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Política, literatura, medios

Autor: Jorge Ferrer

Jorge Ferrer. Foto © Laura Ceccacci

Jorge Ferrer. Escritor y traductor. Escribe desde Barcelona, España.

Foto: © Laura Ceccacci

Contacto: eltonodelavoz@gmail.com

 

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Tristán de Jesús Medina

Tristán de Jesús Medina

Retrato de apóstata con fondo canónico. Artículos, ensayos, un sermón. Selección y prólogo de Jorge Ferrer. Editorial Colibrí, Madrid, 2004.

 
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Veintinueve escenas para una novela sobre la inercia y el olvido Editorial Catalejo, Miami, 2001.

 

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Preludio a Royal

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En la noche, voy a cenar al Barrio Gótico. Sé que en la tarde ha habido manifestación “contra la guerra de/en Irak”. Me dicen que los manifestantes de Barcelona –unos 1500, según La Vanguardia– llevaban, además de las previsibles pancartas, una bandera cubana y un cartel con el slogan que se ha popularizado desde Porto Alegre: “Otro mundo es posible”. El topónimo Guantánamo también se repetía una y otra vez.

Un rápido rodeo por las portadas de los diarios me regala imágenes de carteles con foto de Bush y la leyenda “Terrorist # 1”. A diferencia de las manifestaciones que vivió Barcelona cuando el ejército de los EE.UU. comenzaba la invasión, la de hoy no me significó ninguna molestia. Entonces, por el contrario, mis vecinos inundaron sus balcones con banderas y pancartas, y, lo peor, practicaban cada tarde el ejercicio de la cacerolada, enemigo mortal de la lectura.

Por aquellos días, adorné mi balcón, para no desentonar con el generalizado ánimo decorativo, con una bandera que llevaba la leyenda “Paz con Dignidad”. Aquel era por entonces el lema que adoptábamos quienes queríamos que hubiera en Irak una paz sin Saddam. Definitivamente, esa guerra no satisfizo los deseos de ningún inquilino de Occidente.

La manifestación de hoy no molestó mis horas de lectura. Tan escasa asistencia no mereció, parece ser, el sobrevuelo de los helicópteros policiales. Tampoco me molesta ya demasiado –de algo han servido estos últimos años- convivir con gente que jalea a regímenes totalitarios, con especial predilección por la Cuba de Castro y los totalitarismos que hablan árabe. Lejos quedan los días de mi llegada a esta ciudad, la primera visita a la Universidad Autónoma de Barcelona y la delirante visión de una pancarta que decía: “Che: los gays y las lesbianas estamos contigo”. Ya me he acostumbrado a la inocente imbecilidad que promueve la ignorancia, como se acostumbra uno a un zapato mal hormado. Ya me he habituado a que defienda el Islam una muchacha semidesnuda o un homosexual. No hay en ello novedad: las primeras víctimas son las que llaman a sus verdugos. La maldición del apaciguamiento. La idiota mirada del tipo que se encuentra con una cobra en la bañadera.

Creo que fue Jack Straw quien respondió a pregunta acerca de la violencia en Irak con aquello de que “los mismos que matan ahora en Irak son los que lo hacían cuando gobernaba Saddam”. Respuesta inexacta, porque ahora matan también las milicias shiíes, que eran los muertos de antes, y tantos musulmanes de Occidente, que desde el odio al mundo occidental que auspician esas manifestaciones, se enrolan en el ejército de la muerte que alimenta, adición tras adición, el suma y sigue del Body Counter.

No hay que extrañarse de que alguno de esos soñadores con huríes haya visto pasar hoy a los manifestantes barceloneses con su bandera cubana. ¡Qué curiosa escena! Un Mohammed cualquiera se apresta a enrolarse en la jihad, a la vez que agradece, con perversa delectación, los afanes de esos manifestantes del mundo libre que enarbolan bandera de una dictadura caribeña, amiga de la carne de puerco, el escote y la gozadera.

En El Gran Café, lleno hasta los topes de ese tipo de gente entre la que Mohammed se inmolaría contentísimo, tengo que esperar veinte minutos por una mesa que había reservado previamente. Occidente ya no es lo que era. Esqueixada y setas, de primero. Paletilla de cordero “a la manera de Segovia”, de segundo. Comparto el postre con Marlene: un helado de turrón. Uno vive, y come, como si no lo hiciera en este mundo de la rendición ante los bárbaros inaugurada por San Agustín, como defiende con apasionamiento Cesar Mora.

Así, el tema que dominó la mesa, mientras paladeábamos un Priorat y otros manifestantes, éstos a favor de una tal Nuria, detenida en Girona, chillaban en la plaza Sant Jaime, fue el de las elecciones francesas. En particular, la evolución de los sondeos y la suerte de Ségolène Royal. Volveré sobre ella, ese personaje secundario de la iluminadora L’Esquive, de Abdellatif Kechiche. Un Directors’s Cut la incluiría de lleno. Volveré sobre ella, sí, aunque, lamentablemente, sin segundas.

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