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¿Muñequitos rusos?

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Leí con interés esta mañana las crónicas moscovitas del colega Jorge Ferrer para ser sorprendido, poco después, por la ola de comentarios que ha levantado un reportaje en el periódico Izvestia en el que aseguran que la jerarquía rusa valora la posibilidad de usar a Cuba, una vez más, como ficha de cambio en su política hacia Washington.

En un discurso el pasado año, Vladimir Putin estableció una comparación entre la actual iniciativa de defensa antimisil estadounidense y las circunstancias que llevaron a Moscú a decidirse por emplazar bases con armas nucleares en Cuba provocando la llamada Crisis de los Cohetes en 1962. Ahora Izvestia – a pocas semanas de una discusión entre Putin y Bush sobre las propuestas presentadas por Washington a Polonia y la República Checa al respecto- lanza lo que aparenta ser un globo sonda: que Rusia valora la posibilidad de iniciar vuelos regulares a Cuba de su avión supersónico TU-160, el bombardero nuclear “Cisne Blanco” y el también bombardero TU-95 (“El Oso”).

¿Lo creo probable? No. Como reconoció el propio Putin en la citada ocasión, las cosas han cambiado mucho. Me parece una barata operación diversionista que pretende reforzar la capacidad rusa para negociar el mes que viene con Bush desde una posición de fuerza.

¿Es imposible que suceda? No. En política nada es imposible. Nunca debe decirse "nunca". Pero lo considero improbable. Dudo mucho que los rusos cometan el mismo error que con Kennedy. Cuando se produjo el ataque a las Torres Gemelas decidieron, a toda carrera, cerrar definitivamente la Base de Espionaje Electrónico de Lourdes contra la voluntad expresa de Fidel Castro.

Se sabe que los rusos no instalaron cohetes en Cuba en 1962 para protegerla de un ataque, sino para compensar su desequilibrio estratégico con Estados Unidos y eventualmente poder negociar la retirada de los cohetes que Washington había emplazado en torno a la Unión Soviética. Ahora se dice, con claridad meridiana, que están considerando la posibilidad de una presencia, rotativa pero continua, de sus bombarderos nucleares en Cuba en respuesta a la iniciativa que promueve Washington con dos países del Este de Europa. En toda esta historia el Kremlin, una vez resuelto su problema o para evitar tenerlo, dejó siempre a Cuba el triste papel de “seducida y abandonada”. En 1962, el Comandante se quejó, colérico, del desmantelamiento unilateral de los cohetes. En 1992, de la retirada unilateral del Brigada Militar Soviética y en el 2001 del cierre unilateral de la Base de Lourdes. Pero a los rusos les importó un comino su opinión.

Merecido lo tenía. En estas peripecias, es bueno recordarlo, Fidel Castro cedió, como dueño de un rancho privado, territorio a bases y ejércitos extranjeros a espaldas de toda consulta a la voluntad popular en que radica la soberanía nacional. La Asamblea Nacional nunca discutió los acuerdos, verbales o escritos, mediante los cuales se radicaron a largo plazo en Cuba unidades de inteligencia electrónica y brigadas mecanizadas del Ejercito Rojo.

Aclaro: no estoy excesivamente preocupado por el eventual retorno a estas alturas de los muñequitos rusos. No creo muy factible el regreso del Tío Stiopa. Tampoco entro acá en la discusión sobre el derecho que asiste a Rusia a dar respuesta a la política seguida por Bush hacia ella. Ese es otro tema. La cuestión es que bajo ninguna circunstancia semejante arreglo beneficiaría al pueblo cubano.

Lo que realmente me enerva es la ausencia de una respuesta rápida, digna y contundente del gobierno cubano a esas supuestas “informaciones” de Izvestia sobre las discusiones en Moscú acerca de cómo servir sus intereses estratégicos haciendo uso de un territorio ajeno.

La Habana, tan rauda en rasgarse las vestiduras ante la declaración del más irrelevante personaje del exilio cubano, no se ha pronunciado sobre este asunto, de manera directa o indirecta, hasta el momento en que escribo estas líneas. Y aunque fuese altamente improbable que ese escenario se materialice, no deja de ser indignante que pueda a estas alturas especularse impunemente sobre él.

El actual gobierno cubano no debería demorar más tiempo en expresar su rechazo público al modo indecoroso en que se ha manejado este tema por el Kremlin. La independencia hay que saber defenderla no solo ante Washington, sino también ante Moscú y Caracas, donde algunos tienen la mala costumbre de hablar a nombre de otros o hasta decidir por ellos.



Matrioshka ¿rusa?

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Hoy, jueves 24 de julio, el Ministerio de Defensa ruso desmintió que su institución tuviese planes de “instalar bases militares cerca de las fronteras de otros países”. Si bien es un paso positivo, resulta todavía impreciso , porque no responde a la interrogante planteada por el artículo de Izvestia, ni a las posteriores declaraciones, ayer miércoles, del ex Comandante en Jefe de la Fuerza Aérea Anatoly Kornukov y del ex Jefe de la aviación estratégica de largo alcance, Mikhail Oparin, publicadas en el sitio Internet de la agencia Interfax AVN. La “hipótesis” que se ha manejado desde un inicio es que dar apoyo logístico en Cuba a bombarderos nucleares rusos de largo alcance no constituye en propiedad la instalación de una base militar en esa isla, pero sirve sus intereses estratégicos respecto a Estados Unidos. Hoy aparecieron nuevas declaraciones en Moscú que sugieren que todo esto puede constituir una “medida activa” de “ciertos sectores” en Praga o Varsovia para enemistar a Rusia de los Estados Unidos. Ingeniosos que son algunos en cubrir sus huellas.

La simple “hipótesis” de que los rusos, Fidel Castro y Chávez –quien invitó en una conferencia de prensa en Moscú a los primeros a establecer bases en territorio venezolano- estén valorando pasos similares a los que condujeron a la Crisis de los Cohetes en 1962, es ya un regalo importante a los que se oponen a la elección del candidato del Partido Demócrata en noviembre. Hoy jueves la edición nacional del Investor's Business Daily les recuerda a sus lectores que Kruschev creyó ver un debilucho e inexperto presidente en Kennedy durante el diálogo que sostuvieron, después de su derrota en Bahía de Cochinos, en junio de 1961. Esa evaluación dio pie, dos meses después, a la construcción del Muro de Berlín y luego al emplazamiento de cohetes nucleares en Cuba. El periódico se interroga cómo manejaría Obama durante su potencial presidencia situaciones semejantes a las que ahora se vislumbran.

Si Rusia necesitaba lanzar “medidas activas” para fortalecer su posición antes de negociar con Bush el mes próximo, eso no la autoriza a filtrar a su prensa supuestas discusiones sobre la posibilidad de emplazar armas en un territorio extranjero como quien discute ubicarlas en los Urales.

Por otro lado, el comentario de hoy jueves firmado por Fidel Castro sobre lo publicado en Izvestia lejos de reivindicar la independencia de Cuba es, más que lamentable, patético. El silencio sostenido hasta hoy por el gobierno cubano sobre este asunto puede calificarse de cualquier modo menos de “digno” como pretende Castro. Estamos ante una potencia que se dice especula acerca de la utilización de Cuba a conveniencia, después que la ha abandonado tres veces. Esa es la esencia de la suavemente llamada por el Asesor en Jefe “hipótesis” rusa.

Ciertamente no es Cuba quien tiene que dar explicaciones y pedir perdón absolutamente a nadie, sino los rusos. Y no deben presentar sus excusas al gobierno de Estados Unidos por evaluar contramedidas a las que ese país viene promoviendo en territorio europeo, sino al pueblo cubano por especular sobre posibles respuestas a costa de su soberanía. Lo que tenía que haber hecho Cuba era exigir esas explicaciones, y rechazar sin ambigüedad alguna el artículo de Izvestia. Si deseaban mantener la simetría en el manejo del incidente pudieron incluso responder a través de un artículo claro y digno de algún periodista de Granma o Juventud Rebelde, o incluso de algún militar retirado, posando de académico desde alguno de los múltiples centros de estudios del PCC y el MINFAR.

En la retorcida redacción de Fidel Castro no es posible encontrar el decoro que reclamaba la situación ni el rechazo inequívoco a la idea de la que habla Izvestia. El silencio gubernamental y su resbaloso comentario abren espacio a la interrogante sobre si estas “medidas activas” son cien por ciento de inspiración rusa o se implementaron con la cooperación de algunos “amigos”. Aunque hayan sido lanzadas por altos ex oficiales soviéticos desde Moscú, ¿son exclusivamente rusas estas piruetas o dentro de la matrioshka hay también una figura de uniforme verde oliva?

Raúl Castro parecía tener conciencia de que los “dividendos de la paz” y el llamado “poder blando” ( soft power) son más importantes que la estrategia de confrontación permanente y el poder militar. Después de todo fue él quien habló de la supremacía de los frijoles sobre los cañones y ofreció conversar con Estados Unidos. ¿Terminará su vida a la sombra del hermano mayor que revisa y aprueba sus discursos? ¿Es ese su destino inescapable?

Lo que sigo dudando –y mucho- es que los rusos compren fórmulas geopolíticas del siglo XX en las actuales condiciones. Putin y Medvediev, sin perder de vista sus objetivos, comprenden la diferencia existente entre el mundo de hoy y el de ayer; Fidel Castro no.



¿Apostamos al desarrollo o a la ruleta rusa?

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Los huracanes que asolaron la isla han creado una grave situación social. ¿Hay una oportunidad en esta crisis? Sí, excepcional. Pero, ¿para qué? y ¿para quiénes?

La elite de poder cubana puede finalmente emprender, como respuesta a la nueva situación creada, su prometido programa de “reformas estructurales y de conceptos”. Una reforma estructural implica mucho más que liberar las fuerzas productivas de la camisa de fuerza de un estatismo omnipresente. No se limita a autorizar la venta de celulares, el trabajo por cuenta propia de los taxistas o incluso la creación de microempresas. Es mucho más que eso. Supone apostar a un reordenamiento estratégico que le de prioridad a aquellas inversiones que acerquen la isla a la sociedad de la información y la integren en la economía mundial mediante procesos de agregación de valor. No tiene sentido “reconstruir” el subdesarrollo a los niveles previos al Gustav y el Ike. El régimen de gobernabilidad que los precedió recibió con ellos un golpe mortal.

Lamentablemente también hay otro modo de interpretar la oportunidad que ofrece esta crisis.

Fidel Castro parece querer emplearla en alejar definitivamente a la elite de poder de cualquier consideración sobre los beneficios de la cooperación con la Unión Europea o de una distensión con Estados Unidos. Quiere empujarlos a cerrar filas con Venezuela, quizás retomando la idea -con la que ya flirteaba- de adoptar alguna suerte de confederación con ese país sudamericano.

El convaleciente líder parece considerar que la “correlación internacional de fuerzas” lo favorece de nuevo. Estados Unidos atraviesa el momento de mayor debilidad estratégica desde la Gran Depresión. En él se conjugan una muy grave crisis financiera con dos guerras en zonas geográficas distantes. Por ello alienta a Chávez a que geste una alianza con Rusia y con otros potenciales rivales de Washington de la cual La Habana pudiera también sacar beneficios. Quiere sostener el moribundo régimen de gobernabilidad estatista con una inyección de capitales que espera obtener de atizar la confrontación internacional. Sueña con revivir la Guerra Fría.

El problema con las gerontocracias es que leen el presente con ideas del pasado.

Lo que hoy vemos no es una nueva Guerra Fría basada en rivalidades ideológicas, sino el conflicto entre el nacionalismo ruso y una política estadounidense que lo ha intentado cercar y humillar innecesariamente por ocho años. El hecho de que exista o no un país comunista a 90 millas de Estados Unidos a los rusos les tiene sin cuidado. Ellos vienen de vuelta del comunismo. En este mundo globalizado, -al que están íntimamente conectados-, no tienen como objetivo estratégico el derrumbe del capitalismo americano o mundial.

Lo que, por ahora, procura Moscú con estas piruetas provisionales en el hemisferio occidental es negociar desde posiciones de fuerza un reacomodo permanente con Estados Unidos sobre sus necesidades de seguridad en Europa. Ese asunto, dicho sea de paso, es posible resolverlo sin que ello suponga la sumisión de los países fronterizos a Moscu, sino en todo caso su neutralidad respecto a Rusia. Semejantes objetivos están muy lejos de ser la Jihad internacional anticapitalista a la que aspiran Fidel y Chávez.

Por su parte, el gobierno chino ya subrayó de manera inequívoca su distancia de los arrebatos ideológicos del presidente de Venezuela durante la más reciente visita de ese mandatario a Beijing. No quieren enredarse en alianzas contra terceros países. Desean comercio y crecimiento económico que les traiga bienestar y gobernabilidad aun dentro de su esquema político autoritario.

Tampoco el actual gobierno de Irán representa un aliado promisorio. Sus objetivos estratégicos no rebasan el marco regional, por lo que cualquier paso más allá de esa dimensión geográfica debe ser interpretado –al igual que ocurre, por ahora, con Rusia- como parte de una estratagema para ganar poder de negociación frente a sus nuevos e inesperados “vecinos” estadounidenses y su tradicional enemigo israelita. Sus “aliados” y “compromisos” extrarregionales son cartas también negociables llegado el momento.

Solo la megalomanía de los dos líderes caribeños puede explicar que se crean actores centrales del ajedrez global, cuando en realidad siguen siendo sus peones. Para que Rusia, China u otros países con coincidencias políticas con La Habana apostasen por invertir a largo plazo en su economía el gobierno cubano tendría primero que hacer significativas reformas y aperturas. Nadie se siente motivado a hacer el bailout de un régimen fracasado y asumir el pago en lo delante de sus hipotecas. La URSS y la Guerra Fría basada en alianzas ideológicas no tienen retorno. Los aviones y barcos que surcarán las aguas del Caribe en las próximas semanas pueden desaparecer con la misma rapidez con que aparecieron si los rusos obtienen suficientes garantías a su seguridad.

La gobernabilidad y la independencia de Cuba no radican hoy en anacrónicos malabarismos geopolíticos. El país necesita promover una atmósfera de distensión y cooperación, no de antagonismo y confrontación La actitud solidaria asumida por los cubanos en el exterior -por encima de diferencias y viejas heridas que no han cicatrizado- facilita conectar el actual proceso de reconstrucción con el propósito de avanzar hacia la inclusión de la diáspora en el desarrollo de la isla. Las remesas, que ya constituyen la primera o segunda entrada de divisas al país, pueden ampliarse considerablemente y con rapidez si se le otorgan los incentivos necesarios. Las próximas elecciones en Estados Unidos abren una ventana de oportunidad para que el conflicto bilateral sea reexaminado desde las perspectivas de quien salga electo. Por su parte, la Unión Europea ya levantó sus sanciones y espera ahora por el diálogo con La Habana para determinar si puede o no avanzarse hacia la cooperación. Los dividendos de la paz siempre serán más jugosos y permanentes que los de la confrontación externa e interna.

Hacer uso de la oportunidad que ofrece la crisis creada por Gustav y Ike para apostar por la modernización y apertura de la sociedad cubana, es una opción. Ignorar la gravedad de la crisis social creyendo que los recursos para su solución se obtendrán de nuevos juegos geopolíticos, es jugar a la ruleta rusa. Sin duda, esa es otra opción. Ambas tienen consecuencias.



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Autor: Juan Antonio Blanco

Juan Antonio Blanco

Juan Antonio Blanco Gil. (Cuba) Doctor en Historia de las Relaciones Internacionales, profesor universitario de Filosofía, diplomático y ensayista. Reside en Canadá.
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