspera, escupían en la nuestra. Intransigentes por negarnos a dialogar con quienes durante 20 años habían perseverado en rebajarnos al nivel de los demonios, obstaculizando nuestras vidas cuanto podían; retrógrados por no postrarnos ante el régimen cubano cuando éste resolvía por su cuenta alterar las reglas del juego y presentarnos una máscara amiga.
Ni lo quise entonces ni lo quiero ahora, e igual que no me importaron nunca los epítetos de la oficialidad cubana, tampoco me mueven ahora. Mi vida ha transcurrido ajena a ese gobierno, a su existencia y a sus decisiones, y desde irme de allí lo miro y lo oigo como si fuese materia de ficción. Mi partida fue, como ellos querían, definitiva, íntegra. Aunque para su malestar, saben que siempre conservo una médula que no está en su poder arrebatarme y es mi identidad cubana, reflejada en todo lo que es mío, en cuanto hago, entre otras cosas en mi labor como escritor. A ésa es a la que ahora quieren echar mano y pervertir.
Se me hace además atávico el empeño con que los actuales partidarios de la reconciliación promueven manifiestos y convocatorias. Denota cierta imposibilidad de despojarse de un modo de pensar que pretende ampliar la acción colectivista al pensamiento y que considero enemigo de lo que debe ser fundamento de todo intelectual, artista o escritor, un pensamiento propio. Esos intentos de pluralidad a ultranza me suenan obedientes al clásico llamado del agrupémonos todos, aunque su consiguiente lucha final haya caído en el descrédito de las peores utopías. Este empeño colectivo trae sobre todo la trampa de impedirme escoger cuándo, cómo, por qué y con quiénes deseo yo establecer mi propio diálogo. En el caso mío, como presumo que en el de buena parte de los exiliados que se mueven en el área cultural, eso hice siempre, sin necesidad de atender pautas del régimen ni preocuparme un ápice por ellas. Dejé en Cuba colegas, unos cuantos de los cuales partieron después que yo y otros que siguen allá, cuya decisión de quedarse no me indujo nunca por sí sola a valorarlos mejor o peor. Bastantes artistas y escritores han surgido después cuyas obras, en la medida en que los velos del régimen han sido más o menos espesos, he podido conocer y en algunos casos admirar, individualidades a las que luego he conocido y otras a las que me interesaría acercarme. Pero sin duda hay artistas y escritores, y no sólo en una sino en las dos orillas, casi siempre aquellos con nombre y apellido más notorios, con quienes me repugnaría compartir un foro cualquiera o verme firmando con ellos la misma proclama, por justa que ésta pareciese. No lo aceptaría. Sentiría cualquier aproximación como vejaminosa para mi integridad, la cultural y la personal.
Deseo, como en aquellos primeros años de mi exilio, seguir eligiendo a voluntad entre amigos y enemigos, la libertad de guiarme por juicios propios, sin que no dar la mano a un contrario sea visto como deseo de mantener viva una guerra. Si nos queremos personas de cultura, debemos entender que el derecho a denunciar y combatir lo que consideremos ideas equivocadas o perniciosas no es una opción. La altura de miras y la incandescencia verbal no sólo pueden coexistir, habría que convenir que son fuente esencial de la cultura y sus avances. ¿Cómo es posible que ahora, en un nuevo giro de esas reglas del juego que se obstina en fijar siempre el régimen, la nueva consigna sea hacer las paces y callar, so pena de pecar nosotros una vez más de intransigentes reaccionarios? Si creo a alguien taimado o hipócrita, tarea mía es decirlo. Aunque hablando con sinceridad, poco probable es que, después de tanto tiempo distanciados, venga ahora yo a estimar semejante labor de engranajes políticos merecedora del esfuerzo. Prefiero mantenerme alejado de quienes me negaron, hacer como que no existen, y sin preocuparme por arbitrarias coaliciones, seguir dedicando mi interés a obras particulares y a sus autores. Alejado de proyectos de corte colectivo, a los cuales temo un futuro dudoso; no importa lo sincero de su origen, podrían a la larga ser manipulados por quienes, puesto que detentan el poder, tendrían en ese encuentro mucha más fuerza que las gentes honestas.
Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 26/06/2008 15:49




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16 Comentarios
16 por Leonora del Monte (Usuario no autenticado) 27/06/2008 21:52
para que emoción
hay muchas maneras de decir, la descalificación es una de ellas y la usan los extremistas de ambos bandos...me gozo de no estar en ninguno de ellos y te aseguro, parafraseando a nuestra querida Yoani, que ya van siendo singulares...
15 por que emoción (Usuario no autenticado) 27/06/2008 20:12
Que picúa, LdelM, el garbo de Blanco, jajaja, UNÁMONOS, jajaja, somos cubanos, unamos nuestros corazoncitos, jajaja, otra obama de alma, muela y muela y muela, "UNÁMONOS" es como el "cambio" de obama, pura muela y retórica. Ay, ay, lloremos juntos un ratico, todos juntos, obama, blanco y leonora, y cuando nos sequemos las lagrimas, el mundo entero nos sonreirá agradecido y echará a su vez una hermosa lágrima que correrá incansable hasta su destino final, nuestro azul mar caribe de la patria, ohhhh.
14 por Leonora del Monte (Usuario no autenticado) 27/06/2008 19:58
He leído con detenimiento el artículo de Ferrer y la opinión de Blanco. Pienso que el tema de la reconciliación es un tema que debe llevarse por etapas y cada etapa tiene por así decirlo su propia particularidad...el gobierno de Castro lleva 50 años dividiendo a los cubanos de todas las formas imaginables posibles. Muchas familias han sido víctimas de este doloroso e impuesto desarraigo de su tierra , sus costumbres, sus raíces...el gobierno cubano ha hecho de toda esta tragedia lo peor imaginable, crear intrigas, divisiones, tomarse el derecho de decidir sobre el libre derecho de los cubanos de regresar libremente a su tierra con independencia de sus ideas políticas, prohibirles comunicarse , intervenir en sus ideas religiosas, encarcelar, separar...y cual es el saldo? rencores, no olvido, dolor, prisión, muerte, odio...todos sentimientos no constructivos, carentes de la necesaria positividad que requiere un ser humano para vivir. Por eso...coincido en que es un tema escabroso, pero primero, mis queridos hermanos cubanos, UNAMONOS, no al gobierno actual, no a una determinada medida, no a un capricho o ley eventual de Raúl ni de nadie...es sencillamente la necesidad imperiosa de volver a ser SENCILLAMENTE CUBANOS...unión y ajustar la marcha...pero es imperiosa la necesidad, incluso para acabar con la inercia actual, de unirnos, los de adentro, los de afuera y los de adentro con los de afuera y viceversa...somos todos CUBANOS...No les parece un buen comienzo? por que venimos a este web todos los días, por que nos sonreímos con la manera cubana de decir, por qué buscamos el mar...o amamos la salsa que quizas en Cuba nos molestaba por estridente a ratos...por que nos encanta la manera decir de Ferrer y el garbo de Blanco, nos nos engañemos...somos CUBANOS COñO Y ES HORA DE EXTENDER ESAS MANOS Y MIRARNOS A LOS OJOS..Hay mucho camino por recorrer...no se uds que piensan pero es hora de cambiar las cosas entre nosotros...olvidense del gobierno...estoy hablando del GOBIERNO DE NUESTROS CUBANOS CORAZONES. LOS QUIERO
13 por REVER (Usuario no autenticado) 27/06/2008 19:42
Aguila justiciera y demás,
Usas "este grupo de malhechores" para catalogar a quienes cargan con la responsabilidad de tanto mal para Cuba. OK. Cuantos son los que quieres ver en la cárcel y bajo que justicia legal ? 5, 50, 5000, 50000 o 500 000 ? Cual es el rasero para medir ?
Te puedo asegurar que el sistema actual en Cuba desde un inicio ha mantenido a la inmensa mayoría cómplice de violar diariamente las propias leyes vigentes para obtener ventajas ya sean de índole moral o material. Y en los últimos tiempos simplemente para poder sobrevivir.
Cuando las reglas del juego son turbiamente sucias no hay mucho que hacer - la actual constitución cubana lo es, junto con su código penal y las horribles circulares ministeriales.
De esa manera el único rasero sería castigar por crímenes contra la humanidad o crímenes de acuerdo a las leyes vigentes en aquel momento. Un buen ejemplo el capitán del remolcador 13 de Marzo. Otro buen ejemplo carceleros y torturadores de presos políticos.
Fuera de estas categorías falta la medida jurídica aunque sobre la moral y humana. Las hordas de colaboradores y delatores seguirán su camino. El mejor castigo es que el pueblo sepa con nombre y apellidos quienes hicieron qué.
Aunque la vida continúe e incluso las víctimas hayan perdonado, creo que una comisión de la verdad como en muchos países (Ruanda, Sudafrica,etc) sería lo más adecuado. Sin ningún poder legal pero con todo el poder moral del mundo.
Sólo entonces la memoria no tendría que mezclarse con la mala fe, el disgusto de haber tomado venganza personal y la conciencia de continuar manteniendo a cubanos contra cubanos por los siglos de los siglos.
12 por Juan Antonio Blanco (Usuario no autenticado) 27/06/2008 19:32
Otro acierto de Jorge Ferrer éste de llamar nuestra atención sobre el controvertido tema de la reconciliación. Y lo hace adicionando un magnífico texto escrito con vertical honestidad por Fernando Villaverde en que refleja algunas de las dificultades existentes para el abordaje de este tópico. Las que emanan de vejámenes y ultrajes que incluso hoy están plenamente vigentes. Hay también otros aun peores: los daños irreversibles inflingidos a todas las víctimas de más de cinco décadas de conflicto violento en Cuba.
Pero, como si lo anterior no fuese suficiente, existen también dificultades adicionales que se derivan de las diversas interpretaciones que se atribuyen al concepto de “reconciliación”. Esas merecen un comentario y un diálogo más extenso entre nosotros, pero adelanto que hay una diferencia sustantiva entre la aproximación religiosa y la laica. En la segunda la reconciliación no es vista como el perdón que el buen cristiano, según algunos, estaría obligado a extender a sus victimarios, ni se conecta con ciertas dudosas presiones para clasificar como “políticamente correcto” que en efecto existen y con razón denuncia Villaverde.
No soy teólogo así que dejaré la interpretación religiosa de la reconciliación a aquellos entendidos en esa materia, pero me dedico profesionalmente a asistir a personas y grupos interesados en trascender conflictos por lo que adelanto un par de observaciones sobre la concepción alternativa del término.
La aproximación laica no supone el deber de olvidar el pasado, amar al verdugo ni extender perdón a los victimarios, sino que entiende la reconciliación como construcción de instituciones y normas que sean respetados por todos para que los enemigos transiten hacia una coexistencia no violenta y una convivencia normada de las que son en lo adelante corresponsables. La reconciliación laica no elude la necesidad de justicia, pero se vale de sus diversas formas de aplicación para responder a distintos tipos de culpabilidades. Considera que perdonar es el privilegio exclusivo de las víctimas, pero el verdugo, para aspirar a recibirlo, debe mostrar genuina constricción lo que supone algo más que la simple admisión de lo sucedido.
Suponer que los antiguos republicanos aman a los franquistas y viceversa en la España actual, que los han perdonado o que han olvidado sus crímenes recíprocos, tiene poco que ver con la realidad, aunque haya casos excepcionales que sirvan para confirmar la regla. Lo mismo sucede en otras latitudes que fueron sacudidas por violentos conflictos. Víctimas y victimarios cenan en los mismos lugares, pero no en la misma mesa. De hecho algo así se ve ya hasta en los restaurantes de Miami, donde la obligada convivencia está normada por las leyes estadounidenses aunque persistan rencores y odios entre muchos de los que hoy cohabitan esa ciudad y antes se enfrentaron en Cuba. Y entre los primeros objetivos de la reconciliación laica está el de construir la normatividad de una nueva convivencia entre personas y grupos cuyas heridas no han cicatrizado.
Pero no me voy a extender más aquí sobre el tema. Ya he abusado de este espacio. Intentaré retomarlo en mi blog más adelante.
Una vez más, mi sentido agradecimiento a Ferrer y a Villaverde por introducir un asunto, delicado pero ineludible, con la honestidad y decencia que todo intercambio sobre el mismo demanda.
NOTA: Colgué por error este comentario en un posting anterior de este mismo blog. Mis excusas.
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