El Tono de la Voz | Jorge Ferrer

El Tono... en el poscomunismo

Tras dieciocho años sin pisar Moscú, una ciudad donde viví algo más de siete años, tengo la extraña sensación de visitar una ciudad que no existe en realidad y me habla de un pasado que tampoco tuvo lugar. Un viaje al pasado puede ser también un viaje a la utopía.

«¿Se te parece al Moscú que recordabas?», me pregunta el chofer que me recogió en el aeropuerto cuando avanzábamos por la Carretera de los Entusiastas. «Me recuerda a Brighton Beach, la Little Odessa de Nueva York», le digo.

Luego, el presente de una ciudad me recuerda al futuro que soñaban para ella quienes la abandonaron en el pasado.

Moverse por el poscomunismo y mi memoria del socialismo real es viajar a saltos.

 

Tomo notas que me desconciertan.

Es mayor el desconcierto que me embarga al anotarlas en el cuaderno y releerlas después, que el que me produce asistir al paisaje de Moscú y al paisaje interior de mi reinserción en la ciudad.

Van pasando las horas y activándose un instinto animal que me hacía moverme ayer, volviendo a medianoche de una dacha en las afueras, como si los dieciocho años que separan a aquel muchacho moscovita que vivía aquí antes del tipo que elige ahora qué línea de metro tomar, qué pasillo para cambiar de una a otra, a qué andén correr porque se le escapa un convoy, no hubieran transcurrido.

Un automatismo que, no obstante, no produce en mí sensación alguna de rejuvenecimiento o alegría.

Más bien me resulta tedioso.

 

«Pero ¿no te sientes feliz de estar aquí?»

«Enormemente feliz», respondo. «¿Quién ha dicho que constatar la universalidad del tedio no sea un extraordinario motivo de felicidad?»

 

Además, ahí está el viejo Moscú. Las viejas calles, los recónditos patios. Me asomo a algunos, a pesar de que ahora, privatizados, resultan menos accesibles.

Ese viejo Moscú vuelve a ser el prerrevolucionario, el Moscú precomunista. Setenta años de dictadura del proletariado no hicieron más mella en él que la piqueta poscomunista.

Un dato que, en el imaginario libro de cuentas de la historia, uno no sabe si anotar en la columna de los haberes o en la de los deberes.

 

De contra:

Aviso: la conexión a Internet desde el hotel es lenta. Extraordinariamente lenta y endiabladamente cara.

Todo es endiabladamente caro en esta ciudad, como durante tanto tiempo todo fue extraordinariamente lento.

Intentaré, sin embargo, continuar subiendo notas para los lectores de El Tono de la Voz.

 

De recontra:

Un grafitti en la pared lateral del Museo Pushkin. Reza: "Socialismo o Muerte".


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