El Tono de la Voz | Jorge Ferrer

El Tono... en el poscomunismo, II

Una de varias largas sobremesas. Los anfitriones preguntan lo ineludible: ¿qué hay con Cuba? Les ofrecemos síntesis.

Hay sentados a la mesa rusos de edades distintas: algunos vivieron de lleno la era soviética. También hay jóvenes que no conocen más que el poscomunismo. Los segundos muestran su sorpresa y su asco. Los primeros repiten una y otra vez: «Aquí tuvimos eso mismo». Los jóvenes los miran incrédulos. Les cuesta creer que sus padres alguna vez vivieran bajo régimen tan humillante. Pude ver un guiño que le hacía una muchacha a su madre. Un guiño intergeneracional, digamos. Quería decir: «Sé que lo dices para complacer a los invitados cubanos». Costaría mucho convencer a esa muchacha que inquiere por cierta selecta joyería de Barcelona de que sus padres alguna vez vivieron como viven hoy los cubanos en Cuba.

 

Desandamos el Bulevar Gógol hasta la Catedral de Cristo Salvador. En medio del Bulevar, hay un monumento a Shólojov. Una curiosa intervención hipertextual.

Al fondo, la Catedral y su peculiar asiento en la historia de los desmanes del comunismo y el poscomunismo. La catedral, recordarán los avisados, se erige sobre terrenos en los que hubo un templo prerrevolucionario arrasado por los comunistas. En ese emplazamiento iba a levantarse aquel elefantiásico Palacio de los Sóviets rematado con un Lenin descomunal. Durante el deshielo y desechado el engendro, lo que iba a ser piedra fue agua: una piscina enorme. Alguna vez me bañé en ella.

A. y D., encantadores y solícitos, nos acompañan. A D. la obligan a cubrirse los hombros para entrar al templo. La mayoría de las mujeres se cubre la cabeza con pañuelos, mientras hacemos cola para pasar el arco de seguridad. (¿Cuántos arcos de seguridad hay en Moscú? Los hay para entrar a muchos restaurantes. «Y los clientes lo agradecemos», me dice alguien. «Nadie quiere verse en medio de un tiroteo en plena cena».)

Adentro, un extraordinario paisaje de la fe. Hay gente humilde, humildísima, que besa los iconos con fervor. Gente venida de lejos, desde esa Rusia poscomunista que es la Rusia de siempre: gente de provincias que puebla la literatura rusa.

Hay también mujeres -cuento muchas-, de una belleza descomunal. Una belleza de la que tres cuartos es pura genética y el cuarto restante la que concede el lujo.

Cubiertas para sortear el celo de los cancerberos del templo, ya adentro los chales que disimulan su erotismo se deslizan hasta los codos y dejan asomar los escotes.

El espectáculo, bajo las cúpulas, entre los iconos y el olor a incienso, es desasosegante. Intento concentrarme y admito mi derrota.

Le sucede a mi bien vaga pulsión pía lo que al proyecto del Palacio de los Sóviets. Sucumbe ante apremiantes dificultades para concretarse.

En ambos casos, la clave está en la erección, o su amago.

 

Admiramos Moscú. Escrutamos el célebre edificio de la ignominia, al otro lado del Kremlin. El mismo que supo del horror, donde se lo soñó y se lo perpetró. Y se lo padeció. Un edificio lleno de sangre.

Ahora lo remata el estandarte de la Mercedes Benz. No puedo decir que se trate de un acto de justicia histórica. Pero sí de un hecho de mera historia. La longue durée tiene en ese tejado un buen testimonio de la aquietante certeza que ofrece la espera.

Ahora las cruces del templo alguna vez arrasado dibujan un mismo paisaje con el emblema de la eficacia alemana.

Tampoco ha sido un proceso indoloro, por cierto.

 

En otra sobremesa. Se menciona la guerra de Angola y un joven pregunta que qué guerra fue aquella. Me llega apagada la explicación que le da su abuelo: «Una guerra en la que nosotros (los soviéticos) pusimos los oficiales y Fidel los soldados.»

Entre explicar la campaña cubana de África y elegir entre un canapé de caviar rojo y otro de caviar negro, opté por lo segundo. Y elegí –creí que el tema lo exigía- las huevas negras. Después degusté trozos de beluga y me repetí la voz «tilapia». Ay, ¡ese trasvase sí que resultó imposible!

 

Es lunes. M. tiene la mañana ocupada en reuniones de negocios. Me voy al Kremlin a visitar los jardines y cartografiar ese paisaje que necesito para el libro en el que trabajo. Paso unas tres horas deambulando por allí y tomando notas y fotos.

Salgo del Kremlin, tomo el metro para ahorrarme una caminata y me bajo en la antigua Avenida Kalinin, ahora Novi Arbat. Compro demasiados libros en el Dom Knigi –entre lo mejor, extraordinarias ediciones de Dovlatov. Se me ocurre subir andando hasta los Patriarshie Prudi –los de Máster y Margarita- y echo a andar hacia allá. Apenas abandono Novi Arbat me topo con la casa donde vivió Lermontov. Tomo más fotos.

Continúo andando. Avanzo por las callejuelas del Moscú del s. XVIII. Un tipo ojeroso –apenas dormí en Moscú y ojeroso soy ya de fábrica-, con inequívoca pinta de forastero –a estas alturas de mi vida la tal pinta la tengo en todos los lugares del mundo, salvo quizás en Manhattan.

Recuerdo perfectamente ese barrio y se despiertan rutas en mi memoria, casi 20 años después. El bouquiniste que prefería, la Biblioteca de literatura extranjera donde leí por primera vez a Borges o Vargas Llosa, a Orwell o a Milosz…

Hay cámaras por todos lados. Casi tantas como árboles. Hay tipos en las esquinas con armas apenas disimuladas bajo americanas de Hugo Boss. En los tiempos soviéticos, sabía que me vigilaban cuando me movía por allí. Nos vigilaban a todos. Muchas veces me requirieron la documentación y yo mostraba mi permiso de residencia. Extranjero y cubano: sin lío: un muchachito inocente. Un kubinietz. Aquella selectiva vigilancia de los comunistas que entonces no me afectaba demasiado.

Ahora siento que me muevo en otro territorio: soy un turista español de origen cubano que vaga por un barrio en el que no se lo espera. Extraviado, paso por segunda vez por una misma esquina. Uno de los tipos trajeados se lleva la mano a la pechera y habla al micrófono de su celular mirándome fijamente. Por mero reflejo vuelvo la vista hacia la otra esquina y veo a otro guardia de seguridad que avanza hacia mí también con la mano bajo la chaqueta. Adivino que lleva un arma larga.

Me doy la vuelta y me encamino de vuelta a Novi Arbat. Abandono la zona de peligro.

Mientras me como un plov pasable en Shishik, Novi Rabat con Sadovoye, y ojeo mis compras, no dejo de preguntarme si el problema está en que fui demasiado pendejo o en que la vigilancia del poscomunismo es todavía más inquietante que la del comunismo.

 

Me reúno con algunos de mis compañeros de curso en el MGIMO. Hablo por teléfono con algunos otros que no han podido acudir a la cita. Son prósperos empresarios poscomunistas. Recordamos el pasado, nos contamos el presente de cada uno, nos citamos aquí o allá -en Moscú o Barcelona, en Ginebra o Miami-, ahora que nos hemos reencontrado. Hablamos también, cómo no, de geopolítica.

Antes convivimos en un mundo que ya no existe. Lo recordamos. Nos recordamos.

La tara juntada al topónimo «Cuba», vista sobre el fondo del poscomunismo, tiene tanto de monstruoso como de risible.

Ya en Barcelona, esta noche, un mensaje dejado en mi contestador por vocerita vocinglerita del Consulado de Cuba aquí me retrotrajo de golpe a la anomalía que padecemos. Al odio, al avasallador odio de los castristas.

Pero esa es otra historia. Definitivamente es otra historia y no es cosa de manchar este post con ella.


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