Consumir y leer en La Habana
Jorge Ferrer | 09/07/2008 13:45
Poniendo orden en viejos papeles, tropecé con fotocopia del primer texto que publiqué. Es el que sigue. Aunque escrito antes de la dolarización, creo no carece de interés.
Fue escrito para acompañar una serie de fotografías de Mina Bárcenas y publicado en septiembre de 1991 por el semanario Por Esto!, de Mérida, en México.
El éxtasis del consumo
Por Jorge Ferrer
El habanero se pasea a diario sobre las inscripciones multicolores de una sociedad de consumo abolida por la historia. Las grava con el peso de su necesidad; las ignora con la levedad de su ser.
Los cientos de trazos que ostentan los portales de las calles comerciales de La Habana –Obispo, Monte, San Rafael, Galiano- son la presencia de un tiempo extirpado, por «nacionalizado»; un tiempo que se resiste a ser pretérito para instalarse, siquiera por esas huellas, en una transtemporalidad donde pierde sentido el archivo y se reivindica la presencia.
En ellos se debe reconocer la única instancia no asimilable por la máquina comercial cubana.
¿Cómo coexistimos con esos signos que nos asaltan, ingenuos y cínicos, desde algunos portales habaneros? Y sobre todo, ¿qué función les asignamos, cuando no nos asiste la memoria de su vida, cuando sólo estamos ante la evidencia de su muerte?
La inscripción –Miami, Los Angeles Store, Vernay- es el significante que junto al significado mercancía conforman una institución con una función determinada: la distribución.
Cuando la imagen fotográfica no se limita a la horizontalidad de la inscripción, cuando amplía el encuadre e incluye la verticalidad de la vidriera, nos asoma a la no correspondencia entre el significante y el significado del signo tienda, a la paradoja del cosmopolitismo de los nombres y la irrealidad del consumo.
Una visión idílica nos ofrecería la posibilidad de un cubano emancipado de la enfermedad consumista; otra, más avisada, se toparía en las madrugadas habaneras con decenas de mujeres con termos y listas que pasan de mano en mano, en ese alarde de solidaridad de que se precian las colas cubanas, esperando su oportunidad de comprar un tubo de desodorante, un creyón de labios o un pomo de champú. Dormirán sobre las inscripciones, que quizás en ese dormir vean el absurdo de su permanencia.
Y es que la institución sólo cumple precariamente sus funciones.
Cuando no ha sido ya clausurada sólo satisface las máscaras de la mercancía visibles al análisis económico tradicional: valor de cambio y valor de uso.
La pobreza de Cuba, sin embargo, es engañosa. Su nivel de consumo es enorme y puede compararse, en cuanto a proyecciones, con el de las sociedades de consumo «desarrolladas». Sale y entra del solar el prêt-à-porter.
El jongleur exhibe su indumentaria ostentosa sentado en un parque de barrio o en un cabaret de lujo, indistintamente. La moda circula burlona sobre los significantes que sobreviven a la institución.
El edificio vacío mira a la calle y ve pasearse a la moda y a los significantes en desfile de estrellas: el antiguo espacio de ventas ha sido excluido del carnaval del consumo. Su misión es asumida por la reticularidad oculta-visible de lo marginal. Es allí donde se satisfará el valor de cambio simbólico que sustituye al valor de uso no por la perfección y proliferación de los gadgets, sino por su reiterada ausencia.
Entretanto, desde el piso del portal, el significante, marcado por la pátina del tiempo y los patines de los niños, toma conciencia del absurdo de su permanencia, que se ve consumado en la respuesta institucional a la generalización del consumo ilícito.
La respuesta contempla la inclusión de un elemento que no puede faltar en una máquina perfecta: la política.
La institución responde, obligada por el vacío escandaloso de su espacio, asumiendo la distribución del ideario político. La ideología asalta las vidrieras. No lo hace en forma súbita o descarnada; es evidente, sin embargo, que va a instalarse por largo tiempo.
El pacto que firman la institución tienda y la política es mutuamente ventajoso. La primera ha colocado en venta un objeto que se vende bien por su mutabilidad constante. Multiformidad comparable únicamente a la de la moda: novedad, radicalidad, actualización permanente.
La uniformidad esencial no entorpece el consumo cuando se elabora una amplia gama de modelos.
Los patrones pueden ser la historia, la hombría, la maternidad.
La política, por su parte, ha ganado un nuevo espacio de exhibición, cuidadosamente diseñado para ese fin.
La palabra consumidor, en Cuba, lleva una letra inicial mayúscula.
La máquina es perfecta, o lo fuera, de no existir el elemento discordante del nombre de la institución. Sólo él hace oposición a un sistema que se piensa perfecto. No puede ser incluido porque no participa de la dinámica del consumo material ni de la obscenidad del consumo ideológico. Está situado «fuera» y «debajo». Y ha sido «escrito», es decir, goza de materialidad. Al transeúnte a la moda le incita a pensar que nada ha cambiado, que todo sigue cumpliendo sus funciones. Al lema político que se arrellana en la comodidad de la vidriera, le opone el nombre de una realidad ilegitimada, que se perpetúa sin mediación institucional.
El signo y la mercancía.
Dos entidades, cuatro caras: cuatro máscaras, que se intercambian multiplicándose.
El significante comercial subraya su permanencia como coartada de la realidad transtemporal del cubano.
Publicado originalmente en semanario Por Esto!, Mérida, Yucatán, el viernes 20 de septiembre de 1991.
Fotografías de Mina Bárcenas.
11 x 14". Plata/gelatina.
Sin títulos.
Julio-Agosto de 1991.
Las fotografías fueron exhibidas en 1992 en La Galería, Mérida, Yucatán, México.
Mina Bárcenas en el Directorio de Artistas de Yucatán.
Transcripción cortesía de S. Woodside.
De contra:
Jorge Dalton, hijo del poeta Roque Dalton, y cubano y salvadoreño a partes iguales, me avisa de la entrevista que concedió a la revista ContraPunto de El Salvador, que la publica en la edición de esta semana.
Les copio segmento e invito a leerla.
«Para algunos militantes de izquierda soy un “traidor”, “le hago el juego a la derecha”. Sin embargo, para la derecha, “soy comunista furibundo” y hasta me ha sido complicado conseguir o mantener un trabajo producto de eso. Imagínate que un canal de televisión en El Salvador, nunca me ha invitado a nada pues son del criterio que “soy comunista”. Por otra parte en Cuba, para la oficialidad, por mi opinión y por lo que escribo, me han bautizado: “La oveja negra de la Familia Dalton”
Yo me pregunto: ¿Por qué tengo necesariamente que ser militante de una cosa o la otra? ¿Por qué tengo que estar a favor de Bush, Chávez o Fidel? ¿Por qué tengo que ser “combatiente” e ir a la Plaza? ¿Por qué tengo que “ser como el Che”? ¿Por qué tengo que ser opositor o disidente? ¿Por qué tengo que estar etiquetado con todo eso y no tener el derecho a escoger ser un ciudadano honrado que tiene una opinión diferente e independiente?»
Publicado en: El Tono de la Voz | Actualizado 09/07/2008 14:03
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