Extranjero
Luis Manuel García Méndez | 30/11/2011 13:13
Extranjero es una palabra rara y polivalente, que ha servido incluso para titular libros y grupos de rock. Extranjero era para un espartano, el ateniense que habitaba, por así decirlo, a la vuelta de la esquina. Con el tiempo, todos terminaron siendo griegos. Extranjero era, entre los romanos, un concepto geopolítico: un romano de pura cepa podía nacer en las Galias o en Hispania, mientras el advenimiento de un bárbaro podía ocurrir a los pies del Coliseo, sin que por ello dejara de ser extranjero, lo que en este caso equivalía a extraño, ajeno. En las colonias españolas de Hispanoamérica, el criollo, nacido en el Nuevo Mundo, sin importar que sus padres fueran castellanos viejos, por razones geográficas (que a la larga se convirtieron en razones económicas y más tarde políticas, militares) no tenía acceso a numerosos cargos públicos. Era extranjero. Extranjero en su propia tierra.
En países como Suiza, para que a un extranjero se le conceda la ciudadanía -únicamente al estar casado con un ciudadano suizo-, debe reunirse el consejo de la localidad donde nació el cónyugue, valorar los méritos y deméritos del aspirante a la suizificación, y decidir, a puro voto democrático, si el tal tiene derecho o no a la eximia nacionalidad de las vacas alpinas y los quesos emmental. Incluso en junio del 94, durante un referéndum sobre si se le concedía o no la nacionalidad a los hijos y nietos de inmigrantes, nacidos en el país y que sólo hablan alemán, francés o italiano, no su idioma de origen, más de la mitad de los suizos dijeron que no. De modo que siguen siendo extranjeros en la tierra donde nacieron ellos y sus padres. Españoles, croatas o chilenos que jamás han pisado los países de donde, teóricamente, son nativos. La extranjeridad es su condición natural.
He escuchado a algunas personas sentirse orgullosas de su nacionalidad, y creo que ello entraña un absurdo: es puro accidente que yo haya nacido en La Habana y no en Helsinski o Ulan Bator. No puedo sentirme orgulloso por algo en que no intervine, y que por tanto no entraña ningún mérito. Podría, en cambio, sentirme orgulloso de mis obras, de mi condición humana, de mi país o de mi pueblo (lo cual no equivale a mi nacionalidad, mudable, como cualquier rótulo). Y me refiero a ésto porque, apreciando los nacionalismos sanos, no excluyentes y que podrían asumirse como una categoría cultural, la salvaguarda de una herencia histórica; detesto los nacionalismos chovinistas, excluyentes, detentados por personas que se atribuyen los méritos de su pueblo gracias a una simple partida de nacimiento. Méritos en los que, con harta frecuencia, no han cooperado en lo absoluto. Y el aprecio superlativo y miope de lo propio viene con asiduidad convoyado por el desprecio a Lo Otro, Lo Extranjero. De modo que la otredad se convierte en un defecto y el otro, el extranjero, pasa a ser el bárbaro de los romanos, excluible, inferior.
La historia demuestra que la nación pervive, no el país. Yugoslavia fue un país, como la Unión Soviética o Checoslovaquia. Hoy descubrimos cuantas naciones contenían. O el Africa Negra, donde impusieron fronteras quienes se repartieron el botín, sin tomar en consideración las verdaderas naciones, sajadas a mansalva por esas líneas trazadas en los mapas. Pero la nación, la verdadera nación, que parte del autorreconocimiento de una herencia cultural e histórica, no cree en esas demarcaciones artificiales, y un yoruba sigue siendo yoruba antes que senegalés.
Pero ni siquiera la nación, a nivel individual, es determinista. La historia está llena de trasvestismos nacionales. ¿Era Conrad un escritor polaco o inglés? Y Nabokov: ¿norteamericano o ruso? ¿Y esa Gertrudis Gómez de Avellaneda, nacida en el Camagüey cubano, cuya obra se imparte en los cursos de literatura española? Demasiados ejemplos demuestran que incluso la nacionalidad puede ser una vocación: la del hombre que asume la nacionalidad (y no sólo la ciudadanía) del sitio donde halla la plenitud y la felicidad, es decir, su lugar (suyo, intransferible) en el planeta. De modo que con frecuencia la llamada cultura nacional, está minada de extranjeros. Sin ir más lejos: el mayor acontecimiento de la historia española, el descubrimiento de América -llamémosle así para abreviar- fue obra de un extranjero, que quizás (antes de la ignominia, el desprecio y las cadenas) se sintiera más extranjero en su tierra natal. O el Napoleón francés, que era corso. Y el Napoleón alemán, Adolf Hitler, que era austríaco. Demasiados accidentes hacen sospechar que la cultura y la historia nacionales son más internacionales de lo que se piensa.
Tantos criterios encontrados, definiciones incompletas y romas, me inducen una duda esencial: ¿qué es por fin extranjero? Y no acabo de concretarlo en una categoría geográfica o legal, en un pasaporte, una raza o un idioma. Y por eso prefiero asumir como sinónimo de extranjero una palabra inglesa: alien. Y alien es sólo aquel que reniega de los valores universales que la raza humana: comprensión, sabiduría, amor y tolerancia; extranjero quien pretenda confirmar el yo a costa del no yo, quien se asuma centro para instaurar la periferia, quien destruya puentes y tapie puertas, pretendiendo quizás (iluso de él) vestir de ajeno lo que ocurra en cualquier otro lugar del planeta, más allá de su miope geografía; en un planeta cada vez más pequeño, cada vez más cercano. Extranjero es quien no entiende que el hambre de los indígenas bolivianos y peruanos coloca la cocaína a la puerta de nuestras escuelas. El que no escucha a John Donne cuando advertía que siempre que las campanas están doblando, no importa por quién sea, doblan por ti.
El resto, somos ciudadanos de hecho y derecho, nacidos y criados en la nación de los seres humanos: este maltratado planeta.
(Extranjero [5.67562e-07, Fri, 19 Apr 2002 00:00:00 GMT, 7784 bytes] http://arch.cubaencuentro.com/sociedad/2002/04/19/7446.html)
Publicado en: El mundanal ruido | Actualizado 30/11/2011 13:15






















4 Comentarios
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4 by Nelson Estevez (Usuario no autenticado) 05/02/2013 4:31
De la relatividad del fenómeno a la relatividad del concepto hay mucha tela por donde cortar. Me gusta, estéticamente, el devinir de las ideas en este autor. Me despierta la curiosidad intelectual y me hace pensar. Con eso solamente basta para que aplauda el artículo. Hace menos de un siglo unos "extranjeros" de Europa peleaban entre sí, para repartirse el botín. Con crisis o sin crisis económica encontraron una forma más civilizada, aunque aún sea muy primitiva, de identificarse más allá de las diferencias. Se está acercando la época del ciudadano europeo. Mientras en nuestras tierras los nuevos "suizos" crean cantones de las drogas porque su euro es un manojo de marihuana o un poco de coca convertible. Entre civilizacion y barbarie también hay mucha tela por donde cortar. No todos somos inclinados a observar la inmensidad de la Galaxia y la pequeñez de nuestro planeta en el universo. Después del decubrimiento de América en sólo cinco siglos se ha logrado, por una parte de la humanidad aún, que con los medios electrónicos y las redes de comunicación popular demostrar que podemos todos estar al alcance el uno del otro y mirarnos y admirarnos en nuestras diferencias culturales e incluso comprendernos un poco, aunque no del todo. Pero junto con estos avances tecnológicos surgieron los piratas oportunistas en las redes. Igual que las naves con la bandera negra y tibias cruzadas que atacaban a los viajeros y aventureros pacíficos hoy obstaculizan la nueva globalización que tiende a una compenetración entre las personas de diferentes orígenes étnicos. Al mismo tiempo alguien muere por portar un simple celular en algún lugar de aquella tierra que el gran genovés impulsó a descubrir por los europeos. No se sabe por cuanto tiempo seguirá el mundo desunido y por tanto el etnocentrismo sea el que determine el vano orgullo de ser de tal o mas cual lugar y no uno más de este tan pequeño planeta. Creo que más que el descubrimiento del euro, de la unión de todos por las redes, debiéramos descubrir otro planeta habitado por seres inteligentes con tarros y rabos con puntas lacerantes para darnos cuenta de nuestra triste humanidad.
3 by Esteban Pérez (Usuario no autenticado) 20/03/2012 11:02
Hace unos días leí en un comentario cuyo autor no recuerdo, el planteamiento medio en broma de un amigo suyo que dice que su patria es el lugar donde conecta su laptop (ordenador portátil). En Andalucía (España) he encontrado la gente más parecida que podía imaginar a los campesinos del oriente de Cuba (lugar en que nací). Hace unos meses salí de España por razones de trabajo un par de días, al regresar, en el aeropuerto, apenas miraron mi DNI para franquearme la entrada a ¨mi país¨. Para ir a Cuba necesito varios permisos y trámites oficiales, al llegar al aeropuerto de La Habana, después de mostrar mi pasaporte Cubano, me someten a una desconfiada búsqueda de posibles ilegalidades, mucho más estricta que al alemán que viajaba en el asiento de al lado en el avión. ¿Soy extranjero en Cuba precisamente por haber nacido allí?. Realmente no lo tengo muy claro. Probablemente los extranjeros sean los que se han adueñado de los sueños y esperanzas de los cubanos de allí y de cualquier lugar del planeta. Las campanas que ya se empiezan a escuchar por ellos, probablemente anuncien el día en que nos empiecen a devolver el país a los ¨extranjeros¨ Cubanos que vivimos en él o en cualquier parte de este pequeño mundo.
2 by Jorge L de la Paz (Usuario no autenticado) 16/12/2011 16:49
Lo más duro es sentirse extrajero en su propia tierra y realizarse fuera de ella donde se es un "alien".
1 by daniel 07/12/2011 20:06
es una realidad que muchos aliens no quieren ver y prefieren aferrarse a ideas absurdas sin pensar que ellos tambien son extranjeros de una o varias formas
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