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Un interrogatorio (final)

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El oficial Pablo caminó hasta la ventana, dándome la espalda, se quedó un rato en silencio mientras el mayor Ballagas (supe su nombre al leer el acta de advertencia) me hacía las preguntas más insulsas del mundo (¿Para entretenerme y no dejarme pensar?, ¿Para indagar más? ¿Para dar tiempo a que cambiaran las cintas de audio o video con que me grababan? ¡Porque siempre te graban!)
Cuando se puso de frente a mí, me dijo con cierta sonrisilla malévola que en mi casa me esperaba lo peor, ya hablamos con tu mujer, dijo, y sé que no va a ser fácil, me advirtió. Entonces supe que estaban perdidos de a viaje. En mi matrimonio no había fronteras entre lo que yo hacía y cómo funcionaba todo en casa. Comprendo que al no poder penetrar profundo en casa de mi esposa, su descendencia jamaicana y su cultura diferente y de lo diferente lo hizo meter la pata otra vez.
Me hice el asustado y noté su alegría, por eso en vez de volverme a atacar tomó aire y me preguntó por los colaboradores de la revista Bifronte: quiénes eran, de dónde sacábamos el papel, por donde enviábamos la revista en digital. Por preguntar demasiado volvía a estar entre las cuerdas. Él debía llevarse una confesión novedosa, no lo que ya sabía. No mencioné a ninguno de los más cercanos a mí, incluso cuando me preguntó por Michael H. Miranda, distraje la atención hacia unos universitarios (ficticios) que nos ayudaban.
Cuando alguien pegunta se expone a una respuesta, pero si esa respuesta le vale la puntuación para su trabajo represivo, entonces intenta conseguir lo que quiere, es decir lo que a ti se te hace evidente y puedes manejar el rumbo de las frases entrecortadas, bajar la voz, toser, volver a interrumpir tus frases, de modo que él vuelva sobre la pregunta y tú te cerciores qué es lo que quiere en realidad. Ahí no podían golpearme, ellos intentaban aún salvarme para el mundo intelectual, de manera que no podían permitirse lo que con otros a los que ellos consideraban de menor categoría.
El interrogador cometió el fallo de girar la conversación hacia la manida forma de desprestigiar a la oposición, empezó a hablarme mal de gente que yo jamás había conocido, eran personajes relevantes de la resistencia pacífica por distintas razones, pero me ayudó mucho el hecho de que yo todavía no conocía a ninguno. Martha Beatriz Roque, Héctor Palacios, Vladimiro Roca, Osvaldo Payá, Juan Carlos González Leyva. En dos o tres frases soltó varias acusaciones de corrupción y baja catadura moral, pero seguí con el rostro impasible. No me afectaba porque realmente no tenía ninguna relación afectiva con ellos, no había intercambiado saludos siquiera con alguno. Entonces aquella andanada solo le servía para la grabación que estaban haciéndonos, a él y a mí. Sin embargo alguien con cierto sentido de lo práctico entre sus oficiales, debía comprender que aquel joven oficial hablaba para una pared. ¿Lo habrán percibido? Lo que sí fue una primera prueba de fuerza era si había recibido dinero de los Estados Unidos, de quién, cuánto y para qué. Hasta ahí fue el juego. Dejé de reclinarme en la silla, a lo mejor no había calculado que yo también estaría en el atolladero en el algún momento como ahora. Había recibido dinero, sí, pero de manos amigas, una menudencia para gastos de viajes y algo de papel, de parte de gente que había comprendido cuán necesario es oxigenar el mundo asfixiante de una oficialidad atorada en las llaves del poder.
No sé de qué me hablas, dije. Me observó como a quien no tiene remedio. Te van a caer veinte años arriba por gusto, estás ayudando a desprestigiar a nuestra revolución, fue su perorata instantánea. Yo me dije, caramba, qué lastima, este tipo está más concentrado en decirme todo lo que sus superiores le han ordenado que me diga, que en lo que pudiera sacar de mí. Por eso comprendería años más tarde que hay otros tipos de interrogatorio. Aquel no era de los que se empeñan en tomarte por el mentón, darte dos trompones o fracturarte las costillas, como hacen normalmente, su misión era un mensaje y nos servía a los dos: a él porque cuando sus superiores revisaran las cintas, ahí lo tendrían de aleccionador todo el tiempo, con una leve presión, pero aleccionador; y yo porque había jugado en la línea en que me pudieran extraer información sensible. Les eché a perder el récord de sucesos, a saber.
Cuando me preguntaron quiénes habían estado del otro lado de la video conferencia, dije que Pedro Corzo y Raúl Rivero, algo absolutamente incierto pero tendrían que ponerlo en el resumen. ¿Con quién fuiste a La Habana? Querían que respondiera que Eliécer Consuegra Rivas (Presidente de la Alianza) me hizo ir, eso completaría su plan de encausamiento para mí o para otro a quien tuvieran en la mira. De modo que con mi negativa (lo comprendí al instante) el Acta de advertencia estaría incompleto y discutimos largo rato. Fue una de esas veces en que el instructor Ballagas volvió a meter la pata. Esto ha ido bien, dijo el instructor, pero tú lo estás complicando, ya casi terminamos y mira como tú lo estás echando a perder. Otro fallo, y esta vez fatal. ¿Por qué asegurarme en qué les molesto específicamente? Me negué de plano una vez más, le dieron para atrás. A La Habana fui solo, y allí me vi con otros, a los que por supuesto no mencioné, tampoco les hacía falta.
De las cosas incautadas me interesé en el libro La gloria de Cuba, del ensayista y profesor Roberto González Echavarría, la novela Los embajadores, de Henry James y un manual práctico sobre el programa de diseño Page Maker. A regañadientes me los devolvieron. Me quitaron algo más de sesenta pesos convertibles, dos memorias flash de medio gigabyte. Me devolvieron la novela de James. Yo estaba cansado, un viaje extenuante desde La Habana, pero ellos también, así que me devolvieron la novela. Al salir a la calle, deshice la solapa, dentro llevaba un mensaje de un hermano, un documento que hasta ahora considero de vital importancia para seguir en esta lucha, es algo muy preciado a lo que ahora he sumado el valor y la decisión de haberlo salvado yo mismo.



7 Comentarios



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7 por Mercedes Diaz (Usuario no autenticado) 23/09/2009 1:15

Hola Luis Felipe, admiro tu valentia.

Hoy me entero de este medio de comunicacion

 

en las noticias de las 6:00 pm por uno de los

canales hispanos aqui en Nueva York.

 

te hare una pregunta la cual espero me respondas.

tienen restricciones las Iglesias Evangelicas en cuba. ?

En cualquier momento que esten pasando tu y tu familia

acuerdate siempre Dios esta a su lado, El ve nuestro dolor

y escucha  cada súplica que hacemos de corazón porque 

siempre está presente.

Pidanle a la iglesia la oración, solo asi podemos sobrevivir

las injusticias de los hombres.

Desde hoy orarémos por ustedes. Dios te bendiga y te

guarde junto a tu amada familia.

6 por Lena (Usuario no autenticado) 22/09/2009 17:44

Valiente sin dudas, la resistencia en Cuba es dura en cualquier parte, pero en provincia es más difícil aún. Y tiene un sentido del humor muy sutil, creo que visitaré este blog a menudo. Ese detalle de la novela devuelta le va a costar un buen regaño a los muchachones.

5 por Habanegro (Usuario no autenticado) 22/09/2009 11:29

Espero que algun dia se termine esta dictadura inutil!!

4 por Miguel Enrrique Piedra (Usuario no autenticado) 19/09/2009 18:11

Luis Felipe, como puedo contarte sobre el golpe de estado de raul castro contra el elegido por fidel castro carlos Lage, para ocupar su lugar en la asamblea nacinal y como cabeza de estado ? escribeme a  aphostropher2009@gmail.com para que lo publiques.

3 por Gabriel (Usuario no autenticado) 19/09/2009 1:26

Querido Luis Felipe

 

Estás mostrando un valor extraordinario.

Por favor, no dejes de contarnos todas estas cosas.


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Sobre este blog

Un grito contra el horror en la isla. Una manera de vadear el muro de la desilusión y la muerte lenta del cubano que espera…sin esperar

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Autor: Luis Felipe Rojas

Luis Felipe Rojas

San Germán, Holguín, 1971. Escritor, periodista y poeta libre e independiente. Experimentador audiovisual.

 

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