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El cuento del abuelito y los zapadores

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Los miró a los ojos y preguntó: “¿Cómo podemos ayudar a Obama?” Luego imploró que le enviasen bibliografía sobre el Reverendo Martin Luther King, de quien se declaró un ferviente admirador. Su limitada pero importante audiencia –tres miembros de una delegación de seis representantes del Caucus Negro del Congreso estadounidense-- salió convencida de que era posible avanzar en un diálogo con aquel noble anciano, obligado a asumir actitudes dictatoriales por la política imperial de Estados Unidos.

A unos cuantos cientos de kilómetros del lugar en que se desarrollaba aquella entrevista, languidece en su celda el Dr. Biscet, un negro cubano admirador de Luther King que quiso reclamar cambios como Barack Obama, en un sistema muy diferente al estadounidense. A muchos kilómetros más de distancia, en Caracas, el aliado íntimo de Fidel Castro, Hugo Chávez, adelantaba las fechas de una cumbre del ALBA en la que, según su propia declaración, va a preparar “la artillería” para caerle a “cañonazos” a la delegación de Estados Unidos con el caso de Cuba.

La brigada de artilleros y zapadores en Caracas no ha recibido hasta ahora ninguna instrucción del abuelito habanero para “ayudar a Obama”. Más bien todo indica lo contrario. Están minando el terreno antes de que ponga un pie en Trinidad y Tobago. Como las fechas de la Cumbre de las Américas coinciden en esta ocasión con las de la “primera derrota del imperialismo” en Playa Girón, Fidel Castro y sus seguidores están laborando intensamente para tenderle una emboscada política a Obama e infligirle su “primera derrota”. Después de la visita de los legisladores, los carceleros tampoco le han pasado copias de discursos de Martin Luther King a Biscet.

Nada de lo anterior impedirá que al regresar a Washington los legisladores del Black Caucus compartan sus emociones, esperanzas y certezas con los colegas del Congreso. La ignorancia del pasado siempre facilita que la historia se repita. De buenas intenciones están empedrados los senderos al infierno.

Quizás les hubiese venido bien que, antes de viajar a Cuba, Kissinger les explicara cómo el presidente Ford había ya comenzado a desmantelar el embargo, empezando por las sucursales de empresas estadounidenses en terceros países, cuando supo del envío de una tropa regular de las FAR a Angola. O Brzezinski les hubiera ilustrado cómo Castro preparaba el envío de otra fuerza militar a Etiopía, mientras intercambiaba razonables mensajes con el presidente Carter, quien le había comunicado su disposición a retomar el proceso de normalización de relaciones iniciado por Ford. Quizás hubiese sido provechoso que Madeleine Albright los hubiese instruido de cómo Castro planificó el ataque a dos avionetas de Hermanos al Rescate cuando Clinton le había asegurado a La Habana que no permitiría la aprobación de la ley Helms Burton y quería establecer un diálogo para avanzar en la solución del conflicto bilateral.

Pudieron incluso preguntarle a alguien tan espiritualmente próximo a La Habana como el Comisario de Desarrollo y Ayuda Humanitaria de la Unión Europea, Louis Michel, cómo se sintió en la primavera del 2003 cuando, después de sostener excelentes conversaciones con los funcionarios cubanos e inaugurar la Oficina de Cooperación de la UE en Cuba, al regresar a Bruselas se enteró por los periódicos que Castro había lanzado la redada de detenciones de mayor envergadura contra la oposición desde 1961.

Fidel Castro siempre fue un estadista laborioso. Por un lado recibía extranjeros a quienes comunicaba su voluntad de paz, y por otro movilizaba a sus zapadores para sabotear toda posibilidad de entendimiento con el “enemigo”. A veces realizaba ambas tareas en el mismo día.

Los inmensos recursos gastados en denunciar el embargo y la hostilidad de Estados Unidos son, en realidad, una inversión muy rentable en relaciones públicas. Para un régimen represivo e incapaz de proveer las necesidades básicas de la población, tan necesario es culpar a otros de los resultados de su mala gestión como asegurarse de que pueda continuar derivando legitimidad de su bien cultivada imagen de víctima inocente.

Conocer esas experiencias les habría servido de referencia útil a los honorables legisladores, para darse cuenta de que tras la tierna mirada del abuelito estaba -una vez más- el lobo.

Dialogar con La Habana no es desacertado, pero supone mucho más que honestidad y buenas intenciones.

 

 



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Autor: Juan Antonio Blanco

Juan Antonio Blanco

Juan Antonio Blanco Gil. (Cuba) Doctor en Historia de las Relaciones Internacionales, profesor universitario de Filosofía, diplomático y ensayista. Reside en Canadá.
Contacto: [email protected]

 

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