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Eliécer Ávila «liberado», e inmigración en España

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Eliécer Ávila «liberado» por Rosa Miriam Elizalde

 

 

Un desafío en campaña

JORGE FERRER

Barcelona -- Sin quererlo, los inmigrantes se han convertido en un tema clave en las elecciones españolas del próximo 9 de marzo. Y no precisamente por el influjo que puedan tener en tanto votantes, dado que buena parte de ellos carece del derecho a sufragio.

La responsable del inesperado protagonismo ha sido la propuesta lanzada por Mariano Rajoy, candidato del Partido Popular, de forzar a los extranjeros residentes en España a firmar un ''Contrato de Integración''. Rajoy afirmó también que los inmigrantes deben adoptar las ''costumbres españolas'', una desafortunada formulación que ha sido criticada y reída por muchos, y tildada de xenófoba y racista.

Sostener, sin embargo, que la propuesta popular se produce fuera del marco adecuado es, cuando menos, inexacto.

La inmigración es un asunto que preocupa a la sociedad española, como revelan los sondeos. No podría no hacerlo, cuando España se ha convertido en el segundo mayor receptor de inmigrantes del mundo, por detrás de los Estados Unidos. Un proceso, además, que ha sobrevenido en apenas unos pocos años en los que España ha pasado de ser país emisor de inmigrantes a recibirlos, atraídos por la expansión de la economía y una legislación relativamente laxa en materia migratoria. Estadísticas oficiales cifran el aumento de extranjeros residentes aquí en cuatro millones a partir de mediados de los noventa.

Por lo tanto, era previsible que se hablara de inmigración en campaña, como lo era que fuera precisamente el centroderecha quien llevara el asunto a los micrófonos y mítines.

El Partido Popular es consciente de que necesita un discurso tremendista capaz de producir un giro en la inercia electoral que ha caracterizado a España desde que Felipe González se hiciera con la presidencia en 1982. La derrota de González por Aznar en 1996 vino de la mano de los escándalos de corrupción en el PSOE y del episodio de los GAL --una estrategia de lucha antiterrorista que rebasaba los límites de la legalidad. La victoria de Zapatero en 2004 se produjo tras las manifestaciones que exigían la retirada de las tropas españolas de Irak y, especialmente, del atentado terrorista que se cobró 191 vidas en Madrid tres días antes de la cita con las urnas.

Ahora, la situación es distinta. La economía preocupa a analistas y ciudadanos, pero no se respira un aire de crisis capaz de producir un vuelco electoral. Tampoco la polarización generada por ciertos elementos del discurso ideológico del PSOE parece suficiente para que cambie la senda política española.

De ahí que Mariano Rajoy atice el fantasma de la inmigración, asociado en el subconsciente de los electores a los problemas de la inseguridad y el terrorismo islamista, como arma en su asalto a La Moncloa. Lo malo es que lo haga desde presupuestos poco imaginativos y amigos de la coerción. Que parezca desconocer que abordar el desafío de una sociedad multicultural requiere de mañas y discursos más complejos que el calco de las ``costumbres''.

En cualquier caso, el próximo presidente de Gobierno en España tiene por delante la gestión de una sociedad multicultural, que se debate entre la asimilación y la integración.

Y la pésima noticia es que ni el Mariano Rajoy que habla de las costumbres --donde debió decir ''valores''--, ni tampoco el Zapatero que salió después a pedir disculpas desde su ``buenismo'' y a proponer se excluya el debate sobre la inmigración de la campaña electoral, parecen preparados para encarar el reto. Una noticia francamente mala, gane quien gane.

Escritor cubano. Reside en España.



Un hombre peligroso, y updates

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Según se desarrollen los acontecimientos hoy, será inevitable que suba updates.

Estén al tanto, pues.

UPDATE:

El discurso del Ex-Interino.

Ex-Interino, por voluntad propia y petición de voto a mano alzada.

UPDATE:

El discurso de Raúl Castro ha dotado de coherencia la línea argumental iniciada por la música de John Williams que interpretaba en Cubavisión orquesta dirigida por Leo Brouwer. Les recuerdo: fragmentos de la banda sonora de La lista de Schindler, una película sobre gente sometida y uniformada.

De todos los escenarios posibles para abordar los cambios que demanda la sociedad cubana, el que ha inaugurado hoy Castro II es el peor. Así de claro. (Excluyendo, naturalmente, que se hubiera fusilado a dos o tres en los jardines del Palacio de Convenciones para amenizar la jornada.)

El mensaje es uno: ORDEN Y DISCIPLINA. El genio tutelar, Fidel Castro Ruz.

Al menos, hay que agradecerle que haya dejado dicho con claridad qué ofrece a los cubanos. Y que todos en Cuba hayan podido constatar que dista de ser lo que esperaban.

UPDATE:

En la Televisión cubana, en los minutos previos -20:22- a la esperada conexión con el palacio de Convenciones, ¿saben qué música está interpretando orquesta?

¡Fragmentos de la banda sonora de La lista de Schindler!

Se dice que se dijo también en Televisión española -yo no lo escuché- que entre los cinco nombres que siguen a los de Castro II y Machado Ventura están los de Carlos Lage y cuatro "generales".

UPDATE:

Según El País y corresponsal de la Televisión española en la Habana, es José Ramón Machado Ventura quien figura segundo en la lista llevada a votar. El primero, Raúl Castro. Carlos Lage vendría después.

UPDATE:

Repiten Alarcón y Crombet como presidente y vicepresidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular

Con esa noticia vuelve a conectar Froilán con el NTV a las 13:28.

Primeros cambios: ¡ninguno!

UPDATE:

Noticiero Nacional de Televisión de las 13:00 hrs.

Comienza con pantalla y José Martí con aquello de que "la diputación no se incuba..."

Sigue el reportero del NTV, desde el Palacio de Convenciones. Un ejercicio de inversión del periodismo: narra lo ocurrido hasta el momento, sin hacer refrencia a la noticia que esperan los teleespectadores.

Maria Esther Reus: Grito de Baire, dice, y que hoy Cuba "continúa por la senda de la guerra necesaria" bajo la "guía y ejemplo del más preclaro seguidor de Martí". El ausente, claro.

Después, explica lo que ya sabíamos de que Chomy y Carlitos Valenciaga habían ido a recoger su "voto unido". Pasa a leer los nombres de los diputados. Fidel Castro Ruz, lee, y nadie aplaude. Tardan unos instantes en reaccionar, hasta que lo hacen.

Una linda guantanamerita, la diputada más joven, lee el juramento.

El reportero nos informa de que se leyó la lista de candidatura para pasar a votar. Pero no menciona quiénes aparecen en las listas, ni el orden.

Imágenes de la votación. Cabinas cerradas por sábanas blancas. El ayudante de Raúl Castro, "el efebo de turno", apunta C., que asiste conmigo al espectáculo. Efebo nervioso, por cierto. "Voto unido", dice raúl a las cámaras cuando el efebo acaba de desenredar las sábanas.

Se ve votar a varios generales y a Alarcón.

Y ahí termina todo. Desde el estudio felicitan a Froilán, el reportero, por su magnífico trabajo. ¡Pero si no ha dicho nada el tipo!

Y nos dicen que a esperar, que a las 14:30 abrirán el melón.

Bien, esperaremos. Disfrutando de la uva, que no es temporada de sandías.

 

La ayuda mutua

Jorge Ferrer

Aun cuando se haya tratado de una operación que respondió a los más severos cánones de la guerra fría, el traslado a España el pasado domingo de cuatro presos cubanos del ''Grupo de los 75'', acompañados de sus familiares, pone en evidencia que la salud de las relaciones entre Madrid y La Habana transita por una etapa feliz. Y que la ayuda mutua, que decía Kropotkin, fluye por cauce bien aceitado.

En los últimos meses, el gobierno interino de Raúl Castro sigue con avidez el curso de dos convocatorias a las urnas que tendrán lugar este año. Sea cual sea el rumbo que tomen la economía y la política cubana a partir de la elección del futuro Consejo de Estado, es evidente que quienes mandarán en La Habana prefieren compañeros de viaje --compañeros de cama, si se tercia-- aquiescentes con una transición escalonada --o con ninguna transición--, cuales podrían ser una administración demócrata en los EEUU y un PSOE en España que no tenga que sacar las maletas de la Moncloa.

La apuesta por esa reedición socialista en España es tanto más importante para la dirigencia cubana cuanto que el ministerio que encabeza Miguel Angel Moratinos es valedor declarado del curso de la situación en la isla ante Bruselas. Así, un segundo gobierno del PSOE permitiría al gobierno cubano continuar disponiendo de ese contrapeso, aun cuando los republicanos conserven la Casa Blanca tras los comicios.

Por lo tanto, bien valió la pena excarcelar a unos pocos presos, habrán calculado en el entorno de Raúl Castro. Sobre todo, cuando el estado de salud de los disidentes era calamitoso; más, si se conseguía que el gobierno español declarara que se trató de ''una decisión unilateral'' del gobierno cubano; y, todavía más, si en el trámite se daba un paso --quiero pensar que estéril-- en la desactivación de las Damas de Blanco, una organización que ha concitado un enorme respaldo internacional: en Europa, el Parlamento Europeo concedió a las Damas el premio Sajarov en 2005; desde España, viajaron cargos electos de la coalición demócrata-cristiana Convergencia i Unió a una sonada manifestación el pasado mes de diciembre.

Por su parte, el gobierno español también se beneficia de la deportación de los cuatro presos cubanos a España. Con ella, el gobierno de Zapatero acaba de recibir un regalo de enorme valor --por publicitado y, especialmente, por actual-- para continuar defendiendo su política de diálogo y apaciguamiento con La Habana. Algo que le permitirá contrarrestar los ataques a su política exterior desde el centroderecha.

Sin lugar a dudas, cuatro presos recién liberados por La Habana a instancias de Madrid y el ya célebre ''¡Por qué no te callas?'' que espetó el rey Juan Carlos a Hugo Chávez son muy buenas cartas para sortear los debates sobre política exterior durante la campaña electoral.

Pero más allá de la satisfacción de ambas partes, vale la pena tomar nota de los extremos prácticos --también son morales-- que han tolerado. Los mudos gestos del canje incluyeron que un avión militar español aterrizara en La Habana para recoger a los pasajeros. Más allá de cuestiones de índole logística --ubicar a tal número de pasajeros en vuelos comerciales que partieran de La Habana en un acotado espacio de tiempo habría sido poco menos que imposible--, tal concesión pone de manifiesto la sintonía entre los interlocutores. Y la envergadura política, y simbólica, que convinieron darle al acontecimiento.

También se estableció, y en ello son concluyentes las declaraciones hechas ya en Madrid por los presos, que la operación se enmarcaba en el patrón ''liberación /deportación'', tan propio de la guerra fría y de los modos soviéticos. No en vano, cabe pensar, se sostuvo que Raúl Castro estuvo siempre más atento al Kremlin que su convaleciente hermano.

Ante perspectivas políticas inciertas para Madrid y La Habana, conviene atender a un maridaje táctico que esconde estrategias conocidas, aunque no por ello menos reveladoras. La Habana admite que hay presos por liberar, pero los libera a cuentagotas y con la condición de que abandonen la isla. España acepta el envite y provee el soporte logístico y la coartada humanitaria para su beneficio electoral.

Una ayuda mutua de la que hasta Kropotkin se habría escandalizado.

 

Lectura dominical:

Un hombre peligroso

Por William Faulkner

Las mujeres saben cosas que nosotros no sabemos, que aún no hemos aprendido, que acaso no aprendamos nunca, supongo. Quizá es que el hombre lo tiene todo, lo que cree que está bien y lo que cree que está mal y lo que cree que debería suceder y lo que cree que no debería suceder y no puede suceder, claramente adjetivado y catalogado y acomodado a ciertos patrones.

Al señor Bowman lo calificábamos de hombre peligroso, pues reaccionaba de forma propia y absolutamente masculina, en la que se aunaban cierto credo simple y masculino con una especie de presteza violenta, sin aprensiones ni remordimientos. Una mañana, Zack Stowers entró en la oficina del expreso pistola en mano. Un viajante de comercio había insultado a su mujer; había ido en su busca, pero cuando loencontró, el hombre saltaba ya al autobús que lo conduciría desde el hotel a la estación.

—¿Eh? –dijo el señor Bowman (es un poco sordo) inclinándose sobre la ventanilla enrejada y haciendo pantalla con la mano en el oído. Stowers lo repitió agitando la pistola. El viajante estaba con un amigo; era muy posible que Stowers necesitara ayuda–. Por supuesto –dijo al instante el señor Bowman. Sacó de la caja la pistola propiedad de la compañía y se la metió en el bolsillo y se detuvo un instante en la puerta trasera para decir a su mujer–: Voy un momento a la estación.

Salió rodeando la mampara y sin coger siquiera la chaqueta siguió a Stowers, que tenía el coche en la calle. Subieron y partieron hacia la estación a galope tendido, mientras la gente se volvía en la calle para mirarlos.

Eran dos.

—Allí están –dijo Stowers–. ¿Ve a aquel alto del sombrero verde y al otro bajo con dos bolsas?

—¿Se refiere al tipo escurrido que lleva la chaqueta en el brazo? –dijo el señor Bowman, inclinándose un poco hacia adelante mientras galopaban por la ancha plaza situada frente a la estación. Hablaba con voz calma, tensa, impersonal, como si estuvieran levantando un largo poste o una escalera.

—No, no –dijo Stowers, con las riendas y el látigo y la pistola amontonados en las manos–. Aquel tipo alto de sombrero verde que se da la vuelta ahora mismo y mira hacia aquí.

—Ah, sí –dijo el señor Bowman–.

Ya lo tengo. Ahora que nos ha mirado, ¿va a dispararle ya?

—No, no. Usted vigílemelos. Primero quiero hablar con él.

—Mejor que le dispare ahora –dijo el señor Bowman–. Ha echado una mirada hacia aquí.

—No, no; usted espere, ya se lo he dicho.

—De acuerdo –dijo el señor Bowman–. Pero ahora no sería por la espalda: nos está mirando.

Se bajaron del coche, no se entretuvieron en atar el tiro. El viajante gordo también se había dado la vuelta y, sin soltar las dos bolsas, los miraba acercarse con una especie de horror solemne. Llevaba el sombrero echado hacia atrás; con sus ojos redondos y su boca redonda se asemejaba a la fotografía de un chiquillo pequeño y gordo con un gorro de marinero.

Echó una ojeada por encima del hombro; ahora él y su compañero estaban tan aislados como si fueran los dos únicos seres de la tierra.

—¿Cuál de ellos quiere? –dijo el señor Bowman, sacando la pistola y observando a los dos viajantes como un perro no particularmente hambriento contemplaría dos cuartos de carne de vaca aderezada.

—Espere, hombre, maldita sea –dijo Stowers–. Vigílelos, nada más.

—¿Eh? –dijo el señor Bowman, haciendo pantalla en el oído con la mano de la pistola. Stowes dejó a un lado la pistola y empezó a quitarse la chaqueta.

—¿Qué sucede, amigo? –dijo el viajante alto.

—Va a pelearse a puñetazos, ¿no?

–dijo el señor Bowman.

—Oiga, amigo –dijo el viajante alto. Miraba por encima del hombro–.

Oigan, amigos, les pido que...

—Déjemelo a mí –dijo el señor Bowman–. Usted apúnteles para que no se escapen.

—No –dijo Stowers, tirando la chaqueta al suelo–. Es cosa mía.

—Me pegaré con los dos –dijo el señor Bowman–. Con los dos al mismo tiempo.

—No –dijo Stowers entre dientes, mirando con furia al viajante alto.

—Eh, amigos –dijo al viajante alto, mirando rápidamente a su alrededor, sin atreverse a apartar la mirada de Stowers durante mucho tiempo–.

Les pido que...

Stowers lo golpeó; para hacerlo hubo de alzarse literalmente del suelo, y a continuación ambos hombres se enzarzaron. El señor Bowman se apartó y fue hasta el viajante gordo, que seguía con las bolsas.

—Es un error –dijo el viajante gordo–. Se lo juro por Dios. Le juro por Dios que no le ha hecho nada asu mujer. Ni siquiera la conoce. Y aunque la conociera, no hay en el mundo quien respete más que él a una mujer.

—¿Quiere pelear también? –dijo el señor Bowman.

—Se lo juro, se lo juro por Dios, señor.

—Venga. Dejaré la pistola en el suelo, entre los dos. Venga.

Llegó el tren; retumbó y pasó por delante, chirriando. El viajante alto miró por encima del hombro, volvió a enzarzarse con Stowers, se volvió de nuevo y escapó de un salto.

Stowers saltó tras él, pero luego giró sobre sí mismo y volvió corriendo y cogió su pistola, y en aquel momento lo sujetaron dos mirones, mientras él se debatía y maldecía.

—Vamos, vamos –decían–. Vamos, vamos.

Cuando el tren hubo partido, el señor Bowman y Stowers volvieron al coche; Stowers se daba golpecitos en la boca y escupía.

—Maldita sea –dijo–. He estado como obnubilado por un momento. Estaba tan furioso... El tipo no hacía más que decir que no era el que buscaba.

—No se preocupe –dijo el señor Bowman–. El tipo peleó estupendamente. El mío era otra cosa.

Bowman es el agente de la compañía, un hombre de complexión fuerte, sin edad definida. Cara rubicunda, nariz un tanto ganchuda, tuerce un poco los fogosos ojos de avellana y tiene un pelo escaso y fino y rojizo y vigoroso, y lo que en un hombre más cuidadoso o consciente de su aspecto recibiría el nombre de una calva. Camina casi de puntillas, con paso ligero y medido, como un boxeador que sufre de rigidez en las articulaciones, y su ropa siempre es un poco demasiado corta o demasiado ceñida y demasiado chillona, de un modo descuidado e inocente.

Aparenta tener unos treinta y ocho años, aunque tiene un sobrino ya mayor, casado y padre; un chico que –según dicen el señor y la señora Bowman– es el sobrino del señor Bowman. Mi tía, sin embargo, diceque es un hijo adoptivo que sacaron del orfelinato. El chico creció en la apretada y pequeña casa en que viven los Bowman, y fue a la escuela y trabajó en la oficina del expreso los sábados cuando tuvo edad suficiente, y se hizo un hombre y dejó la casa para casarse.

Ahora los Bowman tienen dos perros fox terrier, dos bestias gordas e insolentes y de mal carácter, con ojos rojos y coléricos, que van con ellos en el coche los domingos y siguen al señor Bowman a todas partes durante la semana, tanto en la oficina como en la calle, y gruñen y lanzan mordiscos malévolos a las manos de quienes intentan acariciarlos. Gruñen e intentan morder también al señor Bowman, pero a la señora Bowman no le gruñen.

No es que la eviten exactamente, pero la miran con cierto respeto, insolente pero atento, y se quedan en la oficina únicamente cuando el señor Bowman está en ella.

Minnie Maude, que vive en la casa de huéspedes de la señora Wiggins, en la acera de enfrente, me contó que un día los Bowman, tuvieron una pelea terrible porque el señor Bowman, como hacía frío, quería bañar a los perros en la cocina. Me contó que la cocinera de la señora Bowman le contó a la cocinera de la señora Wiggins que, después de aquello, la señora Bowman ni siquiera le dejaba tener a los perros en la cocina por la noche, y que el señor Bowman, después de acostarse, se deslizaba a la cocina y les dejaba entrar, y le daba a la cocinera un dólar a la semana para que los sacara al llegar por la mañana y limpiara para que no se notara nada.

El señor Bowman es el agente del expreso, pero la señora Bowman es la oficina misma, la Compañía, por lo que a nosotros se refiere. Está en ella todo el día, con un limpio delantal de cuerpo entero y negros guantes altos de alpaca, una mujer de cara plana, que mira de frente y tiene una ancha sonrisa llena de dientes de oro y una exuberancia de rizos de un cobre virulento que uno sabe que no puede ser auténtico. De pecho generoso, ancha de caderas, corta de piernas; incansable, de una simpatía brusca y viva, tiene el aspecto de una guapa y próspera lavandera. Y más que nunca en domingo, cuando se viste de seda floreada y con un sombrero rojo de ala ancha y salen al campo en el coche con los perros y vuelven cargados de eucalipto o de cornejo y zumaque, con los que decora su pequeña y oscura casa tan transitoriamente frecuentada.

—Cortas demasiado –dice el señor Bowman.

Ella no responde; está de espaldas a él, con los brazos levantados, y el vestido tenso sobre los firmes hombros y brazos, sobre los anchos muslos.

Luego van a la cocina; los perros, en los talones del señor Bowman, miran cautelosamente a la señora Bowman; el señor Bowman saca de la alacena una jarra de galón de whisky blanco, y ambos lo beben solo en vasos gruesos, a partes iguales.

—Estará marchito en dos días, de todas formas –dice él–. Si la gente cortara tanto como tú, dentro de cincuenta años no quedaría nada.

—¿Y qué más da? –dice ella–.

¿Piensas estar aquí entonces? Yo no.

A la mañana siguiente, la señora Bowman le espera ya en el coche y toca el claxon con impaciencia, y él entretanto riega las ramas con torpeza, derramando agua por todas partes; por la noche, a la vuelta de la oficina, él repite la operación.

—Vas a ahogarlas; se morirán con tanta agua –dice ella.

—No son más que porquerías, de todas formas –dice él.

—Entonces, tíralas. No quiero tener toda la casa salpicada de agua.

A la mañana siguiente salen tarde y tienen prisa y él no se detiene para regarlas; por la noche vuelven tarde.

Al día siguiente, de todos modos, es ya tarde. Pero él las riega igualmente. A la noche, cuando vuelven, ven que la cocinera las ha tirado. Y la cocinera tiene que acompañar al señor Bowman al patio trasero, donde las puso, para que él vea que están marchitas y muertas.

—Es un desastre, cómo se llevan –contaba la cocinera–. Siempre peleando por los perros, y si no son losperros es otra vez el cuarto del señor Joe. Ella quiere cambiarlo para poder tener un dormitorio cada uno, y él grita y maldice de forma escandalosa cada vez que ella lo menciona. Y los dos sentados en mi cocina, bebiendo esa jarra y maldiciéndose como hombres. Pero ella no se arredra. Le hace llevarse a los perros al garaje para bañarlos hasta en los días más fríos.

La oficina del expreso era una sinecura. Al principio tenía la oficina en un villorrio. Una noche, solo en la oficina, verificaba los últimos detalles para cerrar cuando oyó un ruido y se volvió y se vio frente a la boca de una pistola.

—Manos arriba –dijo el bandido.

En el acto mismo de alzar las manos echó una rápida mirada a su alrededor; la mano derecha, al elevarse, alzó consigo la pesada caja de metal, y aprovechando el mismo movimiento la arrojó a la cara del bandido, y acto seguido saltó hacia la pistola que hacía fuego. Tendidos en el suelo, jadeando y forcejeando en silencio, peleó hasta que le arrebató al bandido la pistola, y le dio muerte con ella.

El sujeto tenía antecedentes penales y ofrecían por él una recompensa de cinco mil dólares. Él, con los cinco mil dólares, se compró una casa; la compañía le ofreció la cómoda oficina que ahora regenta.

En los primeros tiempos de su llegada a nuestra ciudad regentaba también un restaurante en la estación, a cuyo cargo estuvo la esposa hasta un buen día en que cierto problema con un maquinista de locomotora se decidió a vender el negocio y a llevarse a su mujer para que lo ayudara en la oficina. No es que desconfiase de ella: se trataba meramente de su puñado de firmes y simples convicciones de humana conducta. Tampoco es que la amara menos o confiara menos en ella, o que odiara particularmente al maquinista, si bien durante un año a partir de entonces el maquinista, cada vez que llegaba a nuestra estación, se deslizaba hasta el puesto del fogonero y se agazapaba detrás de la caldera.

Pronto la esposa se hizo cargo dela oficina; él se limitó al trabajo externo, al transporte y similares, con los dos perros a su lado en el camión, recibiendo a los trenes primero y último, sin abrigo incluso en los días más crudos. Un hombre activo, aunque no locuaz; un hombre sanguíneo, tanto como para ser insensible al frío, tanto como para que la vehemencia misma de su deseo de descendencia se consumiera tal vez y esterilizara la semilla, según ese hondo designio de la naturaleza de frustrar a quienes tratan de forzarla más allá de sus designios, pues él sin duda habría intentado hacer que su hijo fuera más Bowman que él mismo, o lo habría matado en el empeño.

Así, no está en la oficina casi nunca, como lo atestigua la ausencia de los perros. Sin embargo, y a pesar del tiempo libre de que dispone, nunca lo habíamos visto holgazaneando y charlando con los ociosos de la plaza.

Hasta hace poco.

Las mujeres saben cosas que nosotros no sabemos. Minnie Maude tiene veintidós años; masca chicle en la taquilla del teatro Rex, en la acera de enfrente de la oficina del expreso.

—Vosotros esperad –dice–. Hoy está tardando un poco, pero esperad y veréis.

Así que esperamos, y al rato el coche se detiene y él se apea. Su nombre es Wall. Vende pólizas de seguros o algo así. Es un hombrecillo atildado con cara hermosa de aire afeminado y desolado, como la cara de una atractiva mujer de capitán de barco, ese tipo de ojos fríos. Vemos cómo entra en la oficina del expreso.

—Santo Dios –dijo–. El tipo está...

—¿Ves a los perros por alguna parte? –dice Minnie Maude. La miró–.

Está entregando el expreso del número 24. ¿Te crees que el otro no lo sabe?

—Santo Dios –dijo de nuevo.

El esbelto dedo de Minnie Maude aprieta blandamente el color fresa de sus labios; entre sus pequeños dientes asoman las blandas y diminutas estrías de su chicle meditabundo, remoto, más viejo que el tiempo o que el pecado.—Las mujeres grandes que tienen que bregar continuamente con su aspecto siempre eligen a esos hombrecillos agresivos.

Y, pensando en ello, recordé que en una ocasión Wall me había enseñado una libreta manoseada –su registro de yeguas, según dijo– que contenía tal vez un centenar de nombres femeninos, con sus teléfonos respectivos, cuyas direcciones abarcaban todo el norte del Mississippi y se adentraban hasta Memphis. ¡Cómo era posible que osara desafiar a aquel hombre por aquella mujer que podía ser su madre o cuando menos su tía! Pero ésa es una de las cosas que las mujeres saben y que nosotros jamás sabremos, ni siquiera Wall, pese a su libreta llena de nombres.

Pero es de admirar su valor, su convicción de invulnerabilidad, y Minnie Maude, viendo mis ojos aún incrédulos, dice: —Hace dos fines de semana estuvieron en Mottson, y se registraron como marido y mujer.

Y yo digo: —Calla. ¿Quieres provocar una muerte?

Ella me mira.

—¿La muerte de quién?

—Si sueltas esa información a cada uno que pasa, como a mí, ¿no te das cuenta de que el señor Bowman acabará enterándose? Si han podido ocultarlo durante este tiempo, cosa que además no entiendo cómo...

Ella me está mirando, pero sus ojos ya no son remotos; hay en ellos esa curiosa, cansina tolerancia con que ellas a veces miran a los niños.

—No te engañes a ti mismo, querido –dice.

—¿Qué quieres decir? –dijo.

Pero supongo que no lo sabe. Supongo que, sabiendo tantas cosas inmediatas e importantes, no necesitan saber más. Así que me marché.

Lleva camisas de colores; todas las tardes toma café en la cafetería, con los hombres de la ciudad que entran y salen; afuera, más allá de la puerta, los dos perros se encogen, vigilantes y coléricos, y arremeten y lanzan mordiscos a los chiquillos que los importunan. Cuando él sale se pegan a sus talones, y vuelven a detenerse cuando entra en la tienda a comprar una revista; luego, con la revista enrollada bajo el brazo y las manos en los bolsillos y la chaqueta abierta sobre la camisa y corbata chillona, el señor Bowman se va a casa.

Un día me las ingenié para hacer que pareciera casual y lo paré en la calle. Estaba lloviendo, pero su sola concesión ante tal circunstancia había sido abotonar el botón superior de su chaqueta, bajo la cual sobresalía un extremo de la revista que acababa de comprar.

—Magnífico día para leer –dije.

—¿Eh? –dijo, haciéndose pantalla en el oído y mirándome fija y afablemente con sus ojos apopléticos.

—Su revista –dije, tocándola con un dedo–. ¿Ha leído a Balzac?

—¿Qué es eso? ¿Una revista de cine? Creo que no la conozco.

—Es una persona –dije–. Un escritor.

—¿Qué escribe?

—Escribió una historia muy buena sobre un banquero llamado Nucingen.

—No me fijo en los nombres –dijo.

Sacó la revista e hizo ademán de abrirla. Era el “The Ladie’s Home Journal”5.

—Dudo que venga alguna este mes –dije–. Además, se le va a mojar.

De modo que volvió a guardarla bajo la chaqueta y siguió caminando con los perros en los talones. Yo seguí hasta la esquina y lo vi pasar ante su oficina, en la otra acera, sin apresurar ni aminorar el paso, con la cabeza sesgada bajo la lluvia. Al poco rato lo vi cruzar la calle y entrar en su pequeño y estrecho patio y mantener la puerta abierta para que lo adelantaran los perros.

—Baña a esos perros todos los días –contaba la cocinera.



Debates, y llamamiento a la guerra

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Una España de dos

Jorge Ferrer

Aunque muchos están dispuestos a conceder que el resultado electoral del próximo 9 de marzo en España es un secreto a voces, lo cierto es que son tan discordantes esas voces, que el secreto presuntamente ya develado tiene todavía algo de enigma. Y es probable que no logremos desentrañarlo hasta la noche del propio domingo.

Comenzada la última semana de campaña, todos los sondeos de opinión --que son muchos y los últimos, porque así lo dispone la ley electoral-- concedían el triunfo en los comicios al PSOE. Variaban, eso sí, los puntos que lo separaban del Partido Popular, en una horquilla abierta desde los 2.3 puntos en el sondeo de COPE, hasta los 5.5 que estableció el encargado por la Cadena Ser.

Sin embargo, los sondeos en campaña, como los guiños de los desconocidos en la iglesia o la entrada del cine, son engañosos. Pueden indicar declarado afecto, sí. Pero también pueden ser el mero reflejo de un tic nervioso. Y si algo está mostrando la campaña electoral española, son nervios.

El ambiente de crispación del que tanto se habla desde las tribunas de ambos partidos ha traicionado una regla que había caracterizado todas las últimas convocatorias electorales en España. A saber, el ávido --y declarado-- afán de ambos partidos mayoritarios por atraerse el voto centrista. En cambio, lo que se está viendo ahora, superado ya el ecuador de la campaña, es un progresivo desplazamiento de los discursos en busca del voto radical.

Es difícil augurar a quién beneficiará esa subida al monte. O a quién beneficiará en mayor medida. Sobre todo, si se tiene en cuenta que en esta ''España de dos'', hay más fuerzas en liza. Entre ellas, partidos nacionalistas de diverso signo, la siempre quejosa Izquierda Unida y un partido de reciente creación, Unión, Progreso y Democracia, liderado por la veterana Rosa Díez --y apoyado por el filósofo Fernando Savater y el escritor Mario Vargas Llosa--, que aspira a ganar algún escaño en las Cortes a expensas de los partidos tradicionales.

Y también, cómo no, espera sacar su rédito esa tercera en discordia siempre dispuesta a cobrarse las piezas que no sepan abatir los candidatos: la abstención.

Los dos debates celebrados entre José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy, espectáculos televisivos que los españoles no disfrutaban desde 1993, han sido dos ejemplos clamorosos de cómo ambos candidatos han desperdiciado la ocasión para afrontar desde una perspectiva de Estado los retos que España tiene por delante.

Debates que aun siendo dos, parecieron en realidad uno solo, y en los que el grueso de los argumentos de cada candidato estuvo dedicado a demostrar que el otro tiene el hábito de mentir. Dos encuentros que parecieron destinados a contentar a los fieles de cada partido, mediante la puesta en cuestión de la honorabilidad del oponente.

En ambos, hubo andanadas de reproches, que convirtieron esos espacios en principio destinados a la exposición de dos modos de hacer política, de dos modelos de Estado, en un desfile de gráficos y una retahíla de lugares comunes.

Los ciudadanos que esperaban encontrar la explicación coherente de dos formas de visualizar el futuro de España y anhelaban comparar las vías que cada candidato expondría para conseguir plasmarlo en un proyecto coherente, y convincente, se tuvieron que contentar con la triste certeza de que los líderes de los dos grandes partidos españoles son menos proclives al ejercicio de discursos políticos modernos que a las peleas de patio de colegio.

Poco importaría si se tratara, en efecto, de una ''España de dos''. Pero es grave que se trate precisamente de los dos hombres entre quienes toca elegir a quien tomará las riendas del país ante la compleja coyuntura económica que se avecina. Muchos estarán deseando que finalizada ya la refriega en el patio, el timbre los llame de vuelta a las aulas. Y que se apliquen, a ver si aprueban los exámenes, siquiera con nota rasante.

 

De contra:

«Tres trotskistas cubanos», encabezados por Celia Hart, que sigue siendo mi mascota preferida aunque sea tan descuidada con sus deyecciones, proponen que Raúl Castro ponga el ejército cubano a disposición de Rafael Correa.

«¡Fuera el Imperialismo, el Servilismo y el Sionismo de las sagradas tierras de Bolívar, Sucre, San Martín, José Martí y el Che!», exclaman estos tres aguerridos camaradas. Y «¡Alistemos nuestros caballos, nuestros fusiles y nuestras almas para defender a la América como símbolo del mundo!»

Esta gente carece de sentido histórico, pero también del sentido del ridículo. Y digo yo que no será al disminuido «Caballo» que pensarán alistar para esa guerra por la que claman.



Tempestad y calma

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La tempestad y la calma

Por JORGE FERRER

Lo que vale para el reino de la naturaleza no se impone por fuerza en los predios de la política. Y la sucesión de tempestad y calma, tan del gusto de la sensibilidad romántica, mal se aviene con la realidad social de una España que estrenará gobierno en las próximas semanas. El segundo gobierno presidido por José Luis Rodríguez Zapatero en país que dista de ser Shangri-La.

No obstante, hay indicios, aún por consolidarse, del aquietamiento de las pasiones. Y ello se debe al retrato de España que salió de las urnas el pasado 9 de marzo. Una fotografía que muestra un país dividido entre los dos grandes partidos, PSOE y PP, con la consiguiente merma en votos para los nacionalismos y los comunistas de la mal llamada Izquierda Unida.

Tanto los primeros movimientos postelectorales en el Partido Popular, como las declaraciones de Zapatero, que sugieren volverá a hacer gala de aquel ''talante'' que tanta fama le granjeó al inicio de su primer mandato, parecen buenos augurios para encarar el cuatrienio. Años en los que España tendrá que sortear una desaceleración económica que promete incrementarse a medida que los ecos de la recesión en los Estados Unidos vayan llegando a las costas de la Unión Europea, o siquiera paliar sus efectos. Y también solucionar viejos problemas, o, al menos, posponer su eclosión.

Algunos de los asuntos que tendrá que abordar deprisa el nuevo gobierno pasan por necesarios pactos entre PSOE y PP, que no se alcanzaron durante la pasada legislatura, entretenido el centroderecha en una política de presión a ultranza que no le trajo los réditos electorales esperados. Es el caso de la renovación de cargos en instituciones fundamentales para el funcionamiento de la justicia, como el Consejo General del Poder Judicial y el Tribunal Constitucional.

Hay, sin embargo, una cuestión de fondo que entorpece el empuje de España para afrontar los retos que tiene por delante. Se trata --por extraño que suene a quienes no siguen de cerca el trasiego político español-- de la imperiosa necesidad de aliviar la permanente tensión animada por los nacionalismos vasco y catalán. Conseguir que la propia palabra ''España'' deje de ser tabú en dos regiones que tienen un peso importante, junto a Madrid, como motores de la economía española y garantes de su salud financiera. Hacer que la España invertebrada, que decía Ortega y Gasset, deje de levantarse cada mañana preguntándose qué país es. O hasta cuándo lo será.

No se trata tanto de finiquitar a los pistoleros de la banda ETA, que también, como de enfrentar las estrategias desestabilizadoras impulsadas por los nacionalismos, que promueven tensiones políticas no por artificiales, menos gravosas. La independencia del País Vasco o Cataluña --se sabe en vascuence o catalán-- no pasa de ser una entelequia armada sobre discursos identitarios, cuyo objetivo es la consecución de mayores cotas de poder político y económico para las elites vascas y catalanas. El referéndum de tintes secesionistas convocado en el País Vasco por el gobierno del Partido Nacionalista Vasco para el próximo octubre y el que los nacionalistas de Esquerra Republicana de Catalunya ya han anunciado para 2014 son artificiales jeremiadas con las que el ejecutivo habrá de lidiar con resolución.

La buena noticia es que el varapalo que se llevaron en las urnas ambos partidos convocantes los mantiene ahora entretenidos en lloros mucho más acuciantes. Y esos sí justificados.

Cabe esperar que los socialistas y el centroderecha, de cumplirse los iniciales augurios, firmen la paz sobre las cuestiones que marcarán el futuro de la octava potencia económica mundial, conjurando ese aire de caricatura de país que le insuflan nacionalismos minoritarios.

En El Nuevo Herald.

 

UPDATE:

Quienes no tienen calma, son los autores de los blogs alojados en el portal Desde Cuba, Generación Y y Potro Salvaje. Denuncian en sendos posts que sus blogs han sido bloqueados para los lectores que quieran acceder precisamente "desde Cuba".

La animosa Yoani Sánchez se lo toma con la calma que le quieren negar los de la permanente tempestad. Sabe que es imposible evitar que se acceda a páginas bloqueadas, porque hay herramientas de sobra que lo permiten. Cientos de páginas que evitan los bloqueos -hidemyass.com, se llama una muy adecuadamente- que los cubanos utilizan a diario para acceder a espacios que se les niegan, como a este mismo Tono de la Voz.

Esas prohibiciones, me consta de sobras, no consiguen evitar que se nos lea en Cuba. Sirven, sin embargo, estos impedimentos a la lectura de voces críticas para poner en evidencia a los verdaderos artífices del bloqueo. A esos que saben perfectamente que el problema no somos sólo nosotros -los exiliados, la escoria, etc.

El problema lo tienen dentro, en la casa de al lado y en el grupito que habla en la esquina. El problema se llama Cuba y allá está.



El modelo ruso

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El modelo de Putin

JORGE FERRER

Hace unos días mucha gente vio azorada cómo Mijaíl Youzhny, el tenista ruso, se golpeaba la cabeza con la raqueta hasta sangrar. La rabia que le produjo cometer un error la desató contra sí mismo. Contra todo pronóstico, a juzgar por la tremenda hemorragia, Youzhny se recompuso y acabó ganando el partido. En la siguiente ronda, quedó fuera del torneo.

Sin incurrir en tales alardes, la Rusia que dejará Vladimir Putin a Dimitri Medvédev el próximo mayo ha demostrado en los últimos años una singular capacidad para generar estupor en Occidente. También para superar contrariedades a partir de un modelo de sociedad que pone en duda el aliento democratizador con que se recibió la llegada de la Unión Soviética al mundo libre.

A lo largo de los ocho años de mandato de Putin, el Kremlin ha trabajado en la instauración de un capitalismo de estado, con modos que son herederos de la larga tradición autoritaria del país de los zares y los sóviets. El progresivo desmontaje de la independencia de los medios de comunicación y la beligerancia hacia los oligarcas capaces de contraponer poder financiero a la línea gubernamental son, tal vez, los aspectos más conocidos de las trabas a la instauración de una sociedad genuinamente abierta. La merma del poder de la Duma para controlar al ejecutivo, la reestructuración administrativa del país para conseguir una sujeción más directa de las regiones al poder central y el acoso a los partidos políticos rivales han generado una situación que algunos califican de neodictatorial.

Sin dudas, Rusia entraña hoy múltiples retos para los discursos políticos de Occidente. Uno de ellos, el aire de renovada guerra fría insuflado en el panorama internacional por las reticencias del Kremlin a la instalación en Europa del Este del escudo antimisiles promovido por Washington y su declarada renuencia al ingreso en la OTAN de Ucrania y Georgia, antiguos miembros de aquella Unión Soviética que parecía eterna hasta que un buen día dejó de existir.

Ambas resistencias distan de ser gestos gratuitos o animados por un circunstancial ventajismo. Provienen de ancestrales ansias imperiales y de complejos mal administrados. A juzgar por los resultados de la última reunión en Sochi entre George Bush y Putin, no parece probable un acuerdo a corto plazo sobre cuestiones que ambos países estiman de seguridad nacional.

No obstante, a mi juicio el principal reto que Rusia entraña hoy es el publicitado éxito del modelo estatizante y antidemocrático propugnado por el Kremlin. Y el atractivo que ese modelo pueda representar para otras economías en el mundo, como la venezolana o la cubana. Que el ''modelo ruso'' se ha demostrado eficaz para conseguir apoyos internos a Putin es notorio, toda vez que la población lo identifica como garante de un orden y una estabilidad de los que había acuciante sed en la Rusia que heredó de su predecesor, aquel díscolo Boris Yeltsin.

La eficacia de dicho modelo, sin embargo, es una engañifa. Y no serán los esfuerzos propagandísticos que hace el Kremlin --el Washington Post daba cuenta el pasado marzo de las decenas de millones de dólares con que el gobierno ruso está aceitando campañas para promover su imagen internacional-- los que consigan ocultar que la bonanza financiera que vive el país depende en exclusiva de la venta de petróleo y gas. O que el escaso nivel de diversificación de la economía es clamoroso. Como tampoco que las pequeñas y medianas empresas apenas aportan entre el 10 y el 15 por ciento del producto interno bruto, según datos del propio ejecutivo ruso, mientras que en los EEUU y algunos países de Europa significan en torno al 50 por ciento del movimiento de la economía.

En un demoledor análisis de tal falacia proautoritaria publicado en Foreign Affairs (enero-febrero de 2008), Michael McFaul y Kathryn Stoner-Weiss, director e investigadora, respectivamente, del Center on Democracy, Development, and the Rule of Law de la Universidad de Stanford, concluyen que el Kremlin tiende más bien hacia el modelo angolano que hacia el modelo chino. Es decir, que apuesta por una autocracia de larga duración, basada en la mecánica gestión de los dividendos del petróleo.

Una hemorragia de crudo, que cesará como lo hizo el manantial de sangre que brotó de la frente de Mijaíl Youzhny. Ojalá los imitadores, y la propia Rusia, se miren a tiempo en el espejo de esa coagulación.

 

El video de “Delirio” del disco Boleros Perdidos, del incombustible Alfredo Triff. Interpretado por Roberto Poveda y dirigido por Bill Bilowit.

Ya antes inserté aquí otro video, también magnífico, del mismo tema.

Triff en MySpace.

 

UPDATE:

Sra. ZOÉ VALDÉS
Escriptora

La Cuba futura: una propuesta o un interrogante

Presentació: Carles Llorens. Autor de "Dissidents: les veus que Castro no ha pogut silenciar"

Tribuna Barcelona us convida al dinar-conferència-col·loqui que tindrà lloc dilluns que ve, dia 14 d'abril, a les 13:30 hores a l'Hotel Avenida Palace de Barcelona.

Reserves per rigurós ordre d'inscripció:

Tel. 93 280 66 88 Fax: 93 280 28 22 o E-mail: info@tribunabarcelona.cat,

abans del divendres dia 11 d'abril a les dues del migdia.

Preu del dinar: 50 €.



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Retrato de apóstata con fondo canónico. Artículos, ensayos, un sermón. Selección y prólogo de Jorge Ferrer. Editorial Colibrí, Madrid, 2004.

 
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