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Un hombre peligroso, y updates

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Según se desarrollen los acontecimientos hoy, será inevitable que suba updates.

Estén al tanto, pues.

UPDATE:

El discurso del Ex-Interino.

Ex-Interino, por voluntad propia y petición de voto a mano alzada.

UPDATE:

El discurso de Raúl Castro ha dotado de coherencia la línea argumental iniciada por la música de John Williams que interpretaba en Cubavisión orquesta dirigida por Leo Brouwer. Les recuerdo: fragmentos de la banda sonora de La lista de Schindler, una película sobre gente sometida y uniformada.

De todos los escenarios posibles para abordar los cambios que demanda la sociedad cubana, el que ha inaugurado hoy Castro II es el peor. Así de claro. (Excluyendo, naturalmente, que se hubiera fusilado a dos o tres en los jardines del Palacio de Convenciones para amenizar la jornada.)

El mensaje es uno: ORDEN Y DISCIPLINA. El genio tutelar, Fidel Castro Ruz.

Al menos, hay que agradecerle que haya dejado dicho con claridad qué ofrece a los cubanos. Y que todos en Cuba hayan podido constatar que dista de ser lo que esperaban.

UPDATE:

En la Televisión cubana, en los minutos previos -20:22- a la esperada conexión con el palacio de Convenciones, ¿saben qué música está interpretando orquesta?

¡Fragmentos de la banda sonora de La lista de Schindler!

Se dice que se dijo también en Televisión española -yo no lo escuché- que entre los cinco nombres que siguen a los de Castro II y Machado Ventura están los de Carlos Lage y cuatro "generales".

UPDATE:

Según El País y corresponsal de la Televisión española en la Habana, es José Ramón Machado Ventura quien figura segundo en la lista llevada a votar. El primero, Raúl Castro. Carlos Lage vendría después.

UPDATE:

Repiten Alarcón y Crombet como presidente y vicepresidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular

Con esa noticia vuelve a conectar Froilán con el NTV a las 13:28.

Primeros cambios: ¡ninguno!

UPDATE:

Noticiero Nacional de Televisión de las 13:00 hrs.

Comienza con pantalla y José Martí con aquello de que "la diputación no se incuba..."

Sigue el reportero del NTV, desde el Palacio de Convenciones. Un ejercicio de inversión del periodismo: narra lo ocurrido hasta el momento, sin hacer refrencia a la noticia que esperan los teleespectadores.

Maria Esther Reus: Grito de Baire, dice, y que hoy Cuba "continúa por la senda de la guerra necesaria" bajo la "guía y ejemplo del más preclaro seguidor de Martí". El ausente, claro.

Después, explica lo que ya sabíamos de que Chomy y Carlitos Valenciaga habían ido a recoger su "voto unido". Pasa a leer los nombres de los diputados. Fidel Castro Ruz, lee, y nadie aplaude. Tardan unos instantes en reaccionar, hasta que lo hacen.

Una linda guantanamerita, la diputada más joven, lee el juramento.

El reportero nos informa de que se leyó la lista de candidatura para pasar a votar. Pero no menciona quiénes aparecen en las listas, ni el orden.

Imágenes de la votación. Cabinas cerradas por sábanas blancas. El ayudante de Raúl Castro, "el efebo de turno", apunta C., que asiste conmigo al espectáculo. Efebo nervioso, por cierto. "Voto unido", dice raúl a las cámaras cuando el efebo acaba de desenredar las sábanas.

Se ve votar a varios generales y a Alarcón.

Y ahí termina todo. Desde el estudio felicitan a Froilán, el reportero, por su magnífico trabajo. ¡Pero si no ha dicho nada el tipo!

Y nos dicen que a esperar, que a las 14:30 abrirán el melón.

Bien, esperaremos. Disfrutando de la uva, que no es temporada de sandías.

 

La ayuda mutua

Jorge Ferrer

Aun cuando se haya tratado de una operación que respondió a los más severos cánones de la guerra fría, el traslado a España el pasado domingo de cuatro presos cubanos del ''Grupo de los 75'', acompañados de sus familiares, pone en evidencia que la salud de las relaciones entre Madrid y La Habana transita por una etapa feliz. Y que la ayuda mutua, que decía Kropotkin, fluye por cauce bien aceitado.

En los últimos meses, el gobierno interino de Raúl Castro sigue con avidez el curso de dos convocatorias a las urnas que tendrán lugar este año. Sea cual sea el rumbo que tomen la economía y la política cubana a partir de la elección del futuro Consejo de Estado, es evidente que quienes mandarán en La Habana prefieren compañeros de viaje --compañeros de cama, si se tercia-- aquiescentes con una transición escalonada --o con ninguna transición--, cuales podrían ser una administración demócrata en los EEUU y un PSOE en España que no tenga que sacar las maletas de la Moncloa.

La apuesta por esa reedición socialista en España es tanto más importante para la dirigencia cubana cuanto que el ministerio que encabeza Miguel Angel Moratinos es valedor declarado del curso de la situación en la isla ante Bruselas. Así, un segundo gobierno del PSOE permitiría al gobierno cubano continuar disponiendo de ese contrapeso, aun cuando los republicanos conserven la Casa Blanca tras los comicios.

Por lo tanto, bien valió la pena excarcelar a unos pocos presos, habrán calculado en el entorno de Raúl Castro. Sobre todo, cuando el estado de salud de los disidentes era calamitoso; más, si se conseguía que el gobierno español declarara que se trató de ''una decisión unilateral'' del gobierno cubano; y, todavía más, si en el trámite se daba un paso --quiero pensar que estéril-- en la desactivación de las Damas de Blanco, una organización que ha concitado un enorme respaldo internacional: en Europa, el Parlamento Europeo concedió a las Damas el premio Sajarov en 2005; desde España, viajaron cargos electos de la coalición demócrata-cristiana Convergencia i Unió a una sonada manifestación el pasado mes de diciembre.

Por su parte, el gobierno español también se beneficia de la deportación de los cuatro presos cubanos a España. Con ella, el gobierno de Zapatero acaba de recibir un regalo de enorme valor --por publicitado y, especialmente, por actual-- para continuar defendiendo su política de diálogo y apaciguamiento con La Habana. Algo que le permitirá contrarrestar los ataques a su política exterior desde el centroderecha.

Sin lugar a dudas, cuatro presos recién liberados por La Habana a instancias de Madrid y el ya célebre ''¡Por qué no te callas?'' que espetó el rey Juan Carlos a Hugo Chávez son muy buenas cartas para sortear los debates sobre política exterior durante la campaña electoral.

Pero más allá de la satisfacción de ambas partes, vale la pena tomar nota de los extremos prácticos --también son morales-- que han tolerado. Los mudos gestos del canje incluyeron que un avión militar español aterrizara en La Habana para recoger a los pasajeros. Más allá de cuestiones de índole logística --ubicar a tal número de pasajeros en vuelos comerciales que partieran de La Habana en un acotado espacio de tiempo habría sido poco menos que imposible--, tal concesión pone de manifiesto la sintonía entre los interlocutores. Y la envergadura política, y simbólica, que convinieron darle al acontecimiento.

También se estableció, y en ello son concluyentes las declaraciones hechas ya en Madrid por los presos, que la operación se enmarcaba en el patrón ''liberación /deportación'', tan propio de la guerra fría y de los modos soviéticos. No en vano, cabe pensar, se sostuvo que Raúl Castro estuvo siempre más atento al Kremlin que su convaleciente hermano.

Ante perspectivas políticas inciertas para Madrid y La Habana, conviene atender a un maridaje táctico que esconde estrategias conocidas, aunque no por ello menos reveladoras. La Habana admite que hay presos por liberar, pero los libera a cuentagotas y con la condición de que abandonen la isla. España acepta el envite y provee el soporte logístico y la coartada humanitaria para su beneficio electoral.

Una ayuda mutua de la que hasta Kropotkin se habría escandalizado.

 

Lectura dominical:

Un hombre peligroso

Por William Faulkner

Las mujeres saben cosas que nosotros no sabemos, que aún no hemos aprendido, que acaso no aprendamos nunca, supongo. Quizá es que el hombre lo tiene todo, lo que cree que está bien y lo que cree que está mal y lo que cree que debería suceder y lo que cree que no debería suceder y no puede suceder, claramente adjetivado y catalogado y acomodado a ciertos patrones.

Al señor Bowman lo calificábamos de hombre peligroso, pues reaccionaba de forma propia y absolutamente masculina, en la que se aunaban cierto credo simple y masculino con una especie de presteza violenta, sin aprensiones ni remordimientos. Una mañana, Zack Stowers entró en la oficina del expreso pistola en mano. Un viajante de comercio había insultado a su mujer; había ido en su busca, pero cuando loencontró, el hombre saltaba ya al autobús que lo conduciría desde el hotel a la estación.

—¿Eh? –dijo el señor Bowman (es un poco sordo) inclinándose sobre la ventanilla enrejada y haciendo pantalla con la mano en el oído. Stowers lo repitió agitando la pistola. El viajante estaba con un amigo; era muy posible que Stowers necesitara ayuda–. Por supuesto –dijo al instante el señor Bowman. Sacó de la caja la pistola propiedad de la compañía y se la metió en el bolsillo y se detuvo un instante en la puerta trasera para decir a su mujer–: Voy un momento a la estación.

Salió rodeando la mampara y sin coger siquiera la chaqueta siguió a Stowers, que tenía el coche en la calle. Subieron y partieron hacia la estación a galope tendido, mientras la gente se volvía en la calle para mirarlos.

Eran dos.

—Allí están –dijo Stowers–. ¿Ve a aquel alto del sombrero verde y al otro bajo con dos bolsas?

—¿Se refiere al tipo escurrido que lleva la chaqueta en el brazo? –dijo el señor Bowman, inclinándose un poco hacia adelante mientras galopaban por la ancha plaza situada frente a la estación. Hablaba con voz calma, tensa, impersonal, como si estuvieran levantando un largo poste o una escalera.

—No, no –dijo Stowers, con las riendas y el látigo y la pistola amontonados en las manos–. Aquel tipo alto de sombrero verde que se da la vuelta ahora mismo y mira hacia aquí.

—Ah, sí –dijo el señor Bowman–.

Ya lo tengo. Ahora que nos ha mirado, ¿va a dispararle ya?

—No, no. Usted vigílemelos. Primero quiero hablar con él.

—Mejor que le dispare ahora –dijo el señor Bowman–. Ha echado una mirada hacia aquí.

—No, no; usted espere, ya se lo he dicho.

—De acuerdo –dijo el señor Bowman–. Pero ahora no sería por la espalda: nos está mirando.

Se bajaron del coche, no se entretuvieron en atar el tiro. El viajante gordo también se había dado la vuelta y, sin soltar las dos bolsas, los miraba acercarse con una especie de horror solemne. Llevaba el sombrero echado hacia atrás; con sus ojos redondos y su boca redonda se asemejaba a la fotografía de un chiquillo pequeño y gordo con un gorro de marinero.

Echó una ojeada por encima del hombro; ahora él y su compañero estaban tan aislados como si fueran los dos únicos seres de la tierra.

—¿Cuál de ellos quiere? –dijo el señor Bowman, sacando la pistola y observando a los dos viajantes como un perro no particularmente hambriento contemplaría dos cuartos de carne de vaca aderezada.

—Espere, hombre, maldita sea –dijo Stowers–. Vigílelos, nada más.

—¿Eh? –dijo el señor Bowman, haciendo pantalla en el oído con la mano de la pistola. Stowes dejó a un lado la pistola y empezó a quitarse la chaqueta.

—¿Qué sucede, amigo? –dijo el viajante alto.

—Va a pelearse a puñetazos, ¿no?

–dijo el señor Bowman.

—Oiga, amigo –dijo el viajante alto. Miraba por encima del hombro–.

Oigan, amigos, les pido que...

—Déjemelo a mí –dijo el señor Bowman–. Usted apúnteles para que no se escapen.

—No –dijo Stowers, tirando la chaqueta al suelo–. Es cosa mía.

—Me pegaré con los dos –dijo el señor Bowman–. Con los dos al mismo tiempo.

—No –dijo Stowers entre dientes, mirando con furia al viajante alto.

—Eh, amigos –dijo al viajante alto, mirando rápidamente a su alrededor, sin atreverse a apartar la mirada de Stowers durante mucho tiempo–.

Les pido que...

Stowers lo golpeó; para hacerlo hubo de alzarse literalmente del suelo, y a continuación ambos hombres se enzarzaron. El señor Bowman se apartó y fue hasta el viajante gordo, que seguía con las bolsas.

—Es un error –dijo el viajante gordo–. Se lo juro por Dios. Le juro por Dios que no le ha hecho nada asu mujer. Ni siquiera la conoce. Y aunque la conociera, no hay en el mundo quien respete más que él a una mujer.

—¿Quiere pelear también? –dijo el señor Bowman.

—Se lo juro, se lo juro por Dios, señor.

—Venga. Dejaré la pistola en el suelo, entre los dos. Venga.

Llegó el tren; retumbó y pasó por delante, chirriando. El viajante alto miró por encima del hombro, volvió a enzarzarse con Stowers, se volvió de nuevo y escapó de un salto.

Stowers saltó tras él, pero luego giró sobre sí mismo y volvió corriendo y cogió su pistola, y en aquel momento lo sujetaron dos mirones, mientras él se debatía y maldecía.

—Vamos, vamos –decían–. Vamos, vamos.

Cuando el tren hubo partido, el señor Bowman y Stowers volvieron al coche; Stowers se daba golpecitos en la boca y escupía.

—Maldita sea –dijo–. He estado como obnubilado por un momento. Estaba tan furioso... El tipo no hacía más que decir que no era el que buscaba.

—No se preocupe –dijo el señor Bowman–. El tipo peleó estupendamente. El mío era otra cosa.

Bowman es el agente de la compañía, un hombre de complexión fuerte, sin edad definida. Cara rubicunda, nariz un tanto ganchuda, tuerce un poco los fogosos ojos de avellana y tiene un pelo escaso y fino y rojizo y vigoroso, y lo que en un hombre más cuidadoso o consciente de su aspecto recibiría el nombre de una calva. Camina casi de puntillas, con paso ligero y medido, como un boxeador que sufre de rigidez en las articulaciones, y su ropa siempre es un poco demasiado corta o demasiado ceñida y demasiado chillona, de un modo descuidado e inocente.

Aparenta tener unos treinta y ocho años, aunque tiene un sobrino ya mayor, casado y padre; un chico que –según dicen el señor y la señora Bowman– es el sobrino del señor Bowman. Mi tía, sin embargo, diceque es un hijo adoptivo que sacaron del orfelinato. El chico creció en la apretada y pequeña casa en que viven los Bowman, y fue a la escuela y trabajó en la oficina del expreso los sábados cuando tuvo edad suficiente, y se hizo un hombre y dejó la casa para casarse.

Ahora los Bowman tienen dos perros fox terrier, dos bestias gordas e insolentes y de mal carácter, con ojos rojos y coléricos, que van con ellos en el coche los domingos y siguen al señor Bowman a todas partes durante la semana, tanto en la oficina como en la calle, y gruñen y lanzan mordiscos malévolos a las manos de quienes intentan acariciarlos. Gruñen e intentan morder también al señor Bowman, pero a la señora Bowman no le gruñen.

No es que la eviten exactamente, pero la miran con cierto respeto, insolente pero atento, y se quedan en la oficina únicamente cuando el señor Bowman está en ella.

Minnie Maude, que vive en la casa de huéspedes de la señora Wiggins, en la acera de enfrente, me contó que un día los Bowman, tuvieron una pelea terrible porque el señor Bowman, como hacía frío, quería bañar a los perros en la cocina. Me contó que la cocinera de la señora Bowman le contó a la cocinera de la señora Wiggins que, después de aquello, la señora Bowman ni siquiera le dejaba tener a los perros en la cocina por la noche, y que el señor Bowman, después de acostarse, se deslizaba a la cocina y les dejaba entrar, y le daba a la cocinera un dólar a la semana para que los sacara al llegar por la mañana y limpiara para que no se notara nada.

El señor Bowman es el agente del expreso, pero la señora Bowman es la oficina misma, la Compañía, por lo que a nosotros se refiere. Está en ella todo el día, con un limpio delantal de cuerpo entero y negros guantes altos de alpaca, una mujer de cara plana, que mira de frente y tiene una ancha sonrisa llena de dientes de oro y una exuberancia de rizos de un cobre virulento que uno sabe que no puede ser auténtico. De pecho generoso, ancha de caderas, corta de piernas; incansable, de una simpatía brusca y viva, tiene el aspecto de una guapa y próspera lavandera. Y más que nunca en domingo, cuando se viste de seda floreada y con un sombrero rojo de ala ancha y salen al campo en el coche con los perros y vuelven cargados de eucalipto o de cornejo y zumaque, con los que decora su pequeña y oscura casa tan transitoriamente frecuentada.

—Cortas demasiado –dice el señor Bowman.

Ella no responde; está de espaldas a él, con los brazos levantados, y el vestido tenso sobre los firmes hombros y brazos, sobre los anchos muslos.

Luego van a la cocina; los perros, en los talones del señor Bowman, miran cautelosamente a la señora Bowman; el señor Bowman saca de la alacena una jarra de galón de whisky blanco, y ambos lo beben solo en vasos gruesos, a partes iguales.

—Estará marchito en dos días, de todas formas –dice él–. Si la gente cortara tanto como tú, dentro de cincuenta años no quedaría nada.

—¿Y qué más da? –dice ella–.

¿Piensas estar aquí entonces? Yo no.

A la mañana siguiente, la señora Bowman le espera ya en el coche y toca el claxon con impaciencia, y él entretanto riega las ramas con torpeza, derramando agua por todas partes; por la noche, a la vuelta de la oficina, él repite la operación.

—Vas a ahogarlas; se morirán con tanta agua –dice ella.

—No son más que porquerías, de todas formas –dice él.

—Entonces, tíralas. No quiero tener toda la casa salpicada de agua.

A la mañana siguiente salen tarde y tienen prisa y él no se detiene para regarlas; por la noche vuelven tarde.

Al día siguiente, de todos modos, es ya tarde. Pero él las riega igualmente. A la noche, cuando vuelven, ven que la cocinera las ha tirado. Y la cocinera tiene que acompañar al señor Bowman al patio trasero, donde las puso, para que él vea que están marchitas y muertas.

—Es un desastre, cómo se llevan –contaba la cocinera–. Siempre peleando por los perros, y si no son losperros es otra vez el cuarto del señor Joe. Ella quiere cambiarlo para poder tener un dormitorio cada uno, y él grita y maldice de forma escandalosa cada vez que ella lo menciona. Y los dos sentados en mi cocina, bebiendo esa jarra y maldiciéndose como hombres. Pero ella no se arredra. Le hace llevarse a los perros al garaje para bañarlos hasta en los días más fríos.

La oficina del expreso era una sinecura. Al principio tenía la oficina en un villorrio. Una noche, solo en la oficina, verificaba los últimos detalles para cerrar cuando oyó un ruido y se volvió y se vio frente a la boca de una pistola.

—Manos arriba –dijo el bandido.

En el acto mismo de alzar las manos echó una rápida mirada a su alrededor; la mano derecha, al elevarse, alzó consigo la pesada caja de metal, y aprovechando el mismo movimiento la arrojó a la cara del bandido, y acto seguido saltó hacia la pistola que hacía fuego. Tendidos en el suelo, jadeando y forcejeando en silencio, peleó hasta que le arrebató al bandido la pistola, y le dio muerte con ella.

El sujeto tenía antecedentes penales y ofrecían por él una recompensa de cinco mil dólares. Él, con los cinco mil dólares, se compró una casa; la compañía le ofreció la cómoda oficina que ahora regenta.

En los primeros tiempos de su llegada a nuestra ciudad regentaba también un restaurante en la estación, a cuyo cargo estuvo la esposa hasta un buen día en que cierto problema con un maquinista de locomotora se decidió a vender el negocio y a llevarse a su mujer para que lo ayudara en la oficina. No es que desconfiase de ella: se trataba meramente de su puñado de firmes y simples convicciones de humana conducta. Tampoco es que la amara menos o confiara menos en ella, o que odiara particularmente al maquinista, si bien durante un año a partir de entonces el maquinista, cada vez que llegaba a nuestra estación, se deslizaba hasta el puesto del fogonero y se agazapaba detrás de la caldera.

Pronto la esposa se hizo cargo dela oficina; él se limitó al trabajo externo, al transporte y similares, con los dos perros a su lado en el camión, recibiendo a los trenes primero y último, sin abrigo incluso en los días más crudos. Un hombre activo, aunque no locuaz; un hombre sanguíneo, tanto como para ser insensible al frío, tanto como para que la vehemencia misma de su deseo de descendencia se consumiera tal vez y esterilizara la semilla, según ese hondo designio de la naturaleza de frustrar a quienes tratan de forzarla más allá de sus designios, pues él sin duda habría intentado hacer que su hijo fuera más Bowman que él mismo, o lo habría matado en el empeño.

Así, no está en la oficina casi nunca, como lo atestigua la ausencia de los perros. Sin embargo, y a pesar del tiempo libre de que dispone, nunca lo habíamos visto holgazaneando y charlando con los ociosos de la plaza.

Hasta hace poco.

Las mujeres saben cosas que nosotros no sabemos. Minnie Maude tiene veintidós años; masca chicle en la taquilla del teatro Rex, en la acera de enfrente de la oficina del expreso.

—Vosotros esperad –dice–. Hoy está tardando un poco, pero esperad y veréis.

Así que esperamos, y al rato el coche se detiene y él se apea. Su nombre es Wall. Vende pólizas de seguros o algo así. Es un hombrecillo atildado con cara hermosa de aire afeminado y desolado, como la cara de una atractiva mujer de capitán de barco, ese tipo de ojos fríos. Vemos cómo entra en la oficina del expreso.

—Santo Dios –dijo–. El tipo está...

—¿Ves a los perros por alguna parte? –dice Minnie Maude. La miró–.

Está entregando el expreso del número 24. ¿Te crees que el otro no lo sabe?

—Santo Dios –dijo de nuevo.

El esbelto dedo de Minnie Maude aprieta blandamente el color fresa de sus labios; entre sus pequeños dientes asoman las blandas y diminutas estrías de su chicle meditabundo, remoto, más viejo que el tiempo o que el pecado.—Las mujeres grandes que tienen que bregar continuamente con su aspecto siempre eligen a esos hombrecillos agresivos.

Y, pensando en ello, recordé que en una ocasión Wall me había enseñado una libreta manoseada –su registro de yeguas, según dijo– que contenía tal vez un centenar de nombres femeninos, con sus teléfonos respectivos, cuyas direcciones abarcaban todo el norte del Mississippi y se adentraban hasta Memphis. ¡Cómo era posible que osara desafiar a aquel hombre por aquella mujer que podía ser su madre o cuando menos su tía! Pero ésa es una de las cosas que las mujeres saben y que nosotros jamás sabremos, ni siquiera Wall, pese a su libreta llena de nombres.

Pero es de admirar su valor, su convicción de invulnerabilidad, y Minnie Maude, viendo mis ojos aún incrédulos, dice: —Hace dos fines de semana estuvieron en Mottson, y se registraron como marido y mujer.

Y yo digo: —Calla. ¿Quieres provocar una muerte?

Ella me mira.

—¿La muerte de quién?

—Si sueltas esa información a cada uno que pasa, como a mí, ¿no te das cuenta de que el señor Bowman acabará enterándose? Si han podido ocultarlo durante este tiempo, cosa que además no entiendo cómo...

Ella me está mirando, pero sus ojos ya no son remotos; hay en ellos esa curiosa, cansina tolerancia con que ellas a veces miran a los niños.

—No te engañes a ti mismo, querido –dice.

—¿Qué quieres decir? –dijo.

Pero supongo que no lo sabe. Supongo que, sabiendo tantas cosas inmediatas e importantes, no necesitan saber más. Así que me marché.

Lleva camisas de colores; todas las tardes toma café en la cafetería, con los hombres de la ciudad que entran y salen; afuera, más allá de la puerta, los dos perros se encogen, vigilantes y coléricos, y arremeten y lanzan mordiscos a los chiquillos que los importunan. Cuando él sale se pegan a sus talones, y vuelven a detenerse cuando entra en la tienda a comprar una revista; luego, con la revista enrollada bajo el brazo y las manos en los bolsillos y la chaqueta abierta sobre la camisa y corbata chillona, el señor Bowman se va a casa.

Un día me las ingenié para hacer que pareciera casual y lo paré en la calle. Estaba lloviendo, pero su sola concesión ante tal circunstancia había sido abotonar el botón superior de su chaqueta, bajo la cual sobresalía un extremo de la revista que acababa de comprar.

—Magnífico día para leer –dije.

—¿Eh? –dijo, haciéndose pantalla en el oído y mirándome fija y afablemente con sus ojos apopléticos.

—Su revista –dije, tocándola con un dedo–. ¿Ha leído a Balzac?

—¿Qué es eso? ¿Una revista de cine? Creo que no la conozco.

—Es una persona –dije–. Un escritor.

—¿Qué escribe?

—Escribió una historia muy buena sobre un banquero llamado Nucingen.

—No me fijo en los nombres –dijo.

Sacó la revista e hizo ademán de abrirla. Era el “The Ladie’s Home Journal”5.

—Dudo que venga alguna este mes –dije–. Además, se le va a mojar.

De modo que volvió a guardarla bajo la chaqueta y siguió caminando con los perros en los talones. Yo seguí hasta la esquina y lo vi pasar ante su oficina, en la otra acera, sin apresurar ni aminorar el paso, con la cabeza sesgada bajo la lluvia. Al poco rato lo vi cruzar la calle y entrar en su pequeño y estrecho patio y mantener la puerta abierta para que lo adelantaran los perros.

—Baña a esos perros todos los días –contaba la cocinera.



10 Comentarios



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10 por Loyola (Usuario no autenticado) 28/02/2008 16:20

HEADLINES PARA LOS PROXIMOS AÑOS HISTORICO DIA: TOMA JURAMENTO EL NUEVO PRESIDENTE DE LOS ESTADOS UNIDOS DE AMERICA, EL DEMOCRATA BARACK OBAMA. LLEGA A LA HABANA PRIMERA DELEGACION OFICIAL DE LA NUEVA ADMINISTRACION NORTEAMERICANA PARA INICIAR AMPLIO DIALOGO CON EL NUEVO REGIMEN DE RAUL CASTRO LEVANTADAS RESTRICCIONES PARA VIAJAR A CUBA. TAMBIEN SE ANULAN RESTRICCIONES DE REMESAS FIESTA EN CUBA POR LA LLEGADA DE LOS RECIEN LIBERADOS ESPIAS CUBANOS PRISIONEROS EN CARCELES DE EEUU. SUS CAUSAS FUERON ANULADAS POR LA CORTE SUPREMA DE JUSTICIA AMNISTIA TOTAL PARA PRISIONEROS POLITICOS EN CUBA LEVANTADAS RESTRICCIONES DE ENTRADA Y SALIDA DEL PAIS PARA NACIONALES RESIDENTES EN CUBA APRUEBA EL CONGRESO POR ENORME MAYORIA LEVANTAR EL EMBARGO CONTRA CUBA Y ANULA LA LEY DE AJUSTE CUBANO SE CUMPLE HOY LA RETIRADA TOTAL DE LAS FUERZAS NORTEAMERICANAS Y DE SUS ALIADOS EN IRAK LLEGA A MIAMI EL PRIMER VUELO COMERCIAL DE LA AEROLINEA NACIONAL CUBANA DE AVIACION CON EL PRIMER CARGAMENTO CULTURAL DE LA ISLA ACTUARA EN EL CARNEGIE HALL LA ORQUESTA SINFONICA NACIONAL DE CUBA SE PRESENTARA ESTA SEMANA EN EL KENNEDY CENTER LA INSIGNIA ORQUESTA ARAGON DE CUBA FESTIVAL DE CINE CUBANO EN CHICAGO PARTICIPA SELECCION DE PELOTEROS DE LAS GRANDES LIGAS EN SEMANA DE ENCUENTROS EN DOS ESTADIOS DE CUBA. VARIAS ESTRELLAS QUE DESERTARON HACE UNA DECADA PARTICIPARAN COMO ABRIDORES. INTERCAMBIO COMERCIAL ENTRE ESTADOS UNIDOS Y CUBA ALCANZA SU MAYOR NIVEL EN 60 AÑOS REVALORADA LA MONEDA CUBANA FESTEJA EL BALLET DE ALICIA ALONSO SU PROXIMO ANIVERSARIO EN WASHINGTON, DISTRITO DE COLUMBIA RE-ELEGIDO PARA UN SEGUNDO PERIODO EL DEMOCRATA BARACK OBAMA INAUGURADO HOY NUEVA RUTA AEREA ENTRE LOS ANGELES Y LA HABANA. YA SUMAN 8 LOS AEROPUERTOS ESTADOUNIDENSES VINCULADOS A LOS CUBANJOS. CLAUSURADA LA BASE NAVAL DE GUANTANAMO DESPUES DE POCO MAS DE UN SIGLO DE ARRENDAMIENTO HABLARA ANTE EL CONGRESO ESTADOUNIDENSE EL NUEVO PRESIDENTE CUBANO BENDICE EL PAPA LA NUEVA CATEDRAL DE BEJUCAL Por PELLIZCAME QUE ESTOY DESPIERTO

9 por Malinche Cubensis (Usuario no autenticado) 28/02/2008 12:00

Si, un Velorio Nacional en el que Jorge es la principal del coro de las plañideras.

8 por Oye, tú (Usuario no autenticado) 27/02/2008 16:20

¿y no es un velorio nacional que siga la tiranía sin límite de tiempo? ¡Isla miserable! Jorge, salud.

7 por El Anarquista (Usuario no autenticado) 25/02/2008 3:00

Señor Ferrer, lamento su luto; sin embargo, no establezca un velorio nacional a partir de su desgracia personal. No todos los cubanos estamos de luto. No monopolice su frustración ni la extienda más allá de su entorno enajenado. Esta noche el jazz y el vino quizá le puedan consolar la jornada. Reciba mi sentido pésame. Ojalá un día sus expectativas estén a la altura de la realidad.

6 por Canta Claro (Usuario no autenticado) 25/02/2008 2:40

Lastima que todo haya quedado entre los mismos de siempre -- puro humor negro que en un comentario se hable de la autodeterminacion del pueblo cubano --, pero bueno ya sabemos que el cambio se fue a bolina. Sobre el aticulo en el Herald o no comprendi bien o Ferrer se nos fue por la onda de Radio Mambi de que sino no se vota republicano estamos ayudando a los Castro.


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Jorge Ferrer. Escritor y traductor. Escribe desde Barcelona, España.

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