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América Latina y Cuba desde España

Autor: Michel Suárez

Autor: Michel Suárez, periodista. Madrid, España.
Contacto: info@michelsuarez.com

 

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La mirada en el ombligo

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Cuba es un país distorsionado por sus elites. Entre otras cosas, por eso quien sería su presidente idóneo es acusado por el gobierno cubano de terrorista, mientras el verdadero terrorista lleva cincuenta años gobernando, y dividiendo, a los cubanos.

Las elites cubanas han construido un país inexistente, profusamente decorado en base a cuotas cada vez más inoperantes de estridencia, egolatría y exhibicionismo. El problema cubano no puede resolverse no porque no tenga solución, no porque el totalitarismo se haya consolidado y mucho menos porque haya nacido un pícaro de opereta por el estilo de Fidel Castro, sino porque la cultura asimilada no encuentra referencias a partir de las cuales reformarse: las referencias deben constituirlas sus elites, y sus elites están más ocupadas en promoverse, o proyectarse, a sí mismas, en hacer girar la noria de su “trascendencia”. Un diálogo de sordos que se extiende ya demasiado en el tiempo.

Además, las elites, en su mayoría –las excepciones son marginales-, cojean de la misma pata que la cultura predominante. Si las esferas llamadas a reformar la seudo-cultura nacional, a establecer modelos alternativos de comparación, a redefinir sus paradigmas, a ofrecerse como referencia, son incapaces de transformarse, ¿qué puede esperarse del resto?

Hay una frase que ejemplifica perfectamente lo anterior, que cito de memoria y cuyo autor ahora mismo no recuerdo –quien recuerde el nombre y la frase literalmente, por favor, que me “aclare la mente”. Dice algo así como que “el choteo es la respuesta cultural del pueblo cubano a la falta de seriedad de sus elites”. Nunca mejor dicho: es ahora, luego de dos años de tribuna sin Fidel Castro, cuando esta falta de seriedad, y por extensión de capacidad, puede aquilatarse en toda su lastimosa dimensión. Cuesta cada vez más trabajo tomarse en serio a las elites cubanas.

En su libro Cuba: Claves para una conciencia en crisis, edición de 1983, Carlos Alberto Montaner pone el dedo sobre la llaga: “El castrismo es la última expresión, la caricatura final de los delirios de grandeza cubanos”. También podría decirse que la cultura vigente es la última expresión, la caricatura final de los delirios de grandeza de las elites cubanas. Pero Montaner lo define todavía mejor en el libro de marras: “La desgracia no está en las percusiones rítmicas de los negros, sino en la demencia mesiánica, en la hipertrofia de nuestra apreciación histórica, en nuestra manía de vernos el ombligo a través de un microscopio”.

Cuba necesita de sus elites una reacción pragmática, y humilde, al problema de la disolución nacional. O al problema de la involución nacional. Pero sus elites insisten en mirar para otro lado. Ya se sabe para dónde.


Yero: La confusión cultural de Eliades Acosta

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un artículo de Arnaldo Yero

Según la ponencia del señor Eliades Acosta en el seminario 50 Aniversario de la Revolución Cubana, la mejor garantía para evitar la reversibilidad de la revolución es la profundización de una cultura revolucionaria integral en cada cubano.

El ex director de la Biblioteca Nacional y uno de los principales ideólogos del régimen de La Habana asegura: “Hoy se sabe que la clave que hace que unas revoluciones humildes triunfen y otras en países con mayores recursos hayan desaparecido no estriba en producir más acero que Occidente, ni en tener más divisiones que la OTAN […] sino en la educación y la cultura de todo un pueblo en función de la propia práctica social revolucionaria, y viceversa”.

Si tomamos una acepción descriptiva lo más general posible para definir el término, la cultura, según el Diccionario de la RAE, es el “conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época o grupo social”. Es decir, en su concepción más amplia, la cultura no se circunscribe a la ideología, sino que abarca todas las esferas de la actividad humana, es el resultado de la praxis y por ende está en constante evolución.

De acuerdo con el señor Acosta, sin embargo, la cultura revolucionaria, “especialmente cuando los revolucionarios han tomado el poder […] es la vía consciente y organizada para fomentar y masificar esas ideas que transforman de raíz una sociedad, y que son, por fuerza, inicialmente confusas, intuitivas y aisladas, circunscritas a un estrecho círculo de cuasi iluminados (los intelectuales revolucionarios). La tarea de la cultura revolucionaria es, en consecuencia, la de explicar, exponer de manera racional, fomentar y propiciar, deliberadamente, la producción y reproducción de esas ideas nuevas hasta que pasen a formar parte indisoluble del pueblo, guiando su actuación desde la conciencia, los principios y los valores, y no desde la imposición, la coerción o la censura”.

Evidentemente el señor Acosta, tal vez sin darse cuenta, describe en el párrafo anterior la imposición de una ideología política, producto de las ideas confusas de un grupo de “elegidos”, por medio del adoctrinamiento sistemático de las masas, independientemente de los resultados empíricos de dicha ideología.

El problema con el cuadro anterior descrito por Acosta es que las ideas, los principios y los valores prevalecen no porque sean dogmas revelados, inculcados a la fuerza mediante una maquinaria de propaganda estatal, generación tras generación, sino cuando demuestran su validez mediante la práctica cotidiana.

En ningún lugar de su ponencia al señor Acosta se le ocurre plantear que el problema más grave que tiene la llamada revolución tal vez no sea su reversibilidad por falta de una “cultura revolucionaria” adecuada, sino su obsolescencia a pesar del activismo ideológico del Estado. Que el problema no estriba en que alguien quiera darle marcha atrás a la historia y volver a la dictadura de Fulgencio Batista o a la de Gerardo Machado, sino en que la práctica de más setenta años en la antigua URSS y el bloque soviético, amén de los cincuenta años de socialismo en Cuba, han demostrado hasta la saciedad que el totalitarismo y la economía centralizada no satisfacen las necesidades materiales y espirituales del hombre, verdaderas causas por las que fracasó el socialismo real en Europa oriental, y por las que otras dos revoluciones devenidas sociedades totalitarias no mencionadas en su ponencia, la china y la vietnamita, optaron por las reformas de economía de mercado para avanzar en su desarrollo.

Confucio decía que había que darle “los nombres justos” a las cosas, porque todo lo que se derivara de sus nombres falsos estaba condenado al error. Tal vez de ahí provenga la confusión del señor Acosta a la hora de diagnosticar los peligros y las posibles soluciones a los problemas del régimen cubano.

Hoy en día, nadie que tenga dos dedos de frente en la oposición o que dentro del propio régimen aspire a cambios reales que saquen a Cuba del estancamiento actual, aspira a revertir una revolución que dejó de existir hace décadas, sino a superar una dictadura de cincuenta años que sigue atrincherada en la guerra fría de los años sesenta, defendiendo el dogma marxista-leninista de los años veinte y profesándose continuadora de un ethos revolucionario que ha lastrado al país desde el siglo XIX.

La revolución de que el señor Acosta habla sencillamente no existe, terminó cuando el régimen de Fidel Castro acabó de desmantelar las instituciones de la república e institucionalizó el totalitarismo. De ahí en adelante lo que continuó funcionando en Cuba fue la dictadura militar de los hermanos Castro, que envuelta en su demagógica retórica revolucionaria, apropiada de todos los símbolos patrios y en poder de todos los medios de comunicación y propaganda, se dedicó a controlar minuciosamente todas las esferas de la vida de la nación para garantizar su perpetuación en el poder.

En una atmósfera de represión tal, donde el individuo no puede pensar ni actuar libremente por temor a las repercusiones políticas, no puede existir una cultura genuinamente independiente y mucho menos una cultura revolucionaria en el sentido del libre juego y gestación de las ideas.

El régimen militar cubano es una gerontocracia dogmática e ineficiente aferrada al poder, incapaz de resolver problemas tan elementales como acabar con el marabú que cubre los campos de Cuba o viabilizar la ayuda humanitaria que se le ofrece para mitigar el sufrimiento de los damnificados de un ciclón. Mientras el señor Acosta no se atreva a definir dicho régimen como lo que es, seguirá equivocándose en la búsqueda de su remedio.


La revolución de la inmundicia

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A partir de 1959, las transformaciones estructurales y formales que soportaron el Estado y la política en Cuba no puede decirse que hayan sido suficientemente novedosas. Se alfabetizó. Se expropió. Se discriminó por concepto de ideología o credo. Pero estas prácticas no pueden ser estimadas con propiedad revolucionarias si se rastrea el ángulo innovador, evolutivo de la palabra. No hubo nada nuevo bajo el sol. No se descubrió que la rueda rodaba. El breve período revolucionario -la primera década del régimen- no desmerita esta visión del asunto. No obstante, en lo social sí es posible hallar síntomas que redecoran el escenario de lo cubano, de lo popular en ejercicio.

Si la cubana fue una revolución, lo ha sido escatológicamente hablando. En primera instancia, la imagen de "el más allá" como meta a alcanzar, como artilugio e instrumento del Poder, ha funcionado a todo trapo durante los últimos cincuenta años. La vieja consigna “Patria o Muerte” es quizá el ejemplo más a mano, pero referencias sobran. Por otro lado, que el castrismo intentara enraizar semejante percepción en la conciencia de la nación no significa que ésta se la haya tomado muy a pecho. Lo cubano es, por definición, vital, ajeno a una cultura de la muerte o el martirologio. Y ello a pesar de Martí, Chivás y demás puntualidades.

Pero donde lo escatológico adquiere carácter masivo, donde gana la batalla a nivel social, es en su vertiente más soez u ordinaria. Lo escatológico revoluciona el lenguaje, los modos, las estratagemas. Cuba es hoy día un país donde lo grosero se ha adueñado de lo cultural y aun de lo político, sobre todo si se tiene en cuenta que esto último ha condicionado lo primero y lo ha hecho, conscientemente o no, desde la inmundicia.

La podredumbre, lo escatológico como punto de referencia, es la seña de identidad de un proceso cuyos principales dirigentes -salvo excepciones muy puntuales- utilizan lo soez como arma o se han visto amalgamados y condicionados por ello. La imaginería popular, cimentada en datos muy concretos, dibuja a un Che Guevara maloliente, desaseado, o a un Fidel Castro que copula –brevemente- con las botas puestas. De los tantos apodos administrados a este último, convendría recordar uno de su época universitaria, cuando aún el líder no era el líder: Bola de Churre. Y Bola de Churre ha impulsado decisivamente, desde la imagen, el verbo y sus innumerables mandamientos, la revolución de la inmundicia en Cuba.

Tampoco le fue demasiado difícil. La idiosincrasia del choteo, ya significada por Mañach, brindó soporte a los nuevos aires traídos por el castrismo, que comenzó a llamar las cosas por su nombre más rastrero. La revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes fue, en otra dimensión sociológica, la rebelión de lo escatológico contra lo diverso, la minuciosa y festiva cruzada de la chabacanería contra la mesura. Había una base, claro está, un caldo de cultivo que fue autorizado a extraer lo soez del baúl de los recuerdos de la inhibición pública. El cubano es extravertido, inmoderado, enfático: a cambio de no tocar ciertos temas, obtuvo la libertad de abordar otros muchos sin contención ni buen gusto. La vulgaridad no sólo prosperó a escala institucional, sino que en la calle el vocabulario se masificó, perdiendo individualidad y matices: mecanizándose. Del “nosotros” al “compañero”, de la “reunión del comité de base” al “municipio especial”, al “delegado especial”, al “período especial”, la palabra se hizo anónima, ganando impunidad y perdiendo distinción. Así, el sistema educacional totalitario ha contribuido especialmente a diseñar un modelo de nación en el que no tiene cabida la elegancia.

La dictadura de lo escatológico en Cuba llega al final de un ciclo histórico con sus deberes cumplidos. Ciertamente, se hace cada vez más evidente que la diversidad aflora, con asustadiza cautela, allí donde lo oficial tenía hasta hace poco jurisdicción. Pero no hay que subestimar la labor de zapa que durante medio siglo dirigió el Estado y consolidó el sistema. Y no sólo en un sentido cultural o social. Ahora mismo la antigua Perla de las Antillas es un país arrasado, derruido, donde lo escatológico zigzaguea por las principales avenidas en forma de excremento canino. Y está La Habana, ese monumento erigido por el Poder en conmemoración del enésimo aniversario de la revolución de la inmundicia. No será fácil higienizar la ciudad. Ni siquiera recoger a los perros.


Chago: Sobre una propuesta de retorno, el exilio y sus patriotas

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un artículo de Santiago Méndez Alpízar, Chago

La inercia puede llegar a sostener no el giro del universo, que es mucho más leve en realidad que la mente, sino el peso de una cabeza llena de ideas equivocadas.

Así, se puede uno asomar al valle de la vida y verse, como mínimo, trepado a un mogote y con náuseas. Una flor en casa inapropiada puede ser un objeto de exterminio.

Esta relatividad fuerza a creernos cosas. O a verlas sobredimensionadas. Un rasgo inequívoco del cubano, del cubaneo. La juerga y levedad del cubano que llegara a formal carácter, signo de reconocimiento, distinción para humanos con vocación nocturna y gran capacidad de aguante.

Hay sin embargo un detalle singular del cubano que lo emparenta con otros de diferentes latitudes, haciéndolo uno de los sapiens más adaptables y localizables en lugares muy remotos.

El cubano no viaja: sale en balsa o avión, camiones náuticos, autos de los años cincuenta adaptados para romper las olas y llevar a unos veinte pasajeros. Cualquier tipo de material, objeto o artilugio que flote sirve para ganarse la huída. El cubano “jinetea la pira”. Se la gana mediante Cartas o Cárcel.

El cubano se queda.

Y es ahí donde, según este humilde escritor de versos herrumbrosos -si lo fuere-, se enriquece la variopinta y ya de por sí folclórica exposición cubiche. Sí, pues si hay algo folclórico es el exilio nuestro de medio siglo.

Folclórico en cuanto tradicional y folclórico en su raíz política, que no deja de ser un aspecto fantasmal. El exilio lleva mucho de fantasma. Así sus órganos vitales, los que se supone vertebre y coaccione, son espacios fantasmas.

Revistas, fundaciones, asociaciones, periódicos… no sé cuántos tiene el exilio, todos fantasmas. ¿Cuántos partidos tiene el exilio? ¿Para qué sirven?

Bueno, puedo dejar aparte a algunos restaurantes de Miami y otros de Europa que sí funcionan.

Pero es en la organicidad y en sus intereses donde el exilio hace gala de una nula capacidad para lograr consenso. Es en el planteamiento de una estrategia para dejar de ser exilio. Los posicionamientos más ultra son los que han prevalecido. La política del dale al que te dio, sin poder dar en realidad, no solamente ha logrado el endurecimiento en las relaciones familiares y de toda índole, sino que ha atomizado todavía más la diáspora. Sin dejar de mencionar al que no le dieron, pero quiere dar, pues de tanto decírselo se creyó que le dieron.

Y es que el arte de la espera, del derrumbe, del “eso se cae algún día”, sigue siendo la única política visible. Cualquier intento de proximidad o de insistencia en, por lo menos, formalizar un factible encuentro entre selectos representantes del destierro y los que a día de hoy continúan disponiendo del poder en la Isla, es mirado con recelo en el mejor de los ejemplos.

Sobran casta y batallitas de cada cual. Ya lo decía la poeta: no sé qué nos hace pensar que somos tan especiales.

A esto le sumo la llegada masiva de exiliados por derecho propio. Puede que como yo, aunque sea posible igualmente que no llegue mi pedigrí a la altura de estos que se creyeron un cuento y luego nos lo venden a diario. Brillantes autoexiliados que a fuerza de repetir lo evidente se llenan la boca de palabras gordas. Las medallas del exilio se ganan con palabras gordas también. Con mucha lengua, socarronería y desmemoria se hace carrera de exiliado.

Se sabe la validez de la distancia y el valor de estos individuos. Se sabe que es muy complicado gritar desde “distantes riveras”. Se entiende a quiénes me refiero.

Por ello y cansado de casi todo, la verdad es que vi una gran valentía en la propuesta nada descabellada, menos rara, del Movimiento Retorno, en entrevista al fotógrafo Delio Regueral hace pocos días, en el blog de Armando Añel.

Agrego que la idea venía de lejos. Fue otro fotógrafo, Arles Iglesias, el que me la planteó en forma de pregunta para un Corto hace varios años: ¿Qué pasaría si regresamos miles de cubanos a la isla el mismo día? Esta pregunta reiterada a varios y escogidos entrevistados formaría la respuesta, la propuesta del Corto.

Una pregunta así es menos tendenciosa y temeraria que un bombardeo de alimentos a Cuba. Por ende, menos viable y capaz de aglomerar figuras, nombres de prestigio. La respuesta trae el agravante añadido de arriesgar el pellejo, el propio. En muchos casos volver a arriesgarlo.

Es la idea contraria de un exilio. ¿Cómo el exilio va a dejar de ser exilio por su propia voluntad?

¿Cerramos el timbiriche y nos arriesgamos a que nos soplen unos cuantos e indefinidos años en el talego? Aquí habría que preguntar, también, si no se tiene un poco de miedo a que se caiga el exilio, parecido a como lo hiciera un reconocido músico en Miami.

No son tiempos para ese tipo de patriota. No para el que propone un riesgo total, pacífico.

Menos para el que sabe que para llegar a fin de mes lo único que tiene que hacer es continuar dándole vueltas a la peonza, que es casi un trompo, pero más hembra.

Cortesía http://www.eforyatocha.com/


Ichikawa: Para ilustrar

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un artículo de Emilio Ichikawa

Vamos a hablar de cualquier comunidad cubana exiliada fuera de los Estados Unidos. Cualquiera; por ejemplo… la que lo ha hecho en España. En cualquier ciudad de España. Imaginemos que entre los cubanos llegados a ese lugar haya algunos que consiguieron éxito. Mismo éxito que le permite hacer relaciones y, en consecuencia, realizar un “lobby” político a favor de sus intereses. Primero los estrictamente personales, y los relativos a lo que llamamos Cuba después. Inmediatamente después. Es un orden racional. Imaginemos también que, llegado un momento, algunos empiecen a introducir a sus hijos en el citado sistema de relaciones para que hereden, además del dinero, la capacidad de influir en algunos miembros de cortes, del gobierno central o autonómicos.

Imaginemos entonces que uno de esos hijos, nacido en Cuba o ya en la misma España, le dice al exitoso padre: “Papá, pero yo no sólo quiero limitarme a tener relaciones con los gobernantes españoles. Yo creo que puedo conseguir un puesto en el gobierno o el parlamento español”. ¿Loco el chama? Es posible. Esa locura es uno de los aportes de los primeros cubanos que llegaron al Congreso y el Senado de los Estados Unidos. Es decir, ellos fueron, en un acto de inmensa ambición e imaginación política, más allá del lobby y de los propios partidos que se fundaban para hacer política en una Cuba futura. Esos pioneros se dieron cuenta que no sólo podían hacer política futura, sino política presente. Y no sólo política cubana en los Estados Unidos, sino política norteamericana en Norteamérica. Ya esto, para seguir una frase conocida, es una reconquista de “mediana intensidad”; si se quiere, una política contra imperial en el propio territorio del Imperio (no olvidar que el único enfrentamiento frontal a los Estados Unidos que registra la historia cubana no es “Girón”, sino el de la comunidad cubana de Miami cuando el caso Elián. Y Castro, como ahora en el caso Posada Carriles, estuvo en el bando del gobierno norteamericano).

Pero estábamos en España. Imaginemos entonces que ya ese exiliado cubano en Madrid o Barcelona tiene a su hijo, cubano, plantado en la Generalitat o en el legislativo central. Y se entera entonces que para las próximas elecciones, el hijo de Pedro, otro cubano en España, le va a disputar su puesto. No a un español, no a un catalán o a un ruso, sino a otro cubano. Muy bien, es su derecho. Pero piense cada cual cómo se vería esta aspiración a nivel concreto.

En Cuba, como parte de esos consejos paternalistas, se decía: “No hablen de política: hablen de pelota”. Política y pelota… Total, es lo mismo; oficios dramatúrgicos, trabajos que exigen una buena alquimia entre fuerza y pose. Los cubanos, en Estados Unidos, han puesto políticos a todos los niveles de la estructura de poder. Hay más cubanos en alcaldías, puestos estatales y federales, que peloteros isleños en las Grandes Ligas. La Costa Este de los Estados Unidos está minada de políticos cubanos. No sé qué han hecho en esta materia cubanos en otras partes del mundo. Me gustaría conocerlo. Y me placería conocer también de las querellas políticas en otros lugares. Sé que las hay en Suecia, en Francia, y las conozco en España. Todo el mundo ahí, sabroso, reproduciendo en bipartidismo y su capítulo bieditorial: Atenas contra Esparta. Sé, por ejemplo, que José Pardo Llada llegó a ocupar puestos importantes en la diplomacia colombiana, pero no mucho más.

Como quiera que sea, aunque se invierta el precepto y ahora se precie más un “cubano vota contra cubano”, se trata de los Estados Unidos. Un país que inventa el antiamericanismo puede perfectamente justificar el anticubanismo en la comunidad cubana exiliada en sus tierras. Es rentable igual. Incluso para el nacionalismo: “Somos más anticubanos que las antipalmas”. Pero los méritos, como siempre, son de los primeros. Lo demás es copia. O apostasía.

Cortesía http://www.emilioichikawa.blogspot.com/