Volar los puentes, y Duanel Díaz sobre cierta nostalgia
Jorge Ferrer | 09/10/2007 15:10
Bofetada o galletón propinó anoche la Televisió de Catalunya a los que nos quejamos por la nula presencia del idioma español en ese canal y radios asociadas.
Anoche, en lunes que precede a viernes con Fiesta de la Hispanidad –así la llaman- y apenas unas horas antes de que arranque la Feria de Frankfurt, los directivos de ese canal cedieron toda una media hora a la lengua en la que escriben Juan Marsé o Enrique Vila-Matas. La lengua que tiene como propia más de la mitad de la población de esta parcela del mundo.
Media hora de prime time, pues, en la que los entrevistados pudieron expresarse libremente en español y narrar las circunstancias de sus vidas. Nada quedó fuera: sus sueños, sus padecimientos, su relación con las instituciones.
Lo dicho: bofetada a los protestones.
Entre línies fue el programa que se atrevió al desacato. Entre línies fue el vehículo de ese trozo de noche en español que admitió la Corporació.
¿Y quiénes fueron los protagonistas de ese espacio?, se estarán preguntando. ¿Estuvo la Cristina Peri Rossi despedida por hablar español en Catalunya Ràdio? ¿Alguno de los largos cientos de firmantes de la nota de protesta que hizo circular la propia Cristina?
Pues, no. Ese prime time en español fue ocupado por Ignacio, Cristóbal y Valentín. Tres pobres tipos que viven bajo los catalanes puentes de Barcelona. El español, ahora lo sabemos, es lengua de inadaptados que viven en la calle, recogen chatarra de los contenedores de basura, beben vino envasado en cartón y guardan barras de hierro junto al colchón para atizarle al primero que se acerque.
Sota el pont, bajo el puente, se titulaba la emisión en una lengua española, apenas rota por breves parlamentos en catalán, cuando los tres hablantes en «la lengua invasora» acuden a las organizaciones de caridad que les regalan «samarretes».
Nada, que el que quiera hablar español en la televisión pública catalana ya sabe lo que tiene que hacer.
Lo que en la guerra: ¡volar los puentes!
A Duanel Díaz no le gustó el documental de Camila Guzmán que vio hace unos días en Nueva York y envía este comentario para los lectores de El Tono de la Voz, cortesía que le agradezco.
El telón de azúcar y la östalgie cubana
Por Duanel Díaz
«Este documental de autor, intenta rescatar aquella realidad que tuvimos cuando niños y explora qué pasó con mi generación, la generación que nació y se crió en los años dorados de la Revolución Cubana, y cuando llegamos a la adultez vimos que todos nuestros ideales “se fueron abajo”… Crecí en Cuba en los años 70 y 80, y pienso que fue una experiencia única. Siento que en esos años vivimos en un mundo distinto, de alguna manera “irreal”… Recuerdo que fui muy feliz. Conocí un estilo de vida diferente y tranquilo. Me eduqué bajo los “ideales revolucionarios” en un país donde todos nos sentíamos iguales y todo lo material carecía de valor. Nosotros, los Pioneros, éramos “los forjadores” del futuro y seríamos “el hombre nuevo” que imaginó el Ché.»
Quien habla es Camila Guzmán, que en 1973, con sólo dos años de edad, llegó a Cuba como exiliada de Pinochet y vivió allí hasta comienzos de los años noventa. Ahora, luego de diez años en Europa, la chilena-cubana ha regresado a la isla cámara en mano para rescatar, junto a los años más felices de su vida, aquella utopía que hoy ya no existe más. Para ello, entrevista no sólo a sus amigos de infancia sino también a los músicos de Habana Abierta, quienes recuerdan la vida en la Cuba anterior a la caída del muro de Berlín como algo esencialmente bueno y espiritual.
«El punto de partida es recuperar la infancia –dice Guzmán en una entrevista-, el punto de vista de niña fue que Cuba era un paraíso; cuando uno es adulto lo ve de otra manera. Pero la felicidad y el bienestar general fueron reales. Se habla mucho de Cuba en el mundo, y en Europa hay una imagen bastante negativa. Pero hubo una época que duró 20 o 30 años donde las cosas sí funcionaron. Era importante recuperarlo y ponerlo en una cajita. Durante muchos años fue verdad, es una especie de necesidad extraña para no olvidarnos de que durante una época las cosas funcionaron bastante bien.»
Aunque ciertamente el filme resulta más complejo que estas declaraciones castristas, ellas evidencian la falacia cardinal de El telón de azúcar. «Sociedad nueva, justa», «estilo de vida diferente y armonioso»: estas nociones que en la voz en off de Camila Guzmán vertebran su relato no son, desde luego, propias de un punto de vista infantil, sino conceptualizaciones del adulto, abstracciones de un intelecto romántico. De niño, ¿quién tenía conciencia de lo que quería decir «¡pioneros por el comunismo, seremos como el Che!»? Lo gritábamos cada día en los matutinos como mismo escribíamos mecánicamente en la libreta «año no sé cuantos de la Revolución», sin verdadera noción de aquel punto dizque luminoso en que los nuevos tiempos empezaron. La infancia está al margen de la historia; para los niños el único muro que existe es el de la escuela y Berlín queda demasiado lejos. Ese matutino escolar filmado en 2005, donde los niños repiten de memoria los teques patrióticos, es justo como era en los ochenta, cuando yo hice la primaria, y como era en los setenta, cuando la hizo ella, de la misma manera que los cantos en la guagua, donde la espontaneidad que allá se echaba en falta se mezcla con la típica chusmería cubana, son hoy los mismos de entonces. Es, pues, en ese mundo de los niños donde menos han cambiado las cosas, a pesar de que ya no se pueda ir a Tarará y no den merienda en el receso.
Pero no son niños los que hablan aquí, sino adultos que, de regreso a sus antiguas escuelas, miran a los niños buscando aquella etapa de sus vidas que transcurrió antes de la caída del muro de Berlín. Niños en los setenta, adolescentes en los ochenta, la llegada del «período especial» coincidió, para Guzmán y sus amigos, con la entrada en la edad adulta. La nostalgia por ese «paraíso de la infancia» que en palabras de Jean Paul «todos debemos abandonar y hacia el cual todo regreso nos está prohibido por la edad, por la espada resplandeciente y cortante de la experiencia», puede confundirse fácilmente, entonces, con la idealización de todo un mundo perdido.
Desde la introducción misma del filme, Camila Guzmán recuerda a la Cuba de ayer como «un lugar sin preocupaciones, sin angustia, sin violencia», donde «el dinero no tenía valor» y «lo material no tenía importancia», donde «reinaba la solidaridad», «todos nos sentíamos iguales», y «en las calles no había ni publicidad ni apuro». A pesar de que algunas de las declaraciones posteriores de sus entrevistados matizan bastante esta imagen, y de que la propia Guzmán reconoce, al final de la película, que si no chocó con el sistema fue porque se fue a tiempo, esta añoranza por un estilo de vida y unos valores hoy en crisis viene siendo el saldo del documental. El telón de azúcar resulta, entonces, una obra maestra de la östalgie cubana.
La östalgie, definida por Zizek como «un continuado apego sentimental al difunto “socialismo real” de la antigua RDA: el sentimiento de que, a pesar de todos sus defectos y horrores, algo precioso se perdió con su caída», refleja la dificultad de toda una generación formada en el sistema comunista para adaptarse a una sociedad regida por la competencia y la iniciativa privada, o, entre los más jóvenes, que eran niños cuando cayó el muro, una simple rebeldía anticapitalista con algo de snobismo. En el caso cubano, no se ha producido el tránsito de un sistema donde la vida, del todo regida por el estado, era más sosegada y segura, al mundo dinámico e individualista del capitalismo, pero las dificultades de la vida cotidiana en el «período especial» sí han sido el caldo de cultivo para una cierta nostalgia de la relativa abundancia de los años ochenta. En medio de escaseces sin cuento, se tiende a idealizar ese «mundo de ayer» en que uno podía comprar un litro de leche por la libre y hasta algunas manzanas en el puesto de la esquina, y se comprende que muchas personas, asfixiadas por tan perentorias necesidades, de buena gana regresarían a aquella época en que los fungibles venían «convoyados» con las clases de marxismo-leninismo, las «movilizaciones» y las guardias de comité.
Camilá Guzmán, sin embargo, no ha sufrido en carne propia a esta otra Cuba de camellos y apagones; son sus amigos quienes de ello ofrecen abundante testimonio; ella estaba ya fuera, en Francia; su idealización de los tiempos de amistad cubano-soviética no se produce, entonces, sólo desde el «período especial» sino desde el deshumanizado mundo capitalista a donde tantos de sus amigos también se han marchado.
«Ni publicidad ni apuro en las calles»: ese enunciado nada tiene que ver con la memoria de una infancia feliz y mucho con la perspectiva apologética de fellow travelers como Ernesto Cardenal y Santiago Alba. Tan sesgado y manipulador como los suyos es, ciertamente, el relato de la historia reciente de Cuba que bajo la forma empática de la memoria y la nostalgia ofrece El telón de azúcar. Es evidente que las cosas en Cuba nunca funcionaron, y precisamente por eso existió y aun dura el «período especial». Si hubieran funcionado, el país no hubiera necesitado de los subsidios soviéticos para mantener un nivel de vida que, desde luego, fue tal solo durante algunos años de la década de los ochenta, y como consecuencia, en gran medida, del éxodo de Mariel, pues durante los setenta no abundaban más que el hambre y los apagones. Pero Camila Guzmán ni siquiera menciona aquella crisis que partió en dos la historia de la Cuba bajo la Revolución; para ella, que considera a los terribles setenta como parte de los años dorados, sólo hay aquella Edad de Oro y esta Edad de Hierro, la utopía donde privaban los valores espirituales y un «período especial» derivado de la caída del campos socialista y el embargo norteamericano.
En este filme se da abundante testimonio de las dificultades de la vida cotidiana en el «período especial», pero en ningún momento se abordan las verdaderas causas de la crisis. «Cambiábamos política por petróleo», dice uno de los entrevistados, «y cuando la política dejó de cotizar se acabó el petróleo y se jodió todo». Pero, ¿por qué cambiábamos política por petróleo? Porque la economía era un desastre. ¿Y por qué era un desastre? Porque la Revolución la destruyó en sólo diez años. Salvo en alguna que otra mención de algunos de los entrevistados, apenas se habla aquí de la represión política y las limitaciones de todo tipo que había en los ochenta, cuando lo cierto es que la seguridad y los valores de aquella Cuba no pueden separarse de aquella falta de libertad. ¿No son las dictaduras siempre más seguras que las democracias? ¿Cómo podía ser la gente más solidaria y humana si, como reconoce uno de los entrevistados, se educaba a la gente para la delación y el espionaje del prójimo? ¿Puede afirmarse que la gente se ha materializado a raíz del «período especial», cuando es un hecho que antes se sacaban los «trapos sucios» en las asambleas para ver a quien le «otorgaban» una lavadora o una casa en la playa?
Todo ello se escamotea aquí a favor del contraste entre las meriendas y la abundancia de antes y el hambre del «período especial», los valores morales de entonces y la crisis de ahora, el «idealismo» de la utopía y el «materialismo» del mundo prosaico. Tanto la realizadora como sus entrevistados pierden de vista aquellos aspectos en los que estos años tan duros han significado, efectivamente, una ganancia en libertad, pues el estado, incapaz de garantizar la subsistencia básica, se ha visto obligado a tolerar pequeños espacios a la iniciativa privada que han permitido a mucha gente independizarse de su opresiva tutela. Precisamente porque por la libreta no nos «dan» casi nada es que ya podemos faltar al desfile del primero de mayo, y darnos el lujo de no ir a las reuniones del comité, y hasta tener la posibilidad de ver el mundo si conseguimos que alguien nos invite. Gracias al turismo y a la legalización del dólar, el «período especial» ha significado no ya la pérdida del igualitarismo de los años dorados, sino la destrucción de la sociedad «estamental» del antiguo régimen socialista, donde sólo los de burocracia podían comprar en las diplotiendas, y únicamente los privilegiados, como Camila Guzmán, podían viajar al extranjero.
En la medida en que escamotea todo esto, El telón de azúcar es un fraude. Los testimonios que reúne son, sin embargo, auténticos. Muestran, muchos de ellos, cómo el adoctrinamiento comunista aún persiste en personas que ya no se identifican del todo con la Revolución.
Quien dice que no hubo socialismo no hace sino salvar al socialismo de su fracaso y su horror. Quien dice que el haberse formado en Cuba como «forjadores del futuro» da «tremenda seguridad y tremenda confianza» no hace sino sublimar la educación fascistoide que recibimos. Quien dice que cambiábamos política por petróleo sigue prisionero dentro de la lengua que nos enseñaron: no cambiábamos, ellos cambiaban, el gobierno cambiaba, Fidel Castro cambiaba...
Quien dice, y esta es Camila Guzmán, que los muertos de Angola dieron su vida en nombre de la Revolución, no hace sino repetir lo que entonces oyó y creyó, maquillando una historia de miseria y dictadura donde los cubanos no hemos sido más que conejillos de Indias.
UPDATE:
Slobodan Milosevic no es el único desvelo de Castro I.
También los musulmanes que el de Serbia masacraba. Concretamente los 7000 musulmanes cubanos a quienes habría prometido una mezquita.
Precisamente 7000 fueron los bosnios masacrados en Srebenica en julio de 1995.
Ailing Cuban leader Fidel Castro is reported to have promised to build a mosque for his country’s 7,000 Muslims, according to members of the Humanitarian Aid Foundation (İHH) who visited the Caribbean country during Ramadan.
Cuba, one of the few remaining communist countries in the world and one of the most populated in the Caribbean with a population of 11 million, has a tiny Muslim minority that does not have a place to practice their religion collectively. The country’s 7,000 Muslims asked the government to build a mosque, something Castro personally promised to grant them after learning about the demand while on his sickbed.
All of the world’s Muslim countries have embassies, representative bureaus and consulates in Havana, which is home to some 4,000 Muslims, but there is no single mosque or mesjid, prayer room, where Muslims can pray with other Muslims. The country’s Muslim population organized under the Cuban Islamic Union to be able to communicate to the government their desire to have a place of worship. The union, which claims to represent all of the country’s Muslims, demanded a mosque last week from government officials. They relayed this request to the Cuban leader, who is reported to have promised support to make the task easier. Although the country’s Muslims are not subject to pressure because of their religious beliefs, they have problems stemming from the fact that they have no collective place of worship. Cuban Muslims mostly perform the congregational Friday prayer on the balcony of the Cuban Islamic Union. Representatives from the İHH have been giving free iftar dinners to the Muslims of Cuba.
Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 09/10/2007 15:32


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29 Comentarios
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29 por TeseoyTesea (Usuario no autenticado) 16/10/2007 17:40
Duanel bravo por tu comentario. Es tu punto de vista y hay que respetarlo (aunque a algunos no les guste). Que pasen la página. Yo si vi el documental y coincido con todas tus observaciones. Es cierto que fue un periodo aparentemente feliz visto desde los ojos de un niño pero no siempre lo que brilla es oro y eso se aprende siendo adultos ...parece que aqui nadie ha crecido y creen que de verdad esa Cuba era mejor que la de ahora. Hace decadas que estamos en la inercia absoluta pero parece que no acaban de descubrir el agua fria. Tu sigue adelante.
28 por El Filologo (Usuario no autenticado) 12/10/2007 22:00
Luisma, parece Driver no recuerda diferentes nombres que mas alla de nomenclatura, que es mas bien para la gerarquia -- y que es mas "oficial" -- se le da a la seguridad (no a los "trompetas" que es otra categoria y por supuesto no hay que ser muy listo para darse cuenta a quien se le da ) a saber: "el aparato", "la gesta", etc, etc. No se si es que hace mucho que salio de alla o si es que en su medio solo se usan los nombres oficiales.
27 por Luisma (Usuario no autenticado) 12/10/2007 16:10
Henry, en efecto, "aparataje" no existe en el contexto cubano, ni tiene la misma connotación para tí que otros términos que se suelen usar para referirse a los miembros de la burocracia castrista y sus adláteres... "aparataje" es una derivación mía de "aparato" y, por lo tanto, solo en el contexto de mis conocidos tiene sentido. Así que te pido disculpas - a los demás lectores - por el uso indiscriminado del término. Pero es lo mismo que sucede en la jerga cotidiana, donde encuentras montones de variaciones de frases qeu han sido incorporadas a lo colectivo: por ejemplo, de "¿qué bolá?" han surgido "¿qué bolero?" y "¿qué bolón?", por citar dos ejemplos, cuya raíz es el indiscutible saludo coloquial cubano de la segunda mitad del siglo xx, aquella frase que mi madre consideraba una reverenda vulgaridad. Con esa misma lógica fue que utilicé la palabra "aparataje" para referirme al estado totalitario cubano y sus mecanismos de control, represión, divulgación y perversión. Pero, no, no soy un neologista.
26 por Henry Driver Robayna (Usuario no autenticado) 11/10/2007 19:20
LUISMA Mi socio, ¿desde cuándo estás en el negocio de inventar palabras, o mejor, inventar significados inexistentes para palabras conocidas? Nunca he oído "aparataje", los que empiezan a hablar boberías cuando Jorge escribe algo controversial. Yo soy uno de ellos. ¿Estás quizás implicando la clase dominante del exilio cubano, los "aparatchic" -perdona mi ruso - , los que, según tú, sólo piensan y dicen boberías? No pude consultar la RAE (el web site parece jodido hoy) pero encontré en Yahoo: Aparataje: Conjunto de aparatos de una determinada clase. De modo, que televisores, máquinas de cortar hierba, vibradores, etc. se exitan con los escritos de Jorge. Muy tonto. Creo que la palabra más cerca es "nomenclatura" pero hay que preguntarle a Jorge que es nuestro experto en ruso. Si la palabra existe, te doy las ghracias por educarme. Si no, aquí va una crítica para ti. Saludos.
25 por tal cual (Usuario no autenticado) 11/10/2007 19:20
Duanel, amigo , afina la puntería para próximos ensayos. Te ha ido mal en éste, por lo que veo. Mejor la literatura para tí que la política, querido fiñe.
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