Con lupa | Michel Suárez

Comparaciones odiosas

A Daniel Ortega le pica la lengua. Quizás ya probó el chile que le recomendó Chávez la última vez que se vieron. Se trata del picante antiamericano que el venezolano lleva consigo, allí donde va, para convoyarlo a los dólares que reparte. Sin picante no hay money, y eso el viejo sandinista lo sabe.

A falta de verdaderos argumentos que refutar, ante el inaudito repliegue de Estados Unidos en los temas latinoamericanos, Ortega restó importancia a los atentados terroristas de 2001 contra las torres gemelas de Nueva York.

Según informó el diario local La Prensa, el presidente de Nicaragua calificó de "insignificante" el atentado terrorista contra las torres gemelas, frente al lanzamiento de las bombas atómicas contra Hiroshima y Nagasaki en 1945.

Es lo que pasa cuando el intelecto escasea y la perversión domina la política. Se cae en provocaciones inútiles que en nada mejoran la vida de quienes le entregaron un mandato para que lo cumpliera.

Ningún acto terrorista merece justificación, ninguna guerra unilateral o injusta, ninguna demostración espectacular de fuerza. Emular en cantidad de muertos es un sinsentido propio de ignorantes o aprovechados. No vale comparar Hiroshima y Nagasaki con las torres gemelas, ni viceversa, porque en el peligroso lance podemos caer en la irresponsabilidad de irrespetar a las víctimas de un lado u otro. En ambos casos hay culpables y víctimas. Señálese el culpable, pero cero juego con las víctimas.

En Japón (volver sobre el país asiático es sólo casualidad) murieron civiles inocentes; en Nueva York, también. En esta última ciudad no eran sólo norteamericanos, sino nacionales de unos veinte países.

No son pocos los tontos útiles que se prestan para sacar tajada. La muy humanitaria Hebe de Bonafini ya nos había regalado su particular visión del asunto: "Por primera vez le pasaron la boleta a Estados Unidos por lo que hizo durante toda su historia".

Así se comporta esta claque.