El Tono de la Voz | Jorge Ferrer

La risa y el horror

¿De veras a alguien sorprende que en las fotos de André Zucca los parisinos aparezcan sonrientes, indiferentes, acaso felices? Por lo visto sí: a algunos los sorprenden, e irritan, esas estampas del París ocupado. Son esos a quienes se ha contado que toda la ciudad era una gigantesca célula de la Resistencia y cada francés –menos Pétain, Céline y algunos Papon–, un héroe antifascista.

Zucca y la película AGFA que le proporcionaban los alemanes ofrecen el testimonio de lo archisabido: la capacidad del ser humano para perpetuar su dócil alegría bajo cualquier régimen, por despótico que sea.

Así, hubo risas soviéticas en las calles aledañas a la Lubyanka y hay carcajadas cubanas a unos metros de los atropellos a las Damas de Blanco. He visto a gente riendo en el Pyongyang de Kim Il Sung y el Bucarest de Ceaucescu. En los islotes del GULAG y en Auschwitz también se reía.

El cuento narrado una y otra vez a los niños franceses acerca del París agrisado por la ocupación no es más que otra de esas mentiras que sirven para construir falsos héroes, sean individuales o masivos.

Peor aún es que ahora pidan disculpas a la entrada de la exposición, se afanen en explicar que Zucca no era más que un propagandista. Que tapen la evidencia de la normalidad con que se tomaron en París el sometimiento al nazismo. Que pretendan demostrar que esas fotografías no muestran lo que muestran.

Pero lo mejor del pasado es que a veces se asoma al futuro.

 

Algo que no ha sabido ver Reinaldo Taladrid, uno de esos soldaditos de la UPEC. Por eso la emprende hoy en Granma contra el texto de Ivette Leyva sobre la recuperación de Fulgencio Batista que publicó El Nuevo Herald.

Taladrid salta a acusar y denunciar. ¡Miami estaría llena de batistianos!, denuncia. ¡Hay un renacido culto al viejo dictador!

Con lo sencillo que sería que comprendiera ese Taladrid que el desapasionado trasiego con Fulgencio Batista le facilita el camino a Fidel Castro en el futuro.

Pueblo acostumbrado a desdramatizar dictaduras, a reírse de ellas o a ensalzarlas soportará encantado exposición de fotos de rientes taladrides y otros camajanes de la tiranía. Y se olvidará de los horrores del castrismo con la misma rapidez que hoy los ignora.

No hay mal que por bien no venga, que se dice.