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Política, literatura, medios

Autor: Jorge Ferrer

Jorge Ferrer. Foto © Laura Ceccacci

Jorge Ferrer. Escritor y traductor. Escribe desde Barcelona, España.

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Contacto: eltonodelavoz@gmail.com

 

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Retrato de apóstata con fondo canónico. Artículos, ensayos, un sermón. Selección y prólogo de Jorge Ferrer. Editorial Colibrí, Madrid, 2004.

 
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Veintinueve escenas para una novela sobre la inercia y el olvido Editorial Catalejo, Miami, 2001.

 

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¿Quiere usted desestimular…?

(¿Desestimular? Más atención con los títulos, Luis, no sea que “desestimules” la lectura del artículo. No captaste la sugerencia sobre el ingenio. O la captaste mal.)

Luis Sexto

Juventud Rebelde. 9 de marzo de 2007

Nada puede impedir que la gente piense. (Cuidado, Luis. Sueles comenzar tus artículos con ánimo filosófico. Y es cosa que lleva peligro. En este, porque sí que hay algo que puede disuadir a la gente de pensar. Y sabes bien que no podemos nombrarlo.) Es obvio, pero al comenzar mi columna con una frase aparentemente tan común, estoy insinuando que algunos pueden intentarlo. (¿Intentar qué? ¿Pensar? ¿Impedir que se piense? Ya empiezas a complicarlo. Lo mismo de siempre.) Sería, por supuesto (ya nos dijiste que es obvio el no sé qué; ahórrate este “por supuesto”), como echar el mar en un caracol o dentro de un hueco abierto en la arena. ¿Quién le establece raya o cerca al pensamiento? (¡¿Que quién hace cosa tan mala?! Vamos, Luis: tú lo sabes.) Existen personas así: solo existe lo que ellos creen que existe. Lo demás es espejismo y, por lo tanto, no lo tienen en cuenta. (¡Qué feo eso! ¿Recuerdas el cursillo sobre frases hechas? Pues, aquí me arrancas dos: “tirar piedras sobre tu propio tejado” y “morder la mano que te da de comer”.)

Claro, hay una acción —acción por omisión— más impolítica e irracional: ignorar lo que la gente piensa. (Uno: ya te he dicho que lo tuyo no es la filosofía, querido. Y tampoco la disidencia: no te metas con los que ignoran lo que la gente piensa. No te queremos en la cárcel, Sexto.) Y de esto hablo, porque, siguiendo una de las últimas reflexiones de este espacio, un lector me envió una lista de 26 reglas para desestimular o desmotivar a los trabajadores. (Cuida la redacción: si ese lector que dispone de tanto tiempo envía la lista de marras “siguiendo” tu último artículo, se pensará que iba contra ti. Y sabes bien que no será difícil que lo crean.) ¡Son tantas...! aunque, a veces, solo con una basta. (Cuídate de oraciones tan complejas. Sujeto y predicado. Y lo que te decía Tubal, sin recordar a quién citaba: nosotros no escribimos para El Nuevo Herald.) Es decir, el acto del remitente confirma que la gente lee y piensa. (¡Sexto, coño! No hace falta que en el segundo párrafo te pongas ya a justificar el primero. Con lo del mar y el caracol y el hueco ya hubo suficiente.) ¿Y podría ser de otra manera? Si los ciudadanos hacen cola en la Feria del Libro, si estudian en las universidades municipales o ya tienen un título, hay, pues, que aceptar que la gente —al menos una porción del conglomerado nacional— está apta para pensar. (Debería suspenderte. Porción, conglomerado. Esto, ¿qué es? Un catálogo de Cubanacán. Ay, por cierto, ¡ni nombres a Cubanacán!) Y el autor del mensaje, pensando él (uf, esto sobra: cuando te veas a punto de soltar algo así, vete a pugilatear un café: suele calmar), me hacía recordar que esas reglas son muy viejas, pero no siempre han sido tenidas en cuenta. (Ay, no: ¡otra vez el Pavonato, no! Luisito, viejo, ¡no te compliques! Eso son cosas de intelectuales. Tú, a lo tuyo. UPEC. No UNEAC. ¡Allá ellos con sus cosas!) Una de ellas la he empezado a comentar desde la primera línea de mi nota: «Ignore las quejas y no escuche a quien las trae». (¿Le falta mucho a este artículo?)

Es decir, decida, actúe, y no averigüe qué piensan sus subordinados, sus electores, los ciudadanos de cuanto usted decide y hace. (Ya lo hacen, Luis. Además, este es el articulito en JR. No la reunión con los jefes. Organiza bien los papeles, anda.) Es la mejor fórmula para que la gente empiece a dudar, a deprimirse, a distanciarse. Pero si usted sabe cómo sienten, cómo reaccionan a sus decisiones o actos, asuma que son unos majaderos o acepte que nada de cuanto alegan en sus quejas posee alguna razón. De ese modo, todo seguirá como usted ha dispuesto. (¿A qué viene esa recomendación, muchacho? Sexto: te doy un párrafo más para definirte o doy camino a esto.)

¿Es cierto que hay en Cuba personas así? (No sigas… que te vas a embarcar…) ¿Sordas, ciegas, insensibles ante el reclamo de la ciudadanía o del vecindario? (Muy bien lo del vecindario, porque así rebajas el nivel de los culpables. La cautela, Sexto. ¿Cuántas veces no hemos hablado de la cautela?) Lamentablemente, existen personajes como los descritos. (Ay, ¡no! ¿¡Vas a tirar con todo!? No aprietes tanto, chico, que después la gente se pone a pedir más.) Tienen algún poder y lo usan. (Otra vez la cautela. Bien, muchacho. Ese adverbio te salva la cuenta de correo y los CUC de compensación. “Algún” poder: he de reconocer que has aprendido lo principal.) No lo usan, sin embargo, para servir o construir. Quizá para generar quejas y molestias, porque las cosas solo pueden ser como ellos las determinan. (¡Viva ese “quizá”! No hay que “generalizar”: la cosa es de sargento para abajo. ¡Cien puntos en cautela! No es asignatura, pero es herramienta fundamental de trabajo.) Yo me entiendo. (Nada de secretos, Sexto. Vuelves a sembrar la duda en el censor. Y nada de afirmaciones tontas. Ni tú te entiendes, ni te entiendo yo. Ahí dejas abierta la posibilidad de que el lector se imagine cualquier cosa. Piensa por un momento -ya lo decías tú que todo el mundo piensa, ¿por qué no tú mismo?-, que se les ocurre que hablas de Fidel o Raúl.) Sé que no estoy cantinfleando. (A veces, Sexto, eres insuperable.) Ese es el comportamiento típico de la mentalidad que llamamos burocrática.

La burocracia no es un grupo, ni una entidad: es eso, un modo de ver, un modo de juzgar, y, sobre todo, un modo de verse y juzgarse a sí misma. (¡Y dale con la filosofía! Ahora resulta que la burocracia es herramienta barthesiana o kantiana. ¡Y ese uso del reflexivo! Sexto: limítate a lo tuyo. Recuerda la divisa. No, el CUC no. La otra: que se crean que somos un periódico crítico. Si sales con esas tonterías de la regard, la gente se va a perder. Nos tomarán por postmodernos. Vamos, céntrate.) Y usualmente cree que está sobre toda ley o sobre toda relación. En otros momentos lo he dicho (¡No aludas jamás a tu obra! Busca autoridades): las actitudes burocráticas no respetan ni las decisiones de los tribunales. (¡Santa Bárbara bendita!) Por ejemplo, cuántos vecinos no se han quejado del ruido, ese disturbio ambiental que a veces es permanente, y ante la tozudez de cuantos lo producen (Perfecto. El ruido: has encontrado tema inocuo, vecinal y sensible. Así le echamos la culpa a motores y compresores. Perdóname, socio. A veces, te subvaloro.) —digamos una empresa, un establecimiento comercial, un hotel— han acudido a los tribunales, respaldados incluso por el delegado de circunscripción; el fallo los ha favorecido, pero todo ha continuado por meses y años de la misma manera. Del otro lado, ignoran el fallo. O niegan que sea justo. (¿Qué decías de los ejemplos? Anótalos, caray… ¡Claro que bromeo! Lo has cerrado muy bien, porque así atizas la envidia a los dirigentes y estimulas el miedo. Eso, sextico, ¡el miedo! ¡Eres un monstruo! )

Claro, la mentalidad burocrática sabe defenderse. Ante la queja, esgrime siempre las razones de defensa de la economía. (Dos veces “defensa”: ¡bien!) ¿Quién se atreve a dañar nuestra economía? Ah, bueno. (Cuídate del coloquialismo, brother. Ya sabemos que no es lo tuyo. El lector puede identificarte contigo, sí. Y eso lo prepara para tragarse la moraleja, pero la gente te conoce. A estas alturas, sabe que todo esto es cuento.) El argumento parece incuestionable. Pero, como han establecido desde hace tiempo las relaciones humanas, una acción tiene siempre su reacción. (¡Y dale con los filosofemas!) ¿Quiere usted desestimular, desmotivar, decepcionar a los actores principales de la economía, esa gente que sufre, trabaja y piensa? (Y erre que erre: eres incorregible, Luisito.) Pues ignore las quejas y no escuche a quien las lleva. (Hablemos claro, Sexto. Entre nosotros, quiero decir. No te pongas tú a hablar claro, que sabes demasiado. Sé que conoces la verdad y te gusta jugar a decirla sin decirla. ¿Qué tal si la dices de una vez y me ahorras tanta muela? Anímate, muchacho: tu censor está contigo. ¿Que no? ¿Que seguimos con la bobería y la jabita? Pues, dale. Yo, que soy también tu amigo, te acompaño.)

 

De contra: el Granma de hoy trae texto suculento sobre la “lucha antivectoral”. Unas 1800 palabras. Hay de todo: reconocimiento de que los brotes del Aedes aegypti adquirieron proporciones críticas el verano pasado, incitaciones a acudir al mercado negro en busca de plaguicidas, reproches a la desidia de dirigentes de nivel medio y evocaciones nostálgicas del rigor de “los ochenta del pasado siglo”.


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