Octavio Armand: vida de Orlando García, y Posada, y Castro I
Jorge Ferrer | 15/08/2007 0:15
De entre los escritores cubanos vivos, quizás sea Octavio Armand el dueño de la mayor capacidad para producirme asombro y deslumbramiento.
Los mismos que me produjo la lectura de este “El acto gratuito” que inserto hoy aquí, un texto armado en torno a lo que, dice, fue su “amistad improbable” con Orlando García, esquivo personaje de nuestra historia reciente.
Desfilan por este texto, en el que, me avisa Octavio, nada hay de ficción, figuras del exilio cubano, comandantes de la revolución, presidentes de naciones del Caribe, políticos de la etapa republicana.
Y hay impagable relato del regreso de Orlando García a La Habana, cuando por encargo de Carlos Andrés Pérez viajó en 1989, en tanto Jefe de los Servicios de Seguridad de Venezuela, a coordinar una visita de Fidel Castro a Caracas. El encuentro de esos dos viejos militantes de la gangsteril «Unión Insurreccional Revolucionaria»…
Se trata de texto extenso, de manera que inserto aquí avance más enlace a .pdf con la versión íntegra. Recomiendo vivamente imprimir y leer sobre papel.
Naturalmente, agradezco a mi fraterno Octavio la cortesía de ofrecernos este texto inédito.
Más abajo, para quienes poco sepan de Armand y sus últimos libros, copio reseña que escribí de El aliento del dragón, libro suyo de ensayos, que apareció publicada en el #44, el corriente, de la revista Encuentro, cortesía que agradezco a sus editores.
El acto gratuito
Por Octavio Armand
Y así, considerando esto, estoy por decir que en el alma me pesa de haber tomado este ejercicio de caballero andante en edad tan detestable como es esta en que ahora vivimos; porque aunque a mí ningún peligro me pone miedo, todavía me pone recelo pensar si la pólvora y el estaño me han de quitar la ocasión de hacerme famoso y conocido por el valor de mi brazo y filos de mi espada, por todo lo descubierto de la tierra. Pero haga el cielo lo que fuere servido; que tanto seré más estimado, si salgo con lo que pretendo, cuanto a mayores peligros me he puesto que se pusieron los caballeros andantes de los pasados siglos.
Don Quijote de la Mancha, Primera parte, Capítulo XXXVIII
1
Lo conocí cuando le quedaban pocos amigos. Muy pocos. Alejado del poder, se alejaron panas y altos panas, cuates y ñeros, manos y hermanos del alma, cachanchanes y apapipios rebuscones, todos indignos del puente tendido, la puerta entreabierta, la promesa cumplida, la vida arriesgada, el favor, el inmenso favor, la protección, la ayuda, la ayudita, la recomendación, el olvídalo, no es nada con que borraba montones de deudas pendientes.
Durante el shogunato de Cara de mono hubiera sido capaz de cortar a un adversario en dos de un solo tajo, como si fuera el primer trazo del delicado ideograma neko, que es gata, gato, gatas o gatos; y luego conmoverse minutos después, la respiración apenas alterada por la caligrafía definitiva y violenta, ante un espléndido arreglo floral, todo mientras se encamina a una ceremonia del té donde no desentonará al alabar el esmero de la anfitriona, cortesana de resistente madurez que todavía aspira a las caricias del señor. Sirviendo a un veneciano, su arrojo y lealtad lo hubieran excepcionado como primus inter pares al sumarse a los mejores condotieri, sin que las órdenes cumplidas le negaran párpados ante un vidrio recién fundido o los rosetones y ojivales de una catedral. Hubiera podido ser íntimo de Borges y del gaucho Martín Fierro, aprendiendo indistintamente costumbres de mar adentro en las kenningar y aforismos de la pampa en el manejo del facón. Pero como destino le tocaron nuestros días de repúblicas escasas y abundantes presidentes. Salvó la vida de varios -- a un par de ellos en más de una ocasión --, que lo honraron con su asombro y acaso su amistad. Al hacerlo, a veces tuvo que matar. Quizá algunas noches sintió que lo rondaba una sombra ansiosa por vengar el cuerpo que él le había arrebatado. Si así fue, prendería otro cigarrillo, nunca las luces: no era hombre que temía fantasmas. Tampoco a los enemigos que le habían jurado la muerte; muchos tan osados como él y muy capaces de sorprenderlo durante los ochenta y seis mil cuatrocientos segundos de cada veinticuatro horas.
2
Don Quijote pudo sopesar con admirable tino la diversa fortuna de soldados y letrados porque no existían muros infranqueables entre las armas y las letras cuando pronunció su curioso discurso. Recordar a Garcilaso de la Vega, Hernán Cortés, Bernal Díaz, el propio Cervantes o Francisco de Quevedo, tan temible por la pluma como por la espada, es reconocer que en el pasado armas y letras no siempre fueron ejercicios dispares. Tras este puñado de nombres, y aun guardando las enormes distancias, ruboriza decir que hoy lo son; y que ni a Orlando García ni a quien esto escribe les tocó ser diestros en ambos. El lo fue en el suyo. Y mucho. Yo he insistido en el mío, con menos gracia y poca suerte. Entonces ¿cómo pudieron acercarse armas y letras sin que se derramara la tinta ni se mellara el acero?
Recojo algunos recuerdos de lo que fuera una amistad improbable. Muchos ya los he compartido en largas conversaciones, sobre todo con gente dispuesta a escribir acerca de Orlando García para que se le conozca mejor, como merece. No más: mejor. Está en un claroscuro del cual dificilmente podrá salir. Pero es injusto que solo se recuerde, multiplicada y mal entendida, la violencia que caracterizó gran parte de su vida. Y es vergonzoso que la maldad o la ignorancia lo tilden, por ejemplo, de ladrón o batistiano. Si hubiera querido robar lo hubiera podido hacer a manos llenas. Durante muchos años estuvo al lado del poder en un país donde esa proximidad rara vez deja de ser una mina. Hay poco Alí Babá aquí; y muchos múltiplos de cuarenta ladrones, aunque se les suele llamar empresarios, políticos, sindicalistas, magnates, banqueros, doctores, generales por lo general de tres o cuatro eclipses, por magia magistrados y por suministros de cualquier cosa ministros de gabinete. En cuanto a batistiano, lo fue al revés: antibatistiano furibundo desde antes del 10 de marzo del 52, fecha en que ese sargento en su sombra y general en nuestro asco dio su cuartelazo, hasta el 24 de julio del 2005, cuando murió en la ciudad de Miami, lejos de sus tres patrias: Cuba, Costa Rica y Venezuela.
Ese día yo lo llamé por la mañana. No lo había hecho en un mes. O más. Ya estaba muy enfermo y quería darle un último y lamentablemente remoto abrazo. Lo que sucedió se lo conté a Fausto Masó en un email del mismo 24 a las 09:45 p.m., pues tampoco él respondió al teléfono o al celular: "Decidí llamar a Orlando García, pensando que quizá sería la última vez que hablaría con él. Una despedida, pues. Me contestó una mujer. Sabía -- por la voz -- que no era Lucy, su mujer. Pedí hablar con Orlando. Me preguntó de parte de quién. Le dije. Y entonces: Ay, señor, él murió hoy a las tres de la madrugada. ¿Qué tal?"
Fausto fue el primer periodista en enterarse. En su columna de El Nacional del sábado 30 de julio recordó a Orlando. Varias veces le había sugerido que lo fuera a conocer en uno de sus viajes a La Florida. Tenía quizá la misma renuencia que en algún momento yo también tuve. El personaje te va a resultar muy interesante y la persona muy agradable, insistía. Lo mismo le había dicho a Orlando. Era sincero mi deseo de que se conocieran. El periodismo de Fausto -- hijo del historiador Calixto Masó -- es una vocación pero también una genética. Impensable que le faltase curiosidad por un protagonista excepcional de la vida cubana y venezolana de las últimas décadas. Por otra parte, para la soledad de Orlando, que aunada al acelerado deterioro de la salud comprometía su ánimo, la visita de Fausto sería un alivio. Y lo fue.
Unas botellas de whisky, contesté a su qué le llevo; pero evita vaciarlas con él, añadí jocoserio. Ve solo, no creo que Orlando rime bien con la calle 8. Eso un par de días antes del encuentro. El día del encuentro una llamada de Miami: tenías razón, gracias. Era el periodista. Luego otra: tenías razón, gracias. Era el inactivo hombre de acción. La nota publicada en El Nacional concluía que al final de la vida de Orlando su mejor amigo era un poeta. Solo puedo ratificar como veraces las últimas dos palabras; y la extrañeza, subrayada solo que de forma tácita, de que ciertamente hubo amistad entre un poeta y un hombre de acción. Un puente difícil, casi imposible, entre las armas y las letras.
Pocos meses después se publicó algo sobre Orlando García en la revista Exceso. Lo firmaba una joven periodista venezolana, Andrea Daza. En su investigación había hablado con varias personas, entre ellas Fausto, con quien volvió a conversar poco después de la aparición de su artículo, en octubre del 2005: quiero conocer a ese poeta amigo de Orlando, pues volveré a escribir sobre él. Así fue como Fausto le dio mi nombre y Mefisto la recibió con muchísimo gusto en casa. Tanto a Andrea como a Román Rojas Cabot, admirador del cubano, les he repetido lo contado al hijo de Calixto Masó. Me complace que los tres escribirán sobre ese amigo que merece mejor prensa, como se dice en el argot. A los tres les aseguré que no tenían que mencionarme. Lo cual ha dado lugar a equívocos. ¿Por qué te borras?, me ha preguntado recientemente un visitante que ya ronda lo habitual pero no conoce a esos tres periodistas ni por lo visto a mí. ¿Será que te avergüenzas de esa amistad? No así. Con estas páginas respondo a tan peregrina ocurrencia.
El acto gratuito. Octavio Armand
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Alientos de Armand
Por Jorge Ferrer
Octavio Armand, El aliento del dragón , Ediciones de la Casa de la Poesía J. A. Pérez Bonalde, Caracas, 2005, 166 pp.
Una mitad memoria
y otra olvido.
¿Cuál es cuál?
Del poema “Autorretrato sin mí”, en Origami (1987)
En algún lugar, Octavio Armand (Guantánamo, 1946) cuenta cómo comenzó a escribir en 1959, entre dos exilios, el que alejó a su familia por unos años de la Cuba batistiana y el que lo privó ya definitivamente de Cuba, poco después del afianzamiento revolucionario. Armand, un escritor con obra mayúscula, es uno de tantos escritores cubanos cuya obra, despojada de asiento en la historia literaria de la isla, requiere, y merece, de una vindicación por vía del conocimiento.
No se trata, sin embargo y ni de largo, de un escritor desconocido. Muy por el contrario, la obra de Octavio Armand se ha publicado en prestigiosas editoriales de España y Venezuela, entre otros países, y ha recibido una atención crítica de la que dan testimonio estudios como Octavio Armand y el espejo, o América como ucronía, de Luis Justo (Poket, Caracas, 1988) o el exhaustivo Conversación con la esfinge (una lectura de la obra de Octavio Armand) (Buenos Aires, 1984), de Juan Antonio Vasco, además de centenares de artículos y ensayos desperdigados por revistas académicas de las dos orillas del Atlántico.
Sus andares por la geografía americana, entre Nueva York y Caracas, han insuflado a su poesía, vasta y valiosa, aires diversos, que van desde los afanes postmallarmeanos de sus primeros libros hasta la rotunda madurez de la Biografía para feacios (Pretextos, Valencia, 1980), aunque tales traslados, que son también transportes, no han menoscabado la unidad de una obra poderosa a la vez que evanescente, como ese dios Cronos que parece regirla. Unidad que extiende su vocación abarcadora a la ensayística armandiana, recogida en un puñado de libros de veras fundamentales.
Esos ensayos, mucho menos conocidos que los poemas, han sido escritos y reescritos desde la misma beligerancia que Armand ejerce contra toda palabra. He comprobado, sin embargo, que muchos lectores de la poesía de Armand desconocen su obra ensayística, de la que El aliento del dragón recoge textos escritos, mayoritariamente, en torno a 1990, más una valiosa guinda.
El inicial desconcierto que provoca la lectura de estos ensayos más recientes no se ve atenuado ni siquiera por el conocimiento de aquel magnífico Superficies (Monte Ávila, Caracas, 1980), donde Armand se adentra en el arte del ensayo con bien fundamentadas ínfulas que, en la literatura cubana, ensayaron sólo Lezama Lima y Severo Sarduy. Tal vez, también Calvert Casey, aunque el autor de «Hacia una comprensión total del siglo XIX» lo hiciera más sujeto a la tiranía del género, en su pulsión más académica.
Superficies es libro fundamental para asomarse al propio asomo, que será más tarde decisivo adentrarse, de Armand en la tradición de una literatura y una tradición propias, a las que se entretendrá en sumar, como adherencias con vocación de adyacencias, las de sus díscolas lecturas, ocas capitolinas que le iban anunciando, aquí y allá, qué incorporar y cómo incorporarlo. Así, en aquel Superficies encontramos, como de pasada, uno de los más agudos ensayos escritos sobre Rafael Zequeira, «El centro descentra: los simétricos enlaces de Zequeira (ensayo de ensayo con esquema para profesores)», como en Los años de Orígenes, de Lorenzo García Vega, nos topamos con el magnífico, por atrevido y problematizador, «La opereta cubana en Julián del Casal». Ambos libros, por cierto, publicados en las mismas prensas, las de Monte Ávila, y en años sucesivos. Deudores los dos de la magnífica labor del poeta Juan Sánchez Peláez en la dirección de la ya fenecida editorial caraqueña.
Es precisamente en Caracas donde Octavio Armand sienta residencia en 1990, tras varias décadas viviendo en Nueva York. De la impronta en su obra que significaría ese reencuentro con el ámbito americano y caribeño, Armand dice en una entrevista concedida a Leandro Morales: “Venezuela me permitió vivir no sólo otro espacio sino otro tiempo, uno menos frenético que el de Nueva York. Para colmo, dentro de ese otro tiempo donde me instalé, me perdí en sus raíces, el laberinto de lo precolombino, que busqué ávidamente, como si así pudiera burlarme del desarraigo. Aquí no sólo he podido ser cubano sino taíno. Una experiencia que es parte decisiva de la vanguardia, tal como yo la entiendo. Lo artesanal, lo chamánico, lo sagrado, lo primitivo, se suman a Apollinaire y Huidobro, a Duchamp y Dadá” (Encuentro de la Cultura Cubana, Nº 36, Primavera de 2005, p. 236).
Los doce magníficos ensayos que conforman El aliento del dragón fueron escritos a lo largo de veinte años de acarreo con la mitología americana. En “Suma cum fraude” (1989), “Salta Lenín el Atlas” (1989), “América como mundus minimus” (1990) y “Las pesadillas de Solino” (1989), Armand indaga las cifras de aquella «invención de América», que dijo Edmundo O’Gorman, escrutando claves renacentistas, hurgando en el reverso de la razón que se abría paso hasta topar con la imposible doma del paisaje americano. Cuestiona, así, el ser europeo y el definitivo a la vez que balbuceante ser americano, en tanto testimonio de una imposibilidad de las aplanadoras mañas del cogito. «Desde cualquier parte se levantan por igual los ojos al cielo» es la divisa que esgrime Armand, planteando una ecuación donde todos los múltiplos nos apuntan con perfiles de un acuciante clasicismo.
«Una cosa es perderse en un mapa y otra cosa, muy distinta, entrar sin mapa al territorio y pasear frente a la risueña dentadura del caníbal», escribió Armand a propósito de su lectura de Lezama Lima. Algo parecido experimentará el lector de «Los gritos de Tagliacozzi» (1989) o «El corazón como espectáculo» (1989), donde los paisajes americano y europeo será confrontados ante el tribunal de la estética y la medicina barrocas. La violencia de la disección y la coartada de la autopsia, entrampadas como dos mundos distintos en busca de semejanza o autor que las eleve al altar de una taxonomía común.
Van Gogh, pero también Rembrandt, en «Una lectura de la luz» (1981), Aristóteles, en una incursión sobre la mirada del filósofo, el pintor y el teólogo en «Teatro de sombras» (2001), y, por último, una divertida y sagaz incursión en François Villon, con la excusa de una charla en la Sociedad Psicoanalítica de Caracas, «Lacan te ve» (1998), acompañan los ensayos sobre América, como quien enmarca magnífico lienzo ayudándose de maderas firmes, y no menos sugerentes.
Por último, «La poesía como erub», texto leído por Armand en 1985 en ocasión del Festival de New Latin American Poetry que tuvo lugar en Colorado. Un texto capital para cualquier tiento con la, si se quiere, metafísica del exilio cubano. «Cuando yo regrese a Cuba, si es que regreso a Cuba, pediré a Christo que cerque la isla entera con un erub. Que la envuelva para regalo. Que sea al fin para todos. Mientras tanto la poesía del exilio podría servir de vallado. Hilo de alambre, arquitectura, morada, ciudad amurallada: Jerubsalén: con la palabra quizá se pueda ampliar la casa. Quizás sea posible hacer del traslado en sí un domicilio. O intentarlo.» Medio Octavio Armand en toda una profesión de fe.
Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 15/08/2007 16:20



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8 Comentarios
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8 por Henry Driver Robayna (Usuario no autenticado) 17/08/2007 18:10
Salcedo. ¡Qué bello comentario! Hace unas semanas en relajo te llamé nuestro Jeremías, y ahora te pido excusas. De modo, que no tenemos que estudiar derecho romano sino derecho del palo.
7 por Jorge Salcedo (Usuario no autenticado) 17/08/2007 17:40
La historia que narra Armand me ha dejado cavilando, rumiando un chícharo profundo. Aunque mi primer comentario trasluce cierto malestar con los embelesados cronistas de la violencia, lo cierto es que el relato me gusta. Y me gusta a pesar del regodeo intertextual y de una voluntad de estilo demasiado manifiesta. Pero voy a lo que iba, que es la violencia y nosotros y las reflexiones de Nietzsche sobre el origen de la justicia. Permítanme este rodeo. Hace algo más de medio siglo la Asamblea General de la ONU consideró "esencial que los derechos humanos sean protegidos por un régimen de Derecho, a fin de que el hombre no se vea compelido al supremo recurso de la rebelión contra la tiranía y la opresión". Pero el "supremo recurso de la rebelión contra la tiranía y la opresión" es un tema tabú en mi generación (los que hoy tenemos, grosso modo, entre 30 y 50 años), a pesar de que eso, tiranía y opresión, es lo único que hemos conocido quienes nacimos Después. Entre cubanos, el tema de los derechos humanos ha quedado desvinculado del de la rebelión, algo que ni siquiera se siente obligado a hacer un texto tan diplomático como el de Naciones Unidas. La rebelión es un tópico exclusivo del exilio de la tercera edad, y por esto mismo, en su boca, puramente retórico, a veces grotesco, otras trágico. Pero el relato de Armand nos refresca el hecho bruto de que el destino de Cuba ha estado determinado por la acción de individuos y grupos armados decididos a ejercer la violencia organizada, premeditada y sistemáticamente. Españoles con arcabuces, mambises con machetes, americanos cañoneros, veteranos con partidas, pistoleros revolucionarios, sargentos con ventura y nuevamente pistoleros con una banda rebelde. Y yo me hago esta pregunta: ¿Qué nos hace pensar a nosotros que podemos prescindir de la partera de la historia? ¿Queremos salir del ciclo de la violencia política o nos hemos resignado a padecerla y denunciarla desde los márgenes, las afueras, los alrededores de la historia? Llego ahora a la visita de Orlando García a La Habana y a los detalles de su recibimiento. Entre pistoleros, matones, tipos duros de ambos bandos, hay un código de honor, una deferencia que sólo se puede dar entre iguales. Y esto es precisamente lo que nos dice Nietzsche sobre el origen de la justicia. La justicia aparece cuando la perspectiva de una transacción impositiva se presenta demasiado riesgosa, cuando hay fuerzas parejas que recomiendan la vía del intercambio mutuamente ventajoso. Pero cuando esas fuerzas son marcadamente desiguales, de conquistador a nativo, de revolucionario a ciudadano, la justicia sale sobrando. Si esto es así, reconozcamos de una vez que no habrá justicia ni transición negociada en la isla mientras no hayan fuerzas opuestas en similares o parejas posiciones de poder. Mientras el costo de imponerse no implique riesgos de salud, unos seguirán imponiéndose y otros seguirán sometiéndose. Las peripecias de los primeros tienen cierto sabor épico.
6 por A-burrido (Usuario no autenticado) 16/08/2007 15:50
La previsible admiraciòn de los extremos, cotidiana. La seudo-borgencia de la estructura del texto octaviano, too obvia.
5 por Jorge Ferrer 15/08/2007 23:46
Estimado NO MORE GUAVA: me avisa Octavio Armand que alertado por su comentario acaba de consultar plano de La Habana y corrobora que lleva usted razón en esa materia toponímica. La esquina de marras está situada en el extremo oeste del barrio. Ambos le agradecemos la precisión. Salud.
4 por Garrincha (Usuario no autenticado) 15/08/2007 19:50
Esa admiración por un pistolero que dice que no es ni mercenario ni gangster es inmetible, francamente.
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