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Las tribulaciones de mi hijo Malcom

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Seis años son mucha inocencia para un asunto tan delicado. (Foto: L.F.R.)

Este octubre empezó de apaga y vamos. Mientras yo evadía la veladera policial para poder entrar a los campos insurrectos de Bayamo y Manzanillo y asistía al acto simbólico de presentar el Foro Juvenil Cubano, a mi hijo Malcom le ponían una pañoleta azul y le enseñaban el lema ¡Seremos como el Che!

Buena me la han hecho, me deben una.

La primera bronca empezó en casa cuando le explicamos que un niño como él debe ser como Jesucristo, Marti, Maceo, pero no como Che Guevara y me soltó uno tras otros los "por qué no como él, si en la escuela dicen que sí, que hay que ser como él".

Hemos tratado de explicarle por qué es importante cepillarse los diente, acordonarse los zapatos y escuchar a los demás. Nuestra negativa a que sea como el Che se la estamos dosificando en porciones diarias de civismo. A saber: que aprenda a regar las plantas, que no tire piedras en la calle, que no delate a sus amiguitos, que ceda el paso a las chicas y comparta la merienda.

Y es que no podemos apresurarnos. Seis años son mucha inocencia para un asunto tan delicado. Ya nos llamaron porque el muchacho hace gestos indescriptibles cuando le piden que sea como el Che Guevara, se lleva los cinco dedos a la frente como saludo y no el saludo inventado por la prosapia comunista tropical. Dice el lema muy bajito o apenas mueve los labios.

Sabemos que no se atreve a contradecir lo que le dijimos en casa.

Ha visto la imagen del Cristo en la cruz, ya conoce que hay campos que se llenan de mariposas en primavera. Que los hombres y mujeres se juntan para amarse. Está entrando al calidoscopio de la vida y no vamos a permitir que lo extravíen.

Es una guerra que está echada. Nos deben esta de por vida y tarde o temprano iremos por un cheque de reembolso.

* El 28 de octubre culmina la Jornada Camilo-Che. Ojalá ese día en la escuela no remuevan la vieja historia de adoración al otro Comamdante perdido en un mar de brumas y mitos efímeros. Ya con el argentino tenemos bastante para la vida de un niño.



El samizdat criollo

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Foto: Orlando Luis Pardo (http://vocescubanas.com/boringhomeutopics)

Este es mi deseo: regalarles a los viejitos que revenden el periódico, un boletin, una hoja informativa con noticias de la la Cuba más oscura.

Este 20 de octubre deberíamos empezar a pasarnos de manera más libre los programas de radio, los reguetones y el cine clandestino que todos llevan en silencio en sus i-pod y mp4.

El artículo 19 de Declaración Universal de los Derechos Humanos debería dejar de ser un sueño y volverse una pedrada contra los cristales del Comité Central del Partido Comunista de Cuba.

La libertad de expresión más que prohibitiva se está convirtiendo en latigazos en el lomo corronchoso de la bestia totalitaria.

Pero, eso sí, esta blogoacción no es un trompetilla. Es silbido, grito, puente de luz para el clamor de la libertad en Cuba.



La pandemia que viene

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Me subí al amanecer en un camión para ir hasta Santiago de Cuba. Como pude me apretujé entre gente con bolsos de viandas y café. Son cubanos que tienen el sustento diario en el camino. Compran quesos, tabacos torcidos. Venden galletas, carne enlatada.

Entre toses y estornudos mi paranoia se aceleró. Es así y no puedes evitarlo. No puede hacer que la gente deje su laboreo por un simple resfriado, te dices para calmarte.

El viaje se me fue entre intentar sujetarme de los tubos del techo del camión devenido bus y taparme la nariz y la boca para evitar el contagio. Quería que la señora a mi espalda se bajara en Contramaestre, que no siguiera con su coriza sobre mí.

No puedes exigirle todo el tiempo al tipo que vende refrescos que no estornude, que se lave las manos antes de tocar los vasos; al de las frituras de maíz que agarre con una pinza metálica el producto a vender.

Quise comprar un naso-buco para ponérmelo en la boca, pero no había dónde comprarlo o solicitarlo.

En el viaje que luego seguí hacia Guantánamo el de los estornudos fue el chofer de la máquina, pero la habíamos alquilado entre cuatro y no iba yo a desentonar.

Mi paranoia sube y dudo del que hace el plan, del que le vende los dulces caseros a mi hijo, la señora que vende la leche en la mañana. Dudo del inspector de salud que pasa sonándose la nariz, dudo de la lacrimosa cara del locutor de turno en la en la televisión. Dudo de los que empiezan la campaña sanitaria sin querer ver las aguas albañales de mi barrio.

Encima, este año es un aniversario redondo para muchas cosas y yo siempre he dudado de las inútiles celebraciones.



Jóvenes a La Demajagua

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La Demajagua

Ruinas del antiguo ingenio La Demajagua, en el oriente cubano.

Entre viajes a La Habana junto con Rolando y Néstor Rodríguez Lovaina para encomiendas propias del futuro de un proyecto juvenil se me fueron los primeros días de octubre. Después, separados por horarios y salidas de ómnibus nos reunimos ellos dos y yo con un numeroso grupo de jóvenes en algún lugar del Oriente cubano para dar por cumplido --si no el mismo día al menos dos días antes del 10 de octubre-- un propósito noble y patriótico.

Tenía que ser en La Demajagua y fue allí.

Fue planeado a hurtadillas. Después de burlar mil veces a la policía, a los "chicos traviesos" de la Seguridad del Estado y a mirones que pudieran con un comentario atraer a más chicos traviesos, pisamos el lugar escogido por Carlos Manuel de Céspedes para anunciar la libertad de sus esclavos y el inicio de la Guerra.

Allí donde explota ante los ojos ese pedazo de mar que había enamorado a las huestes españolas se lanzó la convocatoria del Foro Juvenil Cubano de Concertación Nacional sobre Economía y Democracia.

Llegamos para oír a tantos jóvenes opositores gritar la palabra libertad con una fuerza inaudita. Esta vez Néstor dijo unas palabras que no sonaron a discurso, tampoco las de su hermano Rolando.

El foro convocado por el Movimiento Cubano Jóvenes por la Democracia quiere que los jóvenes cubanos de todas las filiaciones políticas, o sin ellas, participen a través de ponencias en la resolución final del problema cubano.

¿Utópicos? Puede ser. ¿Sonadores? ¿Y qué joven no lo es?

Lo que pasa es que los ritos del hombre no han cambiado mucho desde aquella ocasión en que tres individuos sentaron junto a la hoguera recién descubierta por ellos y pensaron en la lumbre de mañana y en que la esperanza no se pierde fácilmente.

Yo que soy reacio a las reuniones y monsergas políticas me dejé arrastrar por el aire del sur que baña el Golfo de Guacanayabo cuando vi que desde las cinco provincias orientales llegó gente nueva con ganas de poner la patria por encima de todos.

No sentí como lemas y consignas los gritos de libertad. Fue como si el Padre de la Patria hubiera soltado las cadenas otra vez.



Ofensa pública

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Mi última visita a Dos Ríos, donde cayera el más preciado de todos los cubanos, se convirtió en un momento de angustia y malestar. Primero el Cauto, río de mis amores infantiles, convertido en una zanja carcomida y

sucia. Las laderas rajadas y los caminos inaccesibles para llegar forman el pasaje lúgubre que nos han vendido de recambio. Luego el monumento.

Vivo a 20 kilómetros de Dos Ríos, el lugar donde José Martí se abalanzó por última vez en 1895 contra el fantasma de la guerra, pero a ese sitio no se puede llegar si no es a través de una expedición individual, rentando un auto particular o esperando la fecha patria en que la juventud comunista o sus similares deciden quiénes van y quiénes no.

Los honores patrios también están racionados, no existe una ruta de ómnibus o camiones hasta el monumento. Para colmo el jardincillo de rosas que rodea el obelisco se extingue por falta de una bomba de agua. Apenas a treinta metros del río no se pueden regar las plantas por falta de un dispositivo sensorial que haga a las autoridades detenerse un instante y pensar en el que debiera ser el lugar mas sagrado de la patria.

Una aberración jurídica y quién sabe si económica impide que en Dos Ríos se pueda comprar una turbina para regar las rosas del monumento al Apóstol. Hace solo unas semanas estuve allí y sentí pena y vergüenza, propia y ajena. Tal vez este post solo sirva para engrosar las quejas sobre la isla.

Al camino que da acceso ahora a Dos Ríos lo custodia una valla con la imagen de Martí que reza: "Nos enseñó a rechazar las tiranías y las ingerencias."

Ojo por ojo.



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Un grito contra el horror en la isla. Una manera de vadear el muro de la desilusión y la muerte lenta del cubano que espera…sin esperar

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Autor: Luis Felipe Rojas

Luis Felipe Rojas

San Germán, Holguín, 1971. Escritor, periodista y poeta libre e independiente. Experimentador audiovisual.

 

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