El Tono de la Voz | Jorge Ferrer

Colaboracionistas

Slate, una de las mejores revistas de las que se publican en (y desde) la Internet, viene insertando desde febrero pasado una selección de Cultural Amnesia: Necessary Memories from History and the Arts, el libro de Clive James que salió a la venta hace un par de semanas en los EE.UU.

Cultural Amnesia contiene 110 notas biográficas de otras tantas personalidades de la cultura y la política, devolviéndoles la carnalidad de la que han sido despojadas por la pátina de la celebridad, la crítica complaciente o el mero olvido. También se ocupa con agudo celo, y de ahí que me haya aficionado yo a leer las entradas en el Slate, y las recomiende aquí, de la turbia trama de sus connivencias con los totalitarismos. O el dolor que éstos, nazismo y comunismo, les infligieron. De los estrechos caminos del compromiso. De las anchas avenidas de la ignominia.

Mala noticia, ya lo sé, para los colaboracionistas de La Habana: sí, se hacen libros así. Pero también les tengo una buena, a modo de consuelo: cuando se hacen, estos libros se ocupan de escritores con obra que merezca lectura y comentario. Soplones y aduladores del montón quedan fuera.

Saludable empeño el de Clive James: desalojar a verdugos y víctimas del Shangri-La de la desmemoria. Y feliz noticia encontrar que su libro, a dos semanas de ponerse a la venta, ocupa en Amazon, ahora que acabo de mirar, el #248 en el índice de ventas.

Magnífica la última entrega publicada en Slate, la dedicada a Trotsky. Las entradas que corresponden a Ajmátova, Borges, Kollontai, Jünger, Nadezhda Mandelshtam, Ordzhonikidze y Sartre, entre las más recomendables.

Copio un fragmento de la última, que evidencia cómo el desenfadado enfoque de James, encajado en una prosa tersa y, a ratos, aforística, se atreve con todo. Interesará a Iván de la Nuez y Antonio José Ponte, ocupados ambos en desentrañar la relación de Sartre con el castrismo en sus libros más recientes, Fantasía roja y La fiesta vigilada.

“The best explanation (del gusto sartreano por perseverar en la mentira) might have more to do with his personality. Perhaps he was overcompensating. It would be frivolous to suggest that Sartre's bad eye was a factor in determining his personality; and anyway, Sartre's physical ugliness in no way impeded his startling success with women. But it might be possible that he was compensating for a mental condition that he knew to be crippling. He might have known that he was debarred by nature from telling the truth for long about anything that mattered, because telling the truth was something that ordinary men did, and his urge to be extraordinary was, for him, more of a motive force than merely to see the world as it was. This perversity—and he was perverse, whether he realized it or not—made him the most conspicuous single example in the 20th century of a fully qualified intellectual aiding and abetting the opponents of civilization. Like Robespierre, he had an awful purity. He turned down the Nobel Prize. He was living proof that the devil's advocate can be idealistic and even self-sacrificing. Minus his virtues, he would be much easier to dismiss. With them, he presents us with our most worrying reminder that the problem of amoral intelligence is not confined to the sciences.”

 

De contra: Entretenido con Moratinos y su viaje a La Habana, maldita falta que hacía, desatendí suceso ocurrido aquí mismo, a pocas manzanas de mi casa, que es testimonio de mayor vergüenza que el viaje del ministro de Zapatero. Por su alcance. A fin de cuentas, Cuba, por mucho que convoque mis tribales afectos, no es más que comarca, municipio, de un mundo dominado por la creciente vulgaridad de las ideologías.

Una “plataforma” (¡cómo gustan los grupúsculos de izquierda de ese palabro!) denominada “Aturem la guerra”, es decir, “Paremos la guerra”, ha llamado a boicotear a una cooperativa local dedicada a la venta de libros, juguetes y material de oficina. Resulta que los de la plataforma de marras, que se pasean con kefias palestinas anudadas al cuello y odian a Estados Unidos y a Occidente, es decir, se odian a sí mismos, con una fuerza merecedora de mejores empeños, descubrieron que en las tiendas de Abacus se venden juguetes educativos con código de barras que comienza en 729, es decir, que son fabricados en Israel. ¡Y a boicotear!, se dijeron. ¡Por una Cataluña libre de productos sionistas!, van chillando. Ay de los síntomas. Ay de los gritos de Hosanna, por mucho que estemos en Semana Santa.

 

UPDATE:

La Escuela Latinoamericana de Medicina, por dentro. La alegre campechanía de los becados. Las banderas, abundantes. El agua, escasa.


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