El Tono de la Voz | Jorge Ferrer

Musica Sacra con acompañamiento de Reich

Esta tarde admiré el busto de Richard Wagner que esculpió Arno Breker en 1939. Intenté imaginar los epítetos que le hubiera arrancado esa visión al primer Nietzsche. Fue en exposición en Barcelona, La música y el III Reich. Venía de almorzar con A. Hablábamos de Alemania, de La vida de los otros y su final decepcionante. Le dije que me encantaría no fuera proyectada esa película en Cuba, porque todos los represores se verán como carteros del mañana. Y no es oficio que ofrezca demasiado atractivo, cuando se lo ha de ejercer en el trópico. Sí suscribí, como ya he dejado escrito alguna vez, mi deseo por la rápida instauración del habeas data. Ella, por su parte, abominó de la simplista visión de la Guerra Civil española en la también oscarizada El Laberinto del fauno. Corren malos tiempos para los que adulteran la historia. Desidiosos o conformistas antes, los protagonistas o herederos de lo que cuentan se resisten a someterse a fábulas, por muy edificantes que sean las moralejas que acarrean.

Arno Breker no necesitó de intrincadas búsquedas en los archivos de la Gestapo para que se conociera su relación con el nazismo. Como tampoco Leni Riefenstahl, Ernst Jünger o Albert Speer. Todos ellos, en ámbitos distintos, pero con harto parejas ínfulas, fueron artistas del III Reich. No conozco libro de memorias de Breker, pero sí los de los tres últimos. Y resulta notable que sea precisamente Speer, quien más cercano estuviera a la cúpula nazi, el que salga mejor parado de una lectura hecha desde la “corrección política”, que se revela, entonces, como una suerte de trampa mortal.

Hubo, se recordará, rifirrafe entre la Riefenstahl y Speer a propósito del cómo recordaban ambos sus años con el fascismo. No se trató de mera trifulca entre culpables sentados ante el tribunal de la historia. Ya ambos habían purgado sus penas: Speer cumpliendo la condena que se le impuso en Nüremberg; Riefenstahl sometida a los procesos llamado de “desnazificación” y padeciendo un secuestro de su obra que no tiene parangón, por la durabilidad del veto y el celo con el que se lo administró, en el mundo occidental. Me propongo volver a revisar esas páginas en estos días.

La exposición barcelonesa no me satisfizo, y no sólo porque la parte dedicada a la música en los campos de concentración sea la que cuenta con instalación más escasa. Tal parece que reproduzca la vergüenza ante el Holocausto que lo mantuvo en silencio tanto tiempo.

En ella se expone, sin embargo, documento que me entretuvo más que el afilado mentón de bronce del maestro de Bayreuth, a saber, el certificado de la conversión al judaísmo de Arnold Schoenberg el 24 de julio de 1933. Había visto antes una fotocopia de ese documento en ocasión de una muestra de documentos de Marc Chagall en el Museé National Message Biblique que el pintor de Vitebsk regaló a Nice –porque la ceremonia se realizó por mediación del pintor, cuya firma aparece, en calidad de testigo, bajo el breve texto en francés, firmado también por el rabino.

Sin embargo, la visión del original, del mismo folio que manosearon Schoenberg y Chagall en aquel instante fundamental de retorno a la fe de los ancestros como compromiso espiritual contra los Breker, Speer o Riefenstahl de siempre, me sobrecogió como sólo puede hacerlo la presencia de lo sagrado.

Agradecí en silencio a A. que no lo estropeara recordándome que Chagall habría de lamentar más tarde haber sido partícipe de aquella conversión.

 

De contra: Me llega el magnífico disco que grabó Iliana Matos con la música para guitarra de Eduardo Martín. Lo edita GSP Recordings, de San Francisco, California. Una verdadera joya. Eduardo Martín se ha convertido ya en uno de los principales compositores cubanos para guitarra clásica. Su obra se publica y enseña en todo el mundo, y es de práctica obligatoria en academias de EE.UU., Europa y Japón.

Me habló hará cosa de dos años de Iliana Matos, de su elegancia y maestría. Iliana Matos. Angels in the Street. The Solo Guitar Music of Eduardo Martín demuestra que no exageraba en lo más mínimo. De hecho, me parece escuchar por primera vez algunas piezas de Eduardo que conozco y escucho a menudo. “Ángeles en la calle”, la composición que da título al disco, es, sencillamente, portentosa.

De ella, dice Martín en el texto explicativo de la brochure: “This conga was written for Iliana for this recording. In it, the basses of the guitar assume the role of the bass drum, defining the rhythm. The role of the cowbell, so recurrent in the conga, has been resolved with the use of arpeggios. The thematic development of the work happens over these rhythmic basses. With true artistry, Iliana brings these combinations to life.”


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