América Latina y Cuba desde España

Autor: Michel Suárez, periodista. Madrid, España.
Contacto: info@michelsuarez.com
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No
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22/05/2006 6:00
Sí
19/05/2006 14:56
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LA COLUMNA DE RAMÓN
No
Decirte mariposa cuando ejercías de bicha.
La culpa la tuvo siempre Barbarabarito Diez, por su apellido de cifra redonda, su ceceo insular y su interpretación de Una rosa de Francia. Él me ha confundido todo el tiempo; tu misterio ha estado insepulto en mí hasta hoy, que te catapulto. Incluso fui a ver la película que te hicieron, sin enterarme mucho, porque llevaba la marca esa tan típica de que todo lo de antes era malísimo, contradiciendo a mi abuelo, que afirmaba socarrón que en el pasado amarraban a los perros con longanizas. Hoy, que la longaniza agonizó, y los perros lo miran a uno con desconfianza, reafirmo las razones de mi abuelo, y compruebo que era un sabio anónimo.
A Barbarabarito lo descarté por confuso, y por su manía de edulcorarlo todo, de poner las cosas más torcidas y barrocas de lo que son o han sido. Tuve que quemarme mucho las pestañas para llegar a descubrir el trasfondo de la frase "bellas fruslerías"; estudié un semestre de psicología socialista aplicada, y me apunté a un par de cursos breves sobre adicciones y efectos colaterales, para entender, a plenitud y con luz de neón, que alguien padeciera de cleptomanía y robara solamente "por un goce de estética emoción".
Entonces me dediqué a desmenuzar a conciencia la historia de aquella cleptómana que contaba Barbarabarito cantando, cuando decía que la había conocido una tarde en un comercio antiguo, hurgando un caprichoso frasquito de cristal. Qué asco y qué decepción tuve al descubrir con asombro que el melódico de ébano, cuando se refería al recipiente "que tuvo esencia rara", se refería nada menos que a un vulgar pomito para análisis de orina. Para colmo, su delicadeza y caballerosidad le obligaban a cantar en elipsis, apartándose de la cruda verdad. Si alguien duda, que escuche cómo describe a la ladrona con este eufemismo polifémico: "y en su mirar ambiguo". Tanto cuidado para decirnos que la mujer era bizca me saca de mis casillas.
Lo cierto es que tu vida fue corta como ración de Escuela al Campo. Corta pero alborotadita, como miembro viril de chino. Tenías esa fragancia extranjera que le pone los perros de punta a chulos y poetas, y que se convierte en sueño húmedo para los parroquianos de cualquier local nocturno. Y si tu vida fue como hielo en un vaso de whisky, tu asesinato sigue siendo un misterio insondable, y una aberración de bañadera.
Mi masa encefálica se ponía fálica cada vez que soñaba con tu origen: la Francia. Te confieso que ahora sé por experiencia que no todos los franceses son de París. Es posible que nacieras cerca, en Pontoisse, que viene siendo con respecto a Cuba como Güinía de Miranda pero con quesos. A pesar de todo llevabas la fragancia del país galo en el cuero pálido, el salitre del Sena en los senos, la nocturnidad en los ojos, y cierta alevosía en las caderas. Un material como ese en un país desordenado y tropical es un batazo. Una linda boquita, un oficio tan antiguo como el tuyo, una ardentía de ojos y una muerte como la que tuviste es material de tango, y caso extremo, de bolero, que lleva menos depresión.
Descubrí algo que me dejó anonadado: te había llevado a La Habana, como sublime coquito de importación, el mismo Villaverde, que inauguró contigo la lucrativa, enigmática, jugosa y atractiva profesión de "sosteneur", que en francés suena precioso, pero que en su traducción directa del cubano antiguo significa simplemente chulo. Hay que ver lo mal que se daba la cultura en esos tiempos en los que el Estado no metía mano en ese campo.
Pensé que al pobre Villaverde le iba muy mal con la venta de su novela Cecilia Valdés, obra cumbre de nuestra literatura. Hasta encontré lógico que un hombre de mundo como el Villa, buscara caminos alternativos para su sustento, vías carnales y glamorosas. Pero, como es ya usual en mi atormentada vida, me equivocaba: tu Villaverde era otro Villaverde. Se llamaba Oscar y no Cecilio.
Oscar Villaverde era un truhán antipatriótico. En lugar de honrar el ilustre apellido que llevaba, y ponerse a vivir de las mulatas habaneras, que en esa época daban al pecho en la umbre umbría, le dio por el ganado europeo. Para colmo de mares era dueño de un cabaret llamado Tokio, no sé muy bien si por dolencia ciática o propensión asiática, o por el toka toka que entre sus paredes se armaba. A mí particularmente, lo nipón me aleja de la lujuria y me acerca a lo electrónico. Mas, aquellos eran otros tiempos.
No puedo aseverar que el Tokio fuera exactamente un antro de perdición. Allí nadie se perdía. Estaba enclavado en San Lázaro y Blanco, juntando así lo piadoso con lo racista, y me da el pálpito que todo el que frecuentaba el local llegaba ya perdido. Además de ofertar carne de primera, en el Tokio se podían degustar broncas bebidas nacionales con algo mundano y mundial de la coctelería de afuera, cuya mezcla, ligada a la observancia de aquellas hetairas de sensuales acentos lejanos, embrollaba la lucidez de la clientela masculina, garantizando la bronca del cierre.
Tenía un atractivo añadido en la buena música nativa, que en esos finales de los veinte e inicios de los treinta iba dejando de ser la letanía quejumbrosa de los sextetos para evolucionar hacia las jazz band. La orquesta estaba al mambo del maestro José Curbelo, así que, libaciones, manoseo y aturdimiento sonoro garantizaban el ensope cerebral de los numerosos curdelos que iban a abrevar entre sus paredes. Ver madamas de la periferia parisina y ser testigos de la evolución de nuestra música, en vivo y en directo, era un lujo que no se ha vuelto a repetir.
No es lo mismo ser testigo de ese paisaje cosmopolita que asistir a un guateque por donde se paseen macizas bielorrusas en overoles de mecánico. El Tokio de Villaverde tenía ese toque mágico que compartían los otros 900 locales de la capital, sin consumo mínimo, mangas largas u otras restricciones que se pusieron de moda más tarde. Ninguno de los músicos había recibido la orden Alejo Carpentier porque el novelista esta todavía vivo y lejano, precisamente en París.
Villaverde ejercía otro cargo, junto al de chulo y manager. Era tu marido. Tal vez había adquirido en la relajada Francia la costumbre de no importarle mucho quién te llevaba al tatami mientras hubiera monedas de por medio. Quizá era un tipo desprejuiciado y abierto hasta el amanecer, o que su condición de cónyuge le garantizaba precisamente ascendencia sobre ti. Lo más probable es que su condición matrimonial fuera simbólica, y la ejerciera como el que posee un título de propiedad sobre una máquina de juego y placer. No sé. A mí ese mundo perverso y nocturno me es completamente desconocido. Del mundo de la noche no pasé de la simple observancia en las guardias cederistas.
Entonces pasó lo que tenía que pasar. Cuentan que te hiciste amante del cantante del conjunto, un tal Alberto Jiménez Rebollar, que descansaba su laringe sobre tu remanso, y se dedicaba el resto de la madrugada a rebollar como albañil. No hay como el descanso activo. Tras una larga sesión de alaridos armónicos —era baladista, así que supongo que tras balar tanto iba luego a por lana, y no precisamente lana Turner—, semental paredes y piso, sábanas, techos, colchones y cuanta superficie fuera propicia, le garantizaban unas entradas más vaginales que económicas.
Hasta ahí, el cuadro era normal. Una francesa sin amante era muy mal vista por la sociedad de la Época y le garantizaba su Encanto. Una noche de 1931 alguien cortó tus alas mórbidas de una morbida. Entraste a los titulares fría y desnuda, en una casa de la calle San Miguel y Amistad, justamente al lado del hotel Astor. Apareciste asesinada y francesa en la bañadera, escenario brutal pero higiénico. A partir de ese momento no tuviste reposo. La prensa se dedicó a airear tu vida promiscua con saña —y con Villaverde, y con Rebollar, y con una larga lista de clientes que no ha llegado a nuestros días porque aquel gobierno de Gerardo Machado sería una mierda pero la discreción funcionaba—.
Te convertiste en un misterio y hasta en letra de tango de la supuesta autoría de Armando Valdespí, que decía en sus cristalinos versos rioplatenses: "Era Rachel la francesita más hermosa / era una rosa del jardín de la ilusión. / Para los hombres fue muñeca caprichosa, / fue muñeca que voló de flor en flor". Claro que el tango adorna siempre las cosas a la manera de Barbarabarito Diez en el danzonete. No volabas precisamente de flor en flor. Dado tu oficio corpóreo, cumpliendo a cabalidad las ordenanzas municipales, saltabas de tallo en tallo, de tronco a tronquito, sin discriminación. Cumplías, nocturna y esmerada, alegre y bien dispuesta, una máxima martiana: "Con todos y para el bien de todos".
Nunca se encontró a tu asesino. Los años le echaron polvo a las investigaciones y nunca se pasó de la mala luz de las sospechas, como tampoco los forenses se pusieron de acuerdo en tu postura —que algunos favorecidos alaban por su efectividad imaginativa—. Unos dicen que de cúbito supino. Otros, que de cúbito prono —yo pienso que era cúbito porno— o ventral. Rígida y hermosa, ensangrentada sobre el fondo blanco de aquella bañera, se acabó tu diversión muchos años antes de que llegara el comandante y mandara a parar. Te hiciste misterio del interior, y no se habló de otra cosa durante muchos meses en la capital, con lo cual seguiste, sin mucha conciencia por tu parte, ejerciendo lo que mejor sabías: estar de boca en boca.
En estos tiempos se habría aclarado el asunto. Hubieran exonerado al mújsico Rebollar de toda sospecha, sobre todo si se tomaban en cuenta sus guardias, trabajos voluntarios y su actitud combativa. Sobre todo porque nunca aceptó ofertas del enemigo para abandonar el territorio. Lo hubiera defendido la empresa Ignacio Piñeiro. Pesarían sus múltiples diplomas, sus retornos de giras y embajadas culturales. Pero al gusano de Villaverde le habría caído un veinte de mayo encima, por explotador, maceta, y por ejercer un oficio con nombre capitalista.
Quiero despedirme con otros versos del tango, aunque exagerados y fantasiosos. Creo que es el mejor homenaje a tu entrega sacrificada como técnica extranjera: "En una noche de bebida y de cocó / plegó sus alas de sencilla mariposa, / la linda rosa de París se marchitó…". Hay que ver lo que llega a hacer la poesía con ciertas zonas de la vida. Decirte mariposa cuando ejercías de bicha. Lo de la noche de bebida, lo entiendo. Pero me sigue dando vueltas en la cabeza lo del cocó.
Enternecido y semblatorio,
Ramón
No
Barbarito Díez, Rachel Dekeirsgeiter, Una rosa de Francia