Una transición sin exilio
Jorge Ferrer | 22/02/2008 16:09
Tags: "Transición" en Cuba
Ningún cambio. Algún cambio. El Cambio.
¿Cambio? Ya hubo cambio en Cuba: fue el de 1959, dicen los voceros de la Habana.
¿Cambio con maquillaje? Ese no lo queremos. Queremos borrón y cuenta nueva: que renuncien Raúl Castro y sus ministros, que sea abolido el partido comunista, que cada CDR se convierta en un tribunal…
Son dos extremos comprensibles. El primero, porque lo sostienen aquellos que temen perder sus privilegios de hoy en la Cuba depauperada. Y porque, en el fondo, sus valedores alimentan bien tasado cálculo: saltar de la cúpula castrista a la cúpula empresarial y política del postcastrismo sin pausa ni sobresalto.
También es comprensible el extremo de los vociferantes de la revancha. Los avala el dolor del presidio, de la patria secuestrada por Fidel Castro, las décadas de vida en el exilio.
(Huelga decir que entre los militantes de ambos bandos hay quienes alimentan otros intereses.)
Lo curioso, sin embargo, es que tanto los valedores habaneros del «ningún cambio», como los defensores de la revancha, parecen trabajar mano a mano para que se consume la exclusión del exilio de la dinámica por la que se encamine Cuba en los próximos meses.
Néstor Díaz de Villegas comenta hoy en El Nuevo Herald cómo el NYT suscribió en reciente artículo editorial la «doctrina de exclusión castrista» respecto al exilio cubano en EE.UU. El asunto es aún más grave: la exclusión del exilio la suscriben también las cancillerías europeas y latinoamericanas.
La suscribe todo aquel que afirma, con aire de quien suelta una perogrullada, que el futuro de Cuba lo han de decidir «los cubanos de Cuba». Peor aún: la suscriben muchos opositores cubanos. Recuérdese si no el Proyecto Varela.
Todos ellos, desde una cándida llamada a la no injerencia, ayudan a que se consume la que podría ser la gran tragedia moral del postcastrismo: apartar al exilio de las decisiones sobre Cuba. Apartar a los que ya fueron apartados antes, y por eso obligados a abandonar su país. Apartar a los apartados de siempre.
Los 49 años de revolución son también 49 años de exilio. Un exilio en el que conviven cubanos que abandonaron el país en 1959 –o antes- y los que llegaron a Madrid en el vuelo de Iberia de esta mañana, a los Cayos de la Florida, en la última lancha, a los pasos fronterizos con EE.UU. mientras redacto esta nota.
Al millón y pico de cubanos que vivimos fuera de Cuba, sean cuales sean las razones que haya tenido cada cual para radicarse en el extranjero, se nos ha de conceder el mismo derecho que a cualquier otro cubano cuando se trate de decidir sobre el presente y el futuro de Cuba. No más derecho. Pero tampoco menos.
Carlos Espinosa me envía reseña del libro Cuerpo a diario, de Gerardo Fernández Fe. Una cortesía con los lectores de El Tono de la Voz que le agradezco.
Cuerpo a diario, publicado por la editorial argentina Tsé Tsé se puede comprar online en la Librería Hernández.
El cuerpo escriturado
Por Carlos Espinosa Domínguez
Si empezara apuntando que Cuerpo a diario (Tsé tsé, Buenos Aires, 2007, 145 pp.) constituye el estreno como ensayista de Gerardo Fernández Fe (La Habana, 1971), estaría haciendo honor a la verdad. Hasta ahora sólo había publicado el poemario Las palabras pedestres (Premio David 1995, 1996) y la novela La Falacia (1999). Pero antes de que el título objeto de estas líneas viese la luz, su autor ya había dado a conocer en revistas algunos excelentes ensayos entre los cuales está Un escritor de novelas llamado Roland Barthes, que recibió una mención honorífica en el Premio Juan Rulfo de Ensayo en el año 2002. El texto más reciente de esa parcela de su actividad literaria es José, el impuro, un análisis de la poesía de José Kozer que se puede leer en el número 5, Septiembre-Octubre 2007, de La Gaceta de Cuba, y, en su versión íntegra, en el número 40, Invierno 2007, de la revista digital La Habana Elegante.
Cuerpo a diario, es, de acuerdo a su autor, fruto de más de diez años de leer y tomar notas sobre diarios personales de todo tipo. Quienes en su momento los redactaron conforman un grupo muy heterogéneo. Entre ellos hallamos reconocidos escritores e intelectuales: José Martí, Drieu La Rochelle, Ludwig Wittgenstein, Paul Lèautaud, Walter Benjamin, Ernst Jünger, el Marqués de Sade, Samuel Pepys. Pero al lado suyo figuran, entre otros, un barbero de origen rumano radicado en París y un judío alemán profesor de filología. Ciudadanos corrientes y anónimos que cuando redactaron sus textos no pensaron que pudiesen ser leídos por otras personas. Esta última opinión me temo que no será compartida por Fernández Fe, quien opina que "no hay diario íntimo exento de la idea de la trascendencia. Todo diario se sabe leído".
Pero más allá de que quienes los firman sean escritores o no, todos esos diarios poseen en común las circunstancias bajo las cuales fueron redactados. Ya sea la proximidad de la muerte, la guerra, la enfermedad o el ambiente cerrado de los regímenes totalitarios, en todos los casos se trata de situaciones límites. De ahí que, a diferencia del presupuesto místico de narrar lo sublime indescriptible, son "diarios límites, textos jadeantes, a escondidas, que ambicionan narrar la otra cara de lo sublime, eso, lo más sórdido, mefistofélicamente inmemorable".
En su perspicaz lectura de esas páginas en las que sus autores volcaron sus emociones, dudas, dolores y confesiones, Fernández Fe se interesó, en particular, en el cuerpo, que, en los casos de los cuales se ocupa, es "un cuerpo jadeante e inseguro". Por ejemplo, al leer Reportaje al pie de la horca, de Julius Fucik, advierte que unos meses antes de ser fusilado por la Gestapo el periodista checo narra como contempla desde la ventana del vehículo en donde lo conducen a un interrogatorio las bellas piernas de las mujeres. Fernández Fe destaca el detalle de que el cuerpo de Fucik mantenga aún, pese al desfallecimiento y las heridas, el regocijo de la poca carne que conserva. Eso lo lleva a comentar: "Vanidad final del condenado. Cuerpo mustio que todavía irradia arrogancia. Confluencia de pathos, convicción política, extremismo socrático y boca que aún espuma".
Con pupila aguda, se fija en la conciencia del cuerpo adolescente que evidencia Ana Frank, quien al apuntar pormenores candorosamente escatológicos (el sonido de su orina al caer en una latita, la llegada de la primera menstruación, los horarios para ir al retrete, el aseo a oscuras), convierte su diario en "el relato implacable de ocho cuerpos en cautiverio". De igual modo, los apuntes del diario de Drieu La Rochelle que van de 1939 a 1945, Fernández Fe los interpreta como las cavilaciones y confesiones de un cuerpo emasculado, entre viril y acabado. De ahí, expresa, "ese ojo austero, minucioso, que se detiene y regodea en la grieta, el pliegue, la ajadura, máxime cuando se trata del suyo o de algún otro cuerpo cercano que ya no puede retornar a la epopeya".
Consciente de que pese a ser una zona de salivazos y confesiones incómodas, el diario íntimo es también una zona llena de recodos y escondrijos, Fernández Fe sabe hurgar con inteligencia en los vacíos, cortes, lagunas voluntarias y pausas que aparecen en algunos de esos textos. Al leer un cuaderno llevado por Klaus Mann en 1940, se da cuenta de que las actividades diurnas las anota en letra redonda, mientras que al referirse a sus furtivos escarceos amorosos emplea una cursiva sinuosa, como si tuviese conciencia de la ilegalidad de sus actos. Señala además que cada vez que alude al acto sexual, Mann se escuda en términos como eso, ternura o la cosa misma, "como un político del cuerpo que acciona sus eufemismos".
El autor de Cuerpo a diario se refiere también a la estrategia adoptada por Wittgenstein, quien cuando da cuenta del costado vital de su existencia emplea un sencillo lenguaje en clave. Esas líneas, comenta Fernández Fe, evitan el fisgoneo ajeno, las revelaciones de una carne como todas -aunque taimada, escurridiza, autoculpada- y un espíritu en ascuas". Y no deja de apuntar el hecho de que, aparte del prurito de los propios autores, en muchas ocasiones los comedidos albaceas y la censura se han encargado de mutilar de los diarios las aristas menos convenientes para los defensores de las buenas costumbres y las normas morales.
Fernández Fe dedica un amplio espacio a nuestro José Martí, quien también relató el cuerpo desde la escritura. Se apoya en fragmentos de algunos de sus artículos y cartas, pero fundamentalmente basa su análisis en su Diario de campaña. Convertido ahora en soldado, Martí no puede prescindir de apuntar el disfrute que experimenta ante la naturaleza cubana. Y pese a que está aguardando el momento de entrar en combate, no deja de plasmar las impresiones de ese goce, "utopía del cuerpo que es también -en su caso- colmo de la imagen, utopía del lenguaje".
Al igual que ha hecho con otros diarios, en especial, los escritos por personas víctimas o sobrevivientes del Holocausto, Fernández Fe interpreta con un sentido más amplio y profundo los sufrimientos del cuerpo, e incorpora la arista cívica, aquella que, a juicio suyo, más se apega a la realidad exterior. Eso justifica las páginas dedicadas a las discrepancias que tuvo Martí con Antonio Maceo y Máximo Gómez. A partir de esa lectura, demuestra que el diario martiano, "aun siendo foto deslumbrada y jolgorio del lenguaje", no está ajeno a las relaciones entre su cuerpo y los accidentes políticos por él generados. Llama la atención sobre la ausencia de alusiones a las dolencias físicas, y expresa que Martí omite las confesiones del cuerpo carnal, pero da cabida a las del cuerpo político. Eso responde, razona Fernández Fe, a que "el principal dolor del cuerpo martiano viene de la incomprensión, la injuria y el desdén de sus propios compañeros de lucha". Y concluye que por eso el Diario de campaña debe ser visto, también, como muestrario, empeño y batalla de los más convencidos fueros republicanos de Martí.
Resulta difícil, en fin, glosar todo el contenido de Cuerpo a diario, pues su autor desarrolla amplia y brillantemente el núcleo analítico y temático. En centenar y medio de páginas, despliega una lucidez cautivadora y aporta reflexiones plenas de erudición y de interpretaciones originales e inesperadas. Por otro lado, nos exime de la parafernalia académica, que lastra a tantos libros al hacer de ellos una prolongación de la cátedra universitaria. Elude asimismo la estructura tradicional del ensayo, y opta por otra mucho más abierta y flexible, que le permite volver sobre los textos y trenzar entre ellos una tupida red de relaciones. Escarbando en los diarios de Martí y Jünger, descubre que ambos presenciaron por primera vez la muerte de un ser humano cuando tuvieron que tomar parte en el fusilamiento de dos soldados pertenecientes a sus propias filas. Uno fue ajusticiado por traición y por dirigir una banda de ladrones y violadores. El otro, por haber desertado y dedicarse a traficar en el mercado negro. Sus respectivos relatos de aquel fusilamiento, señala Fernández Fe, tienen en común el detalle de que "representan un pico neurálgico dentro de la narración".
Estamos además ante un ensayista que, además de escribir con un estilo elegante y personal, posee una inconfundible voz narrativa (en 1999 publicó La Falacia, su primera novela). Eso le da a su fluir discursivo un peculiar atractivo, pero sin que en ningún momento se aflojen la sagacidad de su mirada ni el rigor analítico. Lo afirma él mismo, al comentar que los suyos son "textos que intentan una idea y pretenden provocar un par de salivaciones del imaginario". Véase, a modo de ejemplo ilustrativo, este fragmento: "Se escuchan disparos a lo lejos. Martí continúa ante eso que no ha sido Diario sino Imaginario de Campaña. Media un minuto de riesgo entre la primera bala que abre una herida y la última palabra por trazar. Caligrama impreciso. Sensual".
Cuerpo a diario pertenece, en resumen, a esa categoría de libros que al tiempo que se disfrutan, nos enriquecen, por las numerosas sugerencias que expande. Su centenar y medio de páginas rebosa lucidez, madurez intelectual, profundidad reflexiva y analítica. Cualidades más que suficientes para que desde aquí recomiende con entusiasmo su lectura.
Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 02/09/2008 1:38




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26 Comentarios
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26 por ¡Ah, cará..! (Usuario no autenticado) 27/02/2008 16:20
Nos calzamos la chancleta pa' gritar lo que nos gusta y ripiar lo que no. ¡Isla miserable e infeliz!
25 por mentiras no (Usuario no autenticado) 24/02/2008 19:40
no se por qué se confunde canta claro. la pregunta que le hecho es sencilla: ¿vive usted 'en el frente de batalla'?
24 por Canta Claro (Usuario no autenticado) 24/02/2008 12:20
Me confunde este Mentiras que por un lado dice defender la democratizacion en Cuba y por el otro se ha autoimpuesto -- con sus pequeñas pinceladas -- el oficio de defensor de Figueredo que esta bien lejos de ese deseo (que inconsecuencia), pero no se preocupe Mentiras, que el sabe, a su manera, defenderse solo. Un aspecto que se me quedo sin tocar en el comentario anterior es que existen grandes posibilidades que los Diaz-Balart pierdan sus puestos en el congreso en las proximas elecciones, entonces que pasara con el discurso del totalitarismo miamense.
23 por Esto no lo publiques (Usuario no autenticado) 24/02/2008 12:00
Me encantaria conocerte. Nadie sabe si un dia...
22 por mentiras no (Usuario no autenticado) 24/02/2008 1:40
canta claro, ¿usted vive 'en el frente de batalla'?
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