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La ninfa inconstante

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Siempre se puede más con Cabrera Infante

JORGE FERRER

Especial/El Nuevo Herald

Poco después de la muerte de Guillermo Cabrera Infante en abril del 2005, su viuda, la actriz Miriam Gómez, anunció la publicación póstuma de tres libros que el escritor había dejado terminados o prácticamente listos para ir a imprenta. Una noticia que sirvió para mitigar en parte el dolor por la pérdida del gran escritor cubano, por mucho que adivináramos era un consuelo que tardaría en llegar.

En efecto, ha habido que esperar más de tres años para que el primero de esos libros llegara a las librerías. Pero ha valido la pena la espera. La fiesta que aquel anuncio prometía a los lectores se llevó a cabo la semana pasada en Madrid inaugurando un ciclo de publicaciones póstumas que se adivina venturoso para la obra de Cabrera Infante, porque asegura cerrarla con una coherencia ejemplar. También, naturalmente, se trata de una magnífica noticia para la literatura escrita en español.

La ninfa inconstante (Galaxia Gutenberg--Círculo de Lectores, Barcelona, 2008), que llega estos días a las librerías, es una cuenta más en el juego de abalorios que es la obra de Guillermo Cabrera Infante, un escritor que hizo de La Habana y la lengua de los habaneros una obsesión vivida desde la distancia forzada por el exilio. Un hombre de letras, y ''hombre de cine'', que hizo mucho más: las convirtió --ciudad e idiolecto-- en estilo, les concedió carta de ciudadanía literaria, las encaramó ya definitivamente a la literatura universal.

La novela será presentada en la venidera edición de la Feria Internacional del Libro de Miami, que tendrá lugar entre los días 9 al 16 de noviembre en su emplazamiento habitual en Wolfson Campus del Miami Dade College. Según previsiones de Galaxia Gutenberg, que lanzará en la propia Feria una edición especial en formato económico dirigida al mercado estadounidense, la presentación consistirá en un mano a mano entre Miriam Gómez y el promotor cultural Nat Chediak, en la que será sin dudas una sesión memorable.

La obra viva que junta, por ejemplo, Así en la paz como en la guerra con Ella cantaba boleros,Tres tristes tigres con La Habana para un infante difunto, las estremecedoras --y de inagotable lectura-- semblanzas de sus cofrades en Vidas para leerlas con la deslumbrante obra periodística recogida, significativamente, en Mea Cuba, encuentra en La ninfa inconstante una pieza de lujo que sumar al concierto.

Todas las claves de la literatura de Cabrera Infante asoman de nuevo en este libro y lo hacen para contarnos una historia distinta. Nuevamente, los dos paisajes que son la propia vida del escritor y la ciudad que recordó hasta el último instante de su vida con precisión milimétrica, se reúnen en la desquiciante historia de un crítico de cine, hombre maduro y casado, al que deslumbra una bellísima adolescente ``tan ajena a su encanto como a la moral''.

Juntos, y muy revueltos, vivirán una aventura donde la claridad de los fines se ve enturbiada por la enrevesada urdimbre de los medios. El narrador, desde la primera persona inigualable que es la de Cabrera Infante, nos lleva en máquinas de alquiler --que no ``taxis''-- por El Vedado de finales de los años cincuenta, por night clubs y restaurantes, salas de cine y casas de huéspedes.

También nos paseará por la redacción de la revista Carteles --Luis Gómez Wangüemert, jefe de redacción de la célebre revista cubana, se asoma una y otra vez al relato. El poeta Roberto Branly, personaje que no es nada nuevo en la obra de Cabrera Infante, acompaña al narrador como testigo y cómplice.

La ninfa inconstante es también, algo que no podía dejar de ser tratándose de Guillermo Cabrera Infante, una meditación sobre la fugacidad de las ciudades y la permanencia de la memoria. Y viceversa. ''Hay que ver las preguntas que uno se puede hacer caminando solo por La Habana de noche'', escribe en la última página que terminará con profesión de fe y promesa que ha cumplido con creces y no traicionará en los inéditos que nos esperan: ``yo tengo mi memoria''.

En sus últimos momentos de vida, Cabrera Infante repetía la frase con que termina Tres Tristes Tigres: ''ya no se puede más''. Y en una carta que escribió a su editor Carlos Barral el 28 de noviembre de 1966, le informaba: ``el censor hizo un trabajo excelente cuando me obligó a dejar el epílogo truncado en esa frase que es una de las mejores para acabar el libro; ya no se puede más, y que todo el mundo pensará que es una oración muy pensada, redondeada hasta decir no más y significativa, cuando en realidad es obra de esa pobre loca que cogía el sol en el Malecón un día de 1950 y tantos y a quien copié, verbatim, el discurso patafísico''.

Esa Habana ''copiada'' o, mejor, transcrita, es el legado monumental que nos deja el único de los escritores cubanos recogidos en el listado canónico de Harold Bloom que se asomó al siglo XXI. Con su muerte se cerró un ciclo entero de la literatura cubana, prolongado ahora con sus libros póstumos. El primero, La ninfa inconstante, demuestra que siempre se puede más con Guillermo Cabrera Infante y la fiesta de su literatura deslumbrante.•

«Siempre se puede más con Cabrera Infante» aparece publicado en la edición de hoy, 05/10/2008 de El Nuevo Herald.

 

Emilia Luzárraga, esposa de Lino Fernández, ha muerto en Miami.

De la historia del matrimonio Fernández-Luzárraga escribía aquí en enero pasado a propósito de Fighting Castro. A Love Story (WingSpan Press, 2007), el libro de Kay Abella.

Allá remito a quien no leyera aquella nota entonces. Y sobre todo remito a ese libro que cuenta historia tremenda.

La muerte de Emy es una noticia muy triste y me uno al dolor de la familia.



Un nuevo amanecer

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El artículo “Un nuevo amanecer” aparece en la edición de hoy del diario El Nuevo Herald, Miami.

Un nuevo amanecer

JORGE FERRER

En un artículo publicado el pasado mes de enero, Fidel Castro se refirió a la desaparición de la URSS en términos que evocaban, sin quererlo, la pasada condición satelital de Cuba en relación con Moscú: ''Fue para nosotros como si dejara de salir el sol'', escribió. Una expresión sorprendente, si se recuerdan los denodados esfuerzos del castrismo por blasonar de independencia ideológica respecto al Kremlin en los años de la Guerra Fría.

Por elíptica que fuera la órbita que trazaba el recorrido de Cuba en torno al centro de poder moscovita --hubo, de hecho, algún momento de afelio que vio a Cuba casi desorbitada, como fue el caso del envío de tropas a Angola--, lo cierto es que el nivel de dependencia económica y política que tuvo Cuba de la URSS marcó a la revolución cubana hasta la desaparición de la Unión Soviética, cuando se hizo de noche, Castro dixit, en la luna que los soviéticos tenían en el mar Caribe. Quienes recuerden los apagones de principios de los años noventa saben que se trata de algo más que de una mera analogía.

En estos últimos meses, tras noches de casi dos décadas en las que la URSS dejó de existir y Cuba, tras enviudar, se ha vuelto muchachita casquivana que coquetea lo mismo con galán chino que venezolano, Rusia vuelve a rondar el espacio del Caribe, y de la América Latina toda, así como a cortejar a Cuba y a Venezuela en lo que algunos han querido ver, ayudados por otros movimientos en la arena internacional, un regreso de la Guerra Fría.

La noticia, a la postre desmentida, de que Rusia podría instalar en Cuba una base para abastecer bombarderos capaces de portar munición nuclear, las maniobras navales conjuntas con Venezuela, los anuncios de cesión de tecnología nuclear a ese mismo país y otra larga serie de proyectos y encuentros de alto nivel entre rusos, venezolanos y cubanos han avivado los fantasmas de una Rusia expansionista, como la otrora URSS o el propio Imperio zarista. Festival caribeño que ha transcurrido en paralelo con el debate en torno a la reacción del Kremlin a la bravata de Mijail Saakashvili, presidente de Georgia, quien ordenó la entrada de tropas de su país en territorio de Osetia del Sur desatando una contundente respuesta de Moscú.

No obstante, lo que indican los movimientos de tropas y aparentes afectos rusos por el Caribe es la impaciencia del Kremlin ante un mundo que cambia a ojos vistas. Una impaciencia que es mala consejera y genera titulares que producen tensiones. En ese orden.

Tampoco, por cierto, fueron atinadas las referencias que escuchamos en el primer debate entre los candidatos a la presidencia de EEUU a ese último conflicto entre Rusia y Georgia, porque pusieron en evidencia que ni John McCain ni Barack Obama comprenden el dislate geopolítico que significaría dar la espalda a Rusia, o acosarla.

El reposicionamiento geopolítico al que están obligados tanto Rusia como los Estados Unidos pasa por una nueva gestión de prioridades, como pasa por el olvido de viejos conceptos. El de Guerra Fría, por ejemplo. Se trata de una danza que ensayada entre los peligrosos desfiladeros del Cáucaso o las estiradas playas del Caribe requiere de pasos cautelosos que eviten el pisotón.

Estados Unidos y Rusia, otrora grandes potencias que medraban en un mundo bipolar se ven contestados ahora por una miríada de potencias emergentes y, sobre todo, por su propia y venidera decadencia. Una mutación del paisaje geopolítico que las obliga a encontrar espacios comunes de actuación, en lugar de promover iniciativas que los distraigan de encarar prioridades verdaderamente esenciales. Continuar por la senda de los contenciosos podría colocarlos en una situación no por dramática menos peculiar, donde serían las potencias emergentes quienes dicten los discursos de las grandes potencias. Curiosamente, ha sido el presidente ruso Dmitri Medvédev quien ha apuntado lo que habría de ser el cemento de esa relación futura al sostener que no existen divergencias ideológicas entre EEUU y Rusia, de manera que tampoco razones para enzarzarse en otra Guerra Fría. Un distingo que apunta además, y a ello también se ha referido la Cancillería rusa, a que el acercamiento a Venezuela carece de cualquier empatía ideológica, algo que también manifestó el gobierno chino en ocasión de la reciente visita de Hugo Chávez a Pekín.

La ofensiva de la diplomacia rusa en relación con América Latina que vivimos en estos días es más un gesto al que corresponder con iniciativas parejas que un llamado de alerta; más un movimiento al que responder con políticas atentas y hábiles que nos sirvan a todos que una amenaza gélida y casi muda, como la guerra de antaño.

En cuanto a Cuba, este nuevo amanecer transcurre bajo estrella binaria, porque son dos los soles rusos que hay en el horizonte. Uno, opaco, el de la posibilidad de reaprovechar un pasado trunco. El otro, sol que más brilla, el de una Rusia dominada por el pragmatismo comercial y geopolítico que puede ofrecer variados réditos, aun cuando no todos loables, a una elite política y empresarial cubana que apueste por reformar el ineficaz y obsoleto sistema vigente en la isla. Habrá que seguir de cerca este nuevo amanecer.

 

De contra:

Hustler calienta la campaña en los EE.UU.

Absténganse ojos pudibundos o enemigos del porno cochinón.



El Batista que yo quiero

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El Batista de La Habana

JORGE FERRER

Pronto hará medio siglo desde que Fulgencio Batista abandonó Cuba aquella madrugada primera de 1959. También pasan treinta y cinco años desde su muerte en España. Y hace ya décadas que nadie --tampoco, naturalmente, la oposición interna en Cuba-- reivindica la figura del último presidente de la Cuba prerrevolucionaria. Pero desde La Habana, sin embargo, el fantasma de Batista se agita una y otra vez, como si fueran incapaces de desprenderse de un pariente próximo. Demasiado próximo.

El orden revolucionario que sucedió al último gobierno de Fulgencio Batista trastocó de tal forma la vida política cubana que la isla no ha conocido, prácticamente desde los albores mismos del gobierno revolucionario, partido político o movimiento social de envergadura capaz de disputarle el poder. Menos aún, uno que pretendiera hacerlo desde una presunta herencia ``batistiana". Batista, pues, se fue de Cuba cadáver. ``El Hombre", que le decían, se desvaneció en un exilio silente, escribiendo cartas y libros que muy pronto nadie leería y que hoy conocen apenas unos pocos.

No obstante, el epíteto ''batistianos'' no ha abandonado nunca los discursos de las elites políticas y culturales de La Habana. Sometido a un permanente aggiornamento, el término abarca a todo aquel que reivindique la vuelta de Cuba a un espacio democrático anterior no sólo a la revolución del 59, sino también al golpe de estado de 1952. En un tour de force propio de la tergiversación más disparatada, ''batistianos'' han sido para La Habana incluso los exiliados que participaban de la oposición política a Batista, y de ''batistiano'' se tilda todavía hoy a cualquiera que se permita nombrar sin etiqueta insultante al último dictador no comunista, un militar que gobernó Cuba en dos períodos distintos y por más de diez años, circunstancia sola, entre otras, que lo convierte en una figura política relevante de la primera mitad del siglo XX cubano.

Así, hace unas semanas se presentó en La Habana una nueva revista de ''historia y pensamiento'', Calibán, en acto al que asistió la alta jerarquía del entramado institucional que rige la cultura en la isla. Buena parte del discurso de presentación, que corrió a cargo de Félix Julio Alfonso, director de la revista, estuvo dedicada a glosar un artículo publicado hace medio año en El Nuevo Herald, y firmado por Ivette Leyva, donde se daba cuenta del interés que Fulgencio Batista concita entre unos pocos escritores y académicos de la diáspora cubana. Interés meramente literario o historiográfico al que no obstante la revista de marras reacciona abriendo un foro en Internet, ''Fulgencio Batista. ¿Una recuperación inocente?'', destinado a enfrentar ``análisis, plagado(s) de tergiversaciones y falsedades''.

El espectro de Fulgencio Batista continúa, pues, paseándose por el castillo vacío de la ideología revolucionaria. Allí estuvo, en espíritu, cuando Raúl Castro fue aupado a la presidencia de Cuba en febrero pasado, verificándose así la primera sucesión después de décadas de gobierno de Fidel Castro, y se rodeó una vez más de quienes participaron en la lucha contra Batista, basando así la legitimidad de su gobierno no en las generaciones que han crecido bajo el nuevo régimen y han sido educadas por él, sino en la llamada ''Generación del Moncada''. No son, pues, los investigadores o escritores que estudian o novelan a Fulgencio Batista quienes lo devuelven a la arena pública. Si Batista no ha abandonado la política cubana jamás es porque la continúan haciendo los mismos que se opusieron a la penúltima dictadura para instaurar la última y vigente y porque, de esa manera, su legitimidad actual reposa sobre el enfrentamiento a un fantasma.

Fulgencio Batista coartó las libertades de los cubanos. Bajo el régimen que instauró tras el golpe del 10 de marzo de 1952, muchos cubanos que luchaban por restaurar los principios de la Constitución de 1940 fueron asesinados. Pero eso no lo convierte en el nadir de la historia de Cuba en el siglo XX. Sobre todo, cuando el régimen instaurado después ha sido también responsable de la conculcación de los derechos de los cubanos, de la muerte y el prolongado y atroz encarcelamiento de opositores pacíficos. También del entronizamiento de un régimen totalitario que Cuba no había conocido jamás, tanto por su duración, como, sobre todo, por su alcance absolutamente masivo.

Identificar una futura Cuba democrática con la imagen del país dividido y asolado por la violencia de estado y la violencia terrorista opuesta a aquella que fue la Cuba de finales de la década de los 50 es una estrategia que ha dado réditos cuantiosos al gobierno de La Habana. Oscurecer el complejo pasado republicano de Cuba dibujando un paisaje de pobreza y corrupción ha generado un vacío historiográfico que apenas comienzan a colmar investigadores cubanos en la isla y el exilio, capaces de abordar, por ejemplo, la figura de Fulgencio Batista desprovistos del furor del anatema.

''(S)ólo a la humanidad redimida le cabe por completo en suerte su pasado'', escribió Walter Benjamin. Tal vez también la nación cubana deba redimirse del largo período dictatorial iniciado en 1952 para cobrar conciencia de su historia y anudar su pasado y su porvenir. Porque quién sabe si Clío, sensata y caprichosa, no nos contará mañana la crónica de largos años de libertades públicas restringidas y hasta abolidas en Cuba, y los presente como un paréntesis dominado por el megalómano Fidel Castro y cuyos simétricos corchetes sean dos generales: Fulgencio Batista y Raúl Castro.

El artículo El Batista de La Habana aparece publicado en la edición de hoy de El Nuevo Herald



España: crisis e inmigración latinoamericana + Defecar sobre el Granma

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Otros desafíos de España

JORGE FERRER

Hasta hace poco, dos y dos eran cuatro para la economía española, pero cuatro y dos dejaron de ser seis cuando el tan elogiado milagro económico español se desinfló. El gobierno socialista que preside José Luis Rodríguez Zapatero enfrenta ahora una coyuntura que si bien es común a otras economías del primer mundo, se agrava también con algunas particularidades que van a requerir maniobrar con extrema cautela en dos materias sólo distantes en apariencia: la política de inmigración y las relaciones internacionales.

Al margen, pues, de las reformas que la desaceleración a la que asiste la economía mundial impone a los mercados, más allá de los reajustes a las prácticas y la doctrina que rigen el sistema financiero, las políticas de regulación y control público sobre instituciones de crédito, mercados y organismos internacionales, Madrid es un jugador obligado a moverse en dos canchas simultáneas. De la habilidad con que consiga sortear con éxito partida tan azarosa dependerá en buena medida el rostro de la España que saldrá de la crisis.

Por una parte, La Moncloa ha de atender sus compromisos con el conjunto de primeras economías del mundo donde ha conseguido situarse ayudada por la extraordinaria proyección internacional de su banca y el desempeño de un puñado de grandes empresas que han sabido encaramarse a puestos cimeros en el escalafón de la economía mundial. Por otra parte, España ha de ser consecuente con una estrategia diplomática y comercial que ha querido situarla como puente entre Latinoamérica y Europa. Una política que le ha dado cuantiosos réditos a su economía y que ha llevado aparejado un extraordinario atractivo de España para los inmigrantes de Latinoamérica que han llegado a la península en número creciente a lo largo de la última década en lo que ha constituido una sacudida de su hasta hace poco estable paisaje demográfico que quien haya frecuentado Madrid o Barcelona durante estos años ha podido constatar sin esfuerzo.

El arribo a España de esa nutrida inmigración latinoamericana que suma, según estimados, algo más de dos millones de personas --ecuatorianos, colombianos, argentinos y bolivianos estarían entre los contingentes más numerosos-- ha jugado, y aún juega, un doble papel en la marcha de la economía española: ha servido para aportar mano de obra que alimentara una economía en expansión y, consecuentemente, significó un respiro a los crecientes costes de la seguridad social en un país que envejece.

Una situación en la que todos parecían ganar. Ganaba la salud de las cuentas públicas españolas, ganaban las economías deficitarias de los países de Latinoamérica bendecidas por el constante flujo de remesas desde la península. Se beneficiaban, por fin, cientos de miles de latinoamericanos que se establecían en España ganando un presente para sí mismos y un futuro para sus hijos, sin depender de los vaivenes políticos y económicos que sacuden a sus países de origen.

¿Qué hacer, sin embargo, cuando el mercado de trabajo español se contrae veloz y drásticamente? ¿Cómo abordar la conflictividad social generada por el desempleo que afecta a largos millares de esos inmigrantes llegados a una tierra de promisión que ahora es tierra quemada por incendio que aún se guarda sus más hirientes lenguas de fuego? Cuando la fiesta española se ha acabado, como decía en reciente edición el semanario The Economist, y se han borrado las sonrisas de los rostros, ¿cómo gestionar la permanencia de largos millares de inmigrantes desprovistos de empleo, pero parcialmente arraigados ya en el país?

Por consciente que pueda ser ya por fin el ejecutivo socialista de los nubarrones que se ciernen sobre España y amenazan con descargar rayos y centellas sobre el país el próximo año, no parece que se haya tomado con la debida seriedad el reto sociológico que plantean esas masas de inmigrantes latinoamericanos desprovistos de sustento y pronto de techo. La propuesta de ofrecerles el pago de las cuotas del subsidio de desempleo a cambio de que abandonen el país y ''no vuelvan más por aquí'' ha puesto en evidencia que en La Moncloa tienen tanta imaginación como carecen de sentido de la oportunidad. Y del ridículo.

Ahuyentar el fantasma de la xenofobia, siempre tan presta a manifestarse cuando la economía renquea, y evitar que la merma en el envío de remesas desde España agrave aún más la situación en Latinoamérica y ponga en entredicho la voluntad española de gestionar con generosidad y eficacia el legado poscolonial podrían parecer asuntos secundarios vista la pavorosa coyuntura que enfrenta el ejecutivo de Zapatero. Distan de serlo, porque ante los desafíos que enfrentamos hay que cuidarse bien de ver tanto los árboles como el bosque, y sobre todo conviene evitar cualquier gesto que se asemeje a la tala.

"Otros desafíos de España" aparece publicado en la edición del día 26 de noviembre de 2008 en el diario El Nuevo Herald .

 

UPDATE:

Durante la inauguración de la exposición El objeto esculturado en el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales el 4 de mayo de 1990, Ángel Delgado realizó una célebre performance, “La esperanza es lo último que se está perdiendo”, que consistió en defecar sobre el diario Granma.

En reciente entrevista producida por Ofill Echeverría, Ángel Delgado narra las circunstancias de la performance y su posterior encarcelamiento por seis meses.



Dialogar con los Castro

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La música del diálogo

JORGE FERRER

A principios de los años ochenta, cuando Fidel Castro gestionaba la Cuba post-Mariel ayudado por los munificentes regalos que le llegaban desde Moscú, Dimitri Medvédev era un lampiño estudiante de derecho fanático de Deep Purple, Black Sabbath y Led Zeppelin. Coleccionaba sus discos en Leningrado, algo que no era precisamente bien visto por los jerarcas del Komsomol.

En la década de los setenta, mientras Cuba implementaba a marchas forzadas el régimen totalitario que subsiste aún hoy, Barack Obama asistía a clases en la Punahou School, Hawai, donde según testimonio de sus condiscípulos todos escuchaban rock'n'roll menos él: lo suyo era el jazz. También de Hu Jintao dicen sus biógrafos que destacaba en el canto y la danza, en los mismos años dedicados en Cuba al deporte de la ''parametración'' --suerte de conversión de los músicos en obreros. Todo indica, pues, que el adusto Hu es dueño de un magnífico oído musical.

Precisamente en un acto celebrado en ocasión de la reciente visita del presidente chino a La Habana, Raúl Castro improvisó de pronto una cancioncilla de inspiración maoísta que recordaba de antaño. Una mera payasada, sí, pero que muestra los límites del ''oído musical'' de la claque gobernante en Cuba. Recuérdese que al ser preguntado hace años sobre sus preferencias musicales, Fidel Castro admitió que apenas disfrutaba con las marchas militares.

Poco importan, ciertamente, las melodías que escuchen los hermanos Castro en la oficina o el sanatorio. Pero cuando tararean letra leída en dazibao o admiten su predilección por las marchas militares ponen en evidencia la abismal diferencia generacional que los separa de los Medvédev, Hu y Obama. También, y sobre todo, la diferencia de mentalidad entre ellos, reos de la Guerra Fría y el país cerrado a cal y canto, y los nuevos actores de la política internacional. Porque no era ''Solidaridad'' el nombre del buque que llevó a Medvédev o Hu a La Habana. Se llamaba ''Poscomunismo'', un alias del mercado.

Las relaciones exteriores de Cuba viven hoy una segunda juventud. Es en clave molto vivace que se pasean los funcionarios por los pasillos de la Cancillería. Entre el espaldarazo de la Unión Europea al régimen de La Habana que implicó la reanudación del ''diálogo'' y la tournée de Raúl Castro por Venezuela y Brasil, su primer viaje oficial al extranjero en casi un año de gobierno, Cuba ha recibido con toda pompa a los presidentes de Brasil, Rusia y China. Más visitantes, entre ellos un dignatario de la Iglesia Ortodoxa rusa o los gobernantes de la Cuenca del Caribe que asistieron a la cumbre celebrada hace pocos días, así como los anunciados viajes de Calderón y Bachelet, entre otros, conforman un paisaje que denota a las claras el interés que despierta la isla y la capacidad del gobierno de La Habana para ofrecer espacios de interés económico y político a potencias de la talla de China, Rusia, Brasil o México.

La guinda a ese pastel de palabras y acuerdos, sin embargo, aún está por llegar. Porque es con Barack Obama, con el gobierno de EEUU, con quien entablar un diálogo podría situar a la política cubana en una perspectiva de veras novedosa. Y es la ''música'' de ese diálogo por venir la que deberían componer a toda prisa en La Habana recurriendo a tonos distantes de la elegía a un asesino, Mao, o los compases que ensaya la banda del MINFAR.

Felipe Pérez Roque ha demostrado que sabe bailar en Bruselas, Madrid o Ciudad de México y ha dado pruebas de su eficacia en la administración de los afectos hacia el régimen cubano y el convencimiento de que nada hará variar el guión que La Habana proponga. ¿Servirá esa música a los hermanos que celebran el cincuentenario de su llegada al poder para bailar con (el enemigo) Barack Obama?

Cabe esperar que antes de mostrarse dispuesta a rebajar la tensión hacia los Castro, la Casa Blanca, ella sí, ensaye una musique d'ameublement, a la manera de Erik Satie, que fuerce a Raúl Castro a buscar una melodía a tono con la sinfonía democrática. Esa que no es capaz de entonar por razón tan sencilla como que carece de oído para ella. Cualquier otro acercamiento no traerá música, sino un ruido que herirá los oídos, y lacerará la memoria, de tantos cubanos que han buscado la libertad durante el último medio siglo.

"La música del diálogo" aparece publicado en la edición de hoy del diario El Nuevo Herald.



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Autor: Jorge Ferrer

Jorge Ferrer. Foto © Laura Ceccacci

Jorge Ferrer. Escritor y traductor. Escribe desde Barcelona, España.

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