Jóvenes cubanos: presos a mansalva
Luis Felipe Rojas | 08/06/2009 4:26
Tags: Represión
Cuando tus amigos caen uno a uno al pozo de la cárcel, algo se va con ellos. Algo tuyo se va a los calabozos. La diferencia es que mis amigos no han violado la Ley Mordaza ni son acusados de espionaje o contubernio con los “yumas” o los europeos, un ardid bastante socorrido por la prosapia militar cubana.
Isael, Monés Borrero, Jiménez Blanco, Desdín, Yordis, Galván Casal y Enyor Díaz Allen como última presa, casi todos guantanameros. Muy pocos pasan la treintena de edad y tienen algo en común: han sido víctimas de la Ley de Peligrosidad Pre-delictiva.
Antes era un hampón el que decidía “la paz del barrio”, después un miliciano en los ‘60, más tarde un Jefe de Sector y ahora la sola recomendación del Presidente del Consejo Popular basta para que encierren a miles de jóvenes cubanos por no trabajar con el gobierno, hacer vida individual en una esquina o emprender una mínima empresa de autogestión fuera de las garras burocráticas.
Según estadísticas informales Ciudad de La Habana, Villa Clara, Holguín y Guantánamo son las provincias con presos más jóvenes y es la dichosa ley la de más sufrientes.
Aún así mis amigos se distinguen de los socitos del barrio porque aunque quieran no pueden trabajar, les requisan los bolsillos, les ocupan los teléfonos y sus casas son vigiladas como si fueran terroristas.
Llevar una campaña para que se conozca quiénes son los seis médicos presos políticos cubanos, gritar ¡Abajo la tiranía! hasta quedarse ronco, negarse al arresto arbitrario de todos los días o presentarse en una unidad policial a preguntar por un hermano preso bastó para encerrar a estos muchachos.
Así de jóvenes y no aceptaron la mordaza. Pasaron del empujón, la paliza y el vejamen público a la dignidad y la esperanza del que aguarda en Dios. El cañón en la frente no les dio miedo.
Los pretextos del que no tiene la razón dejan sin aliento al más pintado.
Enlace permanente | Publicado en: Animal de alcantarilla | Actualizado 08/06/2009 5:06
Un interrogatorio (final)
Luis Felipe Rojas | 14/09/2009 19:44
Tags: Represión
El oficial Pablo caminó hasta la ventana, dándome la espalda, se quedó un rato en silencio mientras el mayor Ballagas (supe su nombre al leer el acta de advertencia) me hacía las preguntas más insulsas del mundo (¿Para entretenerme y no dejarme pensar?, ¿Para indagar más? ¿Para dar tiempo a que cambiaran las cintas de audio o video con que me grababan? ¡Porque siempre te graban!)
Cuando se puso de frente a mí, me dijo con cierta sonrisilla malévola que en mi casa me esperaba lo peor, ya hablamos con tu mujer, dijo, y sé que no va a ser fácil, me advirtió. Entonces supe que estaban perdidos de a viaje. En mi matrimonio no había fronteras entre lo que yo hacía y cómo funcionaba todo en casa. Comprendo que al no poder penetrar profundo en casa de mi esposa, su descendencia jamaicana y su cultura diferente y de lo diferente lo hizo meter la pata otra vez.
Me hice el asustado y noté su alegría, por eso en vez de volverme a atacar tomó aire y me preguntó por los colaboradores de la revista Bifronte: quiénes eran, de dónde sacábamos el papel, por donde enviábamos la revista en digital. Por preguntar demasiado volvía a estar entre las cuerdas. Él debía llevarse una confesión novedosa, no lo que ya sabía. No mencioné a ninguno de los más cercanos a mí, incluso cuando me preguntó por Michael H. Miranda, distraje la atención hacia unos universitarios (ficticios) que nos ayudaban.
Cuando alguien pegunta se expone a una respuesta, pero si esa respuesta le vale la puntuación para su trabajo represivo, entonces intenta conseguir lo que quiere, es decir lo que a ti se te hace evidente y puedes manejar el rumbo de las frases entrecortadas, bajar la voz, toser, volver a interrumpir tus frases, de modo que él vuelva sobre la pregunta y tú te cerciores qué es lo que quiere en realidad. Ahí no podían golpearme, ellos intentaban aún salvarme para el mundo intelectual, de manera que no podían permitirse lo que con otros a los que ellos consideraban de menor categoría.
El interrogador cometió el fallo de girar la conversación hacia la manida forma de desprestigiar a la oposición, empezó a hablarme mal de gente que yo jamás había conocido, eran personajes relevantes de la resistencia pacífica por distintas razones, pero me ayudó mucho el hecho de que yo todavía no conocía a ninguno. Martha Beatriz Roque, Héctor Palacios, Vladimiro Roca, Osvaldo Payá, Juan Carlos González Leyva. En dos o tres frases soltó varias acusaciones de corrupción y baja catadura moral, pero seguí con el rostro impasible. No me afectaba porque realmente no tenía ninguna relación afectiva con ellos, no había intercambiado saludos siquiera con alguno. Entonces aquella andanada solo le servía para la grabación que estaban haciéndonos, a él y a mí. Sin embargo alguien con cierto sentido de lo práctico entre sus oficiales, debía comprender que aquel joven oficial hablaba para una pared. ¿Lo habrán percibido? Lo que sí fue una primera prueba de fuerza era si había recibido dinero de los Estados Unidos, de quién, cuánto y para qué. Hasta ahí fue el juego. Dejé de reclinarme en la silla, a lo mejor no había calculado que yo también estaría en el atolladero en el algún momento como ahora. Había recibido dinero, sí, pero de manos amigas, una menudencia para gastos de viajes y algo de papel, de parte de gente que había comprendido cuán necesario es oxigenar el mundo asfixiante de una oficialidad atorada en las llaves del poder.
No sé de qué me hablas, dije. Me observó como a quien no tiene remedio. Te van a caer veinte años arriba por gusto, estás ayudando a desprestigiar a nuestra revolución, fue su perorata instantánea. Yo me dije, caramba, qué lastima, este tipo está más concentrado en decirme todo lo que sus superiores le han ordenado que me diga, que en lo que pudiera sacar de mí. Por eso comprendería años más tarde que hay otros tipos de interrogatorio. Aquel no era de los que se empeñan en tomarte por el mentón, darte dos trompones o fracturarte las costillas, como hacen normalmente, su misión era un mensaje y nos servía a los dos: a él porque cuando sus superiores revisaran las cintas, ahí lo tendrían de aleccionador todo el tiempo, con una leve presión, pero aleccionador; y yo porque había jugado en la línea en que me pudieran extraer información sensible. Les eché a perder el récord de sucesos, a saber.
Cuando me preguntaron quiénes habían estado del otro lado de la video conferencia, dije que Pedro Corzo y Raúl Rivero, algo absolutamente incierto pero tendrían que ponerlo en el resumen. ¿Con quién fuiste a La Habana? Querían que respondiera que Eliécer Consuegra Rivas (Presidente de la Alianza) me hizo ir, eso completaría su plan de encausamiento para mí o para otro a quien tuvieran en la mira. De modo que con mi negativa (lo comprendí al instante) el Acta de advertencia estaría incompleto y discutimos largo rato. Fue una de esas veces en que el instructor Ballagas volvió a meter la pata. Esto ha ido bien, dijo el instructor, pero tú lo estás complicando, ya casi terminamos y mira como tú lo estás echando a perder. Otro fallo, y esta vez fatal. ¿Por qué asegurarme en qué les molesto específicamente? Me negué de plano una vez más, le dieron para atrás. A La Habana fui solo, y allí me vi con otros, a los que por supuesto no mencioné, tampoco les hacía falta.
De las cosas incautadas me interesé en el libro La gloria de Cuba, del ensayista y profesor Roberto González Echavarría, la novela Los embajadores, de Henry James y un manual práctico sobre el programa de diseño Page Maker. A regañadientes me los devolvieron. Me quitaron algo más de sesenta pesos convertibles, dos memorias flash de medio gigabyte. Me devolvieron la novela de James. Yo estaba cansado, un viaje extenuante desde La Habana, pero ellos también, así que me devolvieron la novela. Al salir a la calle, deshice la solapa, dentro llevaba un mensaje de un hermano, un documento que hasta ahora considero de vital importancia para seguir en esta lucha, es algo muy preciado a lo que ahora he sumado el valor y la decisión de haberlo salvado yo mismo.
Enlace permanente | Publicado en: Animal de alcantarilla | Actualizado 16/09/2009 7:22




