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La sociedad cubana ante el cambio

Autor: Juan Antonio Blanco

Juan Antonio Blanco

Juan Antonio Blanco Gil. (Cuba) Doctor en Historia de las Relaciones Internacionales, profesor universitario de Filosofía, diplomático y ensayista. Reside en Canadá.
Contacto: jablanco@rogers.com

 

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Diálogos y discusiones

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Términos como discusiones y diálogos, si bien pueden resultar relativamente intercambiables en su empleo coloquial, tienen contenidos diferentes cuando nos referimos a ellos como metodologías para abordar situaciones de conflicto.

Bárbara nos dice en su último mensaje:

Muy buena la teoría...no es sorna, de veras. Pero ¿cómo?, ¿cómo?, ¿cómo se puede lograr el diálogo con aquellos que quieren aplastar a los demás? Y lo más importante ¿cómo lograr el diálogo? si usted mismo reconoce que el factor cultural es importante...y nosotros no somos suecos, ni canadienses.

Creo que el primer paso es no confundir el diálogo con la discusión, polémica o debate.

Las polémicas son ejercicios en las que cada parte tiene creencias que considera “suficientes” en el sentido de no pensar que aquellos que no las comparten puedan tener tan siquiera un argumento que valga la pena tener presente.

Los debates están orientados a “ganar” la polémica y “derrotar” los criterios que no se comparten. Para alcanzar ese objetivo se emplean diversas técnicas como son –entre muchas otras- las de descalificar al emisor del otro mensaje (así no se tiene necesidad de considerar seriamente sus argumentos), tergiversar lo que el otro ha afirmado y atribuirle afirmaciones que no ha hecho, movilizar las emociones del público en lugar de su raciocinio o desviar la discusión hacia otros temas.

En Cuba el diálogo es hoy casi inexistente, mientras que la famosa “batalla de ideas” tiene más que ver con la movilización de masas y emociones que con una polémica, porque se publicitan los argumentos propios y apenas se muestran los del oponente.

Por otro lado, las expresiones de una parte de los comentaristas en estos blogs son un excelente material para el estudio de las prácticas que aludimos anteriormente. La libertad de expresión de la que gozamos en el exterior es empleada a veces para debatir, otras para vociferar, rara vez para dialogar. Basta con analizar el lenguaje y los recursos empleados en algunos de esos textos para percatarse de que no pocos de sus autores son personas que favorecen los debates de naturaleza más destructiva. El culto a la intransigencia, la percepción maniquea de la realidad, la pretensión de suponer que se monopoliza toda la verdad, siempre ha estado presente en ideologías diferentes y hasta contrapuestas.

No se trata de que las polémicas o debates sean innecesarios o que quienes se enfrascan, a veces pasionalmente, en ese ejercicio lo hagan siempre por motivos dudosos o cuestionables. El punto es que las polémicas, si bien sirven para contrastar criterios, resultan insuficientes e inapropiadas para la resolución de conflictos. En especial porque no constituyen mecanismos de comunicación, sino torneos de oratoria para vencer a un oponente. Su resultado es a menudo incrementar los niveles de incomunicación y rencor en lugar de reducirlos. Por lo demás, es sabido que ciertos argumentos pueden ganar no por sus propios méritos, sino por la elocuencia persuasiva del orador al aplicar las técnicas antes mencionadas. Esto no debiera ser de difícil comprensión para los cubanos dada nuestra historia reciente.

El diálogo es otra cosa. Tiene objetivos, premisas y técnicas radicalmente diferentes a los empleados en los debates y polémicas. En estas últimas se escuchan cuidadosamente los argumentos del adversario con el objetivo de buscar sus lados débiles para luego atacarlos y salir “vencedor” ante la opinión pública. Si se encuentra un solo punto vulnerable en la exposición del oponente se cuestionan, a partir de él, todos sus argumentos. En los diálogos, por el contrario, se intenta identificar y entender cuáles son los supuestos, creencias, experiencias, percepciones y necesidades legítimas del otro para tomarlos en cuenta, o incluso aprender algo de ellos, no para “vencerlos” frente a terceros.

El diálogo entre partes en conflicto es posible cuando ellas han llegado a la conclusión de que la victoria absoluta sobre su adversario es incierta, improbable o imposible. Mientras las dos partes no están persuadidas de que el diálogo es su mejor alternativa no es factible ponerlo en marcha.

En el diálogo no se busca “vencer”, sino encontrar fórmulas pactadas para el manejo del conflicto que atiendan aquellos intereses de las partes que puedan ser considerados legítimos. Aquí “ganar” es encontrar salidas satisfactorias a las partes. La victoria es encontrar un modo en que todos ganen.

Sin embargo, siempre hay un tipo de participante en esos diálogos que es necesario aislar. Ellos no admiten el diálogo por lo que hay que asumirlos desde la polémica. Se les conoce por “aguafiestas” o “saboteadores”. Son individuos o grupos a quienes la permanencia del conflicto sirve mejor sus intereses. Pueden predominar en alguna de las partes, o estar presentes en todas a la vez. Estos inmovilistas ejercen una influencia negativa cuando intentan obstaculizar todo diálogo en nombre de la supuesta pureza de sus principios para así evitar que sus colegas lleguen a soluciones. Una de sus técnicas ante todo intento de diálogo consiste en polarizar a los participantes y atrincherarlos en su aprendida intransigencia. Identificar y desenmascarar –oportunamente- a los saboteadores del diálogo es imprescindible para ambas partes de un conflicto. Aquí la polémica con esos personajes se nos presenta como recurso inevitable.

Una “incidental”: Las recientes asambleas en Cuba para analizar el estado de la sociedad y recibir propuestas para “mejorarla” no llegan a clasificar ni como polémica ni como diálogo. El modo en que fueron diseñadas no supone una interlocución con las autoridades, sino un monólogo en su presencia. El que en esas circunstancias intentase una polémica podía quedar como un boxeador haciendo sparring con su sombra, y quien buscase un diálogo pudo ser confundido con una versión actualizada del Caballero de Paris.

La dirigencia cubana abrió la posibilidad de expresar opiniones y formular propuestas sobre ciertas zonas de la realidad (hay temas tabú), de manera fragmentada (no se hace público el contenido de las reuniones) y controlada, (al insistir en la imposición de axiomas inapelables y afiliaciones ideológicas excluyentes como límites infranqueables para poder participar). Eso no quiere decir que el proceso fuera irrelevante; no lo fue, pero ese es otro tema.

Tampoco alcanzan la categoría de diálogo las reuniones celebradas en La Habana en años recientes con la suavemente llamada “comunidad cubana en el exterior”. Lo que mas asemejó un diálogo fue el proceso de intercambios que culminó a fines de la década de los setenta en la liberación de unos 3,600 prisioneros políticos y la flexibilización para permitir que los cubanos en el exterior pudiesen viajar a los familiares en su patria con regularidad y viceversa. Las posteriores reuniones no se han acercado en calidad -aun teniendo presente sus limitaciones- a la que tuvo lugar hace casi treinta años.

Describir esas reuniones como encuentros de la Nación y la Emigración es ya una falacia. Las diásporas son siempre parte de la nación. Nacionalidad y ciudadanía pueden coincidir o no, pero no son conceptos equivalentes. Por otra parte, no es posible que una parte decida la sede, la lista de invitados, el contenido de la agenda, controle los micrófonos, y luego afirme que hubo un diálogo. Eso no quiere decir que sean criticables quienes se han asomado a esos espacios en un esfuerzo, loable aunque hasta ahora infructuoso, por transformarlos en un genuino intercambio de pareceres y perspectivas.

Las guerras se ganan en el campo de batalla. Los conflictos se resuelven en las mesas de diálogo. Después de invadir y ocupar exitosamente a Afganistán e Irak, Estados Unidos ha venido a reconocer, años y muertos mediante, que el conflicto no quedará resuelto sin lograr la reconciliación nacional. Se han iniciado conversaciones, diálogos y alentado pactos –algo hasta ahora “impensable”- con diferentes grupos étnicos y tribales que han venido enfrentando, de manera mortífera, a las tropas de Estados Unidos en esos países.

Las dos últimas guerras civiles que atravesó la nación cubana (1952 – 1959 y 1960 – 1965) concluyeron desde el punto de vista militar, pero no se ha dado solución definitiva a la raíz del conflicto endógeno: la necesidad de compatibilizar las instituciones democráticas con un tipo de desarrollo nacional socialmente inclusivo. ¿Por qué no probar el diálogo en las actuales circunstancias?

Cuando se aísla a quienes en ambos bandos tienen interés personal o de grupo en mantener el conflicto se hace viable su solución. Una vez neutralizados quienes intentan sabotear el diálogo se hace factible el uso de la herramienta que, para sobrevivir, tuvo el homo sapiens: la capacidad de comunicarse por medio del lenguaje. Los cubanos comenzamos a adentrarnos en un tiempo en que las palabras dejarán de ser armas arrojadizas de la "batalla de ideas" para devenir en vehículos de interlocución.

En mi comentario de la pasada semana mencioné al Dr. Lino B. Fernández, quien estuvo preso por diecisiete años. Hoy tengo la oportunidad de presentarlo en el video que aparece a continuación. Este corto forma parte de una serie de mini entrevistas con criterios de varias personas acerca de la noviolencia, el diálogo y la reconciliación.

Decenas de miles de cubanos desde 1959 lucharon –de manera política o violenta- por defender el derecho a discutir y decidir, de forma pública y transparente, el camino que convenía emprender al país en aquellos momentos. Por ello sufrieron prisión, cuando no encontraron la muerte o tuvieron que exiliarse. Muchos trabajan hoy por la transformación gradual, pactada y no violenta de la sociedad cubana. Las visicitudes de Lino y su esposa Emilita, atrapados por la lógica implacable de aquel capítulo de la historia de Cuba, ha sido recogida ahora en forma novelada bajo el título Fighting Castro: a love story (2007).


10 Comentarios


5 por Reinaldo Alvarez (Usuario no autenticado) 19/12/2007 2:40

Voy a hacer dos confesiones: yo trabajé para el régimen. Usted dirá, eso lo pueden decir también cinco millones de cubanos, desde el cazador de cocodrilos hasta el chofer de una funeraria. Pero yo trabajé para el régimen porque mi “categoría laboral” figuraba como “dirigente”. Sí, fui jefe de un departamento de uno de los ministerios del sistema. No es que fuera un tipo importante, nunca lo fui. Yo no tenía tarjeta en CIMEQ, ni casa en Varadero, o vacaciones en los centros de descanso del Partido, y mucho menos viajes o acceso a dólares. Pero eso no quita peso a mi afirmación.

Cuando decidí que no quería seguir sirviendo al régimen me tuve que ir de Cuba –y fíjense que digo “quería”, no fue como el caso de otros compatriotas que tomaron la decisión cuando no “podían”; dicho en cubano: cuando cayeron en desgracia.

Después de una larga cadena de planes y percances, por fin me quedé en la inhóspita ciudad de Halifax en medio de un invierno todavía más inhóspito. No fue fácil. Todavía me tomó un par de años más poder visitar a Miami por primera vez.

Y aquí va la segunda confesión: tenía miedo de Miami. Se hablaba tanto en Cuba de la intolerancia y la mafia de Miami que algo había penetraddo en mis neuronas: allá se pintaba como una monolítica fuerza reaccionaria. Y es por eso que Miami me sorprendió: no era lo que esperaba. Me atrapó desde el primer momento con su diversidad. Es cierto que se oyen cada cosa... ¡esas estaciones de radio! Pero también se vive la cubanía a cada minuto –más allá del sándwich cubano, la cascarilla y la escoba amarga, hablarse a gritos y la música a todo volumen-, y, sobre todo, se respira la solidaridad. A nadie le quepa dudas que existe una comunidad cubana. Hay muchas teorías del porqué del éxito de los cubanos en Miami, qué si el espíritu emprendedor, o qué si la educación. Creo que todos esos factores influyen, pero la solidaridad es sin lugar a dudas uno de ellos. El tío que fue renedado por la familia de la isla por años, recibe al sobrino excomunista. La ayuda de casi desconocidos para encontrar el primer trabajo... Pero a lo que quiero llegar: de todo lo que vi, lo que más me pasmó, fue cuando conocí a aquellos cubanos que sí habían sufrido de verdad, los que perdieron años de su juventud entre rejas, y casi todos mostraban una actitud reconciliadora hacia otros cubanos que –como yo- habían servido al régimen.
Por otro lado, me llamó la atención que algunos de los que vociferaban mayor intransigencia habían sido antes parte de la cúpula del régimen o sí habían recibido beneficios del sistema. ¿Estaban haciendo méritos para una nueva carrera, está vez “contrarrevolucionaria”? ¿Quién sabe? Eso lo tienen que contestar ellos.

Por último, yo no conozco a Lino por eso quiero felicitarlo desde este blog. Su postura nos hace mejores a todos. No quiero parecer como esos alemanes que afirmaban: Yo no sabía de los campos de concentración. De veras que yo no sabía de las torturas a los presos, y cuando me llenaba la boca para afirmarlo era porque lo creía de verdad. Como Lino creo que la violencia es un mal que hay que extirpar.

Ahora, otro asunto. He leído el intercambio con El Censor y como él, me asaltan dudas. ¿Excluir del diálogo? ¿Y quién le pone el cascabel al gato? ¿Cómo se decide quien es excluible? Como le dije soy alérgico a las regulaciones. La Revolución empezó excluyendo a las empresas extranjeras, después a los propietarios, luego a los dueños de un simple timbiriche –como mi abuelo, quién tenía una quincalla-, también a los homosexuales, y no sigo porque la lista sería muy larga. Lo que quiero decir es que no gusta el concepto de que un “saboteador” tiene que ser excluido. Más allá del ejemplo de Fidel, me dan temor las exclusiones. No me entienda mal. Comprendo que tiene razón y hay "saboteadores"; pero surgen dos dudas: ¿cómo identificar a un "verdadero" saboteador? y ¿quién toma la decisión de aislarlos?

4 por Juan Antonio Blanco 18/12/2007 22:23

Estimado Censor:

Nadie lo ha cuestionado, descalificado o excluido de este intercambio. Lo que usted, al parecer, ha tomado como una alusión personal son razonamientos referidos a una anterior pregunta suya: ¿Es posible dialogar con todos? Excelente interrogante. ¿Era, por ejemplo, posible dialogar con Hitler? Mi respuesta es negativa.

Los intransigentes, sin embargo, no son una gavilla de malvados. Muchos, quizás la mayoría, son honrados y decentes, que en unos casos tienen, y en otros creen tener, buenas razones para serlo. Pero cuando personas decentes se dejan llevar por la intolerancia pueden cometer acciones indecentes y criminales. Con ellos es necesario dialogar. Por eso Lino y yo pensamos igual en estos temas. Pero más importante es que hoy luchamos juntos por ese cambio hacia un país con techo común. Yo, sin conocer su identidad, no dudo de su decencia y buena voluntad al participar en este espacio. ¿Qué importa entonces si no coincidimos en algo o en mucho en nuestros intercambios?

Pero hay otros que, más que intransigentes, son intolerantes por razones oportunistas, para promover sus ambiciones e intereses personales. Con estos es necesario polemizar; sea con Fidel Castro o con un político del exilio que padezca igual inclinación. Y polemizar es restarle razones y desenmascarar sus propósitos.

Hitler se valía no sólo de argumentos criminales e irracionales, como el antisemitismo, sino de otros atendibles respecto a las intolerables condiciones impuestas a Alemania por las potencias vencedoras en la I Guerra Mundial. Así movilizó la identidad y el resentimiento nacionalistas, que, -Reinaldo nos recordó en carta anterior-, son de central importancia en estos procesos. Siempre fue un “aguafiestas” y “saboteador” de toda solución diplomática o política que había que denunciar –y aislar- en lugar de apaciguar.

Los que se negaron en su momento a escuchar y ofrecer un diálogo acerca de las razones del resentimiento sembrado en el pueblo alemán contribuyeron, en no poca medida, a la carrera ascendente de Adolfo Hitler. Después sólo quedaba la opción militar para poner fin a su pesadilla.

Pero Hitler no fue vencido en mayo de 1945. A partir de entonces se hizo necesario abordar las causas originarias del apoyo popular al régimen nazi. También hubo que enfrentar las consecuencias colaterales de haberse visto obligados a recurrir a la guerra para darle fin: la división de Alemania y el ascenso de otro régimen totalitario en la RDA.

Faltaría a la verdad si no le dijese que he pensado que en sus mensajes empleaba un tono y enfoque que considero injusto. Usted, por su parte, parece haberse sentido agraviado por mí en alguna ocasión. Le aseguro que nunca ha sido esa mi intención, pero si ese fue el resultado le presento mis sinceras excusas por ello. El otro ángulo, mi percepción sobre sus comentarios, me gustaría poder conversarlo con usted en privado. Mi e-mail está disponible en este blog y, si me escribe, estoy dispuesto a facilitarle mi número de teléfono.

Si no intercambiamos otro mensaje antes, le deseo de corazón unas muy felices pascuas y un excelente año 2008. Espero que nos siga acompañando.

Reciba un abrazo fraternal,

Juan Antonio Blanco

3 por el censor (Usuario no autenticado) 18/12/2007 18:00

¿Y si “identifica”, “desenmascara” y “aísla” del diálogo a los que denomina como saboteadores, negativos, inmovilistas, obstaculizadores, interesados, intransigentes, polarizados y aguafiestas (¡y todas esas descalificaciones en un sólo párrafo!), cómo va a construir “el techo para todos” que propone el Dr. Lino B. Fernández en el video que tuvo el descuido retórico de insertar?

La eliminación y el silencio de lo inconveniente bien pueden ser medios para establecer la monología pero no el diálogo. Sería deshonesto si le deseara buena fortuna en su empresa, pero por decencia ante su despido me retiro de los comentarios, aunque reconozco que me mueve la prudencia de no dialogar de rodillas ante la censura, ¿o debo decir el “cierre”?.

2 por Barbara (Usuario no autenticado) 18/12/2007 18:00

Cuando empecé a leer las condiciones que propone para el diálogo me dije: este hombre está loco. Todo está muy bien en teoría pero me preguntaba: ¿eso es posible entre cubanos? Pensaba que la proposición es buena, pero por otro lado supuse que era algo similar al paraíso: una concepto sin confirmación porque nadie ha regresado para contarlo. Realmente estaba algo decepcionada con la propuesta de diálogo. No porque no me pareciera bonito, sino por no ser realistica.
Entonces vi el video de Lino Fernández que me trajo un rayo de esperanza. Como dicen allá: Es posible un mundo mejor. ¡Felicidades Lino! Yo no se como habría actuado si hubiese pasado por lo que tú pasaste. No lo se. Creo que la actitud de Lino requiere de mucho coraje, mucho más que andar clamando por venganza. Creo que veo en él un verdadero espíritu cristiano. Lino fue el complemento imprescindible para su comentario, de no ser así todo hubiera quedado en una bonita teoría. Sin embargo, creo que la justicia es necesaria, no la venganza: la justicia. ¿Se puede dialogar con los que tengan las manos manchadas de sangre? Lino dice que no guarda odio a su carcelero, pero ¿podría dialogar con él?

1 por Luz que alumbra (Usuario no autenticado) 18/12/2007 15:20

Excelente post. Excelente Lino Fernández. ¡Ese es el camino!


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