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    La sociedad cubana ante el cambio

    Autor: Juan Antonio Blanco

    Juan Antonio Blanco

    Juan Antonio Blanco Gil. (Cuba) Doctor en Historia de las Relaciones Internacionales, profesor universitario de Filosofía, diplomático y ensayista. Reside en Canadá.
    Contacto: jablanco@rogers.com

     

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    El Tono... en el poscomunismo, II

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    Una de varias largas sobremesas. Los anfitriones preguntan lo ineludible: ¿qué hay con Cuba? Les ofrecemos síntesis.

    Hay sentados a la mesa rusos de edades distintas: algunos vivieron de lleno la era soviética. También hay jóvenes que no conocen más que el poscomunismo. Los segundos muestran su sorpresa y su asco. Los primeros repiten una y otra vez: «Aquí tuvimos eso mismo». Los jóvenes los miran incrédulos. Les cuesta creer que sus padres alguna vez vivieran bajo régimen tan humillante. Pude ver un guiño que le hacía una muchacha a su madre. Un guiño intergeneracional, digamos. Quería decir: «Sé que lo dices para complacer a los invitados cubanos». Costaría mucho convencer a esa muchacha que inquiere por cierta selecta joyería de Barcelona de que sus padres alguna vez vivieron como viven hoy los cubanos en Cuba.

     

    Desandamos el Bulevar Gógol hasta la Catedral de Cristo Salvador. En medio del Bulevar, hay un monumento a Shólojov. Una curiosa intervención hipertextual.

    Al fondo, la Catedral y su peculiar asiento en la historia de los desmanes del comunismo y el poscomunismo. La catedral, recordarán los avisados, se erige sobre terrenos en los que hubo un templo prerrevolucionario arrasado por los comunistas. En ese emplazamiento iba a levantarse aquel elefantiásico Palacio de los Sóviets rematado con un Lenin descomunal. Durante el deshielo y desechado el engendro, lo que iba a ser piedra fue agua: una piscina enorme. Alguna vez me bañé en ella.

    A. y D., encantadores y solícitos, nos acompañan. A D. la obligan a cubrirse los hombros para entrar al templo. La mayoría de las mujeres se cubre la cabeza con pañuelos, mientras hacemos cola para pasar el arco de seguridad. (¿Cuántos arcos de seguridad hay en Moscú? Los hay para entrar a muchos restaurantes. «Y los clientes lo agradecemos», me dice alguien. «Nadie quiere verse en medio de un tiroteo en plena cena».)

    Adentro, un extraordinario paisaje de la fe. Hay gente humilde, humildísima, que besa los iconos con fervor. Gente venida de lejos, desde esa Rusia poscomunista que es la Rusia de siempre: gente de provincias que puebla la literatura rusa.

    Hay también mujeres -cuento muchas-, de una belleza descomunal. Una belleza de la que tres cuartos es pura genética y el cuarto restante la que concede el lujo.

    Cubiertas para sortear el celo de los cancerberos del templo, ya adentro los chales que disimulan su erotismo se deslizan hasta los codos y dejan asomar los escotes.

    El espectáculo, bajo las cúpulas, entre los iconos y el olor a incienso, es desasosegante. Intento concentrarme y admito mi derrota.

    Le sucede a mi bien vaga pulsión pía lo que al proyecto del Palacio de los Sóviets. Sucumbe ante apremiantes dificultades para concretarse.

    En ambos casos, la clave está en la erección, o su amago.

     

    Admiramos Moscú. Escrutamos el célebre edificio de la ignominia, al otro lado del Kremlin. El mismo que supo del horror, donde se lo soñó y se lo perpetró. Y se lo padeció. Un edificio lleno de sangre.

    Ahora lo remata el estandarte de la Mercedes Benz. No puedo decir que se trate de un acto de justicia histórica. Pero sí de un hecho de mera historia. La longue durée tiene en ese tejado un buen testimonio de la aquietante certeza que ofrece la espera.

    Ahora las cruces del templo alguna vez arrasado dibujan un mismo paisaje con el emblema de la eficacia alemana.

    Tampoco ha sido un proceso indoloro, por cierto.

     

    En otra sobremesa. Se menciona la guerra de Angola y un joven pregunta que qué guerra fue aquella. Me llega apagada la explicación que le da su abuelo: «Una guerra en la que nosotros (los soviéticos) pusimos los oficiales y Fidel los soldados.»

    Entre explicar la campaña cubana de África y elegir entre un canapé de caviar rojo y otro de caviar negro, opté por lo segundo. Y elegí –creí que el tema lo exigía- las huevas negras. Después degusté trozos de beluga y me repetí la voz «tilapia». Ay, ¡ese trasvase sí que resultó imposible!

     

    Es lunes. M. tiene la mañana ocupada en reuniones de negocios. Me voy al Kremlin a visitar los jardines y cartografiar ese paisaje que necesito para el libro en el que trabajo. Paso unas tres horas deambulando por allí y tomando notas y fotos.

    Salgo del Kremlin, tomo el metro para ahorrarme una caminata y me bajo en la antigua Avenida Kalinin, ahora Novi Arbat. Compro demasiados libros en el Dom Knigi –entre lo mejor, extraordinarias ediciones de Dovlatov. Se me ocurre subir andando hasta los Patriarshie Prudi –los de Máster y Margarita- y echo a andar hacia allá. Apenas abandono Novi Arbat me topo con la casa donde vivió Lermontov. Tomo más fotos.

    Continúo andando. Avanzo por las callejuelas del Moscú del s. XVIII. Un tipo ojeroso –apenas dormí en Moscú y ojeroso soy ya de fábrica-, con inequívoca pinta de forastero –a estas alturas de mi vida la tal pinta la tengo en todos los lugares del mundo, salvo quizás en Manhattan.

    Recuerdo perfectamente ese barrio y se despiertan rutas en mi memoria, casi 20 años después. El bouquiniste que prefería, la Biblioteca de literatura extranjera donde leí por primera vez a Borges o Vargas Llosa, a Orwell o a Milosz…

    Hay cámaras por todos lados. Casi tantas como árboles. Hay tipos en las esquinas con armas apenas disimuladas bajo americanas de Hugo Boss. En los tiempos soviéticos, sabía que me vigilaban cuando me movía por allí. Nos vigilaban a todos. Muchas veces me requirieron la documentación y yo mostraba mi permiso de residencia. Extranjero y cubano: sin lío: un muchachito inocente. Un kubinietz. Aquella selectiva vigilancia de los comunistas que entonces no me afectaba demasiado.

    Ahora siento que me muevo en otro territorio: soy un turista español de origen cubano que vaga por un barrio en el que no se lo espera. Extraviado, paso por segunda vez por una misma esquina. Uno de los tipos trajeados se lleva la mano a la pechera y habla al micrófono de su celular mirándome fijamente. Por mero reflejo vuelvo la vista hacia la otra esquina y veo a otro guardia de seguridad que avanza hacia mí también con la mano bajo la chaqueta. Adivino que lleva un arma larga.

    Me doy la vuelta y me encamino de vuelta a Novi Arbat. Abandono la zona de peligro.

    Mientras me como un plov pasable en Shishik, Novi Rabat con Sadovoye, y ojeo mis compras, no dejo de preguntarme si el problema está en que fui demasiado pendejo o en que la vigilancia del poscomunismo es todavía más inquietante que la del comunismo.

     

    Me reúno con algunos de mis compañeros de curso en el MGIMO. Hablo por teléfono con algunos otros que no han podido acudir a la cita. Son prósperos empresarios poscomunistas. Recordamos el pasado, nos contamos el presente de cada uno, nos citamos aquí o allá -en Moscú o Barcelona, en Ginebra o Miami-, ahora que nos hemos reencontrado. Hablamos también, cómo no, de geopolítica.

    Antes convivimos en un mundo que ya no existe. Lo recordamos. Nos recordamos.

    La tara juntada al topónimo «Cuba», vista sobre el fondo del poscomunismo, tiene tanto de monstruoso como de risible.

    Ya en Barcelona, esta noche, un mensaje dejado en mi contestador por vocerita vocinglerita del Consulado de Cuba aquí me retrotrajo de golpe a la anomalía que padecemos. Al odio, al avasallador odio de los castristas.

    Pero esa es otra historia. Definitivamente es otra historia y no es cosa de manchar este post con ella.


    El Tono... en el poscomunismo

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    Tras dieciocho años sin pisar Moscú, una ciudad donde viví algo más de siete años, tengo la extraña sensación de visitar una ciudad que no existe en realidad y me habla de un pasado que tampoco tuvo lugar. Un viaje al pasado puede ser también un viaje a la utopía.

    «¿Se te parece al Moscú que recordabas?», me pregunta el chofer que me recogió en el aeropuerto cuando avanzábamos por la Carretera de los Entusiastas. «Me recuerda a Brighton Beach, la Little Odessa de Nueva York», le digo.

    Luego, el presente de una ciudad me recuerda al futuro que soñaban para ella quienes la abandonaron en el pasado.

    Moverse por el poscomunismo y mi memoria del socialismo real es viajar a saltos.

     

    Tomo notas que me desconciertan.

    Es mayor el desconcierto que me embarga al anotarlas en el cuaderno y releerlas después, que el que me produce asistir al paisaje de Moscú y al paisaje interior de mi reinserción en la ciudad.

    Van pasando las horas y activándose un instinto animal que me hacía moverme ayer, volviendo a medianoche de una dacha en las afueras, como si los dieciocho años que separan a aquel muchacho moscovita que vivía aquí antes del tipo que elige ahora qué línea de metro tomar, qué pasillo para cambiar de una a otra, a qué andén correr porque se le escapa un convoy, no hubieran transcurrido.

    Un automatismo que, no obstante, no produce en mí sensación alguna de rejuvenecimiento o alegría.

    Más bien me resulta tedioso.

     

    «Pero ¿no te sientes feliz de estar aquí?»

    «Enormemente feliz», respondo. «¿Quién ha dicho que constatar la universalidad del tedio no sea un extraordinario motivo de felicidad?»

     

    Además, ahí está el viejo Moscú. Las viejas calles, los recónditos patios. Me asomo a algunos, a pesar de que ahora, privatizados, resultan menos accesibles.

    Ese viejo Moscú vuelve a ser el prerrevolucionario, el Moscú precomunista. Setenta años de dictadura del proletariado no hicieron más mella en él que la piqueta poscomunista.

    Un dato que, en el imaginario libro de cuentas de la historia, uno no sabe si anotar en la columna de los haberes o en la de los deberes.

     

    De contra:

    Aviso: la conexión a Internet desde el hotel es lenta. Extraordinariamente lenta y endiabladamente cara.

    Todo es endiabladamente caro en esta ciudad, como durante tanto tiempo todo fue extraordinariamente lento.

    Intentaré, sin embargo, continuar subiendo notas para los lectores de El Tono de la Voz.

     

    De recontra:

    Un grafitti en la pared lateral del Museo Pushkin. Reza: "Socialismo o Muerte".


    Comentarios precisos

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    «No permitamos jamás que los traidores visiten después el país para exhibir los lujos obtenidos con la infamia», escribió Fidel Castro.

    Uno podría entretenerse juntando palabras sobre su carácter rencoroso, sobre la sensación de derrota que experimenta, sobre la naturaleza perversa de la revolución, etc., etc. Armar párrafos y párrafos.

    Pero no creo que haya comentario más preciso a esa frase que el que me hizo R. esta mañana al teléfono: «¡Que viejo más hijoeputa, asere!»

     

    El próximo 24 de agosto, domingo, se realizará la ceremonia de clausura de los Juegos Olímpicos de Beijing.

    Al término de la misma -será mediodía en La Habana-, todo el mundo pa’ la calle.

    Porque de ese día escribió ayer el roñoso Blogger en Jefe: «¿Por qué no esperamos el final de las Olimpiadas para discutir a fondo y de forma verdaderamente democrática la responsabilidad de todos…?»

    Ya sé que falta mes y medio, pero quienes han esperado décadas, bien pueden esperar otro poquito.

    También sé que la pregunta termina con alusión al «deporte cubano», pero da igual. Llevan años diciendo revolución, cuando había que leer castrismo.

    Avisados quedan: ¡el domingo 24 se rompe el corojo!

     

    Ramiro Valdés «precisó que los comunicadores e informáticos cubanos son un poderoso ejército en guerra contra las agresiones enemigas y no tienen derecho a equivocarse, ni a perder el tiempo.»

    ¡Qué buen nombre para un blog anticastrista! ¡Agresión enemiga!

    Y en cuanto a perder el tiempo, la mejor manera de hacerlo, y lo hacen, es dedicándose a bloquear la información que llega a los cubanos que viven en Cuba.

    A cortar, censurar, bloquear y prohibir. A eso se dedica ese ejército sometido a la disciplina paramilitar de la UCI y arengado con comentarios así de precisos.

     

    De contra:

    La World Association of Newspapers lanza una agresiva campaña para vindicar la importancia de los periódicos impresos en papel. El enemigo a batir es la Internet y, cómo no, Google, la puerta del aleph.

    «La búsqueda la hicimos nosotros. Tú sólo tienes que darle vuelta a las páginas», reza uno de los mensajes. Otro imita el diseño del motor de búsqueda: las webs de los periódicos reciben 1.600 millones de visitas al día, afirma.

    La campaña vendría a responder a los crecientes informes que constatan un fuerte desplazamiento de la inversión publicitaria hacia las webs, en detrimento de la prensa impresa. Los editores ven peligrar su negocio, como las imprentas y los fabricantes de papel.

    Y lloran, porque el que no llora no mama de la teta publicitaria.


    Rumores crecientes

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    El rumor de mañana

    Por Jorge Ferrer

    Sucedió hace unos días: dos empleadas de agencias de viajes intercambiaban comentarios por la línea de chat que utilizan habitualmente para su trabajo. Una lo hacía desde San Petersburgo; la otra, desde Barcelona. Se había producido un alza en el precio de un cupo de billetes aéreos que llevaban días negociando. ''Ya sabes: la crisis'', escribieron desde Barcelona. ''¿Crisis? ¿Qué crisis?'', hubo sorpresa en San Petersburgo. ''¿No sabes lo de la crisis?'' ''No. Pero ¡cuéntamelo, cuéntamelo!'', se animó la rusa.

    No se trata de un intercambio ficticio, y aun cuando uno ha de pensar que la empleada de la ciudad del Báltico vive de espaldas a los periódicos, lo que me sedujo del relato fue la curiosidad que mostró por enterarse de una crisis de la que no tenía noticia. Una vez informada, ya será otra más en este mundo que se desvela por una crisis que va generando noticias con rumbosa asiduidad. También se convertirá en otra propagadora de la mala nueva.

    Las noticias, en efecto, suenan preocupantes a ambos lados del Atlántico. Mucho más preocupantes suenan en Africa, amenazada con la merma de la ayuda al desarrollo por parte de las potencias económicas mundiales. Incremento del precio de los servicios financieros, retroceso del valor del dólar frente al euro, galopante desempleo, correcciones a las tasas de crecimiento previstas. El creciente costo de los alimentos, la amenaza de un colapso alimentario en China y la India dentro de pocos años y el precio del barril de petróleo encaramado a números que parecerían escalofriantes si no fuera porque el presidente de Gazprom, el gigante petrolero ruso, ha dicho que alcanzará los 250 dólares en año y medio, son pavorosas guindas al inquietante e indigesto pastel del porvenir.

    Entre quienes minimizan la gravedad de la crisis y los discursos apocalípticos --piénsese en ese Fidel Castro devenido profeta del fin-del-mundismo--, lo cierto es que la civilización humana se ve ante un reto que pone en cuestión el modelo de crecimiento que ha conocido desde hace al menos tres siglos. Un modelo que parece agotado como la paciencia de Mendel Singer, el Job de la novela de Joseph Roth.

    A veces los árboles no dejan ver el bosque, se suele decir para animar a alguien a adoptar una visión amplia y escapar de la estrecha tiranía de los particularismos. ¿Qué hacer, sin embargo, cuando es el bosque entero el que amenaza con arder? ¿Traen las Páginas Amarillas el teléfono del servicio de bomberos?

    Las discrepancias en torno a la responsabilidad de la crisis --la identidad del pirómano-- ha dividido en bandos a expertos y afectados. Los hay que señalan a los Estados Unidos. Otros apuntan hacia China e India, dos países que están sumando a millones de consumidores a la fiesta de la prosperidad, siquiera relativa. Hay también quienes discuten la existencia misma de una crisis --aquí en España, José Luis Rodríguez Zapatero huyó hasta hace unos días de la palabra ''crisis'' como quien cree que con silenciar un fenómeno se lo conjura.

    Pero más allá de responsabilidades e irresponsables, lo cierto es que el modelo económico sobre el que se ha sustentado la civilización humana durante los últimos siglos está topando con frenos de variada índole. Llamadas de alerta. Estridentes alarmas. Y todos las advertimos a diario. Las notamos aquí en Occidente: las hipotecas, el precio de la gasolina y los alimentos. También, y más dramáticamente, llega el rumor a los más desfavorecidos.

    Algunos piensan que los encargados de apagar el fuego somos todos los nombres contenidos en la imaginaria guía telefónica global a la que aludía antes. A todos corresponde abrir urgentes cortafuegos, mientras reconducimos la economía mundial y la idea de progreso por sendas menos gravosas que las que nos han traído hasta aquí, que bien, pero nos podrán llevar a un mañana insoportable para muchos. Acaso para todos.

    En torno a 800 millones de personas viven hoy en la miseria. Según los demógrafos, en el 2050 los habitantes de este planeta rondaremos el número de 9,000 millones.

    No cabe duda de que para entonces, e incluso mucho antes, el rumor de hoy se habrá convertido en rugiente clamor. Uno que llegará hasta San Petersburgo y más allá, sin necesidad de avisos a través de una línea de chat.

    «El rumor de mañana» aparece publicado en la edición del día 16/07/2008 de El Nuevo Herald, Miami.

     

    De contra:

    Ileana de la Guardia, hija de Antonio de la Guardia, coronel fusilado en 1989, reacciona hoy en El País a nota de Zoé Valdés y a referencias a su padre y a su tío, Patricio de la Guardia, en el último libro de la autora de La nada cotidiana.

    «Desde hace 18 años vivo en el exilio y mi dolor sigue intacto, pero me esfuerzo por llevarlo con nobleza y dignidad, como tantas otras víctimas. Por eso quiero que en mi país el odio y la intolerancia sean, por fin, solo parte del pasado», escribe.

    Aunque lastrado por un «pero» que chirría -más preocupantes le parecen a De la Guardia las «conclusiones» de Valdés, dice, que el suplicio de René Ariza: una muy equivocada inversión de la jerarquía del interés–, vale la pena atender a este artículo al menos por una razón. A saber, la manera en que pone sobre la mesa una posición compartida por muchos hijos de altos dirigentes del castrismo que son o fueron responsables directos de la represión. En el caso de Antonio de la Guardia fue también victima él mismo, como lo es su hija.

    El llamado de Ileana de la Guardia a «un cambio sin venganza» en oposición al supuesto revanchismo de la nota de Valdés –y digo supuesto porque no consigo localizarla a partir de la cita contenida en el artículo– se inserta en el debate en torno a la «reconciliación» del que ya me he ocupado aquí. Vale anotar que la necesaria gestión de los agravios no ha de pasar por la venganza, es cierto, pero sí por la justicia y la memoria. También eso, por suerte, es un rumor creciente.

     

    UPDATE:

    Gameloft, primer distribuidor mundial de videojuegos para teléfonos celulares, anuncia lanzamiento el próximo agosto de Chuck Norris: Bring on the Pain.

    El juego consiste en el enfrentamiento de Chuck Norris a un combinado de fuerzas comandadas por Fidel Castro y Kim Jong Il. Misión: derrotar el comunismo.

    Dado el carácter mítico del que la subcultura freak ha dotado a Norris, no cabe duda de que esta vez sí que ganamos.

     

    UPDATE:

    Vía AdGabber, anuncio publicitario del ron Matusalén, que se vende como "The Spirit of Cuba".

    La idea del anuncio: Fidel Castro expulsa de Cuba al ron. Los cubanos se lanzan al mar desesperados en busca del dichoso líquido. Los tiburones se comen a los cubanos que nadan en pos del Matusalén. Pero aun dentro del vientre del tiburón que los devoró en las aguas del Estrecho de la Florida, los cubanos bailan felices y contentos.

    Un anuncio rotundamente ofensivo con la memoria de decenas de miles de cubanos.

    Los tres anuncios de la campaña aquí.


    El fin del mundo (de Castro I)

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    «Lo mejor siempre será el optimismo. No queda otro remedio. Por eso hablé un día de una especie en peligro de extinción.»

    El bueno de Fidel Castro. Siempre dando alegrías desde su avasallador optimismo. Como si no tuvieran suficientes cosas que lamentar los cubanos -sus cincuenta años de ensañamiento contra Cuba y los cubanos, por ejemplo. Encima tienen que aguantar sus letanías sobre el fin de la humanidad. Asistir a la conversión del dictador comandante en Profeta.

    El guión de estos años de sobrevida de Castro I parece urdido por mentes muy complejas. Si no fuera porque la propia existencia de Fidel Castro es prueba de la inexistencia de Dios, podría verse algo divino en ese Profeta oculto a la vista del pueblo, a cuya vera acuden apenas unos pocos elegidos, que lo califican de "lúcido" (eso dijo Evo, El-hombre-que-pudo-haberse-llamado-Adán) o "cariñoso", que dijo García Márquez (o su mujer). Un Profeta que va desparramando sus "reflexiones" por todo el planeta en delirante sucesión.

    Barba, delirio, ocultamiento, fin-del-mundismo, un pasado discutido con fiereza entre sus adeptos y sus detractores, muchos de los últimos apóstatas del castrismo: lo tiene todo.

    Es curioso el afán por los discursos fin-del-mundistas que ha mostrado el Profeta desde que su decadencia física lo hace atisbar su propio fin. Dueño de un país por medio siglo, figurón de la política mundial durante ese mismo tiempo, verse morir le despierta un deseo febril de imaginar que con él se muere también el mundo.

    Probablemente también siga la información del Near Earth Object Program.

     

    En la edición de The New Yorker, cuya portada se encaramó ayer a todos los periódicos, Making It. How Chicago shaped Obama, de Ryan Lizza. Trae divertido diálogo entre Obama y el senador Rickey Hendon en 1989:

    HENDON: Senator, could you correctly pronounce your name for me? I’m having a little trouble with it.
    OBAMA: Obama.
    HENDON: Is that Irish?
    OBAMA: It will be when I run countywide.

    La portada juega a reinventar ese diálogo imaginando algo como esto:

    X: Is that Muslim?

    OBAMA: It will be when I run worldwide.

    Pero Barack Obama, no se lo olvide, es cualquier cosa menos un musulmán. De hecho, su conversión al cristianismo lo hace, a los ojos del Islam, un apóstata. De manera que merecería todas las muertes. Ya alertaba Edward N. Luttwak en el NYT que un Obama presidente implicará un reto inédito para los servicios de seguridad cada vez que visite un país islámico. Será un blanco doblemente codiciado.

    Por otra parte, la exagerada reacción contra esa portada pone de manifiesto una faceta de Obama intolerante y acomplejada. Por exenta de sentido del humor.

    A mí, por cierto, me sigue pareciendo que la mejor parodia de Barack Obama es la que lo retrata como al Borat de Sacha Baron Cohen.

     

    El presidente ruso se ha reunido este mediodía con los altos funcionarios del Ministerio de Asuntos Exteriores y un gran número de embajadores rusos que viajaron a Moscú para la ocasión. Medvédev expuso las que serán las líneas maestras de la política exterior de su gobierno, una suerte de neoimperialismo light.

    Cuba y Venezuela, que apuestan por relaciones cada vez más estrechas con el Kremlin se quedaron sin regalito. Más bien, todo lo contrario. Entre el puñado de países con los que Moscú quiere reforzar sus relaciones y nombró el presidente hay dos de América Latina: México y Brasil. Y punto.

    Aunque hubo más, sin dar nombres, Medvédev recordó el imperialismo diplomático que pactico la URSS durante la Guerra fría en términos diáfanos:

    «Estamos hartos de hacer inversiones ideológicas. Como saben, las hicimos antes, y sabemos muy bien qué nos reportaron.» Es dinero «gastado infructuosamente para sostener a regímenes corruptos. Eso no volverá a suceder en el futuro.»