El Tono de la Voz | Jorge Ferrer

Manuel Moreno Fraginals, In Memoriam

El pasado viernes, 9 de mayo, se cumplieron siete años de la muerte en Miami de Manuel Moreno Fraginals, tal vez la figura más importante de la historiografía cubana del último medio siglo. Quienes han leído su prosa magnífica saben que se trata de uno de los escritores más intensos que ha producido Cuba. Quienes tuvimos además la suerte de disfrutar de su conversación, recordamos a un interlocutor fascinante, expansivo y generoso. Muy generoso.

A modo de homenaje, inserto aquí un Diario de Moreno apenas conocido.

Recoge las impresiones del joven Moreno durante un viaje a Guanajato en 1945 para asistir a las sesiones del VII Congreso Nacional de Historia. El original se conserva en el Archivo Histórico del Colegio de México y fue publicado en la revista Historia Mexicana 202 (vol. LI núm. 2 octubre-diciembre 2001).

La lectura de este Diario, que debo a José J. Moreno Masó, hijo de Moreno e historiador él mismo, muestra a un joven dotado de una mirada aguda y que busca un estilo de expresión. ¡Vaya si lo iba a encontrar!

La versión íntegra del Diario, en Revista Mexicana, donde además se glosa el paso de Moreno por El Colegio de México. Paso accidentado, que le permitió asistir a evento tan significativo como el hallazgo de los restos de Hernán Cortés en 1946.

 

Diario (mexicano)

Por Manuel Moreno Fraginals

Un viaje supone siempre un sentir de nuevas emociones. Emociones que nacen con los sueños de lo que se ha de ver, y que se plasman en toda su intensidad ante el paisaje mismo. Y si a ese viaje, va unido, una actividad intelectual a realizar —investigación histórica— ambos incentivos, llenan por completo todos los deseos y se espera ansioso la partida.

Una tarjeta escueta, abrió para nosotros la emoción del viaje, al Congreso de Historia, gracias a la ayuda del Colegio de México.

Se acredita al señor Manuel Moreno Fraginals como miembro adherente en la VII Reunión del Congreso Mexicano de Historia.

Después, …la partida.

Día 12 de septiembre

La partida; complejo psicológico, que provoca la alegría de lo que realizamos y el dolor de lo que no podemos lograr a medida con nuestros sueños. Pero la emoción del viaje, y el deseo de hurgar los nuevos horizontes, hacen borrar de nuestras mentes los viejos pensamientos, y dirigimos ávidos, los ojos al paisaje que se abre ante nosotros.

México es para el extranjero, una de esas extraordinarias regiones, en donde lo inesperado, lo sorprendente, hace su aparición para maravillarnos, detrás de la curva que describe el tren, más allá de la loma insignificante, o al fondo de los árboles frondosos.

Por ello no perdemos de vista el horizonte. Lentamente, vamos dejando atrás, primero, la gran ciudad, luego los pequeños poblados. Teoloyucán, con su torre barroca, proyectada sobre el verde de la montaña, Cuatitlán, Huehuetoca… En lontananza, montañas, y la altiplanicie que se funde a momentos con el cielo.

En una parada, contemplamos un terreno árido, suelo de piedra y cactus, y sobre un pequeño promontorio, un indio que quizás no fuese mayor de cinco años. Paisaje y niño se fundían y no podríamos decir donde comenzaba y terminaba el uno, hasta donde era piedra y donde humanidad.

Creo que en ningún lugar como México, se funden con mayor armonía lo físico y lo humano. El hombre triste de la altiplanicie, con sus cantos tristes y sus tardes grises. El hombre de los llanos del norte, con su ganado, y sus canciones con ritmo de trote de caballo sobre los caminos. El hombre ardiente de las costas cálidas.

Alguien, comentaba la cara inexpresiva del indito. Falta de comprensión. ¿No expresaba acaso aquel rostro, la aridez del paisaje, la tristeza de los siglos de explotación y el asombro de un pueblo que aún no ha comprendido a los nuevos hombres y a los nuevos dioses?

Mientras, otros indios (sarapes llamativos y rostros herméticos) ofrecían sus tortillas, panes y baratijas desde el andén de la estación.

Otra vez en marcha y nuevos paisajes. Conos perfectos de antiguos volcanes, y cañones entre las piedras por donde corre el río. El tiempo transcurre y se entablan largas conversaciones con los compañeros del viaje. Desmintiendo la teoría de la tristeza del mexicano, se gastan bromas a costa de los congresistas; al Lic. Don Antonio Pompa y Pompa, se le llama “bi-Pompa”, “re-Pompa”, y “Pompón”; y se adopta al Maestro Agustín Yánez, como “papá Yánez”.

Nos acercamos a Querétaro. Dando muestras de una perfecta organización, una estación antes de la ciudad, sube al tren la comisión organizadora, y al llegar al pueblo, ya sabemos donde estaremos hospedados. Después, la llegada a Querétaro, donde como acto inicial se nos brinda un magnífico banquete (comida larga y discursos cortos), dentro de un ambiente amable, cordial, casi familiar.

Un paseo por una ciudad desconocida, tiene algo de descubrimiento. Y así, después de la magnífica comida, salimos a descubrir la ciudad de Querétaro. Paseamos por sus calles: nuestra vista persigue en lo artístico, la hermosa cornisa, los balcones de extraños labrados, los restos de antiguos escudos, las grandes iglesias, el precioso altar de Churriguera. Y en lo humano, las costumbres del pueblo, el reflejo de sus condiciones económicas, los tipos raciales… Mientras vivimos el presente, hacemos retornar el pasado a nuestra mente, al pasar frente al palacio que Tres Guerras construyera para el Marqués de la Villa del Villar del Águila, y más tarde delante del Convento de Santa Clara, donde estuviera presa la Corregidora.

Y así llega la noche.

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El Gobierno del Estado, y sub-comité organizador del VII Congreso Mexicano de Historia, tiene el placer de invitar a Ud., a la velada, que, como homenaje a los Ciudadanos Delegados a dicho Congreso, tendrá lugar el 12 del presente mes, a partir de las veinte y una horas en el Museo Regional de esta Ciudad.

Querétaro. Quer., sep. 1945.

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Un acto de recepción en un pueblo de provincia, consta inevitablemente de tres partes. Primero: palabras emocionadas del gobernador o alcalde, que nos habla “del alto honor de esta modesta Ciudad, al recibir a tan notables huéspedes”. Después, las imprescindibles frases de agradecimiento por parte del representante de los huéspedes. Y finalmente una serie de actos artísticos, entre los que descuella el poeta o la poetisa pueblerina, que con su gran melena —restos del romanticismo decadente—; su último vestido negro, nos lanza, sin compasión alguna, “sus últimos poemas”.

En Querétaro, bajo la arcada maravillosa del antiguo Convento de San Francisco, en cuyos corredores parecen meditar aún los frailes diezochescos, tuvo lugar la recepción.

La primera parte, estuvo a cargo del gobernador del Estado, Lic. Don Agapito Pozo. Después, el Lic. Don Antonio Pompa y Pompa, desarrolló el tema de la “Dinámica de la Independencia”. Habló de las dimensiones históricas y de una cuarta dimensión.

La Srta. Margarita Mondragón —inevitable—, nos recitó sus últimas poesías. El “Poema de la Vida Sencilla” y el “Poema del Naranjo en Flor”. Los títulos hablan por sí solos. “Quiero un naranjo florido, perfumado de todas las fragancias, tener una casita llena de amor, y un corderito, y un amante, etc. etc.”

El comentario perfecto lo realizó el maestro Yánez: “Como “se manda” esa mujer”.

La situación la salva luego, el tenor Enrique Herrera Vega, voz estupenda y cara de niño, que nos canta, “Recóndita Armonía” y una hermosa canción napolitana de Tagliaferri. Aprovechándose del ambiente, melodía napolitana, y casona colonial, un compañero nuestro, licenciado, recita al oído de una queretana,

Queretana, queretana querendona,
Que adherida a tus cristales
Y detrás de la ventana…

Y el maestro Carreño, lo mira y sonríe.

Después nuevas piezas musicales, aplausos y fin de la fiesta. En tesis general, fue un acto sincero, sin pretensiones y magníficamente logrado.

Mientras el público, se retiraba del acto, paseé con un amigo del Colegio por el amplio Convento de San Francisco. La noche llenaba de quietud el amplio edificio y en sus sombreados corredores sentimos revivir a momentos las muertas escenas de siglos pasados. Miramos una a una sus amplias celdas, el enorme comedor, obra magnífica de sencillez y gusto, el segundo patio con su típica fuente central y sus bellas arcadas, lugar de meditación y rezo de los franciscanos.

Ante la magnitud de los edificios religiosos queretanos no pude menos que tornar a meditar, tal como me sucedió en Puebla y México, sobre el enorme poder económico de la iglesia. Pregunté si se había escrito algo sobre los fundamentos económicos de la dominación religiosa en México y no obtuve respuesta. Quizás si esta tesis sería la que con mayor gusto estudiase.

Salimos del Convento. Mientras la ciudad dormía, paseamos por sus calles empedradas y rectas. El pasado era presente, bajo la mirada silenciosa de la noche.

Y así, imaginamos ver, el sereno —sombrero de tres picos, pantalón ajustado y en la mano la lanza y el farol— con su paso cansado y somnoliento, deteniéndose y gritando: —las doce y serenooo…!

Y por otras empedradas callejuelas, la sombra del cura Hidalgo, el negro sombrero redondo, hundido casi hasta los verdes ojos y el paso lento.

Las campanas de la Iglesia de Santa Clara, nos vuelven de nuevo a nuestro siglo, y emprendemos el retorno a la casa.

Día 13 de septiembre

En la mañana, salimos a contemplar la ciudad. Y fuimos penetrando en sus principales edificios, admirando sus imponentes interiores y sus patios magníficos, las iglesias que se yerguen al doblar de cada calle…

Quise comprender algo del pasado de Querétaro, a través de la piedra de sus construcciones.

En Cuba había intentado algo de esto. Recuerdo como la Habana, refleja a través de su pobre arquitectura colonial, su historia de plaza fuerte y tierra de paso. Castillos que se levantan en cada punto de la costa de posible invasión, y hacia el interior, nuevas fortalezas, casi inexpugnables en su época, en todo lugar de importancia militar. Eramos la ciudad más fortificada de América, y la más atrasada y plagada de vicios.

En Querétaro, trato de indagar el fundamento de esta enorme riqueza que se refleja en sus construcciones coloniales. Abrumo a mis compañeros de preguntas, ¿Cuál fué la causa de esa enorme prosperidad económica? ¿Región minera? ¿Agrícola? ¿Centro de cruce de todos los caminos del bajío?…

Quedo satisfecho con determinadas respuestas, pero otras solo hacen acrecentar la duda. Recuerdo haber leido en la obra del Barón de Humboldt que Querétaro tenía en 1800, una población de 35000 habitantes; hoy tiene 40000. ¿Por qué ha permanecido casi estacionaria la población? ¿Se agotaron las antiguas fuentes de riqueza? ¿En qué forma modificaron los procesos revolucionarios este estado de cosas?

Y sin abandonar estos pensamientos veo que en todo lo recorrido en la tarde de ayer y mañana de hoy, no he visto una sola industria de importancia. En una casa hacían sarapes con métodos elementalísimos incapaces de crear riquezas. La industria alfarera, si la hay, por las muestras que he visto en los mercados, debe hallarse en las mismas condiciones rudimentarias. He atravesado la ciudad de un extremo a otro y sólo he visto una construcción nueva, que resultó ser obra de reformas, de una residencia neoclásica de Tres Guerras.

Los conventos e iglesias, con magníficas obras de arte, aparecen en un abandono lastimoso. El ambiente humano refleja un estado que no está en consonancia con la riqueza arquitectónica. Nos hallamos, sin duda alguna, ante una ciudad que ha decaido notablemente.

Al pasar frente al convento de Santa Clara, termino mis disquisiciones, y nos detenemos a contemplar sus maravillosos altares churriguerescos. Después, seguimos nuestro recorrido, San Agustín, extraordinaria iglesia barroca, en cuyo interior se sustituyeron los altares de churriguera, por las frías edificaciones neoclásicas. El edificio del Convento de San Agustín, que está ocupado hoy por el palacio Federal, ofrece a mi vista el raro contraste de una construcción religiosa, cuya decoración es totalmente pagana.

Rápidamente seguimos nuestro recorrido y contemplamos las iglesias de Santa Rosa, San Felipe Neri, Santo Domingo, la “casa de los perros”… Y cuando terminamos el paseo, me retiro, satisfecho de haber podido mirar una hermosa ciudad colonial, pero molesto de esa visita a los edificios, hecha a pasos rápidos y con superficialidad, a manera de turista norteamericano.

A la tarde visita al Pueblito, con rapido paseo por su bello convento. Nos sirve dentro del mismo un padre animado de los mejores deseos, y del mayor desconocimiento de todo lo artístico. Oimos, llenos de paciencia, sus historias acerca del Convento y milagro de imágenes. A la salida, una anciana pide limosnas, y entra en la iglesia a depositar las monedas obtenidas en las grandes alcancias. El padre, la mira satisfecho, exhibe una sonrisa en su cara redonda, y posa sus manos sobre el vientre, que la buena comida y la mejor ociosidad, aumentan día a día.

Entre indignados por lo humano, y asombrados por lo artístico, retornamos a Querétaro, visitando antes el Cerro de La Campanas con su pequeño museo, y emprendemos, rápido, la vuelta a la estación.

En el andén, los vendedores mezclan las finas piedras de ópalo y aguas marinas con cristales tallados, en busca de compradores ingenuos. Y aún el tren en marcha, nos ofrecen sus productos corriendo al par junto a las ventanillas del tren.

Sonreimos y miramos al horizonte. Atrás queda Querétaro sumido en las primeras sombras del crepúsculo, con sus calles empedradas y rectas, en donde comienzan a surgir las primeras luces desafiando la noche. Pueblo señorial, donde las piedras de las casas han visto rodar los siglos por sus calles, y aun se alzan severas. Sus gentes, abiertas, hospitalarias, amigas, agitan sus pañuelos desde el andén, y luego se retiran lentamente. A la tarde noche, pasearán por el parque, comentarán la invasión de los historiadores, y seguirán rumiando, monótonamente su vida pequeña.

Día 14 de septiembre

Una visita a una ciudad, tiene algo de encuentro con una persona. Pero si se llega en plena madrugada, penetrando por sus calles oscuras y desiertas, con sus casas cerradas, sumidas aún en la quietud del sueño… entonces la visita, más que visita, parece un asalto. Y llenos de complejos subconscientes, aminoramos el ruido dedo de nuestros pasas, bajamos el tono de nuestra voz, y nos contagiamos con el ambiente somnoliento.

Y así fué como llegamos a Guanajuato. Asaltamos la Universidad, y montados todos de nuevo en camiones, recorrimos el intrincado laberinto de callejones guanajuatenses, para ir a la penitenciaría de menores, en donde fuimos hospedados. En un largo corredor, unas cién camas, ventanas con cristales rotos, por donde penetra un aire frío. Hay grandes protestas, y un señor a mi lado, pasa la noche rezando el rosario. Pero el cansancio es demasiado intenso para meditar u observar.

A la mañana, apenas tenemos tiempo de mirar la ciudad que parece deslizarse por las montañas, y caer en la cañada. Problemas de hospedaje y solución de asuntos materiales ocupan todo el tiempo. La tarde transcurre en la biblioteca de la Universidad, donde ayudo a un amigo a rectificar las citas de un trabajo que presentará al congreso.

A la noche se presenta la primera oportunidad, ya libres de trabajo, de pasear por los callejones de Guanajuato. Y emprendemos la subida al Pípila; atravesando las estrechas callejuelas que se cruzan y entrecruzan, formando un incomprensible laberinto. En el camino, pensamos en las riquezas de antaño, y en las guerras de Insurrección, que la llevaron a la ruina de la cual aún no se ha podido levantar totalmente.

Hemos llegado al Pípila. La ciudad se contempla en lo hondo del Valle: a la espalda y al frente montañas, y en lo alto dominando la ciudad, el Pípila.

Del monumento que está ante nosotros, sólo podemos decir que es grande. Pertenece a ese grupo de obras, que como la estatua de la Libertad, sólo son admirables por su tamaño. Responden a ese estado mental, que se advierte en determinadas clases poco cultivadas, y que se pudiera definir como “obsesión por el tamaño”.

Desciendo por el mismo camino y vuelvo a mi nuevo hospedaje, ahora en el Hotel San Antonio.

Día 15 de septiembre

He conversado en la mañana con un campesino, que debe tener sus siembras en un lugar cercano a la ciudad; se quejaba en forma terrible de la sequía que está azotando estos campos, y pedía a Dios que lloviera. No quise intervenir en sus creencias, pero pensé, que sería más práctico estudiar un buen sistema de regadío.

Esta sequía, por otra parte, ha sido bastante general. En el camino he visto los campos de maiz, arruinados por la falta de agua, y he notado también la escasez de árboles. ¿Habrá sido modificado el régimen de las lluvias por la despoblación forestal? En Cuba ha sucedido así, en determinadas regiones.

Traté de indagar más acerca de los problemas campesinos, pero con la parquedad característica del indio, me respondió en monosílabos cortantes, Sonreí y salí a la calle.

Extrañado por la gran cantidad de peleterías, indago, y me informan que una de las principales fuentes de vida de la ciudad está en la industria del calzado.

Ya al final de la única calle recta que hay en todo Guanajuato, encuentro el edificio del mercado. Aunque bastante malo ornamentalmente, responde en forma perfecta a su función práctica. Buen sistema de desagüe, para su mantenimiento en estado del limpieza; techo abovedado, que elimina las columnas interiores, permitiendo buena ventilación y luz. Algo pequeño para las necesidades de la ciudad, obliga a establecerse a muchos vendedores en las afueras del mismo.

Frente al mercado, una de las muchas iglesias de la ciudad. Esta es la tercera que vemos, y al igual que las anteriores, nos decepciona, no sé la causa, pero las construcciones guanajatenses, me parecen muy inferiores a todo lo que ví en Querétaro. Si la ciudad es admirable por lo original de su emplazamiento y por lo bello de sus calles, que se resuelven en estrechos callejones, artísticamente aún no he encontrado nada comparable a la arquitectura queretana.

La iglesia de San Diego, con una notable influencia del rococó frances y recargada ornamentación, no me pareció de acuerdo con el típico buen gusto del churriguera mexicano. Además contribuían a aumentar el mal efecto, la desagradable pintura rosada, dada en la fachada, sobre la verde cantera de Guanajuato, y un zócalo imitando tezontle todo alrededor.

En el interior, los fríos altares neoclásicos, en uno de los cuales, una imagen de rostro triste, parece protestar de los paños rojo sangre y verde fuerte, con que la han vestido.

En la tarde vuelvo de nuevo a la biblioteca donde trabajo hasta llegada la noche. Terminada la labor, pido al bibliotecario algunos libros sobre Guanajuato y los llevo al hotel. No salgo de mi habitación teniendo empeño en conocer alguno de los hechos principales de la historia de la ciudad.

Trato de leer las obras y encuentro que la primera “Tradiciones Guanajuatenses”, está en versos, y con un prólogo de Juan de Dios Peza. La cierro para devolverlo al día siguiente. La segunda de las obras es sobre la insurrección de 1810 en Guanajuato, siendo el juicio crítico también del propio Peza. Leo un párrafo al azar, “… cual ágiles golondrinas que en las mañanas sacuden sus alitas entumidas por el frío y mojadas por las gotas del rocío se ponen a volar hacia el azul del cielo… etc. etc.”. Lo devuelto también.

Día 16 de septiembre

La Universidad de Guanajuato, se complace en invitar a Ud, a la Comida Campestre que en honor del C. Presidente de la República, de los asistentes al VII Congreso Nacional de Historia y del VI Concurso Fraternal, será servida en el Paseo de la Esperanza a las 14 hrs. del día 16 de los corrientes.

Salto de la cama y aún bajo los efectos del sueño, recibo la primera sorpresa al ser convidado por mis compañeros a una “tamalada”. Después me explican que en la comida campestre que se nos dará a los miembros del Congreso, figura como plato esencial, los tamales oaxaqueños. Anoto la nueva palabra para incluirla en mi diccionario de mexicanismos, y subo al camión que nos ha de conducir a la Presa de la Esperanza.

El camino que nos lleva al lugar de la comida, asciende tortuoso la montaña. Hacia abajo, confundidas con el verde de las selvas que las invade, se ven las desiertas haciendas de beneficios, que recuerdan en sus ruinas los antiguos tiempos de esplendor; y los abandonados poblados mineros, de donde surgen aún torres de casi derruidas iglesias, en un alarde de eterno poderío.

Ya a unos 2 700 mts. sobre el nivel del mar, encontramos entre un pequeño, pero hermoso bosque de pinos, la mesa puesta y lista a servir la comida campestre. La tarde en el acto, transcurre velozmente, entre las canciones de los mariachis, las piezas musicales que interpretan las orquestas y los discursos de ritual; todo ante la asistencia del C. Presidente de la República, General Manuel Avila Camacho. El tequila y el cognac abundante, dan un tono peculiar a la comida, en la que abundan las frases mordaces y las bromas de todos los tipos.

Durante el retorno, nos detenemos a ver la maravillosa iglesia de la Valenciana. Quedo sorprendido ante el extraordinario cincelado de los motivos ornamentales de la fachada. En el centro, un águila de dos cabezas que rodea un bello sol, constituyen el eje alrededor del cual se desenvuelven los demás decorados. No creo que en toda la Ciudad de Guanajuato, pueda hallarse ejemplar más acabado de fachada churrigueresca.

Ya en el interior, los retablos responden a la grandiosidad ornamental externa. El oro de sus grandes altares se conserva intacto, y quizás sea el de mejor calidad que yo he visto en este tipo de construcciones.

Al lado de la iglesia, un enorme patio colonial, se halla en ruinas. En el interior de sus corredores, bajo las antiguas arcadas, ya han nacido hierbas, y muchas de las celdas adyacentes, han perdido el techo. Sin embargo, sobre los pozos, se conservan intactos los bellísimos motivos de hierro. En plena intemperie, dos enormes puertas que envidiarían por sus labrados las mejores casas mexicanas, se pudren lentamente. Es lastimoso ver perderse así, obras de gran valor artístico, que un pequeñísimo esfuerzo podría salvar.

Vista la enorme e interesante construcción religiosa, pasamos la calle y penetramos dentro de la antigua casona de los Condes de la Valenciana. Solo quedan en su ornamentación parte de su antigua riqueza, y como símbolo, la parte superior del escudo que coronara la fachada. Al centro de la casa, un patio colonial típico con su fuente de azulejos, y una puerta al fondo que da acceso a un balcón de finísimos labrados en madera.

Y es que la casa de los Condes de la Valenciana, tiene la característica principal de las construcciones guanajuatenses, que al ser edificadas sobre montañas, pueden tener un solo piso al frente y dos o más al fondo, si es que el suelo desciende o viceversa, si asciende.

Aún no hemos terminado de contemplar el paisaje —verde valle interrumpido por ruinas negras— y emprendemos apresurados el retorno a Guanajuato, en donde la Inauguración del Congreso nos espera.

La Comisión Organizadora de la VII reunión del Congreso Mexicano de Historia, tiene el honor de invitar a Ud y a su familia, a la ceremonia solemne de apertura de sesiones que se llevará a efecto el domingo 16 del corriente mes, a las 20 hs. En la sala de espectáculos del Gran Teatro Juárez, de acuerdo con el programa anexo.

Cuando hablé de las fiestas de recepción de Querétaro, creo que anoté las que a mi entender eran las características esenciales en todo acto en un pueblo de provincia… Y esta sesión inaugural, ni por tratarse de un Congreso de Historia, se salvó de los poetas de larga melena, que superando lo hecho anteriormente acudieron en mayor número, y recitaron sus más largos poemas.

El acto, tuvo lugar en el Gran Teatro Juárez, que por sus características arquitectónicas, merece que nos detengamos a describirlo. Una amplia fachada que dominan simétricamente dos leones. Seis faroles recargados en su ornamentación, y no del mejor gusto, alumbran la amplia escalinata que conduce a un pórtico de un neoclasicismo porfiriano, que no olvida en la parte superior la tradición barroca mexicana. Y unas musas, que careciendo de la sencillez y de la gracia griega, resultan de mucho peor gusto que los grandes faroles de hierro.

Pasado con un poco de susto por semejante fachada, entramos en un bosque de columnas. Y decimos bosque y no exageramos, porque el pequeño salón anterior a la sala de espectáculos, no tendrá más de cuarenta metros cuadrados de superficie, y en su interior aparecen exactamente, diez y seis columnas, grandes, imponentes, y sobre todo totalmente innecesarias desde el punto de vista constructivo. E impropias y casi ridículas ornamentalmente. Y es que el arquitecto parece que olvidó que la ornamentación, jamás debe de alterar las características funcionales del edificio.

Pero aún no había visto lo más sorprendente. Y es que al penetrar en el salón de actos, encontré nada menos que una mezquita árabe convertida en teatro. Pero una mezquita árabe, naturalmente, sin el buen gusto de los artistas musulmanes, y con un colorido, capaz de hacer reaccionar desagradablemente al ser de menor sentido cromático que exista.

Aunque el ambiente no era el más propicio, el acto prometía ser brillante y en realidad lo fue. Abrió la sesión el Prof. Chávez Orozco, quién como presidente de la comisión organizadora, dijo el discurso inaugural. Después de unas piezas musicales, y la imprescindible poetisa, el Gobernador del Estado, D. Ernesto Hidalgo, nos habló de Spengler, Kant, la Historia y el General D. Manuel Ávila Camacho, en un discurso, en el que no dijo nada o yo no entendí. Un nuevo poeta, nos recita tres poemas suyos que tampoco entiendo. Era algo así, “…si cuando yo aprendí lo que había aprendido, y al aprender aprendí también lo no aprendido, etc., etc.”.

Piezas musicales, nuevo discurso por D. Jaime Torres Bodet, secretario de Educación Pública, y declaratoria de la apertura por el Presidente de los Estados Unidos Mexicanos, Manuel Ávila Camacho. Por último, el informe del Lic. Don Antonio Pompa y Pompa, elección de los funcionarios, y fin del acto.

 

De contra:

A modo de curiosidad, copio la carta que escribió Elías Entralgo al Colegio de México en respuesta a la solicitud de referencias sobre el estudiante Manuel Moreno Fraginals, que solicitaba una beca de estudios.

He tenido más de un alumno de apellido Moreno; pero supongo que Manuel Moreno Fraginals es un joven alto, más bien flaco, de espejuelos, que hace años obtuvo un premio en un concurso de la Sociedad Colombina Panamericana por un trabajo acerca del recorrido de Colón por las costas de Cuba. Si como supongo se trata de este joven, puedo decirle a Ud. Que le tengo por serio y honesto, inteligente, estudioso, y con especial inclinación a los estudios históricos. Lamento mucho no poder identificar definitivamente a ese aspirante a beca del Colegio de México, pero he estado fuera de Cuba, casi dos meses, no he vuelto por nuestra Universidad más que parte de una mañana, y sé que Uds. No pueden esperar mucho más este asunto.

De Ud. Afmo. y s. s.

ELÍAS ENTRALGO


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