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Con o sin embargo

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El actual debate sobre las relaciones Cuba – Estados Unidos me recuerda los llamados “Días de la Defensa” en la isla. En ellos se discutía un ataque cada vez más improbable y medidas inútiles para contrarrestarlos. Apagar las luces al escuchar las alarmas era un ejercicio adecuado para los londinenses en la II Guerra Mundial, pero no para los habaneros que debían enfrentar misiles Tomahawk con GPS. Aquel surrealismo evocaba los anuncios en la TV de EEUU que orientaban a los alumnos de las escuelas primarias a acostarse bajo el pupitre en caso de ataque atómico. El modo de asumir la amenaza nuclear era político; lo mismo sucedía con los Tomahawk. La respuesta a un potencial conflicto bélico con Estados Unidos no era cavar refugios e instalar sirenas. En Irak y Afganistán Washington ya ha venido a reconocer que la solución definitiva de esos conflictos no puede ser militar sino política. En los noventa sucedió otro tanto con las prolongadas guerras de Centroamérica en las que ninguna de las partes podía ser derrotada ni tampoco alcanzar una victoria sobre la otra.

Hoy se extiende el consenso sobre la necesidad de que Estados Unidos formule una política hacia Cuba. Desde hace tiempo considero debatible si más allá del embargo existe realmente una política exterior hacia Cuba por parte de Washington.

Cuando alguien siquiera aboga por una reflexión sobre este tema, los defensores a ultranza del status quo afirman indignados que se intenta “quitarle los colmillos al embargo”. Al parecer no se han enterado de que lleva dentadura postiza desde hace décadas. Washington es hoy el cuarto socio comercial de La Habana y el resto del mundo comercia con la isla. Lo que hoy limita la expansión de las inversiones y el comercio con Cuba no es la la ley Helms Burton sino su pésimo record crediticio y el inepto sistema económico que impera en la isla. El “bloqueo” sólo subsiste en el discurso oficial de Cuba y en el imaginario de una izquierda y derecha infantiles.

Los defensores del status quo debieran tener presente que el embargo puede constituir una herramienta, pero no alcanza a ser una política. Kennedy no concibió el embargo como una estrategia de cambio por si misma, sino como instrumento complementario de un programa (OperationMongoose) que incluía componentes diplomáticos, militares y paramilitares. Los que creen que el embargo es una política estratégica –que nunca ha sido- y la única manera de procurar el cambio en Cuba –que no ha obtenido- suponen, erradamente, que congelar el status quo es la única opción posible.

Por otro lado están quienes creen -también de forma errada- que La Habana aguarda el levantamiento unilateral de toda sanción para conceder cambios y libertades sustantivas al pueblo cubano. O que se verá forzada a ello si Washington modifica su postura. Lo primero es falso y lo segundo, si bien es posible, no puede considerarse el desenlace inequívoco y automático derivado de un cambio en la posición estadounidense. Varios altos funcionarios cubanos ya han declarado que, desde su perspectiva, es Estados Unidos a quien le corresponde rectificar. La elite de poder cubana continúa aferrada a la tesis de que la coexistencia pacífica es una quimera. Por ello ven en Obama un reto circunstancial, no una oportunidad para trascender el conflicto bilateral.

El contexto externo puede fomentar mejores o peores circunstancias para la evolución de la situación en Cuba, pero el rumbo que adopte se decide dentro. Con o sin embargo, el pueblo cubano no accederá a sus derechos como resultado de la política exterior de Washington u otros países. Sólo de su disposición a resistir y reclamarlos depende que los alcance. El protagonismo del cambio corresponde a los cubanos.

Lo anterior no supone que las acciones de los actores externos sean intrascendentes. Pero si lo que se pretende es contribuir a democratizar la actual realidad totalitaria entonces el criterio para medir la eficacia de cualquier política hacia Cuba debe ser su capacidad para facilitar el empoderamiento del ciudadano de a pie frente al estado. El criterio de fracaso sería cuando se constate que la política en curso produce el resultado inverso: fortalece al estado y de esa manera refuerza su capacidad para controlar a los ciudadanos.

Por varias décadas las decisiones estadounidenses respecto a la isla han contribuido a hacer a los cubanos mas dependientes del gobierno cuando empoderar ciudadanos supone precisamente lo contrario: fortalecer su autonomía frente al estado.

Desde esa perspectiva –además de consideraciones éticas inexcusables- todos debieran dar la bienvenida al levantamiento de las actuales restricciones a cubano- americanos para viajar a la isla y enviar remesas. Washington debería incluso auspiciar actividades de diversos sectores de la sociedad civil estadounidense en la isla así como la oferta de donaciones y líneas de microcrédito al sector cuentapropista y al pequeño agricultor dedicado a la producción de alimentos.

Empoderar ciudadanos supone igualmente facilitar su acceso a fuentes de información alternativas. En ese campo es legítimo discutir la cuestionable eficacia de los proyectos realizados hasta el presente, pero no el objetivo de contribuir de diversas maneras a que los cubanos puedan ejercer el derecho de acceder a distintas perspectivas y puntos de vista. Vivimos en una era de televisión por satélites, información digitalizada e Internet, no de estaciones radiales de onda corta como en tiempos de la II Guerra Mundial. No incurramos en la irrelevancia de los Días de la Defensa.

El reto principal que se presenta a los cubanos no es el de cabildear gobiernos extranjeros reclamando de ellos las soluciones a nuestros dilemas, sino el de pensar de manera creativa, concertar voluntades y apartar sólo a aquellos que, entre nosotros, levantan obstáculos al porvenir. Créanme: sí se puede.



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El actual debate sobre las relaciones Cuba – Estados Unidos me recuerda los llamados “Días de la Defensa” en la isla. En ellos se discutía un ataque cada vez más improbable y medidas inútiles para contrarrestarlos. Apagar las luces al escuchar las alarmas era un ejercicio adecuado para los londinenses en la II Guerra Mundial, pero no para los habaneros que debían enfrentar misiles Tomahawk con GPS. Aquel surrealismo evocaba los anuncios en la TV de EEUU que orientaban a los alumnos de las escuelas primarias a acostarse bajo el pupitre en caso de ataque atómico. El modo de asumir la amenaza nuclear era político; lo mismo sucedía con los Tomahawk. La respuesta a un potencial conflicto bélico con Estados Unidos no era cavar refugios e instalar sirenas. En Irak y Afganistán Washington ya ha venido a reconocer que la solución definitiva de esos conflictos no puede ser militar sino política. En los noventa sucedió otro tanto con las prolongadas guerras de Centroamérica en las que ninguna de las partes podía ser derrotada ni tampoco alcanzar una victoria sobre la otra.

Hoy se extiende el consenso sobre la necesidad de que Estados Unidos formule una política hacia Cuba. Desde hace tiempo considero debatible si más allá del embargo existe realmente una política exterior hacia Cuba por parte de Washington.

Cuando alguien siquiera aboga por una reflexión sobre este tema, los defensores a ultranza del status quo afirman indignados que se intenta “quitarle los colmillos al embargo”. Al parecer no se han enterado de que lleva dentadura postiza desde hace décadas. Washington es hoy el cuarto socio comercial de La Habana y el resto del mundo comercia con la isla. Lo que hoy limita la expansión de las inversiones y el comercio con Cuba no es la la ley Helms Burton sino su pésimo record crediticio y el inepto sistema económico que impera en la isla. El “bloqueo” sólo subsiste en el discurso oficial de Cuba y en el imaginario de una izquierda y derecha infantiles.

Los defensores del status quo debieran tener presente que el embargo puede constituir una herramienta, pero no alcanza a ser una política. Kennedy no concibió el embargo como una estrategia de cambio por si misma, sino como instrumento complementario de un programa (OperationMongoose) que incluía componentes diplomáticos, militares y paramilitares. Los que creen que el embargo es una política estratégica –que nunca ha sido- y la única manera de procurar el cambio en Cuba –que no ha obtenido- suponen, erradamente, que congelar el status quo es la única opción posible.

Por otro lado están quienes creen -también de forma errada- que La Habana aguarda el levantamiento unilateral de toda sanción para conceder cambios y libertades sustantivas al pueblo cubano. O que se verá forzada a ello si Washington modifica su postura. Lo primero es falso y lo segundo, si bien es posible, no puede considerarse el desenlace inequívoco y automático derivado de un cambio en la posición estadounidense. Varios altos funcionarios cubanos ya han declarado que, desde su perspectiva, es Estados Unidos a quien le corresponde rectificar. La elite de poder cubana continúa aferrada a la tesis de que la coexistencia pacífica es una quimera. Por ello ven en Obama un reto circunstancial, no una oportunidad para trascender el conflicto bilateral.

El contexto externo puede fomentar mejores o peores circunstancias para la evolución de la situación en Cuba, pero el rumbo que adopte se decide dentro. Con o sin embargo, el pueblo cubano no accederá a sus derechos como resultado de la política exterior de Washington u otros países. Sólo de su disposición a resistir y reclamarlos depende que los alcance. El protagonismo del cambio corresponde a los cubanos.

Lo anterior no supone que las acciones de los actores externos sean intrascendentes. Pero si lo que se pretende es contribuir a democratizar la actual realidad totalitaria entonces el criterio para medir la eficacia de cualquier política hacia Cuba debe ser su capacidad para facilitar el empoderamiento del ciudadano de a pie frente al estado. El criterio de fracaso sería cuando se constate que la política en curso produce el resultado inverso: fortalece al estado y de esa manera refuerza su capacidad para controlar a los ciudadanos.

Por varias décadas las decisiones estadounidenses respecto a la isla han contribuido a hacer a los cubanos mas dependientes del gobierno cuando empoderar ciudadanos supone precisamente lo contrario: fortalecer su autonomía frente al estado.

Desde esa perspectiva –además de consideraciones éticas inexcusables- todos debieran dar la bienvenida al levantamiento de las actuales restricciones a cubano- americanos para viajar a la isla y enviar remesas. Washington debería incluso auspiciar actividades de diversos sectores de la sociedad civil estadounidense en la isla así como la oferta de donaciones y líneas de microcrédito al sector cuentapropista y al pequeño agricultor dedicado a la producción de alimentos.

Empoderar ciudadanos supone igualmente facilitar su acceso a fuentes de información alternativas. En ese campo es legítimo discutir la cuestionable eficacia de los proyectos realizados hasta el presente, pero no el objetivo de contribuir de diversas maneras a que los cubanos puedan ejercer el derecho de acceder a distintas perspectivas y puntos de vista. Vivimos en una era de televisión por satélites, información digitalizada e Internet, no de estaciones radiales de onda corta como en tiempos de la II Guerra Mundial. No incurramos en la irrelevancia de los Días de la Defensa.

El reto principal que se presenta a los cubanos no es el de cabildear gobiernos extranjeros reclamando de ellos las soluciones a nuestros dilemas, sino el de pensar de manera creativa, concertar voluntades y apartar sólo a aquellos que, entre nosotros, levantan obstáculos al porvenir. Créanme: sí se puede.



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