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¿Emigrados o desterrados?

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Ayer se ha anunciado por el MINREX una nueva reunión sobre asuntos “migratorios” en La Habana para fines de este mes. En ella participarán los que hayan sido incluidos en una lista de invitados que decide el gobierno cubano, quien además de controlar la sede de estos eventos acostumbra también a imponer su agenda y administrar la lista de oradores.

Me pregunto si hace falta una reunión para discutir o tener que “negociar” un derecho universalmente reconocido que ha sido reclamado de manera pública por toda la población desde el Cabo de San Antonio a la Punta de Maisí. No creo se necesite de nuevas reuniones para aceptar el cambio en la política migratoria, tan demandado dentro y fuera de Cuba por sus nacionales, cuyo reclamo se apoya en las normas del derecho humanitario vigente.

Lo que tiene que hacer el gobierno cubano es muy simple: suprimir los permisos de entrada y salida a todos los ciudadanos cubanos y hacer transparentes sus leyes, regulaciones, orientaciones, procedimientos y mecanismos de decision en asuntos migratorios.

Lo que pudiera discutirse son las abusivas tarifas que imponen a llamadas telefónicas, trámites migratorios, envíos de remesas y otros asuntos. Pero la libertad de movimiento es un derecho universal e inalienable que no se discute ni negocia, sólo se denuncia y exige si es violado.

Lo que corresponde hacer a todos los que somos víctimas de estas arbitrariedades es denunciarlas y oponernos a ellas haciendo uso de las libertades que gozamos fuera de la isla. Defendemos un derecho universal internacionalmente reconocido, arbitrariamente conculcado y ampliamente reclamado por los que viven en Cuba y fuera de la isla. Hoy existe un movimiento mundial por los derechos de los emigrados que debería ser también puesto al tanto de las peculiaridades del caso cubano.

He reunido algunas definiciones que hagan posible el que podamos comunicar nuestras coincidencias o desacuerdos dando el mismo significado a las palabras que empleamos:

  • Asilado: Persona que huye de su país y se le permite permanecer en otro porque era perseguido –usualmente por razón de raza/etnicidad, religión, nacionalidad, opinión política o ser miembro de un grupo social particular- o teme ser perseguido si retornase a su país o al lugar de su última residencia. (Manual de Terminología Internacional de Derechos Humanos. H. Víctor Condé, basándose en la Convención de Refugiado de 1951).
  • Emigrante: El que se traslada de su propio país a otro, generalmente con el fin de trabajar en él de manera estable o temporal. (Diccionario de la Lengua Española, Edición 22, Madrid, 2001).
  • Exiliado: Expatriado generalmente por motivos políticos. (Diccionario de la Lengua Española, Edición 22, Madrid, 2001).
  • Destierro: Pena que consiste en expulsar a una persona de lugar o territorio determinado para que temporal o perpetuamente viva fuera de el. (Diccionario de la Lengua Española, Madrid 1970).
  • Refugiado: Persona que escapa de su país debido a tener un buen fundado temor a ser perseguido por razones de raza, religión, nacionalidad, membresía a un grupo social particular u opiniones políticas, y estando fuera del país de su nacionalidad no puede, o debido a esos temores, no desea volver a él. (Manual de Terminología Internacional de Derechos Humanos. H. Víctor Condé, basándose en la Convención de Refugiado de 1951).

Muchos cubanos ostentan la condición de exiliados porque decidieron salir de Cuba por razones de conciencia y/o temor fundamentado a ser víctima de persecuciones, acosos y discriminaciones o exclusiones sobre la base de tener y expresar ciertas ideas políticas, económicas o culturales. Algunos de los que decidieron exiliarse tuvieron que hacerlo solicitando asilo o refugio en otro país. Otros simplemente salieron y no retornaron.

Pero hay muchos también que hubiesen preferido ser simples emigrantes para probar fortuna de manera temporal o permanente en otro lugar –algo que hicieron antes desde Benny Moré hasta Camilo Cienfuegos- pero al comunicar honradamente su deseo, las autoridades sólo les ofrecieron la “salida definitiva del país”.

Desde ese momento, todos –exiliados, asilados y aspirantes a emigrados- comparten la condición de desterrados por decision del gobierno cubano.

A todos se impuso por igual el castigo del destierro. Se nos expulsa del territorio nacional de manera definitiva al que se nos permite acceder si estamos dispuestos a someternos al principio de pedir un permiso –de 30 días prorrogable a otro mes- que nos puede ser negado sin que medie explicación alguna.

El gobierno de Cuba no reconoce la segunda ciudadanía adquirida en el exterior por una parte de los que se radicaron fuera. Los sigue considerando ciudadanos a los efectos de aplicarles su política migratoria, pero les niega esa condición y trata como desterrados sin derechos para otras cosas, como proponer candidatos y votar en las “elecciones”, o expresarse en los recientes procesos de discusión sobre temas nacionales.

El gobierno cubano no podría alterar nuestra nacionalidad –porque esa la otorga el hecho fortuito del lugar en que se nació. Pero si desea arrancarnos los escasos y mediatizados derechos que otorga la constitución vigente a los ciudadanos cubanos entones debería ser consecuente y quitarnos la ciudadanía de manera clara y plena, o permitirnos decidir si deseamos mantenerla o sustituirla (si no es admitida la doble ciudadanía) por la de algún país que nos acogió y nos permite actuar como genuinos ciudadanos en vez de como súbditos de una monarquia absoluta.

Si el gobierno cubano quiere insistir en que el exilio es una ficción y somos simples migrantes, tiene la posibilidad de hacer más creíble ese punto de vista levantando el destierro a todos.

Sugiero que a esta nueva reunión que convocan para fines de mes no la llamen la "Nación y la emigración", sino la "Nación y el destierro". Bajo esa mayor precisión conceptual podrian abordarse finalmente las realidades del país en lugar de invertir las energías en seminarios culturales sobre el significado de la cubanía.



Tumbar los muros

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Acostumbro a recibir comentarios que, demasiado a menudo, opinan sobre lo que otros debieran hacer en Cuba . Pero, a propósito del nuevo Consejo de Estado, una de las lectoras, Bárbara, hizo una pregunta oportuna: ¿Qué hacer? Ella va en el sentido de ¿qué podemos hacer nosotros acá?

Antes de intentar responderle a Bárbara creo necesario atender primero a otra interrogante: ¿Qué somos?

Se nos puede llamar “Diáspora”, porque estamos dispersos, como el pueblo hebreo, desde Australia hasta Alaska; o “comunidad cubana en el exterior”, porque sin duda clasificamos también bajo ese criterio. Esos conceptos pueden ser empleados sin temor a error, pero ocultan –a veces de manera deliberada- la naturaleza de nuestra condición. ¿Qué somos entonces? ¿Emigrados, refugiados, asilados o exiliados?

El gobierno cubano se esfuerza por demostrar desde hace algo más de dos décadas que los cubanos que salimos de la isla no somos exiliados ni refugiados porque, según ellos, hoy en día, el motivo principal para “abandonar” el país es de índole económica y no por temor a ser perseguidos. Sólo que en esas consideraciones se pasa por alto un detalle: A todos nos desterró.

Si la motivación individual al salir de la isla fue escapar de una sentencia de muerte o la cárcel, rehusar el tener que convivir con atropellos cotidianos, o buscar horizontes de prosperidad personal, lo cierto es que el gobierno cubano a todos nos homogeniza con el trato que nos dispensa de desterrados. La única excepción son aquellos a quienes el gobierno provee de un permiso de residencia en el exterior por múltiples razones de conveniencia, o porque la astucia, creatividad y contactos del interesado se han impuesto para lograrlo. Aún así, el gobierno se encarga de cobrarle puntualmente cada mes una cuota por el derecho a visitar su patria, y en ocasiones se abroga la facultad de permitir o no esas visitas.

La condición de “salida definitiva del país” no fue una opción individual, sino una imposición legal. Tal como se le impone a muchos presos políticos a cambio de ser liberados. Uno de los problemas que confrontan los países que no desean conceder asilo a un cubano es precisamente que no tienen manera de deportarlo cuando ha vencido su “permiso de viaje”. La Habana no los quiere de regreso, salvo en casos especiales para castigar su desafío. El reciente ejemplo del trato discriminatorio dispensado por el gobierno cubano a los boxeadores devueltos por Brasil puede ilustrar este punto.

Valgan entonces tres precisiones.

1) Somos desterrados no “emigrados”. Llamemos las cosas por su nombre. Con independencia de la variedad de motivos que impulsaron nuestra salida, se nos destierra. No se nos permite restablecernos en la tierra en que nacimos y sólo podemos visitar el país si se nos autoriza . El gobierno otorga un cuño que sirve de salvoconducto para viajar a la patria en que se nació. Una “generosidad” semejante a la que otorgaba la Corona española a desterrados como José Martí.

2) Ningún emigrado de ningún otro país (salvo Corea del Norte) sufre, como en el caso de los cubanos, la confiscación total y completa de todos los bienes y propiedades, desde la vivienda y cuentas de ahorro hasta el juego de cubiertos del comedor, antes de su salida del país. Ni siquiera en China ya es así.

3) Ningún emigrado paga un precio más alto que los cubanos por las artificiales y abusivas tarifas impuestas por el gobierno de la isla a las comunicaciones telefónicas –sin tener Internet como medio alternativo- y al envío de remesas a sus familiares, aun desde países que no establecen limitaciones en el envío de remesas a Cuba, como sucede en Estados Unidos. Los costos de las llamadas telefónicas y de las remesas a Cuba se sitúan entre las más altas de todo el planeta y las más caras del Hemisferio Occidental. Lo mismo ocurre con las exorbitantes tarifas de las gestiones burocráticas para tramitar una visita a Cuba o la de un familiar al extranjero.

Atendiendo a estas razones sería más justo y exacto decir que la suavemente llamada “emigración cubana” tiene atributos radicalmente diferentes a los de cualquier otra. Esas cruciales diferencias permiten a quienes son genuinos emigrados de otras naciones –aquellos que apenas pretenden buscar prosperidad material- que puedan hacerlo y luego retornar al país y a su patrimonio personal, o bien disponer de la venta de sus propiedades y emplear esos recursos para asentarse mejor en la siempre difícil etapa inicial del emigrado. Incluso aquellos exiliados de países que han sufrido bajo dictaduras militares, han podido retornar a sus países de origen cuando han entendido que sus vidas ya no corren peligro, sin tener que pedir permiso para el regreso. Todo migrante –sea latinoamericano, caribeño, asiático, africano o europeo- puede mantener contactos telefónicos, por correo o e-mail regulares con sus familiares y remesar cantidades a veces modestas, pero que llegarán casi integras a sus seres queridos. Todos… menos los cubanos.

Esos no son privilegios, sino derechos de todo emigrado.

Las razones de seguridad que aduce el gobierno de La Habana para arrebatarles la libertad de movimiento a sus ciudadanos son ridículas e inadmisibles si se tiene en cuenta que muchos otros países – España, Inglaterra, Estados Unidos, Francia, Rusia, Filipinas, Kenya, Argelia, Jordania, Egipto, India, Paquistán entre otros- enfrentan amenazas secesionistas y/o terroristas de manera permanente y no han acudido al estalinismo migratorio como solución.

Lamentablemente, no son sólo las restricciones migratorias del gobierno de la Isla las únicas que hoy afectan a los cubanos. Una parte sustantiva de la comunidad cubana en Estados Unidos viene haciéndose oír en reclamo de que se deroguen las medidas ejecutivas que en el año 2004 impusieron nuevas restricciones de viajes y envío de remesas y paquetes a Cuba, haciendo aún más difícil la separación de las familias cubanas. Una agenda humanitaria no puede dejar de lado este parcial, pero justo reclamo. Quien lo enarbole merece respeto y apoyo. Pero es un hecho ineludible que la inmensa mayoría de las barreras a las comunicaciones, contactos y reunificación de familias continúan emanando de las regulaciones del gobierno cubano.

Pido excusas por la extensión que ha tomado este comentario, pero sucede que lo tenía ya escrito cuando un intercambio entre dos columnistas de El Nuevo Herald sobre el tema de los viajes a Cuba me persuadió de la necesidad de expandir mis notas.

No puedo compartir el criterio de que corresponde a los que viven en la isla expresarse y reclamar el cambio de esa legislación estalinista; y a los que viven en Estados Unidos les toca pronunciarse sobre las regulaciones sobre este tema en ese país. Esta es una discrepancia importante que tengo, en algunas ocasiones, con personas inteligentes y honestas que cuentan con todo mi sincero respeto.

Se trata de la defensa de derechos básicos que a todos nos pertenecen. Siendo cubano y viviendo en Canadá no creo que deba dejar en manos de los cubano americanos sus reclamos frente al gobierno de aquel país, ni pienso que ellos o los que residen en Cuba, por radicar yo en Ottawa, rechacen mi contribución a la defensa de derechos que asisten a todos los cubanos. Esto no supone que pretenda dictar lo que alguien debe hacer – sea fuera o dentro- a partir de lo que yo considero apropiado. Asumí la defensa de estas ideas desde que vivía en la isla y lo sigo haciendo desde Ottawa. Allá lo hice, de manera pública, –en una audiencia plenaria de la Asamblea Nacional en 1994 en la que pedí que suprimiesen los permisos de entrada y salida afirmando que “la Patria no se construye con rehenes” y lo reiteré poco después por escrito ante una comisión ad-hoc de la propia Asamblea. Como ciudadano cubano sigo afectado por la misma legislación ahora que resido en el exterior, y no pienso que debo dejar la defensa de mis derechos a quienes dejé atrás.

Lo que constituiría una torpeza es que cualquiera de nosotros, al partir de percepciones y prioridades diferentes, intente descalificar a quien no comparta las nuestras. De hecho creo que el pueblo cubano –al que todos pertenecemos- se beneficiaría más si aprendiésemos a complementarnos en nuestra diversidad, que persistiendo en el juego de las recriminaciones y la polarización que La Habana sabe siempre alimentar cuando mengua.

La Comisión Cubano-Americana pro Derechos Familiares tiene su propia visión y propuesta sobre este tema. Sus miembros apoyan el Proyecto de Ley H 757 que, según el texto presentado al Congreso de Estados Unidos en enero 31 del pasado año, levanta las prohibiciones de viaje a todos los ciudadanos de Estados Unidos y, entre ellos, a los cubanoamericanos que también sean ciudadanos o residentes en esa nación.

Consenso Cubano, sin tener una posición común sobre el levantamiento del embargo, -que no limitaba, hasta las regulaciones de Bush en el 2004, las visitas a Cuba de los cubanoamericanos-, ha fijado su posición dentro de esos límites. Su propuesta se concentra en pedir a EEUU y a Cuba que levante todas las restricciones de viaje a la isla de los cubanoamericanos, sean ciudadanos o residentes de ese país. A diferencia de la citada Comisión no reclama que se levante la prohibición de viajar a Cuba a los ciudadanos estadounidenses de otro origen.

Una diferencia central entre ambos grupos radica, por tanto, en si se debe o no mezclar el tema del embargo (al solicitar el fin de toda restricción de viajes a Cuba) con el de la de defensa de los derechos específicos de los cubanoamericanos.

También hay diferencias pragmáticas. Pese a que muchos de nosotros nos hemos opuesto siempre al embargo, es probable que no sean pocos los que estimen que mezclar ambos asuntos es contraproducente porque lograr un cambio en este tema requiere de un siempre incierto y prolongado proceso legislativo, mientras que la decisión ejecutiva de Bush en el 2004 apenas necesita de otro decreto presidencial que la revoque.

Sin embargo, los objetivos de ambas agrupaciones no son inevitablemente excluyentes aunque cada sector fije diferentes prioridades.

Lo que la inmensa mayoría de los cubanos de la isla y de afuera seguramente agradecerían es que se encontrase el modo de avanzar de forma complementaria en lo que se proponen, sin caer en el tradicional juego de zancadillas que tanto beneficia a las fuerzas del inmovilismo. No es una meta imposible.

Entonces, retorno a la interrogante de Bárbara: ¿qué hacer? Creo que el primer paso en la lucha por los cambios es derribar todos los muros que hoy separan al pueblo cubano. En ella, la comunidad de desterrados cubanos tendría mucho que hacer y decir.

Desde mi perspectiva, se hace necesario exigir la remoción de todas las trabas arbitrarias -se originen en La Habana o en Washington- que hoy obstaculizan los contactos, envío de paquetes y remesas, comunicaciones, intercambios y la reunificación de las familias. Ni más, ni menos. Ese es el modo eficaz de combatir el contrabando de personas y poner fin a las múltiples formas de violencia asociadas a la represión de estos derechos, de las cuales el hundimiento del Remolcador 13 de Marzo es la más emblemática.

En este tema coinciden no pocos disidentes, reformistas o simplemente inconformes en la isla, con todos aquellos de nosotros que no aceptamos la condición de desterrados. Por otro lado, para una elite que insiste en el uso de una anquilosada retórica de confrontación y se dedica a bloquear el acceso a Internet, censurar publicaciones y derribar antenas de TV satélite, nada sería más oportuno que una fraternal “invasión” familiar. Tumbemos todos los muros que hoy nos separan.

La defensa del derecho al libre movimiento facilita una alianza temática con una amplia gama de fuerzas dentro y fuera de Cuba, y permite hacer uso eficaz del potencial de movilización cívica que existe en el destierro cubano. No hay contradicción, sino complementariedad, entre estar dispuesto a buscar soluciones dialogadas con el gobierno de la isla sobre estos temas y generar la necesaria presión en la opinión pública para avanzar hacia su solución.

En términos psicológicos, que nuestra nación trascienda con el contacto directo los miedos sembrados a lo largo de cinco décadas equivale a lo que significó para los alemanes derribar el Muro de Berlín: el reencuentro como lo que somos, un solo pueblo.



Parque Jurásico en La Habana

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No sabíamos que Fidel Castro quedó tan motivado por el film Parque Jurásico que se decidió a escribir su propia versión del guión.

Si se leen con cuidado las “Reflexiones del Comandante” de las últimas semanas, no es difícil adivinar el posible monólogo interior de ese consultor de alto nivel recién contratado por la Asamblea Nacional, al finalizar la jornada del domingo. Debe haber discurrido, más o menos, de esta manera:

"Nada de gatopardos. Lampedusa es un tonto al lado de Spielberg. El problema no es cambiarlo todo para que nada cambie sino, simplemente, no cambiar nada. ¡Vivan los dinosaurios! ¿Normalizar relaciones con los imperialistas de EEUU? Ni hablar. ¿Mejorarlas con los tataranietos de los colonialistas europeos? De eso nada. ¿Reconciliarse con los que desterré y aceptar su cooperación al desarrollo? ¡Tremendo disparate! ¿Quién se creería después lo de la Mafia de Miami? ¿Cambios internos? Poco a poco y a poquito. Nada se puede ir fuera de control. Que todo lo discutan con mucha calma. Denme tiempo a morirme. ¿Debates con intelectuales y comunistas que se toman en serio lo que escribió Marx y Lenin? Dejen que Machado Ventura se encargue de eso. ¿Soltar mis presos? Están locos. A ellos y a Hilda Molina me los dejan donde están, a menos que me convenzan que hay una buena recompensa a cambio o es imprescindible pagar algún favor. Los gusanillos que sigan financiando, con sus remesas y el costo de las llamadas telefónicas, la ineptitud de mis ministros para mejorar la situación. Chávez que mande petróleo y haga lo que tenga que hacer para mantenerse en Miraflores. Y ahora: ¡a trabajar compañeros ¡Con disciplina, fe y unidad!!"

Conociendo la lógica y vocación injerencista del “retirado” más célebre y activo de la historia de Cuba, es por ello deplorable la decisión tomada por la Asamblea Nacional el pasado fin de semana:

"A propuesta de Raúl, quedó aprobado por el voto unánime de los diputados, consultar las decisiones de especial trascendencia, las vinculadas a la defensa, política exterior y desarrollo socio económico, con el líder de la Revolución Fidel Castro Ruz" ( Juventud Rebelde, 02/24/08).

Habrá que ver ahora qué es lo que “el compañero Fidel” considera una decisión trascendente sobre la cual deba ser consultado. A fin de cuentas, continúa siendo el Primer Secretario del PCC, que constituye el poder superior de la sociedad, según el artículo 5 de la constitución en vigor.

Por otro lado –todavía sin definir qué cosa ha de entenderse por socialismo- Raúl Castro reiteró que cualquier debate ha de enmarcarse exclusivamente dentro de ese sistema para luego afirmar:

“Es cierto que hay personas que hablan antes de informarse —puntualizó—, que demandan sin valorar si dicen algo racional o descabellado. Coinciden con los que reclaman derechos sin mencionar deberes. Como dijo Fidel: esperan milagros de nuestra porfiada y digna Revolución”. Recalcó que a esas personas «no le negamos expresarse, pero debe ser en el marco de la ley. No podemos ser extremistas, pero tampoco ingenuos. Debemos ser pacientes y brindar los argumentos necesarios, pero si alguien lo que pretende es presionar, con afán de protagonismo, ambición, demagogia, oportunismo, simulación, autosuficiencia u otra debilidad similar, hay que enfrentarlo resueltamente, sin ofensas, pero llamando las cosas por su nombre». (Juventud Rebelde, 02/24/08).

Muy bien. Es de agradecer tener las cosas claras. Con Machado Ventura juzgando si lo que se dice fue expresado “en el momento, modo y lugar adecuados”, -y se limitaba a observaciones sobre “el radio de acción” de quien se atreva a pedir la palabra-, ya todos sabrán a qué atenerse.

José Ramón Machado Ventura es la persona indicada para mantener a raya toda demanda que sobrepase lo que pueda ser tolerable en esta fase. Su promoción es un oportuno mensaje a los intelectuales y artistas apenas dos meses antes del congreso de la UNEAC: "ojo con lo que dicen, cómo lo dicen y dónde lo dicen, muchachos". Falta por ver si el genio vuelve a la botella.

Una vez más los líderes cubanos han mostrado mayor temor al cambio, las manos tendidas y las invitaciones al diálogo que al aferramiento al status quo y la confrontación.

Pero las arengas ovacionadas en el plenario de la Asamblea no tienen igual resonancia en los solares y los “llega y pon” de los migrantes internos. Tampoco en la mente de los jóvenes. Las actitudes arrogantes que destilan los discursos se corresponden con la percepción de inseguridad que aqueja a quienes los entonan. Las trincheras no resuelven conflictos, sino que invitan a su asalto. Y la vida tiene sorpresas. ¡Sorpresas que da la vida, sí señor!

Mirando la avanzada edad de los hermanos Castro, Machado Ventura y buena parte de la gerontocracia histórica, -apuntalada como una barbacoa de La Habana Vieja-, es bueno recordar la frase de un estudiante de Europa del Este cuando la dirigencia de su país se disponía a atrincherarse frente a los vientos de Perestroika: “Ustedes tienen todo el poder; pero nosotros tenemos todo el tiempo”.

Gústeles o no, para muchos de ellos esta es su última Asamblea.

La realidad cubana no está en el Palacio de Convenciones, sino quince cuadras más arriba, en el barrio marginal de “Palo Cagáo”. En lugares como ése es donde se gestará el cambio que no encuentre otro modo de canalizarse y no pueda esperar por los “estudios” del gobierno. Pese al remake del film de Spielberg que presenciamos el domingo, esa gerontocracia y los nuevos diputados tendrán que lidiar con la realidad que les circunda, o sufrir las consecuencias de pretender desconocerla.

A estas alturas, los discursos altisonantes y las promociones de dinosaurios no son más relevantes que el esfuerzo inútil de los camareros del Titanic por levantar las sillas del restaurante cuando el barco estaba a punto de hundirse.



¿De Fidel a Raúl?

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Algunas de las primeras reacciones a la noticia de la renuncia de Fidel Castro a ser reelecto por la nueva Asamblea parecen discurrir entre quienes consideran que el hecho es irrelevante y aquellos que son dados a magnificar su alcance. Hay una distinción entre la certeza de que la elite intentará, en lo adelante, cambiar todo lo que pueda para mantener su monopolio de poder y la pretensión de minimizar lo ocurrido. Suponer que, salvo el cambio de nombres en la cima del poder, todo permanecerá igual es una apuesta arriesgada.

Lo cierto es que la renuncia del Comandante en Jefe, permite que la nueva Asamblea Nacional respete la Constitución y sus propios reglamentos que exigen traspasos formales de esos cargos por razones de salud. Continuamos atravesando un periodo bisagra entre dos épocas. Parafraseando a Galileo diré que Cuba se mueve. ¿Hacia dónde? Esa es otra discusión.

Lo renuncia de Fidel Castro a ser reelecto crea situaciones nuevas:

  • Las demandas de la sociedad ahora se dirigen inequívocamente a Raúl Castro. La responsabilidad por lo que suceda –y deje de suceder- es inequívocamente suya. No hay excusas.
  • Retirado formalmente de sus cargos el líder de la fracción inmovilista –aun si retiene su influencia indirecta-, podríamos ser testigos del primer cambio en el régimen -que no equivale a decir “cambio del régimen”- del socialismo cubano. Pero los cambios en el régimen son también relevantes porque abren una lógica diferente a la impuesta hasta ahora por el inmovilismo.
  • Pero para poder realizar cambios reales, aunque se desarrollen todavía dentro del régimen, pasan a primer plano la necesidad de descentralizar institucionalmente el poder, -separando las funciones y liderazgos de la Asamblea, el Consejo de Estado, el Consejo de Ministros, la jefatura de las FAR y el MININT, y la dirección del PCC- y comenzar a tolerar el pluralismo de ideas y de propuestas de reforma desde ellas.
  • Al abocarse la sociedad a un cambio en el régimen, la discusión y definición de qué cosa ha de entenderse por “socialismo” se vuelve también relevante en esta nueva fase. Manejando de manera abstracta ese concepto, se ha pretendido, hasta ahora, excluir a muchos del debate e incluso se ha limitado el derecho de opinión de los propios adherentes a esa escuela de pensamiento que, sin embargo, no son partidarios del Socialismo de Estado. Si los cambios y debates son solo admisibles “dentro del socialismo” entonces la elite tiene que poner las cartas sobre la mesa: ¿Qué es para ellos el “socialismo”? ¿Cuál es su proyecto “socialista”?

Lo realmente importante es si el pueblo cubano se decide a ser de nuevo protagonista de su historia en lugar de esperar que ella ocurra. Lo deseen o no los miembros de la elite de poder, estamos en el inicio de una transición a la transición. La clave del futuro pasa ahora por la defensa de la autonomía de la sociedad civil y dos derechos básicos que le son inherentes: el de expresión y asociación.

Sobre el derecho a opinar que todos tenemos –más aun en las nuevas circunstancias- ya he escrito mi comentario de esta semana.



El derecho a opinar

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Arnold J. Toynbee, en su monumental estudio sobre las civilizaciones, afirmaba que un indicador de su decadencia es cuando las elites que las han dirigido en su ascenso no se renuevan. Pero “renovar” las elites –alertaba- no es la simple sustitución de algunos de sus miembros por otros más jóvenes que asumen como propias las mismas ideas y axiomas básicos que han regido hasta entonces.

Recordé esas admoniciones cuando leí el artículo escrito por un joven periodista cubano en el que reiteraba el añejo discurso oficial sobre los límites que han de regir el derecho a opinar. En Cuba hay que expresarse “en el momento oportuno, de la forma adecuada y en el lugar preciso”, recordaba a sus lectores. ¿Qué implica eso en términos prácticos?

Lo que constituye un derecho inalienable -ejercer la libertad de pensamiento y expresión- pasa, de ese modo, a ser una concesión: lo dicho puede o no ser tolerado por un poder que tiene la facultad de enjuiciar si se cumplieron las normas establecidas. Es la elite la que decide dónde, cuándo y cómo puede o no debatirse un tema. Aceptar ovejunamente ese inaceptable principio es el llamado que formula este joven periodista a medio siglo del cambio revolucionario de 1959, cuando ya son notorias las consecuencias de vivir amordazados.

Cierto: lo que ayer era prohibido puede no serlo mañana y viceversa. Recuerdo, por ejemplo, que al exhibirse por vez primera Fres a y Chocolate, el Coronel en el Comité Central a cargo de la custodia del pensamiento políticamente correcto de los ciudadanos determinó, entre patéticos ataques de histeria, que había que “desalentar ese debate” sobre la homofobia. Es presumible que ese mismo Coronel se muestre hoy comprensivo y meloso con Mariela Castro al discutir este tema. Pero el problema principal es que, mientras se hace finalmente posible analizar ese u otro asunto de manera casuística, “la regla de oro” de la mordaza continúa vigente y existen figuras delictivas lo suficientemente ambiguas (“propaganda enemiga”, por ejemplo) para asegurar que sea respetada.

El pasado día 13 el canciller Pérez Roque declaró lo siguiente a propósito de la ya próxima visita del Cardenal Tarcisio Bertone, alto representante de la Santa Sede, a Cuba: "No vemos de ningún modo que la existencia de puntos de vista diversos, incluso distintos sobre algunos temas, pueda ser obstáculo para un diálogo y una comunicación respetuosa con la Santa Sede y la Iglesia Católica en Cuba". Que bien. Lástima que todavía no esté preparado el gobierno para asumir igual actitud hacia su propio pueblo y el destierro, sin exclusiones ni temas tabú.

Los “cubanos de afuera” no somos invitados a opinar en los actuales debates cualesquiera que sean nuestras preferencias ideológicas, que incluyen un abanico de posiciones socialdemócratas, democratacristianas, liberales, conservadoras, proclives al diálogo con el gobierno u opuestos a ello, simpatizantes de una estrecha alianza con Estados Unidos o renuentes a la ingerencia de cualquier potencia en los asuntos internos del país.

El requisito insoslayable para acceder al actual debate sobre el porvenir es la incondicionalidad al poder actual. Lo que se exige no es, en realidad, la afiliación ideológica al socialismo, sino la disposición a proponer –y aceptar- cualquier cambio siempre y cuando se asegure con ellos el monopolio del poder por la elite. ¿Se imaginan si en los debates presidenciales de EEUU pudieran opinar exclusivamente los simpatizantes de los republicanos o si en España solo se tolerasen quejas “constructivas” a la gestión de gobierno provenientes de los afiliados al PSOE? Los derechos humanos son eso: derechos inalienables de las personas, llámense George Bush, Fidel Castro, Santa Teresa de Calcuta o sean estudiantes en la UCI. No son otorgados por méritos o afiliaciones ideológicas, como puede asignarse una casa en Varadero o una mesa en Tropicana.

Tanta es la alharaca intimidatoria que arma el gobierno cuando abrimos la boca que no falta quien, angustiado, nos pida silencio para evitar que un gesto de simpatía hacia algún argumento expresado dentro de Cuba sea tomado como pretexto para cerrar el todavía precario monólogo con las autoridades. La autocensura de quienes estamos fuera sería, según ese criterio, una forma de solidaridad hacia los que están dentro.

Sin embargo, algunos de nosotros aprendimos –después de varias “aperturas” y cierres a lo largo de medio siglo- que habrá libertad para todos o no la habrá nunca para nadie. No es factible, como parecen creer todavía algunos, limitar los derechos democráticos a los simpatizantes del socialismo mientras se persigue a sus detractores. La sociedad es plural y así han de ser los representantes de sus opiniones e intereses.

El siglo XX esclareció hasta la saciedad los resultados prácticos de aceptar el axioma del “centralismo democrático” dentro del partido y la sociedad: “Hoy vienen por ellos; mañana vendrán por ti”. Quien desee un socialismo que le permita ejercer el derecho a opinar debe saber que es su obligación defender igual principio a favor de todos los que no compartan su visión. Más de dos centenares de personas permanecen todavía en cárceles cubanas por defender el derecho de todos –incluido el de los comunistas- a expresarse sin subterfugios ni máscaras.

En mi comentario La Asamblea Bisagra recordaba la incapacidad de Gustav Husak para responder una pregunta clave cuando, en su última conferencia de prensa, anunciaba la caída del socialismo checo. Pues bien, tengo una sugerencia para quienes me leen desde Cuba: formulen ahora la misma interrogante a Raúl Castro.

Si el límite infranqueable para expresar opiniones y formular propuestas es que ellas deben quedar claramente delimitadas por la aceptación del principio de que se hacen para fortalecer el “socialismo” entonces debe clarificarse qué entienden por ese concepto. Hasta ahora no hay indicios de que la elite de poder esté preparada para respetar el derecho a la libertad de pensamiento, expresión y asociación de la sociedad civil, si bien pudieran ahora mostrarse más abiertos a las libertades de empresa o movimiento. Su criterio de socialismo y el límite a cualquier apertura parece definirse bajo el esquema de “con nosotros todo; sin nosotros nada”. Solo aceptando a priori ese principio es posible formular una opinión. Si considerasen esta valoración inexacta o injusta deben decirlo.

La elite de poder –como mínimo- está en el deber de decir a los militantes comunistas (que aguardan desde 1997 un congreso), a los funcionarios y diputados (a quienes mantienen en igual zozobra e incertidumbre sobre lo que pretenden hacer), a la población, (a la que acaban de convocar a “votar unida” bajo un sistema monopartidista sin libertad de expresión o prensa), y a los casi dos millones de desterrados a los que nos han impuesto una “salida definitiva” del país y excluyen de estas discusiones: ¿Qué entienden por socialismo? ¿Cuál es su proyecto? Al menos de ese modo sabremos, finalmente, el alcance exacto de lo que se propone discutir y lo que se pretende excluir –y reprimir- en esta nueva “apertura”.



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Sobre este blog

La sociedad cubana ante el cambio

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Autor: Juan Antonio Blanco

Juan Antonio Blanco

Juan Antonio Blanco Gil. (Cuba) Doctor en Historia de las Relaciones Internacionales, profesor universitario de Filosofía, diplomático y ensayista. Reside en Canadá.
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