Tumbar los muros
Juan Antonio Blanco | 04/03/2008 1:28
Acostumbro a recibir comentarios que, demasiado a menudo, opinan sobre lo que otros debieran hacer en Cuba. Pero, a propósito del nuevo Consejo de Estado, una de las lectoras, Bárbara, hizo una pregunta oportuna: ¿Qué hacer? Ella va en el sentido de ¿qué podemos hacer nosotros acá?
Antes de intentar responderle a Bárbara creo necesario atender primero a otra interrogante: ¿Qué somos?
Se nos puede llamar “Diáspora”, porque estamos dispersos, como el pueblo hebreo, desde Australia hasta Alaska; o “comunidad cubana en el exterior”, porque sin duda clasificamos también bajo ese criterio. Esos conceptos pueden ser empleados sin temor a error, pero ocultan –a veces de manera deliberada- la naturaleza de nuestra condición. ¿Qué somos entonces? ¿Emigrados, refugiados, asilados o exiliados?
El gobierno cubano se esfuerza por demostrar desde hace algo más de dos décadas que los cubanos que salimos de la isla no somos exiliados ni refugiados porque, según ellos, hoy en día, el motivo principal para “abandonar” el país es de índole económica y no por temor a ser perseguidos. Sólo que en esas consideraciones se pasa por alto un detalle: A todos nos desterró.
Si la motivación individual al salir de la isla fue escapar de una sentencia de muerte o la cárcel, rehusar el tener que convivir con atropellos cotidianos, o buscar horizontes de prosperidad personal, lo cierto es que el gobierno cubano a todos nos homogeniza con el trato que nos dispensa de desterrados. La única excepción son aquellos a quienes el gobierno provee de un permiso de residencia en el exterior por múltiples razones de conveniencia, o porque la astucia, creatividad y contactos del interesado se han impuesto para lograrlo. Aún así, el gobierno se encarga de cobrarle puntualmente cada mes una cuota por el derecho a visitar su patria, y en ocasiones se abroga la facultad de permitir o no esas visitas.
La condición de “salida definitiva del país” no fue una opción individual, sino una imposición legal. Tal como se le impone a muchos presos políticos a cambio de ser liberados. Uno de los problemas que confrontan los países que no desean conceder asilo a un cubano es precisamente que no tienen manera de deportarlo cuando ha vencido su “permiso de viaje”. La Habana no los quiere de regreso, salvo en casos especiales para castigar su desafío. El reciente ejemplo del trato discriminatorio dispensado por el gobierno cubano a los boxeadores devueltos por Brasil puede ilustrar este punto.
Valgan entonces tres precisiones.
1) Somos desterrados no “emigrados”. Llamemos las cosas por su nombre. Con independencia de la variedad de motivos que impulsaron nuestra salida, se nos destierra. No se nos permite restablecernos en la tierra en que nacimos y sólo podemos visitar el país si se nos autoriza. El gobierno otorga un cuño que sirve de salvoconducto para viajar a la patria en que se nació. Una “generosidad” semejante a la que otorgaba la Corona española a desterrados como José Martí.
2) Ningún emigrado de ningún otro país (salvo Corea del Norte) sufre, como en el caso de los cubanos, la confiscación total y completa de todos los bienes y propiedades, desde la vivienda y cuentas de ahorro hasta el juego de cubiertos del comedor, antes de su salida del país. Ni siquiera en China ya es así.
3) Ningún emigrado paga un precio más alto que los cubanos por las artificiales y abusivas tarifas impuestas por el gobierno de la isla a las comunicaciones telefónicas –sin tener Internet como medio alternativo- y al envío de remesas a sus familiares, aun desde países que no establecen limitaciones en el envío de remesas a Cuba, como sucede en Estados Unidos. Los costos de las llamadas telefónicas y de las remesas a Cuba se sitúan entre las más altas de todo el planeta y las más caras del Hemisferio Occidental. Lo mismo ocurre con las exorbitantes tarifas de las gestiones burocráticas para tramitar una visita a Cuba o la de un familiar al extranjero.
Atendiendo a estas razones sería más justo y exacto decir que la suavemente llamada “emigración cubana” tiene atributos radicalmente diferentes a los de cualquier otra. Esas cruciales diferencias permiten a quienes son genuinos emigrados de otras naciones –aquellos que apenas pretenden buscar prosperidad material- que puedan hacerlo y luego retornar al país y a su patrimonio personal, o bien disponer de la venta de sus propiedades y emplear esos recursos para asentarse mejor en la siempre difícil etapa inicial del emigrado. Incluso aquellos exiliados de países que han sufrido bajo dictaduras militares, han podido retornar a sus países de origen cuando han entendido que sus vidas ya no corren peligro, sin tener que pedir permiso para el regreso. Todo migrante –sea latinoamericano, caribeño, asiático, africano o europeo- puede mantener contactos telefónicos, por correo o e-mail regulares con sus familiares y remesar cantidades a veces modestas, pero que llegarán casi integras a sus seres queridos. Todos… menos los cubanos.
Esos no son privilegios, sino derechos de todo emigrado.
Las razones de seguridad que aduce el gobierno de La Habana para arrebatarles la libertad de movimiento a sus ciudadanos son ridículas e inadmisibles si se tiene en cuenta que muchos otros países – España, Inglaterra, Estados Unidos, Francia, Rusia, Filipinas, Kenya, Argelia, Jordania, Egipto, India, Paquistán entre otros- enfrentan amenazas secesionistas y/o terroristas de manera permanente y no han acudido al estalinismo migratorio como solución.
Lamentablemente, no son sólo las restricciones migratorias del gobierno de la Isla las únicas que hoy afectan a los cubanos. Una parte sustantiva de la comunidad cubana en Estados Unidos viene haciéndose oír en reclamo de que se deroguen las medidas ejecutivas que en el año 2004 impusieron nuevas restricciones de viajes y envío de remesas y paquetes a Cuba, haciendo aún más difícil la separación de las familias cubanas. Una agenda humanitaria no puede dejar de lado este parcial, pero justo reclamo. Quien lo enarbole merece respeto y apoyo. Pero es un hecho ineludible que la inmensa mayoría de las barreras a las comunicaciones, contactos y reunificación de familias continúan emanando de las regulaciones del gobierno cubano.
Pido excusas por la extensión que ha tomado este comentario, pero sucede que lo tenía ya escrito cuando un intercambio entre dos columnistas de El Nuevo Herald sobre el tema de los viajes a Cuba me persuadió de la necesidad de expandir mis notas.
No puedo compartir el criterio de que corresponde a los que viven en la isla expresarse y reclamar el cambio de esa legislación estalinista; y a los que viven en Estados Unidos les toca pronunciarse sobre las regulaciones sobre este tema en ese país. Esta es una discrepancia importante que tengo, en algunas ocasiones, con personas inteligentes y honestas que cuentan con todo mi sincero respeto.
Se trata de la defensa de derechos básicos que a todos nos pertenecen. Siendo cubano y viviendo en Canadá no creo que deba dejar en manos de los cubano americanos sus reclamos frente al gobierno de aquel país, ni pienso que ellos o los que residen en Cuba, por radicar yo en Ottawa, rechacen mi contribución a la defensa de derechos que asisten a todos los cubanos. Esto no supone que pretenda dictar lo que alguien debe hacer – sea fuera o dentro- a partir de lo que yo considero apropiado. Asumí la defensa de estas ideas desde que vivía en la isla y lo sigo haciendo desde Ottawa. Allá lo hice, de manera pública, –en una audiencia plenaria de la Asamblea Nacional en 1994 en la que pedí que suprimiesen los permisos de entrada y salida afirmando que “la Patria no se construye con rehenes” y lo reiteré poco después por escrito ante una comisión ad-hoc de la propia Asamblea. Como ciudadano cubano sigo afectado por la misma legislación ahora que resido en el exterior, y no pienso que debo dejar la defensa de mis derechos a quienes dejé atrás.
Lo que constituiría una torpeza es que cualquiera de nosotros, al partir de percepciones y prioridades diferentes, intente descalificar a quien no comparta las nuestras. De hecho creo que el pueblo cubano –al que todos pertenecemos- se beneficiaría más si aprendiésemos a complementarnos en nuestra diversidad, que persistiendo en el juego de las recriminaciones y la polarización que La Habana sabe siempre alimentar cuando mengua.
La Comisión Cubano-Americana pro Derechos Familiares tiene su propia visión y propuesta sobre este tema. Sus miembros apoyan el Proyecto de Ley H 757 que, según el texto presentado al Congreso de Estados Unidos en enero 31 del pasado año, levanta las prohibiciones de viaje a todos los ciudadanos de Estados Unidos y, entre ellos, a los cubanoamericanos que también sean ciudadanos o residentes en esa nación.
Consenso Cubano, sin tener una posición común sobre el levantamiento del embargo, -que no limitaba, hasta las regulaciones de Bush en el 2004, las visitas a Cuba de los cubanoamericanos-, ha fijado su posición dentro de esos límites. Su propuesta se concentra en pedir a EEUU y a Cuba que levante todas las restricciones de viaje a la isla de los cubanoamericanos, sean ciudadanos o residentes de ese país. A diferencia de la citada Comisión no reclama que se levante la prohibición de viajar a Cuba a los ciudadanos estadounidenses de otro origen.
Una diferencia central entre ambos grupos radica, por tanto, en si se debe o no mezclar el tema del embargo (al solicitar el fin de toda restricción de viajes a Cuba) con el de la de defensa de los derechos específicos de los cubanoamericanos.
También hay diferencias pragmáticas. Pese a que muchos de nosotros nos hemos opuesto siempre al embargo, es probable que no sean pocos los que estimen que mezclar ambos asuntos es contraproducente porque lograr un cambio en este tema requiere de un siempre incierto y prolongado proceso legislativo, mientras que la decisión ejecutiva de Bush en el 2004 apenas necesita de otro decreto presidencial que la revoque.
Sin embargo, los objetivos de ambas agrupaciones no son inevitablemente excluyentes aunque cada sector fije diferentes prioridades.
Lo que la inmensa mayoría de los cubanos de la isla y de afuera seguramente agradecerían es que se encontrase el modo de avanzar de forma complementaria en lo que se proponen, sin caer en el tradicional juego de zancadillas que tanto beneficia a las fuerzas del inmovilismo. No es una meta imposible.
Entonces, retorno a la interrogante de Bárbara: ¿qué hacer? Creo que el primer paso en la lucha por los cambios es derribar todos los muros que hoy separan al pueblo cubano. En ella, la comunidad de desterrados cubanos tendría mucho que hacer y decir.
Desde mi perspectiva, se hace necesario exigir la remoción de todas las trabas arbitrarias -se originen en La Habana o en Washington- que hoy obstaculizan los contactos, envío de paquetes y remesas, comunicaciones, intercambios y la reunificación de las familias. Ni más, ni menos. Ese es el modo eficaz de combatir el contrabando de personas y poner fin a las múltiples formas de violencia asociadas a la represión de estos derechos, de las cuales el hundimiento del Remolcador 13 de Marzo es la más emblemática.
En este tema coinciden no pocos disidentes, reformistas o simplemente inconformes en la isla, con todos aquellos de nosotros que no aceptamos la condición de desterrados. Por otro lado, para una elite que insiste en el uso de una anquilosada retórica de confrontación y se dedica a bloquear el acceso a Internet, censurar publicaciones y derribar antenas de TV satélite, nada sería más oportuno que una fraternal “invasión” familiar. Tumbemos todos los muros que hoy nos separan.
La defensa del derecho al libre movimiento facilita una alianza temática con una amplia gama de fuerzas dentro y fuera de Cuba, y permite hacer uso eficaz del potencial de movilización cívica que existe en el destierro cubano. No hay contradicción, sino complementariedad, entre estar dispuesto a buscar soluciones dialogadas con el gobierno de la isla sobre estos temas y generar la necesaria presión en la opinión pública para avanzar hacia su solución.
En términos psicológicos, que nuestra nación trascienda con el contacto directo los miedos sembrados a lo largo de cinco décadas equivale a lo que significó para los alemanes derribar el Muro de Berlín: el reencuentro como lo que somos, un solo pueblo.
Enlace permanente | Publicado en: Cambio de época | Actualizado 04/03/2008 3:29
Parque Jurásico en La Habana
Juan Antonio Blanco | 26/02/2008 0:30
No sabíamos que Fidel Castro quedó tan motivado por el film Parque Jurásico que se decidió a escribir su propia versión del guión.
Si se leen con cuidado las “Reflexiones del Comandante” de las últimas semanas, no es difícil adivinar el posible monólogo interior de ese consultor de alto nivel recién contratado por la Asamblea Nacional, al finalizar la jornada del domingo. Debe haber discurrido, más o menos, de esta manera:
"Nada de gatopardos. Lampedusa es un tonto al lado de Spielberg. El problema no es cambiarlo todo para que nada cambie sino, simplemente, no cambiar nada. ¡Vivan los dinosaurios! ¿Normalizar relaciones con los imperialistas de EEUU? Ni hablar. ¿Mejorarlas con los tataranietos de los colonialistas europeos? De eso nada. ¿Reconciliarse con los que desterré y aceptar su cooperación al desarrollo? ¡Tremendo disparate! ¿Quién se creería después lo de la Mafia de Miami? ¿Cambios internos? Poco a poco y a poquito. Nada se puede ir fuera de control. Que todo lo discutan con mucha calma. Denme tiempo a morirme. ¿Debates con intelectuales y comunistas que se toman en serio lo que escribió Marx y Lenin? Dejen que Machado Ventura se encargue de eso. ¿Soltar mis presos? Están locos. A ellos y a Hilda Molina me los dejan donde están, a menos que me convenzan que hay una buena recompensa a cambio o es imprescindible pagar algún favor. Los gusanillos que sigan financiando, con sus remesas y el costo de las llamadas telefónicas, la ineptitud de mis ministros para mejorar la situación. Chávez que mande petróleo y haga lo que tenga que hacer para mantenerse en Miraflores. Y ahora: ¡a trabajar compañeros ¡Con disciplina, fe y unidad!!"
Conociendo la lógica y vocación injerencista del “retirado” más célebre y activo de la historia de Cuba, es por ello deplorable la decisión tomada por la Asamblea Nacional el pasado fin de semana:
"A propuesta de Raúl, quedó aprobado por el voto unánime de los diputados, consultar las decisiones de especial trascendencia, las vinculadas a la defensa, política exterior y desarrollo socio económico, con el líder de la Revolución Fidel Castro Ruz" (Juventud Rebelde, 02/24/08).
Habrá que ver ahora qué es lo que “el compañero Fidel” considera una decisión trascendente sobre la cual deba ser consultado. A fin de cuentas, continúa siendo el Primer Secretario del PCC, que constituye el poder superior de la sociedad, según el artículo 5 de la constitución en vigor.
Por otro lado –todavía sin definir qué cosa ha de entenderse por socialismo- Raúl Castro reiteró que cualquier debate ha de enmarcarse exclusivamente dentro de ese sistema para luego afirmar:
“Es cierto que hay personas que hablan antes de informarse —puntualizó—, que demandan sin valorar si dicen algo racional o descabellado. Coinciden con los que reclaman derechos sin mencionar deberes. Como dijo Fidel: esperan milagros de nuestra porfiada y digna Revolución”. Recalcó que a esas personas «no le negamos expresarse, pero debe ser en el marco de la ley. No podemos ser extremistas, pero tampoco ingenuos. Debemos ser pacientes y brindar los argumentos necesarios, pero si alguien lo que pretende es presionar, con afán de protagonismo, ambición, demagogia, oportunismo, simulación, autosuficiencia u otra debilidad similar, hay que enfrentarlo resueltamente, sin ofensas, pero llamando las cosas por su nombre». (Juventud Rebelde, 02/24/08).
Muy bien. Es de agradecer tener las cosas claras. Con Machado Ventura juzgando si lo que se dice fue expresado “en el momento, modo y lugar adecuados”, -y se limitaba a observaciones sobre “el radio de acción” de quien se atreva a pedir la palabra-, ya todos sabrán a qué atenerse.
José Ramón Machado Ventura es la persona indicada para mantener a raya toda demanda que sobrepase lo que pueda ser tolerable en esta fase. Su promoción es un oportuno mensaje a los intelectuales y artistas apenas dos meses antes del congreso de la UNEAC: "ojo con lo que dicen, cómo lo dicen y dónde lo dicen, muchachos". Falta por ver si el genio vuelve a la botella.
Una vez más los líderes cubanos han mostrado mayor temor al cambio, las manos tendidas y las invitaciones al diálogo que al aferramiento al status quo y la confrontación.
Pero las arengas ovacionadas en el plenario de la Asamblea no tienen igual resonancia en los solares y los “llega y pon” de los migrantes internos. Tampoco en la mente de los jóvenes. Las actitudes arrogantes que destilan los discursos se corresponden con la percepción de inseguridad que aqueja a quienes los entonan. Las trincheras no resuelven conflictos, sino que invitan a su asalto. Y la vida tiene sorpresas. ¡Sorpresas que da la vida, sí señor!
Mirando la avanzada edad de los hermanos Castro, Machado Ventura y buena parte de la gerontocracia histórica, -apuntalada como una barbacoa de La Habana Vieja-, es bueno recordar la frase de un estudiante de Europa del Este cuando la dirigencia de su país se disponía a atrincherarse frente a los vientos de Perestroika: “Ustedes tienen todo el poder; pero nosotros tenemos todo el tiempo”.
Gústeles o no, para muchos de ellos esta es su última Asamblea.
La realidad cubana no está en el Palacio de Convenciones, sino quince cuadras más arriba, en el barrio marginal de “Palo Cagáo”. En lugares como ése es donde se gestará el cambio que no encuentre otro modo de canalizarse y no pueda esperar por los “estudios” del gobierno. Pese al remake del film de Spielberg que presenciamos el domingo, esa gerontocracia y los nuevos diputados tendrán que lidiar con la realidad que les circunda, o sufrir las consecuencias de pretender desconocerla.
A estas alturas, los discursos altisonantes y las promociones de dinosaurios no son más relevantes que el esfuerzo inútil de los camareros del Titanic por levantar las sillas del restaurante cuando el barco estaba a punto de hundirse.
Enlace permanente | Publicado en: Cambio de época | Actualizado 26/02/2008 3:14
¿De Fidel a Raúl?
Juan Antonio Blanco | 19/02/2008 19:37
Algunas de las primeras reacciones a la noticia de la renuncia de Fidel Castro a ser reelecto por la nueva Asamblea parecen discurrir entre quienes consideran que el hecho es irrelevante y aquellos que son dados a magnificar su alcance. Hay una distinción entre la certeza de que la elite intentará, en lo adelante, cambiar todo lo que pueda para mantener su monopolio de poder y la pretensión de minimizar lo ocurrido. Suponer que, salvo el cambio de nombres en la cima del poder, todo permanecerá igual es una apuesta arriesgada.
Lo cierto es que la renuncia del Comandante en Jefe, permite que la nueva Asamblea Nacional respete la Constitución y sus propios reglamentos que exigen traspasos formales de esos cargos por razones de salud. Continuamos atravesando un periodo bisagra entre dos épocas. Parafraseando a Galileo diré que Cuba se mueve. ¿Hacia dónde? Esa es otra discusión.
Lo renuncia de Fidel Castro a ser reelecto crea situaciones nuevas:
- Las demandas de la sociedad ahora se dirigen inequívocamente a Raúl Castro. La responsabilidad por lo que suceda –y deje de suceder- es inequívocamente suya. No hay excusas.
- Retirado formalmente de sus cargos el líder de la fracción inmovilista –aun si retiene su influencia indirecta-, podríamos ser testigos del primer cambio en el régimen -que no equivale a decir “cambio del régimen”- del socialismo cubano. Pero los cambios en el régimen son también relevantes porque abren una lógica diferente a la impuesta hasta ahora por el inmovilismo.
- Pero para poder realizar cambios reales, aunque se desarrollen todavía dentro del régimen, pasan a primer plano la necesidad de descentralizar institucionalmente el poder, -separando las funciones y liderazgos de la Asamblea, el Consejo de Estado, el Consejo de Ministros, la jefatura de las FAR y el MININT, y la dirección del PCC- y comenzar a tolerar el pluralismo de ideas y de propuestas de reforma desde ellas.
- Al abocarse la sociedad a un cambio en el régimen, la discusión y definición de qué cosa ha de entenderse por “socialismo” se vuelve también relevante en esta nueva fase. Manejando de manera abstracta ese concepto, se ha pretendido, hasta ahora, excluir a muchos del debate e incluso se ha limitado el derecho de opinión de los propios adherentes a esa escuela de pensamiento que, sin embargo, no son partidarios del Socialismo de Estado. Si los cambios y debates son solo admisibles “dentro del socialismo” entonces la elite tiene que poner las cartas sobre la mesa: ¿Qué es para ellos el “socialismo”? ¿Cuál es su proyecto “socialista”?
Lo realmente importante es si el pueblo cubano se decide a ser de nuevo protagonista de su historia en lugar de esperar que ella ocurra. Lo deseen o no los miembros de la elite de poder, estamos en el inicio de una transición a la transición. La clave del futuro pasa ahora por la defensa de la autonomía de la sociedad civil y dos derechos básicos que le son inherentes: el de expresión y asociación.
Sobre el derecho a opinar que todos tenemos –más aun en las nuevas circunstancias- ya he escrito mi comentario de esta semana.
Enlace permanente | Publicado en: Cambio de época | Actualizado 19/02/2008 19:55
El derecho a opinar
Juan Antonio Blanco | 19/02/2008 5:13
Arnold J. Toynbee, en su monumental estudio sobre las civilizaciones, afirmaba que un indicador de su decadencia es cuando las elites que las han dirigido en su ascenso no se renuevan. Pero “renovar” las elites –alertaba- no es la simple sustitución de algunos de sus miembros por otros más jóvenes que asumen como propias las mismas ideas y axiomas básicos que han regido hasta entonces.
Recordé esas admoniciones cuando leí el artículo escrito por un joven periodista cubano en el que reiteraba el añejo discurso oficial sobre los límites que han de regir el derecho a opinar. En Cuba hay que expresarse “en el momento oportuno, de la forma adecuada y en el lugar preciso”, recordaba a sus lectores. ¿Qué implica eso en términos prácticos?
Lo que constituye un derecho inalienable -ejercer la libertad de pensamiento y expresión- pasa, de ese modo, a ser una concesión: lo dicho puede o no ser tolerado por un poder que tiene la facultad de enjuiciar si se cumplieron las normas establecidas. Es la elite la que decide dónde, cuándo y cómo puede o no debatirse un tema. Aceptar ovejunamente ese inaceptable principio es el llamado que formula este joven periodista a medio siglo del cambio revolucionario de 1959, cuando ya son notorias las consecuencias de vivir amordazados.
Cierto: lo que ayer era prohibido puede no serlo mañana y viceversa. Recuerdo, por ejemplo, que al exhibirse por vez primera Fresa y Chocolate, el Coronel en el Comité Central a cargo de la custodia del pensamiento políticamente correcto de los ciudadanos determinó, entre patéticos ataques de histeria, que había que “desalentar ese debate” sobre la homofobia. Es presumible que ese mismo Coronel se muestre hoy comprensivo y meloso con Mariela Castro al discutir este tema. Pero el problema principal es que, mientras se hace finalmente posible analizar ese u otro asunto de manera casuística, “la regla de oro” de la mordaza continúa vigente y existen figuras delictivas lo suficientemente ambiguas (“propaganda enemiga”, por ejemplo) para asegurar que sea respetada.
El pasado día 13 el canciller Pérez Roque declaró lo siguiente a propósito de la ya próxima visita del Cardenal Tarcisio Bertone, alto representante de la Santa Sede, a Cuba: "No vemos de ningún modo que la existencia de puntos de vista diversos, incluso distintos sobre algunos temas, pueda ser obstáculo para un diálogo y una comunicación respetuosa con la Santa Sede y la Iglesia Católica en Cuba". Que bien. Lástima que todavía no esté preparado el gobierno para asumir igual actitud hacia su propio pueblo y el destierro, sin exclusiones ni temas tabú.
Los “cubanos de afuera” no somos invitados a opinar en los actuales debates cualesquiera que sean nuestras preferencias ideológicas, que incluyen un abanico de posiciones socialdemócratas, democratacristianas, liberales, conservadoras, proclives al diálogo con el gobierno u opuestos a ello, simpatizantes de una estrecha alianza con Estados Unidos o renuentes a la ingerencia de cualquier potencia en los asuntos internos del país.
El requisito insoslayable para acceder al actual debate sobre el porvenir es la incondicionalidad al poder actual. Lo que se exige no es, en realidad, la afiliación ideológica al socialismo, sino la disposición a proponer –y aceptar- cualquier cambio siempre y cuando se asegure con ellos el monopolio del poder por la elite. ¿Se imaginan si en los debates presidenciales de EEUU pudieran opinar exclusivamente los simpatizantes de los republicanos o si en España solo se tolerasen quejas “constructivas” a la gestión de gobierno provenientes de los afiliados al PSOE? Los derechos humanos son eso: derechos inalienables de las personas, llámense George Bush, Fidel Castro, Santa Teresa de Calcuta o sean estudiantes en la UCI. No son otorgados por méritos o afiliaciones ideológicas, como puede asignarse una casa en Varadero o una mesa en Tropicana.
Tanta es la alharaca intimidatoria que arma el gobierno cuando abrimos la boca que no falta quien, angustiado, nos pida silencio para evitar que un gesto de simpatía hacia algún argumento expresado dentro de Cuba sea tomado como pretexto para cerrar el todavía precario monólogo con las autoridades. La autocensura de quienes estamos fuera sería, según ese criterio, una forma de solidaridad hacia los que están dentro.
Sin embargo, algunos de nosotros aprendimos –después de varias “aperturas” y cierres a lo largo de medio siglo- que habrá libertad para todos o no la habrá nunca para nadie. No es factible, como parecen creer todavía algunos, limitar los derechos democráticos a los simpatizantes del socialismo mientras se persigue a sus detractores. La sociedad es plural y así han de ser los representantes de sus opiniones e intereses.
El siglo XX esclareció hasta la saciedad los resultados prácticos de aceptar el axioma del “centralismo democrático” dentro del partido y la sociedad: “Hoy vienen por ellos; mañana vendrán por ti”. Quien desee un socialismo que le permita ejercer el derecho a opinar debe saber que es su obligación defender igual principio a favor de todos los que no compartan su visión. Más de dos centenares de personas permanecen todavía en cárceles cubanas por defender el derecho de todos –incluido el de los comunistas- a expresarse sin subterfugios ni máscaras.
En mi comentario La Asamblea Bisagra recordaba la incapacidad de Gustav Husak para responder una pregunta clave cuando, en su última conferencia de prensa, anunciaba la caída del socialismo checo. Pues bien, tengo una sugerencia para quienes me leen desde Cuba: formulen ahora la misma interrogante a Raúl Castro.
Si el límite infranqueable para expresar opiniones y formular propuestas es que ellas deben quedar claramente delimitadas por la aceptación del principio de que se hacen para fortalecer el “socialismo” entonces debe clarificarse qué entienden por ese concepto. Hasta ahora no hay indicios de que la elite de poder esté preparada para respetar el derecho a la libertad de pensamiento, expresión y asociación de la sociedad civil, si bien pudieran ahora mostrarse más abiertos a las libertades de empresa o movimiento. Su criterio de socialismo y el límite a cualquier apertura parece definirse bajo el esquema de “con nosotros todo; sin nosotros nada”. Solo aceptando a priori ese principio es posible formular una opinión. Si considerasen esta valoración inexacta o injusta deben decirlo.
La elite de poder –como mínimo- está en el deber de decir a los militantes comunistas (que aguardan desde 1997 un congreso), a los funcionarios y diputados (a quienes mantienen en igual zozobra e incertidumbre sobre lo que pretenden hacer), a la población, (a la que acaban de convocar a “votar unida” bajo un sistema monopartidista sin libertad de expresión o prensa), y a los casi dos millones de desterrados a los que nos han impuesto una “salida definitiva” del país y excluyen de estas discusiones: ¿Qué entienden por socialismo? ¿Cuál es su proyecto? Al menos de ese modo sabremos, finalmente, el alcance exacto de lo que se propone discutir y lo que se pretende excluir –y reprimir- en esta nueva “apertura”.
Enlace permanente | Publicado en: Cambio de época | Actualizado 19/02/2008 5:29
Disidencia, insumisión y terremotos políticos
Juan Antonio Blanco | 12/02/2008 0:52
Cuando el Muro de Berlín se vino abajo, las sonrientes personas que salían a las plazas en Europa del Este a apoyar el socialismo y al partido comunista, exigieron el fin de ambos. La clase política de aquellos países despertó, aturdida, a la realidad. Había ocurrido un cambio de época, pero ellos no se habían percatado hasta entonces. Acostumbrados al poder absoluto, les resultaba inimaginable el drama –o fiesta popular- que se desarrollaba ante sus atónitos ojos.
En La Habana, no menos desconcertados, los miembros de la elite de poder asistían a aquel terremoto europeo a través de CNN y se formulaban todo tipo de interrogantes. ¿Cómo era posible que perdiesen el control de la situación si cada grupo opositor estaba aislado, infiltrado, hostigado o encarcelado? ¿Por qué todos esos sumisos ciudadanos afiliados a las organizaciones de masas, e incluso -¡horror!- al partido de gobierno, habían enloquecido de manera súbita y rechazaban a gritos todo lo que hasta entonces veneraron, a lo largo de cada día de su existencia, en miles de rituales públicos? ¿Cómo podía ser posible que el más reverenciado líder comunista rumano fuese juzgado y fusilado de manera sumaria por algunos de sus propios colegas? ¿Cómo era posible que los rigurosos servicios de inteligencia no hubiesen alertado a tiempo de aquella tormenta? ¿De qué servían policías, cárceles y tanques ante un desbordamiento de masas?
Los seres humanos tienden a negar la realidad cuando ella no es complaciente. En esos casos se busca refugio en zonas mentales de confort construidas de manera fantasiosa. Al igual que el aquejado de cáncer busca razones para desautorizar la sentencia que le fue extendida por los médicos, la elite de poder borró las malas memorias, al alejarse en el tiempo aquellos estremecedores sucesos. Lo mismo hizo antes con el éxodo del Mariel, cuyas causas profundas evadieron analizar con rigor. Ante la caída del socialismo europeo, los miembros de la elite de poder cubana, con mentalidad del pasado, intentaron entender su presente y –aún más peligroso- descifrar el futuro. “Lo que sucedió en Europa no sucederá en esta isla del Caribe”.
Sus mentes discurrían, más o menos, del siguiente modo: “El embargo y algunos discursos altisonantes del exilio nos permitirán justificar nuestra ineptitud administrativa y mantendrán vivo el miedo al cambio. Si la gente nos soportó hasta ahora lo seguirá haciendo por temor a Miami y EEUU. Hay que redoblar la batalla ideológica –acudiendo menos a Marx y resaltando a Martí- e intensificar la represión y el control sobre los grupos disidentes. Todo seguirá bajo control, si no nos dejamos llevar por los cantos de sirena que llaman a cambios democráticos. Tenemos que mantener el control. La tarea es resistir hasta que encontremos petróleo, una vacuna al SIDA, o un nuevo mecenas que reemplace la URSS sin pedirnos “aperturas”, democracia y derechos humanos”. Las“dulces mentiras comunistas” –curiosa frase de Lenin- reproducidas incesantemente por sus periódicos y medios de comunicación, llegaron a seducir a los líderes, pese a haber sido elaboradas para consumo popular y algunos crédulos compañeros de viaje en el extranjero.
Lo que fueron incapaces de entender es que el terremoto de 1989 tuvo su origen en “fallas tectónicas del subsuelo socialista” europeo. Lo que parecían imperceptibles movimientos sísmicos a los que restaron importancia los líderes de aquellos países, eran presagio de un movimiento telúrico de magnitud insospechada. Había una nueva “disidencia” fuera de control e imparable, alimentada por la realidad de un socialismo fallido y no por Occidente, que se abría paso desde las alturas del Buró Político del PCUS en Moscú hasta los ciudadanos checos, búlgaros o rumanos afiliados o no a las instituciones comunistas. No era una disidencia organizada y por lo tanto identificable e infiltrable. Era más bien un estado de ánimo y mental que rechazaba el status quo y que permeaba toda la sociedad, desde los comunistas hasta el más sencillo ciudadano. Su esencia era el malestar y decepción generalizados respecto a la situación y la creciente convicción de que no era posible “arreglarla” sino imprescindible cambiarla.
En Cuba las simplificaciones elitistas no se hicieron esperar: Gorbachev era el culpable de lo sucedido. Sin embargo, resultaba cada vez más fácil percatarse de que la Guerra Fría la perdió la URSS cuando su sistema cerrado y totalitario –que demostró ser compatible con el desarrollo de la sociedad industrial en Rusia- bloqueó el tránsito hacia la nueva civilización del conocimiento que emergía a fines del siglo XX.
Las sociedades cibernéticas tienen que ser abiertas. El libre acceso y flujo de información es su esencia. La frase “he estado en Rusia y visto el futuro” pronunciada por un líder comunista occidental poco después del triunfo bolchevique llegó a transformarse con el tiempo en la de “he estado en los países socialistas y he visto el pasado”. China descubre día a día que no es posible aplicar un sistema electrónico de apartheid a Internet para aprovechar sus ventajas económicas y negar las políticas. La lógica de sus transformaciones de mercado presiona y agranda el boquete digital abierto en su muralla de controles al libre flujo informativo.
El totalitarismo del siglo XX no era compatible con las sociedades de la información y la nueva civilización cibernética. Tampoco con el espíritu libertario esencial al ser humano. Pero el tránsito civilizatorio que hoy tiene lugar no ha materializado el futurismo pesimista de George Orwell en su novela 1984. El potencial empleo totalitario de las nuevas tecnologías se ve contrarrestado por el uso contracultural que los ciudadanos hacen de ellas. Es ese empleo libertario de las nuevas tecnologías el que impide su asimilación totalitaria.
Hoy los jóvenes cubanos se niegan a ver su existencia secuestrada por líderes atrapados en obsoletas visiones del pasado. Quieren vivir en una sociedad moderna, con Internet y libertades individuales, en la que poner a prueba sus sueños. Se creen con derecho a vivir en el futuro y no en un sempiterno “perfeccionamiento” del presente. Para ellos la historia nacional no ha concluido, sino apenas empieza o recomienza. Se muestran impacientes al declarar una huelga estudiantil en Santiago de Cuba e irreverentes al emplazar a un dirigente nacional con preguntas tan elementales como incómodas. No es posible justificar el sistema vigente en Cuba con argumentos presentables. Quien lo intenta, por brillante que sea, se expone al ridículo de forma irremediable.
Parafraseando a Marx puede decirse que la sociedad cubana vive hoy un conflicto entre la necesidad de desarrollo de las fuerzas productivas y las obsoletas relaciones sociales que hoy las bloquean. Es ese bloqueo –no otro- el que abre una etapa de crisis y cambios inevitables. Se ha arribado al punto crítico en el que el carácter socialmente inclusivo del sistema ha generado una población calificada que, precisamente por ello, reclama ahora poder real de participación y se opone al régimen excluyente -en lo económico y político- del mismo sistema. Ese núcleo central conflictivo genera múltiples puntos de enfrentamiento con el status quo.
Hay un arco de crisis social marcado por diversos ejes de conflictividad signados por raza, región de procedencia, generación, o niveles de ingreso. Un sector de la juventud urbana, semihundido en la marginalidad, reúne a decenas de miles de personas a los que el movimiento contracorriente Hip Hop otorga una identidad cultural. Miles de inmigrantes “ilegales” internos comienzan a resistir a los representantes de la ley cuando se les ordena retornar a sus lugares de origen. El “orden” que pretenden salvaguardar las leyes ya no les “resuelven” empleo, salarios dignos, viviendas o servicios públicos decentes.
Las viejas teorías de Herbert Marcuse sobre el potencial revolucionario de los sectores marginales deben preocupar a más de un miembro ilustrado de la elite de poder en estos días. Los desafíos inmediatos a la gobernabilidad del sistema no provienen de la zona del activismo anticomunista organizado ni de Washington, sino de la alienación generalizada entre sectores que no pueden ser integrados bajo las actuales formas de organización societal. Pero esa ineptitud sistémica para cooptar apoyos se extiende también hoy a toda la población.
La disidencia –entendida como grave insatisfacción e inconformidad con las instituciones y normas vigentes- es hoy un fenómeno de masas. Ese es el cambio real y profundo ocurrido en Cuba.
Mientras tanto, las organizaciones disidentes formalmente establecidas siguen hostigadas y, supuestamente, “bajo control” por lo que a menudo padecen la desconexión cultural que les impone ese aislamiento. Eso no quiere decir que sean irrelevantes. Es cierto que su dimensión hoy puede compararse a los que el franquismo gustaba llamar “los partidos del taxi” aludiendo, de manera burlona, su relativamente corta membresía. Sin embargo, fueron esas organizaciones las que jugaron un papel significativo en promover una visión critica del status quo, respondieron eficazmente a la necesidad de articular los consensos para la transición a la democracia y se transformaron -en muy poco tiempo- en partidos masivos al restablecerse las libertades políticas.
Lo que es un error de Washington, parte del exilio y la elite de poder cubana es pensar que esos son los únicos disidentes. Hoy hay una disidencia de masas que va más allá de las posibles membresías o preferencias ideológicas, comunistas o anticomunistas, de sus portadores.
Este nuevo y masivo movimiento disidente contiene proyectos y propuestas de cambio -divergentes o en franco conflicto- que van desde el reformismo sistémico hasta el antisistémico, signados por todo el arcoiris socialdemócrata, liberal y conservador. Pero hay también convergencias. La nueva disidencia recoge como propios algunos de los reclamos de viejas organizaciones disidentes satanizadas hasta la fecha. El acceso libre a todos los servicios e instalaciones, la moneda única, el derecho de los cubanos a formar empresas y trabajar por cuenta propia, el derecho al libre movimiento dentro y fuera del país, la reforma del sistema electoral vigente, el cese del periodismo amordazado y falaz, la libertad para la protesta y propuesta, así como muchas otras demandas que cuentan con gran respaldo popular, -y fueron voceadas en el reciente proceso peticionario de asambleas públicas-, tuvieron a los disidentes anteriores como pioneros y abanderados. Lo que hoy solicita un intelectual, obrero, estudiante, campesino o incluso diputado del Poder Popular, era motivo de represalia hace apenas unos meses.
No es que haya cambiado la actitud del poder ante la disidencia y la herejía, es que ella se va tornando irreprimible por masiva. Y la gente toma debida nota de ello. Todo es diferente cuando se conoce que “tu vecino piensa igual que tú”. Por eso balcanizaron el proceso de asambleas e intentaron ocultar al público la mayor parte de lo que se planteaba y proponía en cada una de ellas. Pero aun así los reclamos se repetían de San Antonio a Maisí. Por otra parte, esa nueva disidencia se transforma en actos aislados de insumisión. Los empleados de empresas extranjeras se niegan a pagar el nuevo impuesto sobre “gratificaciones”.No es que se demoren o resistan de manera sorda al pago, es que lo anuncian en publico y explican su posición, lo cual se aleja del ”no marcarse y resolver por la izquierda” y se acerca a la clásica desobediencia civil de Henry David Thoreau. Antes de acudir al expediente fácil de reprimirlos las autoridades deberían meditar que fue la negativa a pagar el impuesto de la corona británica sobre el té lo que provocó el Boston Tea Party y las represalias inglesas trajeron la revolución de las trece colonias de Norteamérica. Las disidencias, según muestra la Historia, pueden transformarse en insumisión y dar paso a terremotos. El fenómeno ocurre cuando la gente llega a un punto crítico en que ya no tolera la insensibilidad y sordera del poder.
En Cuba, la ausencia de cambios desde arriba viene siendo respondida –por ahora- con un cambio de mentalidades desde abajo. La elite de poder debe evidenciar en el 2008 si es o no capaz de entender que su tiempo ha quedado trascendido por la vida y si está lista para reconocer -con genuinas transformaciones “estructurales y conceptuales”- el cambio de época que ya ha ocurrido. La cuenta es regresiva. Si la población –incluyendo a los comunistas- se llega a cansar de esta larga espera, pudiera decidirse a echarlos a un lado para proseguir la siempre inconclusa historia nacional por otros senderos
En esas circunstancias es que se instala la próxima Asamblea Nacional del Poder Popular: la última bajo la dirección de los hermanos Castro. Sus diputados tendrán probablemente que optar, en algún momento de su mandato, entre oponerse a esta nueva disidencia masiva o ser parte de ella. Si eligen lo último podríamos ser testigos, por primera vez en el socialismo cubano, de una ruptura entre los que mandan y los que gobiernan.
Las fallas tectónicas que anidan el subsuelo del socialismo cubano, de continuar combinadas con la persistente abulia de su elite de poder, presagian movimientos telúricos de gran intensidad. Los terremotos socialistas ocurren cuando algún hecho fortuito cataliza tensiones largamente acumuladas y caen al unísono las caretas con las que los ciudadanos ocultaban sus verdaderas ideas y sentimientos. La disidencia sorda se transforma en abierta insumisión y el genio ya no puede ser devuelto a la botella. De llegar a ocurrir esto en Cuba, solo será lamentado por aquellos que hoy padecen de una aguda miopía política de la que no los ha curado, hasta ahora, ninguna “operación milagro”.
Enlace permanente | Publicado en: Cambio de época | Actualizado 16/02/2008 1:38
[« Anterior][1][2][3][4][5][6][7][8][9][Siguiente »]







