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Juanes y el embrujo de la Plaza

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Juanes en La Habana

Autor de la gráfica: Alfredo Pong (http://el-guama.blogspot.com)

Escribo esto a la luz del anunciado concierto del cantante colombiano en la Plaza de la Revolución. No quiero pecar de mal anfitrión. No me seduce demasiado este tipo de música, pero por mí, que den no uno, sino muchos conciertos más. Con tal que pase algo…
Ahora, recuerda, muchacho de buenas intenciones. Si vas a ejercer ese derecho de aparecerte en casa del vecino por la puerta delantera, mira hacia los trastes en la cocina. Pregunta que pasó hace unos meses en esa plaza llamada “para los revolucionarios”.
Quisiera llevar la geografía de tus conciertos para saber dónde estabas cuando allí arrastraron a las Damas de Blanco o cuando arrastraron a Antúnez y cuatro o cinco seguidores más por protestar de una manera más pacífica de lo que se hace en la Colombia de tus amores.
No sé qué paz y reconciliación vas a buscar encaramando a una tarima a Amaury Pérez cuando éste último no tiene ningún problema para obtener su permiso de salida por ser uno de los más confiables artistas del régimen de La Habana. Posiblemente la Tañón y Amaury hayan fumado más veces de la pipa de la Paz de la que podemos imaginar.
A la Olga y el Amaury que debieras intentar que los militares de Raúl Castro inviten es a la Guillot y el Gutiérrez, ahí sí habría reconciliación.
Cuando tu voz se alce en la frontera entre los municipios de Plaza y El Cerro, muchos jóvenes estarán pensando en cómo ir desde el interior de las provincias sin que los tachen de ilegales, sin que tengan que sacar un permiso de residencia para quedarse unos días en La Habana y verte y escucharte.
Ojalá te dejen subir a Gorki Águila, el de Porno para Ricardo, y no te llenen la plaza de banderas negras y pancartas alusivas al patrioterismo machacón, fabricado en ese lugar que ya escogiste.
¿Tú sabes que ahí cerca se cuece el racionamiento colectivo del cubano? En ese edificio que te va a quedar al frente se ponen en salmuera el cocotazo, la bofetada, la paliza, el gaznatón, el tonfazo, el escupitajo con que han humillado a una buena parte de los cubanos desde hace medio siglo.
Si no te llevas un récord de asistencia, por lo menos vas a ser uno de los pocos que ha podido cantarle a la paz frente al edificio del Ministerio del Interior en un país que se ha quedado sin misterios y enfermo precisamente de eso, del interior.
Muchos de los cubanos que te van a aplaudir conocen bien ese lugar, ahí se respira un tufillo negativo del carajo. Y ese es un aire que a nadie le resulta grato, muchacho de buenas intenciones.



Cubaniche por culpa propia

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Policias cubanos detienen a opositores

Policias cubanos detienen a opositores durante la Primavera Negra del 2003

Mi egocentrismo no me da para otra cosa. Me es imposible negar que me gustaría aparecer en primera plana de todos los periódicos, pero como víctima y no victimario.

Qué genial sería que todos los que ningunean luchita individual, conectada por cables inimaginables a todo el que se opone a la barbarie contra el pueblo cubano, reconocieran que sí, que son los bárbaros uniformados y los rajacabezas de cuello blanco y burocracia armada los que tienen la culpa.
Pero no. Yo soy el culpable de todo y a veces eso (paradójicamente) me reconforta. Desde hace tres años cuando lancé mi grito público (debe de haber sido un chillido, pero ególatra al fin, lo magnifico) hice que un ejército entero se pusiera en pie.

No puedo calcular cuántos muchachotes, formados a la sombra del KGB, pasados por la gimnasia básica de Villa Marista, se dedican a leer mis artículos; sé que en el Departamento 21 (Enfrentamiento al Enemigo) tengo un oficial que se encarga sólo de mí. Me sigue, me llama, pregunta por mí en el barrio y más allá de sus fronteras: es capaz de “ubicarme” si estoy en La Habana o Pinar del Río y chequea mi nombre en la Lista de espera de las terminales de ómnibus.

Soy el único culpable de que un hombrecito vestido de paisano recorra las instituciones culturales advirtiéndoles a los funcionarios sobre mi peligrosa presencia. Por él las editoriales y concursos nacionales han aguzado vista y oídos ante mi posible (pero siempre lejana) participación. Se encarga de mis vecinos y conocidos. En su eterna agenda bajo el brazo guarda los improperios que los especialistas del Minint han destinado celosamente para mí: pseudo intelectual, escritor a sueldo del imperio, vendepatria, gusano y CR, que es como llaman en clave a los "contrarrevolucionarios".

Pero eso es un ramo de olivo. Yo soy la razón de ser de esa manada de patriotas enaltecidos que confundieron el amor con el tapaboca.

Les temen, pero los desprecian.

Mi egolatría se alza por encima del acoso y la humillación. Complacido, me siento culpable por cuenta propia. ¡Y a mucha honra!



Mea curda

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Mea curda

Foto: Alina Sardiñas (www.alinamaria69.blogspot.com)

Escribo sin poder contestarle a quienes apoyan o rebaten mis pobres argumentos. Jamás he podido ver este blog on line y aún así no culpo a los que despotrican de mi prosa leve, pobre y roñosa, a decir de uno de mis más notorios detractores.
Escribo porque nunca tuve las soporíferas páginas habituales de los diarios de provincia. Porque no doblé el cogote no tuve a mi servicio las bondades digitales de la UNEAC y los portales de Cultura en la isla de los doctores C…
Tengo, eso sí, el derecho a lamentarme sin dar soluciones, sin ser un tipo que da luz porque no me creo un iluminado o iluminador de los que luego toman el avión o la barcaza que les da el poder y dictan recetas desde el allá que no todos podemos darnos el lujo de conocer.
Les contestaré a los que solicitan mis palabras cuando viva en un país que no me cobre la vida por asomarme a la Internet, cuando no encarcelen a mis amigos por acercarse a una embajada ni los tilden de emisarios imperiales por dejar caer mis posts en Varadero y Trinidad, donde los turistas son verdaderos dueños del país.
Me siento borracho --curda, como también solemos decir en Cuba-- del poder que me da ser un ciudadano libre, que se libró de la culpa que se siente cuando se calla por miedo o por pensar que la mínima parcela que nos dan está fuera de la Granja descrita por Orwel hace casi un siglo.
Soy libre porque elegí estar cerca del dolor, la pena y la pobreza.
Desde un principio dije que este no sería un sitio para lamentaciones, sino una bocina para escupir verdades. Espero que así sea, con el favor de ustedes que pueden leerme y rebatirme.



Díptico de verano

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Darsi Ferrer, su esposa e hijo. Hasta ellos también llegó el brazo de hierro de la represión policial en Cuba.

I
Tres delitos: negro, médico y disidente

“Se tragaron a Darsi”, así corrió la voz cuando le pusieron la mordaza al médico cubano encarcelado recientemente.
Los que hemos estado atentos a lo que hace el Centro de Salud y Derechos Humanos “Juan Bruno Zayas”, coordinado por el Doctor Darsi Ferrer Ramírez desde el municipio 10 de Octubre en La Habana, sabemos que cada acción era una bofetada a la pachanga seudo-solidaria que se cuece en el cc del Pcc.
“El negro” se fue por años a los barrios más pobres, se juntó con los descarriados, con los que no siguieron el guión y visitó los albergues. Sus reportajes desde esos sitios insalubres daban ganas de hacer regresar a los miles de médicos cubanos desde todos los confines en que están prestando ayuda, no para que no lo hagan, sino para que vean la viga en el ojo del cubano y no la basurilla en las pupilas del Tercer Mundo.
Yo vi las fotos de cuando los arrastraron el último diez de diciembre, cerca del busto de Martin Luther King. Vi la cara de Yusnaimi, su esposa, entre los valerosos repudiantes del G-2, qué valientes los muchachos que buscaron en Villa Maristas. Qué dignos los oficiales que en 2007 se llevaron al médico y su mujer, dejaron al niño adentro de la casa y dejaron la llave del gas abierta (lo dijo Darsi, lo repiten sus vecinos).
Esta vez lo arrestaron después que el médico se cansara de los atropellos y los invitara a que sacaran “sus pistolitas”. Frente al cuartel general de la pregunta, el coscorrón y el cuarto frío (y caliente), en Villa… les gritó a los cuatro vientos lo que sabe, lo que sabemos todos y él se atrevió a vociferar.
Cuando el defenestrado Pérez Roque, mentía en el 2007, afirmando que Cuba rubricaría los Pactos Internacionales de Derechos Humanos, a las diez de la mañana de aquel diez de diciembre en el MINREX; en un parquecito del Vedado las huestes valerosas de Enfrentamiento al Enemigo aporreaban a Darsi y sus acompañantes, ¡Qué guapos, qué machos, qué criollos! Dos días antes lo entrevisté para Encuentro en la Red. “No tengo miedo”, dijo, “no se puede aprender a tener miedo porque después te acostumbras y nunca se te olvida”. Así me habló la última vez.

II
Patriotería por control remoto

Se pasaron años sentados a la sombra, esperando el cornetín desafinado de la falsa solidaridad. Cuando América Latina daba pasitos de niño hacia la democracia, enfilaron su fanfarria hacia el África hambrienta y belicosa.
No más se apretó el mando a distancia del Palacio Real y hacia allá se fue un ejército de personitas a las que les brotaba la caridad por cada poro.
Hasta aquí pudiera ser un cuento de hadas de la imaginería izquierdista, cuento que se desbarata ante su ceguera hacia la tragedia nacional, porque no es lo mismo irse de internacionalismo proletario hacia Luanda, Caracas o Timor Leste que tomar humildemente una mochila y largarse Caimanera adentro, preguntar cómo se llega a Ranchuelo, Remates de Guane o Manzanillo.
Hay una voluntad epidérmica en la nueva colonia de colaboradores cubanos en el exterior, una manía inexplicable de montarse en los aviones. Es una conciencia crítica inoculada con tarjetas magnéticas del Banco Nacional de Cuba y cruzada con transfusiones de heroísmo recetadas en el reservorio progresista de La Habana.
Lo malo no es la voluntad en sí, lo que da roña es la ceguera hacia el desastre nacional.
El Politburó les está bajando una salivita que adormece y mata. No sé cómo pueden tener tan ajustados esos mandos a distancia. Esta era digital es increíble.



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Un grito contra el horror en la isla. Una manera de vadear el muro de la desilusión y la muerte lenta del cubano que espera…sin esperar

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Autor: Luis Felipe Rojas

Luis Felipe Rojas

San Germán, Holguín, 1971. Escritor, periodista y poeta libre e independiente. Experimentador audiovisual.

 

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