Completo Camagüey | Yodel Pérez Pulido

Mataron al tocororo

Del nuevo invento cultural en la Isla denominado “La noche de los libros”, trascendió el pasado 4 de julio una imagen asustadora.

Más allá de la centena de ejemplares, la mayoría con temática política y con precios asustadores para la actual crisis nacional, los habaneros vieron por primera vez la nueva imagen del tocororo.

En la presentación del libro Fidel Periodista, fue mostrada una tela con la imagen y la mirada de Fidel Castro, imbuida en el cuerpo del ave nacional.

El nuevo visual del dictador, se completa con la cola del lindo pájaro y unas cejas ceñidas en función de Palma Real, enormes y alargadas con la intención de siempre: la de parecer héroe.

La tela, producida en los talleres Artdegraf de Ciudad de La Habana y fruto del trabajo “creativo” de varios artistas, constituye, de hecho, la más reciente adoración gráfica a Castro.

Asusta, claro está. Asusta en esa imagen y, según testigos presenciales, la tela, la imagen dentro de ella, es fulminante. Pareciera, y es la intención, un dedo acusador, la clásica daga que inquieta. Sugiere la doblez, mata cualquier inquietud, fulmina la esperanza.

Alguien preguntó. Costó 2000 pesos cubanos y una semana de trabajo urgente, encomendado con la rapidez de las cosas fulminantes, de las órdenes que deben ser cumplidas sin protestas.

No se sabe ya de que forma los cubanos tendrán que adorar al enfermo.

Los periódicos evocan fotos antiguas calzando las “reflexiones” de turno en internet, los actos, todos, incluyen grandes retratos de cuando la barba del coma-andante existía. Esas imagenes son reproducidas al por mayor en las gráficas.

Cualquier discurso actual no se puede comenzar sin aquella “casual” fotografía donde el hermano, ahora presidente, le levanta el brazo e invoca a los ¡vivas!. Pareciera también un nuevo emblema nacional.

Sin embargo, desde el 4 de julio, Cuba vistió a su ave símbolo de otro modo. Como si se tratara de una nueva colección de moda, el tocororo se nos ha presentado diferente. Ya no es rojo, azul y blanco, a ese lo mataron las cejas fruncidas y el derroche de “autoadoración”.


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