Con lupa | Michel Suárez

Patetismo argentino

Cristina Fernández de Kirchner

Dos imágenes, en franca competencia por la primacía del patetismo, hemos visto esta semana desde Argentina.

La primera y más comentada por la prensa, la cara del matrimonio Kirchner tras el varapalo del Senado a la ley que incrementaba los impuestos ¡del 35 al 45%! a las exportaciones de soya.

La segunda, la explosión de júbilo de los sindicatos por la re-estatización de la compañía Aerolíneas Argentinas. Dos rostros como un poema, y una alegría injustificada. Ambas imágenes vertebran una idea, parcial pero idea al fin, de la Argentina actual, gobernada por una clase política lamentable y presionada por líderes obreros émulos del primer mundo y, al mismo tiempo, defensores de la tutela estatal hasta en la sopa, al más puro estilo soviético.

La gestión de Cristina Fernández no ha podido ser más desastrosa. Dimitir hubiera sido una solución momentánea, pero ni siquiera eso. ¿Qué puede esperarse de quienes no tienen reparos en seguir dando vivas a Perón y a Evita, clasifican de enemigos de la patria a los que se les oponen y acusan a los campesinos inconformes con la política fiscal de querer dar un golpe de Estado?

No basta con terminar de enterrar a Perón para solucionar el caso argentino, pero sería un adelanto impresionante si un día se dieran cuenta de la fuente nutricia de sus circunstancias.

Por otro lado, vemos la telenovela de Aerolíneas Argentinas. Según la ortodoxia piquetera, ahora que papá-Estado tomará nuevamente las riendas de la empresa, todo se remediará como por arte de magia. Habrá unos nueve mil empleados públicos más, con lo que eso conlleva, y miles de millones del erario nacional para sacar de la crisis a una compañía mal gestionada y endeudada, en parte, por el propio maltrato del gobierno.

No sé cuánto va a desembolsar el Estado para recomprar Aerolíneas, pero su precio inicial será sólo el menor de sus aprietos. Ojalá tengan suerte. Dicen los líderes sindicales que de esta forma se pone fin al saqueo de los españoles (el actual propietario es el grupo ibérico Marsans), invocando un discurso victimista que no encaja con el comprobado papel de las inversiones extranjeras como motor del desarrollo en países emergentes.

Así le va al país que un día creyó ser Suiza y hoy es Argentina, un hermoso país; tan bananero como sus vecinos.


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