El Tono de la Voz | Jorge Ferrer

Primitivismos

Mi estimada, y locuaz, A. me envía enlace a este “Por primera vez”, rodado hace 40 años. Uno de los monumentos más grandes que se hayan levantado jamás a la magia de Chaplin. Y, sobre todo, a la magia del cine.

La sorpresa de esos guajiros de Las Mulas ante las imágenes en movimiento me trajo a la memoria la magnífica y pavorosa escena en que unos indígenas, creo que de Borneo, asisten a la presencia, también en pantalla, de un muerto. Ocurre en Among the Cannibal Isles of the South Pacific (1918), cuando Martin Johnson les proyecta imágenes que había rodado en el previo Jack’s London South Sea Island Adventures (1913).

He tenido que rebuscar entre mis notas para encontrar las que tomé cuando vi en París, hace diez años, esos, y otros, documentales de Johnson, pionero del cine documental condenado al olvido por la political correctness. (Lo hice con gusto, y no sólo porque encontré otras anotaciones que suponía perdidas o no hechas, sino, y sobre todo, porque tales ajetreos alejan de mí el recuerdo de Moratinos, ¡maldito sea!)

Según anoté entonces, Johnson vuelve a los mares del Sur y reúne a una tribu que había filmado en su viaje anterior. Habían transcurrido cinco años y algunos de los miembros del Consejo de Ancianos que conoció Johnson habían fallecido. Al comenzar la proyección, los indígenas reían gozosos cada vez que aparecía alguno de ellos en pantalla. Se veían ante imaginativo –no sospechaban que también memorioso- espejo. Pero, de pronto, el haz de luz del proyector arrojó sobre la tela la imagen viviente de alguien que ya había muerto. Se hizo un silencio sepulcral. Cundió una mezcla de estupor, tristeza y abandono. La escena es de una belleza deslumbrante.

Martin y Osa Johnson. Valdría la pena revisarlos. Fueron los primeros antropólogos cinematográficos. Su comportamiento ante eso que uno ya se resiste a llamar “el Otro”, cosa de no ofender a Lévinas con denominación que suena a tiquitiqui de ONG, padece, es cierto, de cierta vulgaridad colonial. No obstante, fueron capaces de abordar la novedad esencial de un mundo desconocido con desparpajo que merece mejor memoria. Un desparpajo de ínfulas postmodernas, como se ve en este fragmento del delicioso Congorilla (1932). Leni Riefenshtal los adoraba. De hecho, sus tientos con los masaï, son eco de viaje anterior de Osa Johnson.

 

Tal como sugería hace unos días, Castro I se nos ha convertido en un anciano con un hobby. Y el Granma, repito, no es asiento apropiado para sus posts. ¿Qué tal si alguien con más tiempo y destreza cibernética que yo le abre ese Reflexiones del rey estadígrafo. Blog del anciano Castro… o de Castro I. Podemos ir colgando ahí sus tristes afanes con las letras y abrimos barra libre a los comentarios.


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