El tío Hugo y la realeza
Michel Suárez | 20/08/2007 17:26
Las monarquías constitucionales personifican un anacronismo, aunque no todas sean de la misma laya. La discusión actual no debería estribar en si los reyes y reinas deben ceder el paso a sistemas republicanos, sino en cómo funcionan los países donde perviven estos modos de organización estatal y cuál es su calidad democrática.
España, por ejemplo, ha vivido los mejores 30 años de su historia bajo el reinado de Juan Carlos I. Por primera vez, en muchos siglos, existe aquí una democracia con plenos derechos para los ciudadanos: división de poderes, derecho al voto, multipartidismo, libertad de prensa, desarrollo económico y social, etc. La apertura española —coincidente con la muerte del dictador Francisco Franco y con el regreso de la monarquía— es la responsable de que hoy este país sea la octava potencia económica del mundo.
Las funciones del rey como jefe de Estado son la "moderación" y el "arbitraje", según la Constitución. Reina, pero no gobierna. No tiene libertad para decidir en asuntos domésticos ni mucho menos en política exterior, porque los poderes electos por los ciudadanos son los que gobiernan y legislan. Recuerdo dos casos muy ilustrativos: Juan Carlos I no viajó a Cuba en visita oficial de Estado porque el gobierno de José María Aznar no se lo aprobó. También rubricó la ley de matrimonios homosexuales sancionada por el parlamento español, porque él firmará "todas las leyes que emanen de la soberanía popular".
Más allá de los ideales republicanos, pueden a uno cautivarle o no unas figuras que distan mucho de corresponderse con la modernidad; pero está claro, al menos para muchos, que las monarquías parlamentarias europeas no significan un deterioro en el funcionamiento democrático de dichos países. De qué viven y cuáles son sus privilegios es harina de otro costal. Sobre todo, en un siglo plagado de repúblicas bananeras, de presidentes que promulgan leyes, intervienen en todo e intentan ser vitalicios, con otros líos mundiales de mayor calado que la dicotomía república-monarquía.
En parte, esto es lo que intenta desconocer el presidente venezolano Hugo Chávez, al emprenderla contra los monarcas europeos para justificar sus deseos de eternidad presidencial:
"Tras leer artículos de la prensa europea que reseñan que varios jefes de Estado de ese continente 'son vitalicios y hereditarios', Chávez añadió que también allí se le ha censurado que haya planteado la posibilidad de la reelección del cargo presidencial sin límites".
"'Los jefes de Estado de Europa nunca fueron elegidos. ¿Por qué no hacen un referéndum para preguntar si los habitantes del Caribe, por ejemplo, desean que la Reina de Inglaterra siga siendo su Jefe de Estado?', se preguntó Chávez y lo mismo sugirió, dijo, 'a mi amigo el Rey de España'".
Ni fueron elegidos ni probablemente lo serán. Me ahorro tiempo y cito directamente al periodista español Luis María Ansón, muy lejos de mi concepción ideológica del mundo, pero brillante pluma donde las haya:
"…Nadie puede negar que entre las naciones políticamente más libres del mundo, socialmente más justas, económicamente más desarrolladas, culturalmente más progresistas, se encuentran las monarquías democráticas europeas y asiáticas. Siete de los diez mejores países del mundo son monarquías parlamentarias. Sólo tres repúblicas entre los top ten: Islandia, Estados Unidos y Suiza. Diez monarquías entre los quince países en cabeza; doce entre los veinte primeros…".
Chávez olvida que la reina Isabel II no gobierna en el Reino Unido. Tampoco ejerce una tiranía por ser teóricamente jefa de Estado de 16 países, entre ellos Jamaica, Canadá, Nueva Zelanda y Australia. Su representante en estos países es elegido por el gobierno local, y sus funciones son meramente protocolares. ¿En qué les afecta? En nada, salvo para las aspiraciones identitarias o soberanistas de algunos, que, por otra parte, son legítimas.
Hugo Chávez no puede compararse con los monarcas europeos, porque la historia de Venezuela es otra. Como tampoco vale argumentar como justificación, para su reforma constitucional, que los europeos Felipe González y François Miterrand se presentaron a la reelección presidencial, sucesivamente, por largos años.
La mayor parte de los escándalos de la era González —y la posterior crisis de liderazgo en el PSOE— se debieron precisamente a la falta de renovación generacional en ese gobierno y al desgaste en el poder. Tanto poder es perjudicial para la salud democrática, parafraseando lo que advierte una cajetilla de cigarros. En la decadencia general francesa también tuvo su responsabilidad el prolongado mandato de Miterrand. También el peor Tony Blair fue el del tercer mandato.
Aznar tuvo la delicadeza de marcharse tras dos períodos de cuatro años. De Rodríguez Zapatero se espera lo propio, si gana en los comicios de marzo próximo. George W. Bush ha sido una catástrofe como gobernante, pero, por suerte, no puede aspirar a una tercera oportunidad. Estados Unidos está vacunado contra los olores del poder.
He aquí donde el chavismo quiere jugar con ventaja. Dentro de poco, Chávez será el partido y el partido será Chávez. Aplíquese lo mismo al país, con el problema añadido de que más de una generación de venezolanos sólo conocerá un solo presidente y un solo modo de entender la política. Como si el mundo se hubiera detenido.
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